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9/6/16

'No digáis que estáis enfermas porque os llevan a la cámara de gas'

 
 Mercedes Núñez Targa

"(...) Hace un año llegó a mis manos la copia escaneada de una carta de Mercedes Núñez Targa fechada en Vigo el 14 de diciembre de 1982.(...)

A lo largo de seis páginas Mercedes narra los episodios vividos desde que es detenida por los nazis en Carcassonne en mayo de 1944 hasta la liberación del campo de Ravensbrück en abril de 1945.

El periódico Faro de Vigo publica hoy la historia de esta carta.

Vigo, 14 de diciembre de 1982

Querido amigo:

Apenas convaleciente de una gripe feroz que me ha dejado bastante mal, le ruego que me excuse si lo que le escriba carece de rigor y de soltura, porque como se dice, el horno no está para bollos; pero no quiero demorar la respuesta, no sea que vuelva la gripe y me deje definitivamente fuera de combate...

Detenida en Carcassonne por participación en la lucha contra el ocupante nazi, pasé de allí al Fort Romainville (París) y al campo de Sarrebruck, donde permanecimos ocho días, siempre encerradas y con sopas de ortigas como único menú.

De Sarrebruck fuimos transportadas al campo de Ravensbrück. Nos llevaron durante cinco días en vagones de ganado precintados y con el único ventanuco recubierto de alambra de espino. En mi vagón, 53 mujeres. Nos habían dado un bocadillo, que fue lo único que comimos durante los cinco días. 

En un ángulo un enorme barril para orines y excrementos, que permaneció así durante los cinco días hasta desbordarse. Para beber, habíamos conseguido (sistema D) una botella de 1/2 l. que una compañera pasaba en cada estación por entre los alambres de espino pidiendo agua en alemán, procedimiento por el que pudimos obtener un mínimo de bebida, equitativamente repartida,  que nos permitió llegar vivas.


En Fürstenberg sobre el Oder (la estación próxima a Ravenbrück) nos esperaban SS y perros, que bajo la amenaza de los látigos y las dentelladas nos condujeron hasta el campo de Ravenbrück.

Allí no nos permitieron comer ni acostarnos. Eran las cinco de la tarde (junio 1944) y durante 12 horas tuvimos que permanecer en posición de firmes, guardadas por SS y kapos. A las cinco de la mañana nos introdujeron por grupos en unas duchas y allí nos dejaron, tal como vinimos al mundo. Nos arrebataron absolutamente todo, incluso pañuelos, sostenes, paños higiénicos. A las que tenían bellas cabelleras se las cortaron (hacían tejidos con ellas) y a algunas les obligaron a soportar examen íntimo.

40 días permanecimos hacinadas en una barraca, sin salir más que a las extenuantes formaciones (appel) donde había que formar impecables líneas rectas y el mover la cabeza, una mano, un pie, etc. o cuchichear lo más mínimo representaba recibir gran cantidad de salvajes latigazos. Las órdenes nos eran dadas por altavoz y en alemán y cuando no las entendías, garrotazo. Aprendimos alemán a una cadencia rapidísima!

Las antiguas del campos nos advirtieron: no digáis que estáis enfermas. Enfermedad = cámara de gas.

En esos 40 días hicieron la selección: a un lado las "útiles", jóvenes y sanas que podríamos trabajar. Al otro, las inútiles que había que eliminar. Exámenes pseudomédicos determinaron -nosotras totalmente desnudas- quienes eran las enfermas, las que tenían defectos físicos, las ancianas, las embarazadas. Todas ellas fueron destinadas al exterminio.

Las otras tuvimos que marchar a un Kommando situado en las inmediaciones de Leipzig. (HASAG, complejo metalúrgico). Quisiera aclarar un error que generalmente se comete. No pasamos a ser algo así como obreras libres. Seguíamos bajo el régimen del campo de concentración con todo su horror y demás se nos obligaba a trabajar en esa fábrica de armamento, 12 horas por día, siempre de pié, comiendo una sopa por día y una pequeña rebanada de un pan que tenía de todo menos harina. 

Los magnates de la industria alemana habían decidido así aprovechar hasta el fin nuestra mísera fuerza de trabajo y habían hecho estudios científicos según los cuales en las condiciones que nos eran impuestas teníamos una esperanza de vida de 9 meses. la enfermedad, un accidente era el "transport", es decir una expedición que terminaba en el crematorio, pasando por la cámara de gas.  (...)


Éramos allí 6000 mujeres de Ravensbrück, más 1000 deportado hombres que estaban en campo aparte. Otros cuantos miles de prisioneros de guerra, que estaban en un stalag y un pequeño puñado de obreros alemanes especialistas (técnicos, rectificadores, etc.) más, evidentemente, los jefes nazis de la fábrica y los SS que paseaban por allí anotando cuanto hacíamos las presas para luego, en el campo, imponernos salvajes castigos.

Todo ese horario inhumano, no nos eximía del "appel", las grandes formaciones diarias en posición de firmes, no menos de dos horas diarias, pero casi siempre más, puesto que la más mínima falta era sancionada colectivamente, con largos suplementos de appel, bajo el frío, la lluvia, nevando, etc.

Nuestra actitud consistió siempre en rechazar la condición de víctimas y considerarnos combatientes. Hubo entre las presas la más estrecha solidaridad. A pesar del hambre se renunciaba a una pequeña porción de comida para ayudar a las que se encontraban peor. 

La fábrica HASAG producía obuses. Considerábamos, pues, el sabotaje como un deber primordial y la verdad es que los obuses y máquinas quedaban inutilizados con gozosa frecuencia.

Puesto que los castigos (palizas, etc.) jamás nos los imponían en la fábrica sino más tarde en el campo, decidimos arriesgarnos a una acción de cara a reivindicar nuestra condición de presas políticas frente a los obreros alemanes, a quienes habían dicho que éramos ladronas, prostitutas, etc., a las que reeducaban por el trabajo y con las que no debían hablar en absoluto, cosa tampoco fácil a causa del idioma.

La ocasión nos la dieron los propios nazis. A fin de hacer creer a los obreros alemanes que éramos gente libre, pretendieron pagarnos en la fábrica, no con marcos, claro, sino con unos bonos de cantina. 

Al saberlo ocurrió algo extraordinario: 6000 presas, de todas las nacionalidades de Europa, hablando idiomas distintos, de diferentes ideologías, conseguimos ponernos de acuerdo, rechazaríamos el bono, proclamando nuestra condición de presas políticas: "No somos obreras libres, somos presas políticas, no queremos dinero de Hitler", fue más o menos, la frasecita que, en principio, había que decir en alemán como pudiéramos.

En realidad creo que se dijeron, en medio de la emoción, las cosas más distintas. No le podría decir a Ud. si yo lo dije en alemán, en catalán o en castellano o si dije siquiera algo. lo esencial es que todas, absolutamente todas, las 6000 mujeres rechazábamos el bono y que los obreros alemanes entendieron perfectamente el sentido de la acción y, es más, que mereció su general simpatía.

 Perdiendo el control, los SS aquella vez repartieron a granel bofetadas y latigazos entre las "obreras libres", lo que motivó una protesta de los obreros al director, diciendo que algunas "obreras" habían sido apaleadas en plena fábrica.

La cosa fue un éxito tan masivo que no hubo siquiera represalias. Evidentemente, no podían ahorcarnos a todas y cerrar la fábrica.


El campo del Kommando Hasag fue abandonado por los nazis el 13 de abril de 1945, ante el avance de las tropas, por un lado americanas, por el otro soviéticas, que coparon la ciudad de Leipzig. Obligaron a evacuar a todas las prisioneras la noche del 13, excepto aquellas que por su desastroso estado físico no podían andar -entre las que me encontraba- a las que tenían la intención de destruir (volar el campo) pero que ante la premura de la huida dejaron con vida, muy a pesar suyo.

Agregaré que en el campo central de Ravenbrück mi número de matrícula era, por ejemplo, el 53.225 (en junio de 1944) lo que da idea del volumen de la deportación femenina. Y que en el Kommando de Hasag, éramos 8 españolas, que permanecimos, entrañablemente unidas.  (...)"           (Búscame en el ciclo de la vida, 15/05/16)

28/6/13

Un conductor de autobús salva a un ucraniano de ser tiroteado

"Un nuevo héroe de la calle. Un conductor de la línea 118 de la EMT de Madrid salvó esta noche a un ucraniano de volver a ser tiroteado por el hombre que lo perseguía al ofrecerle refugio en el autobús y llevárselo a lugar seguro, desde donde llamó a la servicios de emergencia.

El incidente se produjo a las 21.45 en la calle General Ricardos cuando el autobús, con siete pasajeros a bordo, circulaba en dirección a la Glorieta de Marqués de Vadillo (Carabanchel), informaron fuentes de Emergencias Madrid.

Por el carril bus caminaba tambaleante un hombre que perdía abundante sangre, por lo que el conductor cruzó el autobús en la calle para que no fuera atropellado.
Sin embargo, se percató de que una persona lo perseguía por lo que le abrió las puertas y le instó a subir. Una vez a bordo, el autobús se lo llevó hasta la glorieta de Marqués de Vadillo, donde avisó a los servicios de emergencia.

Las mismas fuentes indicaron que una unidad móvil del SAMUR acudió a socorrer al herido, un hombre de unos 45 años de origen ucraniano que presentaba una herida de bala en el hemitórax derecho con abundante pérdida de sangre.

Los facultativos lo estabilizaron en el interior del autobús y después lo trasladaron al hospital Gregorio Marañón, donde quedó ingresado con pronóstico grave.

Minutos después, gracias a la descripción que se facilitó del agresor, una patrulla de la Policía Municipal que prestaba servicio en la zona, donde se celebraba un concierto de Bon Jovi en el estadio Vicente Calderón, pudo detener al presunto autor del disparo, un hombre de origen ruso al que se le ocupó una pistola."          (Público, 28/06/2013)

30/11/12

"Un día se colocó un retén de paras [paramilitares] en una vía de acceso a la comunidad; allí paraba un autobús y según bajaban los pasajeros comprobaban si estaban en la lista; si así era, los mataban allí, delante de todos"

"Los campesinos que plantaron cara al Gobierno de Colombia. Hostigados por el ejército, guerrilla y paramilitares, un grupo de trabajadores del campo lleva 15 años resistiendo de forma pacífica en una zona de fuego cruzado

La denuncia pública ha logrado que muchos ojos se posen en el grupo de campesinos que respondió con un ‘no' a las FARC, a los paramilitares y al Ejército colombiano hace 15 años.

Cerca de 1.200 trabajadores del campo de la zona de Urabá, al noreste del país, se declararon neutrales en el conflicto que enfrenta el país latinoamericano desde hace medio siglo.

 La comunidad de paz de San José de Apartadó -como resolvieron llamarse- harta del asedio que sufría por ubicarse en una zona de fuego cruzado y geográficamente clave para el tránsito de drogas y armamento decidió no ceder ante los chantajes de uno y otro lado. 

 Adoptaron la estrategia de resistencia pacífica y acordaron normas de convivencia y requisitos para formar parte de este espacio humanitario al margen de las acciones armadas. 

En marzo de 1997, cientos de campesinos desplazados se negaron a abandonar la región y decidieron volver a sus tierras. Firmaron una declaración en la que se comprometieron a no permitir la presencia de actores armados en el asentamiento y asumieron el rol de "alternativa civil no violenta al conflicto". El precio de aquella decisión lo siguen pagando hoy en día.

"No se cómo se llegará a un acuerdo de paz con el país inundado de paramilitares", titubea Javier Giraldo, sacerdote jesuita miembro de la comunidad de paz, en relación a las conversaciones entre el Gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia [FARC]. "La violencia sigue siendo una realidad cotidiana en el país", añade.

Sobre el proceso de paz que se abre con las negociaciones en La Habana, teme que se termine cerrando con la impunidad total de militares y paramilitares, e incide en el "cruce de expectativas" por el que atraviesa Colombia.

Giraldo trabaja desde hace 25 años coordinando el banco de datos del Centro de Investigación y Educación Popular, donde, en este tiempo, ha registrado más de 180.000 víctimas del conflicto armado en todo el país. "La mayor parte pertenece a la sociedad civil, a movimientos de base, indígenas, campesinos y fuerzas políticas alternativas pero no combatientes", señala.

 Un ejemplo del hostigamiento que padece la ciudadanía se encuentra en San José de Apartadó, donde la cifra de asesinatos desde 1997, año en que se constituyó la pequeña comunidad de paz, asciende a 240.

"Éramos 1.200 cuando empezó todo", lamenta Giraldo en su visita por Madrid antes de emprender rumbo a la Corte Penal Internacional para aportar nuevas pruebas y lograr que el tribunal internacional decida abrir este caso.

Hasta La Haya lleva los listados actualizados de víctimas, las cartas cruzadas con el Gobierno colombiano y los 26 derechos de petición ejercidos por el religioso. Ante estas peticiones, en las que Giraldo relata con precisión al Ejecutivo de Juan Manuel Santos cada ataque que sufre la comunidad, solo ha recibido indiferencia.

 "Siempre me responden con un párrafo donde Presidencia me remite a otras instituciones que nunca han contestado nada concreto, sino que dan evasivas o niegan la situación", lamenta en conversaciones con este medio en el Ateneo madrileño donde ofreció una charla la semana pasada.
 
Las denuncias que Giraldo ha puesto en conocimiento del Gobierno no han producido sanciones ni investigaciones penales, pero sí han desplegado otros efectos . "En varias ocasiones, testigos que se presentaron ante la fiscalía o el juzgado fueron asesinados o amenazados", asegura el sacerdote.

El último ataque que sufrió la comunidad de paz tuvo lugar hace escasas semanas. En un simulacro en el que, según asegura Giraldo, no estaba la guerrilla, "dispararon contra las casas dejando un muerto".

 "Esos días hubo una presencia masiva de paramilitares, lo que obligó a desplazarse hacia las veredas". Ese es el mecanismo que los miembros de la comunidad utilizan para sobrevivir: marcharse a las zonas contiguas - a las veredas- y esperar que los paramilitares abandonen y puedan regresar al asentamiento sin correr peligro.

 Se trata de los movimientos internos que hacen estos campesinos pertenecientes a un país que cuenta con más de cinco millones de desplazados como consecuencia del conflicto.

La premisa que el colectivo de campesinos escucha con más frecuencia a los militares y paramilitares que recorren la región es la del "exterminio" por considerarles "la piedra en el zapato de los planes del Gobierno y las empresas". "Si no fuera por el apoyo internacional, ya nos habrían eliminado", subraya Giraldo.

Las ayudas que San José de Apartadó recibe desde fuera de Colombia tienen que ver, entre otras, con el asesoramiento jurídico, necesario para que los campesinos puedan conservar sus tierras. 

La Ley de víctimas y restitución de tierras del Ejecutivo de Santos permite que las fincas devueltas a los campesinos puedan ser negociadas entre éstos y empresas. De este modo, las posibles alianzas dejan al campesino en una posición de debilidad frente a las compañías que quieran comprarlas. Además, "no se han legalizado las tierras, se venden sin pasar por las agencias del Estado, dándose títulos testimoniales", indica Giraldo.
 
Las medidas reparadoras del Gobierno colombiano no convencen a una comunidad que lleva cincos lustros de asedio. En los primeros meses de su creación, San José sufrió cerca de 80 asesinatos. Los paramilitares manejaban listados de sospechosos que mataban en el mismo lugar donde los localizaban.

 "Un día se colocó un retén de paras [paramilitares] en una vía de acceso a la comunidad; allí paraba un autobús y según bajaban los pasajeros comprobaban si estaban en la lista; si así era, los mataban allí, delante de todos", relata Giraldo.

La esencia colectiva de la comunidad de paz constituye sus cimientos ante los múltiples asesinatos. De esta forma, cuando alguien es asesinado "el grupo asume su labor". Organizar la resistencia ha sido una de las claves de la supervivencia. Cuando comenzaron a comercializar los cultivos, entre 2001 y 2004, llegó el cerco de hambre. 

"Cuatro conductores que nos llevaban alimentos fueron asesinados para que nadie quisiera hacer esa tarea".Después masacraron los cuatro comercios del pueblo y cerraron todos los negocios de la carretera. Pero también salieron adelante. Comenzaron a comprar semillas en Medellín, a más de 300 kilómetros, y cultivar arroz, maíz, frijol y caña de azúcar.

 La comunidad de paz sigue buscando fuera de su país la justicia y la reparación que dentro le niegan, algo que Giraldo ha comprobado en persona. A lo largo de su vehemente trayectoria en la defensa de los derechos humanos, el sacerdote ha afrontado más de un proceso judicial.

En 2009, se declaró objetor de conciencia para no colaborar en una investigación contra él por haber denunciado las supuestas torturas de unos militares contra varios campesinos. El Ejército le denunció por calumnias y el fiscal que llevó el caso le aseguró que estaba sometido a grandes presiones "desde arriba" para condenarlo.
 
"El fiscal dejó sobreseído el caso pero, por presiones, lo reabrió y dictó una orden de búsqueda y captura contra mí", relata el religioso. El coronel que fue a buscarle le confesó que no podía acatar la orden de llevarle detenido.

 "Llamamos al fiscal para que nos explicara qué podíamos hacer, y lo resolvió diciendo que hiciera un escrito ratificando mi objeción". Así procedió Giraldo que, a partir de entonces, fue declarado reo ausente, le asignaron abogado de oficio y a los dos años se archivó su expediente

 "Curiosamente, me exoneraron la misma semana en que cambió el fiscal general del Estado, el mismo que presionó al otro fiscal para que reabriera mi caso".

Con todo, Javier Giraldo no se rinde y ahora espera abrir alguna puerta en la justicia internacional. Los delitos contra San José de Apartadó fueron denunciados en 2006 ante la Corte Penal Internacional por la propia comunidad de paz bajo la calificación de crímenes de lesa humanidad.

"Fuimos a la Corte Penal a recabar justicia y, aunque aún no han tomado ninguna decisión importante, seguiremos insistiendo", anuncia."       (Público, 27/11/2012)