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8/7/19

Una radiografía de la Brigada Político Social en València... Es en la posguerra y bajo la influencia de la Gestapo, cuando comienzan a conformarse los métodos y la forma de funcionar de la BPS...

"El periodista Lucas Marco publica el libro Simplemente es profesionalidad. Historias de la Brigada Político Social de València tras obtener la Beca Josep Torrent de Periodismo de Investigación otorgada por la Unió de Periodistes. 

Su libro es una minuciosa disección del temido cuerpo policial de la dictadura y surge oportunamente en un momento en el que la Brigada Político Social (BPS) está siendo investigada por las querellas interpuestas por varios militantes antifranquistas, una de ellas en el Juzgado de Instrucción número 1 de Valencia contra el comisario Benjamín Solsona, conocido como el Billy el Niño valenciano. 

Lucas Marco nos ilustra ampliamente sobre la BPS: desde sus orígenes históricos, sus violentos métodos durante la dictadura, su posterior reconversión democrática gracias a la guerra sucia antiterrorista y una larga sombra que llega casi hasta nuestros días. 

Usted retrata el oficio de la BPS a través de una amplia galería de personajes. Profesionales, burócratas, tétricos, sádicos, corruptos… aunque también muestra personalidades complejas y ambiguas. ¿El policía de la BPS nace o se hace? 

No sabría decirte. La Guerra Civil los marcó mucho, al menos a los de la primera generación. Allí se hicieron sus trayectorias. He intentado hacer un trabajo exhaustivo, preciso, frío, evitando la denuncia por injurias. El dato objetivo es un ingrediente fundamental del periodismo de investigación. Otro ingrediente es que pensaba que los personajes iban a ser planos, grises y sin interés, pero después descubrí historias negras, inquietantes, que siempre vienen bien para la narración.

 Un personaje como Tomás Cosías, que participó en la División Azul, o el propio Antonio Cano, que participó en la Quinta Columna en Valencia. Aunque los personajes interesantes y peculiares son más bien la excepción. Lo tétrico, brutal y chusquero es lo que abunda. 

Otra cuestión de interés es la naturaleza del enemigo a combatir por la BPS. Ahí encontramos un importante protagonismo del movimiento anarquista en el País Valencià. ¿En qué medida este análisis recupera la actividad de resistencia del gran ideario silenciado tras la guerra? 

Cuando inicié el libro mi idea era contar la historia de los movimientos populares y antifranquistas a través de la historia de la BPS, porque al final la perspectiva de perseguidores y perseguidos cronológicamente tenía cierto interés. Lo que pasa es que, por condiciones materiales de la investigación, no pudo ser. Aún así intenté dar unas pinceladas, sobre todo de la época de la posguerra, que es la etapa más desconocida y en la que la represión fue más salvaje. En cierta manera es un homenaje a gente que se jugó la vida muy seriamente. 

En el caso del anarquismo, el movimiento ha sido menos documentado en València que en otras ciudades como Barcelona, pero es bien cierto que en nuestra ciudad ha existido desde hace más de un siglo una actividad anarquista muy importante y muy vinculada a los movimientos populares y anticlericales, pudiendo remontarnos hasta el blasquismo. Está aún por estudiar, a pesar de los diversos trabajos historiográficos que se han publicado. 

La internacionalización del conflicto supone la colaboración con los nazis alemanes y la adopción de sus métodos de tortura. En tiempos de revisionismo, ¿estas cuestiones son especialmente ilustrativas sobre la naturaleza del régimen franquista? 

Yo creo que no solo de la naturaleza del régimen franquista sino de la naturaleza del propio Estado español. Realmente las raíces más profundas de la BPS se encuentran en la Restauración, a finales del siglo XIX, en el contexto de la amenaza de la violencia anarquista. Hay que recordar que en España el anarquismo presenta históricamente una fuerza extraordinaria. A finales del S. XIX se crea esta policía militarizada que pervive hasta la proclamación de la República, que intentará sin éxito la reforma de los cuerpos policiales. 

Es en la posguerra y bajo la influencia de la Gestapo, cuando comienzan a conformarse de manera más completa los métodos y la forma de funcionar de la BPS. Básicamente hay una línea de continuidad desde la Restauración hasta la Transición, un hilo conductor que ilustra una policía política especializada en combatir a los diversos movimientos que históricamente han desafiado, ya sea pacífica o violentamente, al Estado: anarquismo, republicanismo, comunismo... 

La aportación de los civiles al control social es otro de los temas señalados en su libro. ¿Qué lecciones podemos extraer en la actualidad de las prácticas de delación y de los chivatos en aquellos tiempos? 

En la posguerra todo el fenómeno de la delación está muy asociado al establecimiento de la dictadura. La depuración es total, tanto entre los funcionarios públicos como de otros trabajadores en posiciones claves para suministrar información. Por ejemplo, en el barrio de Salamanca los porteros eran de clase trabajadora y de izquierdas, y el Régimen los depuró. También pasa con figuras como los bedeles en las universidades y los taxistas.

 Es algo común a todas las dictaduras, comprar la información o forzar a su cesión. Un ex alto cargo de Interior del PSOE me contaba que, según su teoría, no se había permitido más acceso a archivos vinculados a esta cuestión porque aflorarían nombres de confidentes e infiltrados, algunos muy cercanos al mundo académico y sindical. 

Destaca cómo, a finales de los años 60, se hace uso de algo tan de actualidad como es el escrache para denunciar los abusos de la BPS. ¿En qué medida, podemos poner en valor una lectura contemporánea de libro? ¿Cuáles son las principales lecciones que nos ofrece a día de hoy? 

El episodio del escrache es un episodio realmente interesante. El historiador Alberto Gómez Roa me enseñó hace unos años este periódico clandestino del Partido Comunista del año 1972 donde se denunciaba, a raíz de una detención bastante masiva de estudiantes de la universidad, las prácticas de la BPS y sobretodo proporcionaba una lista con los nombres completos, teléfonos y las direcciones de estos policías. 

Es curioso porque incluso hoy en día la gente del PCE no aclara quién lo hizo. Pero sí es un documento por el que doy las gracias, ya que me ha ayudado enormemente a la investigación. Esta acción es un claro ejemplo sobre los márgenes de maniobra y resistencia frente a los intentos de control absoluto de un Estado totalitario. Máxime en un modelo como el de la BPS, que no era tanto un servicio de inteligencia, sino que su método era básicamente apretar las tuercas para obtener información.

Tu obra aborda un tema poco analizado de nuestra historia reciente. ¿En qué medida ha encontrado dificultades y resistencias para trabajar la memoria histórica de la BPS? 

Con las fuentes policiales sí que he encontrado algunas dificultades, mucha gente no quería hablar a pesar del tiempo transcurrido. Los agentes que estuvieron en la Brigada Político Social están en su mayoría jubilados y, pese a ello, ha sido complicado entrevistarlos.

Por lo que respecta a tener acceso a los archivos, he podido acceder a lo que la directiva del Ministerio del Interior permite, que son expedientes de agentes de policía de los que ya han transcurrido 25 años de su muerte o 50 años si ésta se desconoce. Con todo ese material, más sumarios judiciales de la época así como memorias y autobiografías, he podido construir esta historia. La burocracia de un Estado totalitario produce mucho papeleo, mucho documento oficial que luego te permite seguir la vida laboral del funcionario en cuestión. 

¿Y no faltan partes de los expedientes? 

Yo diría que no, sí que hay expedientes que están parcialmente censurados por cuestiones como la protección de datos, pero en general están bastante completos. Otra cosa es que el acceso es prácticamente imposible a todo material de Interior que no sea propiamente expediente de vida laboral. O bien se ha conservado muy poco en archivos públicos o quedan algunos boletines de la posguerra que se salvaron milagrosamente. 

Existe un serio problema en este sentido, ya que el acceso a los archivos es clave para la Memoria histórica. Historiadores de todas las tendencias piden que este acceso sea más fluido y equiparable al de otros países democráticos de nuestro entorno. Sin el acceso a esos archivos hay puntos oscuros de nuestra historia que se quedan sin investigar. Estamos en 2019 y yo me he encontrado con documentos de los años 30 parcialmente censurados. A esto se añade que cada vez quedan menos testimonios vivos. 

Se puede afirmar que éste es un tema difícil e incómodo y esto se debe a la falta de depuración en los cuerpos de seguridad de Franco durante la Transición y los primeros gobiernos de UCD y el PSOE. 

Llama la atención que ningún representante político de esa época pidiera la depuración de los cuerpos policiales.

El contexto de reciclaje de la BPS fue el de la lucha frente a ETA y se necesitaban especialistas. Otra cosa es la lectura histórica que podamos hacer, si eso realmente fue eficaz. Yo diría que no, que eso propició una guerra sucia bastante poco efectiva. En el primer gobierno del PSOE, Carlos Sanjuán era el responsable de temas de Interior del partido y, según parece por la hemeroteca, tenía intención de hacer una mínima depuración de mandos. 

Finalmente, tras una serie de conflictos, Barrionuevo desplazó a Sanjuán en el nombramiento de ministro. El hecho de que los partidos democráticos pasaron por el aro también tiene una consecuencia en lo que es la memoria y la investigación periodística ya que éste es un tema por el que se pasa de puntillas. 

En el libro se echa en falta más testimonios de víctimas y algo más de diversidad en las mismas.

Sí, eso es algo que comparto en mi autocrítica. Y no solo eso, también un mayor enfoque de género en el análisis. De nuevo se debe a las limitaciones materiales al hacer el libro. Ojalá hubiera tenido más tiempo para incluir más testimonios, tanto de gente muy conocida —dirigentes del Partido Comunista, Comisiones Obreras, etc— como de gente de base de éstos y otros movimientos, porque la izquierda antifranquista era muy plural y muy diversa.

También es cierto que no he querido excederme en los testimonios de víctimas. El enfoque de la investigación era hacer una historia de la BPS, no una crónica de la brutalidad de la tortura. Los testimonios de las víctimas me sirven para alimentar el perfil de los integrantes de la BPS.

Con más tiempo hubiera incluido una mayor variedad y más testimonios de mujeres. La represión ejercida sobre las mujeres, amenazas a la familia, violencia sexual… Obviamente las mujeres participaron por igual en los movimientos sindicales y estudiantiles."                    (Entrevista a Lucas Marcos, Eva Máñez, Raúl Abeledo, El Salto, 06/07/19)

4/3/19

La judía que ayudó a la Gestapo en el Holocausto

"Takis Würger, escritor y periodista del semanario alemán Der Spiegel, es el autor del último superventas que ha generado una agria polémica en el mercado literario germano. Se titula Stella, nombre de la principal protagonista de la novela. Stella Goldschlag fue una judía alemana que estuvo al servicio del III Reich para denunciar y capturar a judíos alemanes que fueron enviados a los campos de exterminio. 

A Stella se la ha considerado destacada dentro del grupo de "informadores judíos de la Gestapo", la policía política nazi. Se estima que entregó a unos 300 judíos alemanes. Los nazis hicieron de Stella una colaboradora a base de, entre otras cosas, palizas, torturas, amenazas de muerte y coacciones. En último término, sus padres fueron apresados por los nazis y aseguraron a Stella que, a cambio de su colaboración, no terminarían en Auschwitz. Una promesa que no cumplieron. Sus padres fueron enviados a morir en aquel campo de exterminio en febrero de 1944. Antes, acabaron con igual destino su primer marido, el músico judío Manfred Kübler, y sus suegros. 

Pese a la muerte de sus padres, Stella siguió trabajando para el III Reich. Acabada la Segunda Guerra Mundial, tuvo que enfrentarse a tres procesos judiciales. En uno de ellos, un tribunal militar soviético la condenó en 1946 a diez años de cárcel y trabajos forzados. Después, se convertiría al cristianismo y al antisemitismo. En 1994, con 72 años, se quitó la vida. Saltó por la ventana de su apartamento de Friburgo (suroeste alemán). 

Se ha dicho que la suya es una de las historias "más grotescas" de la Alemania nazi. Esa historia es, precisamente, la que ha servido a Würger para escribir su novela. En realidad, la vida de Stella ya quedó relatada en los años noventa a cargo del periodista alemán Peter Wyden, un judío berlinés que fue en su día compañero de instituto.

Wyden y su familia tuvieron suerte suficiente como para poder gozar de un visado que les llevó a Estados Unidos antes de que comenzara el Holocausto. El periodista acabaría entrevistando y narrando la historia de su ex compañera de instituto en el libro Stella (Ed. Simon & Schuster, 1992). Tras ello, Wyden escribiría: "Me sentí sucio por sus palabras (…). 

Haber compartido la misma clase con Stella se convirtió en algo embarazoso, como haber tenido una cena alegre con un violador".
Takis Würger reconoce en ese volumen una "fantástica fuente" de información e inspiración para su Stella. Otra cosa es que su libro genere opiniones tan favorables como la que él expresa por el trabajo de Wyden. Desde que apareció su novela el pasado mes de enero, buena parte de la critica literaria se ha lanzado contra Würger. Su libro puede estar entre los que mejor se venden estos días en las librerías alemanas. Pero en su caso el éxito comercial está muy peleado con la crítica. 

Entre otras cosas, los críticos no perdonan a Würger recurrir al personaje que traslada la historia al lector. Se trata de Friedrich, un joven suizo que elige en 1942 Berlín como destino para viajar y vivir. Ese personaje es quien conduce el relato. Él se enamorará de Stella y hará amistades entre los SS de Berlín. La fortuna de la familia del joven permite a Friedrich vivir despreocupadamente pese a las estrecheces impuestas por de la Segunda Guerra Mundial.

"Yo no quería que mi amigo Tristan estuviera en las SS. No quería que Kristin [otro nombre que se atribuye a Stella, ndlr.] trabajara para un ministerio. Yo quería que los tres siguiéramos bailando", se lee a través del narrador del libro. En vista de la relación que desarrollan esos tres protagonistas de Stella, hay quien acusa a Würger de haber querido montar en pleno contexto de la Segunda Guerra Mundial y uno de los peores regímenes políticos que ha conocido Europa una relación de personajes a lo Jules, Jim y Catherine en la película Jules et Jim de François Truffaut.

 

"Una abominación, un ultraje, un insulto"


Jan Süselbeck, profesor de estudios alemanes en la Universidad de Calgary, en Canadá, escribía en el semanario Die Zeit una demoledora crítica según la cual Würger había escrito "una abominación" con "estilo de literatura infantil". En las páginas del Süddeutsche Zeitung, un artículo sobre Stella del critico literario Fabian Wolff llevaba por título: "Un ultraje, un insulto y una ofensa real". 
Julika Griem, directora del Instituto para Humanidades de Essen (oeste), llegaba a decir en la radio pública Deutschlandfunk que el volumen de Würger era "deprimentemente malo".

Se le reprocha también haber caído en una representación kitsch del nazismo. No en vano, la edición dominical del Frankfurter Allgemeine Zeitung se preguntaba hace unos días a cuenta de Stella: "¿Qué es esta historia nazi para tontos?"

El libro aspira, según su editor, a "contar lo incontable". Eso, cuando a estas alturas se cumplen casi tres décadas de la aparición del volumen de Wyden. A su publicación en 1992 siguió la publicación de numerosos reportajes sobre Stella Goldschlag en prensa, además de un documental y hasta un espectáculo musical con el nombre de la famosa colaboradora judía del nazismo. 

En base también a la grandilocuente promesa del último libro sobre Stella, el diario izquierdista berlinés Tageszeitung se refería al de Würger como "un timo literario" en un artículo del autor Carsten Otte. Él lamentaba que el ruido generado por el libro haya desencadenado un debate que anime aún más las ventas de la novela. "Este libro tan flojo en tantos aspectos no ofrece una base adecuada para algo así", asegura. Pero esa, ni ninguna otra crítica, ha impedido que Stella siga entre los libros superventas de Alemania."                  (Aldo Mas, eldiario.es, 25/02/19)

1/7/15

Semprún: la resistencia a la tortura es “una voluntad inhumana, sobrehumana, de superar lo padecido, de la búsqueda de una trascendencia” que encuentra su razón en el descubrimiento de la fraternidad

"Cuando, a los veinte años, Jorge Semprún decidió unirse a uno de los grupos de la Resistencia francesa contra el nazismo, el jefe de Jean-Marie Action, la red de la que iba a formar parte, le advirtió: “Antes de aceptarte, debes saber a lo que te arriesgas”. Y le presentó a Tancredo,un sobreviviente de las torturas a que la Gestapo sometía a los combatientes del maquis que capturaba. 

Las atrocidades que aquél le describió, las padecería Semprún dos años más tarde, cuando, por la delación de un infiltrado, los nazis le tendieron una emboscada en la granja de Joigny que lo escondía.

La pesadilla se convirtió en realidad: la inmersión en las aguas heladas de una bañera llena de basuras y excrementos; la privación de sueño; las uñas arrancadas; el crujir de todos los huesos del esqueleto al ser colgado del techo de los talones amarrados a sus manos; las descargas eléctricas y las palizas salvajes en las que el desmayo resultaba una liberación.

Nunca antes de escribir este libro, que se ha publicado póstumamente en Francia (Exercices de survie), Jorge Semprún había hablado en primera persona de la tortura, el horror extremo a que puede ser sometido un ser humano a quien los verdugos no sólo quieren sacar información, sino humillar, volver indigno y traidor a sus hermanos de lucha. 

Pero, aunque nunca hablara de ella en nombre propio, aquella experiencia lo acompañó como una sombra y supuró en su memoria todos los años de su juventud y madurez, en la Resistencia, en el campo nazi de Buchenwald y en sus periódicas visitas clandestinas a España como enviado del Partido Comunista, para tender un puente entre los dirigentes en el exilio y los militantes del interior. 

En este libro inconcluso, apenas esbozado, y sin embargo lúcido y conmovedor, Semprún revela que la tortura —el recuerdo de las que padeció y la perspectiva de volver a soportarlas— fue la más íntima compañera que tuvo entre sus veinte y cuarenta años. La describe como el apogeo de la ignominia que puede ejercitar la bestia humana convertida en verdugo, y como la prueba decisiva para, superando el espanto y el dolor, alcanzar las mayores valencias de dignidad y de decencia.

En sus reflexiones sobre lo que significa la tortura no hay autocompasión ni jactancia y, sí, en cambio, un pensamiento que traspasa lo superficial y llega al fondo de la condición humana. En Buchenwald, su jefe en el maquis lo felicita por no haber delatado a nadie durante los suplicios —“Ni siquiera fue necesario cambiar los escondites y las contraseñas”, le dice— y el comentario de Semprún no puede ser más parco: “Me alegré de oír eso”. 

Luego explica que la resistencia a la tortura es “una voluntad inhumana, sobrehumana, de superar lo padecido, de la búsqueda de una trascendencia” que encuentra su razón en el descubrimiento de la fraternidad.

Un ser humano, sometido al dolor, puede ceder y hablar. Pero puede también resistir, aceptando que la única salida de aquel sufrimiento salvaje sea la muerte. Es el momento decisivo, en el que el guiñapo sangrante derrota al torturador y lo aniquila moralmente, aunque sea éste quien convierta a aquel en cadáver y vaya luego a tomarse una copa. 

 En esa victoria silenciosa y atroz lo humano se impone a lo inhumano, la razón al instinto bestial, la civilización a la barbarie. Gracias a que hay seres así el mundo es todavía vivible.

Hace bien Régis Debray, prologuista de Exercices de survie, en comparar a Jorge Semprún con André Malraux, que padeció también las torturas de los nazis sin hablar (sus verdugos no sabían quién era la persona a la que torturaban) y, como aquél, fue capaz de convertir “la experiencia en conciencia”. 

Fue, asimismo, el caso, en España, de George Orwell, a quien casi matan los propios compañeros por los que se había ido a España a luchar, y de Arthur Koestler, esperando en su celda de Sevilla la orden de fusilamiento expedida por el general Queipo de Llano. 

Ellos, y millares de seres anónimos que, en circunstancias parecidas, actuaron con el mismo coraje, son los verdaderos héroes de la historia, con más pertinencia que los héroes épicos, ganadores o perdedores de grandes batallas, vistosas como las superproducciones cinematográficas. No suelen tener monumentos y, la gran mayoría, ni siquiera son recordados o incluso conocidos, porque actuaron en el más absoluto anonimato. 

No querían salvar una nación ni una ideología; sólo que no fuera la fuerza bruta sino el espíritu racional y el sentimiento lo que primara en este mundo sobre el prejuicio racista y la intolerancia criminal ante el adversario político, la civilización creada con enormes esfuerzos para sacar a los seres humanos del estado feral y organizar sus sociedades a partir de valores que permitan la coexistencia en la diversidad y hagan disminuir (ya que erradicarla del todo es imposible) la violencia en las relaciones humanas.

 Jorge Semprún fue uno de estos héroes discretos gracias a los cuales el mundo en que vivimos no está peor de lo que está y queda siempre margen para la esperanza. (...)

Aunque el último libro de Semprún evoque el más espantoso de los temas —la tortura—, uno termina de leerlo sin caer en la desesperanza, porque, además de brutalidad y maldad demoníacas, hay en sus páginas, contrarrestándolas, idealismo, generosidad, valentía, convicción moral y razones sólidas para sobrevivir."           (   , El País, 27 JUN 2015)

24/10/13

La Gestapo era muy accesible al soborno. Lograr un pasaporte falso costaba entre los 200.000 y los 500.000 rengös

"(…) Por su parte, la Gestapo era muy accesible al soborno. Lograr un pasaporte falso tenía una cifra que oscilaba entre los 200.000 y los 500.000 rengs, aunque las garantías eran muy escasas, sucediendo, corrientemente, que los evadidos eran oportunamente denunciados antes de lograr trasponer una frontera neutral. 

A mí me fueron ofrecidas, en muchas ocasiones, oportunidades para atraer hebreos, facilitarles documentación aria y cobrar una comisión. Tales "negocios" eran propuestos abiertamente, sin el menor pudor, por los oficiales de la Gestapo, ya extraordinariamente corrompidos.


Hay quizás una explicación a todo esto. La guerra iba de mal en peor. Nin-gún oficial ni soldado creía en la victoria; hoy estaban en Budapest, gozando de una existencia paradisíaca, pero mañana podían ser trasladados al frente, de dónde, cada vez, volvía menos gente. ello y el ejemplo del Estado traficando con todo lo traficable, aniquiló una frágil moral, curtidä en la victoria continua, que se vino abajo con el revés constante de las armas. (...)

(Eugenio Suárez:  Corresponsal en Budapest  (1946), Ed. Fundación Mapfre, 2007, págs. 109/110)

27/4/11

"Si no hablabas, si no cantabas (con la tortura), eso producía en el que podía haber sido delatado y en ti mismo un sentimiento enorme de fraternidad"

"Arranca la confesión de la tortura que sufrió su compañero comunista Simón Sánchez Montero; la tortura era para que soltara dónde estaba Federico Sánchez. Sánchez Montero se mantuvo en silencio.

Él sufrió la tortura de la Gestapo, no la de la policía española, "quizá la de la Gestapo era un poco más… científica, digamos, con muchísimas comillas; la española eran meras palizas que durante días y semanas constituían una tortura insoportable.

Ambas, para hacerte hablar. Si no hablabas, si no cantabas, eso producía en el que podía haber sido delatado y en ti mismo un sentimiento enorme de fraternidad. Y eso sentí con Simón Sánchez Montero".

La Gestapo lo sometió a la bañera, un método de tortura que aún anda en sus pesadillas y de lo que nunca ha escrito. "Es una experiencia terrible que durante años me impidió ir a piscinas donde fueran jóvenes amigos de las bromas, de las aguadillas… Esas bromas a mí me volvían literalmente loco.

Una vez estaba yo en la piscina que Yves Montand y Simone Signoret tenían en Normandía; me lancé a la piscina, una de los jóvenes que había allí hizo esa broma y nadie entendió que yo respondiera con aquel furor.

La única que lo entendió fue Simone Signoret. Ella estaba en una tumbona al lado de la piscina, vio la escena y solo horas después, ya en el salón, me dijo: 'Esa reacción tan brutal que has tenido en la piscina, ¿tiene algo que ver con la bañera de la Gestapo?'.

Ella conocía muy bien las historias de la Resistencia, porque tenía muchos amigos que habían sido detenidos y torturados por la Gestapo. Y lo adivinó. Antes de la entrevista con Augstein, probablemente esa fue la única vez que hablé con cierto detalle de la experiencia de la bañera". (...)

Pero esa confesión sobre la tortura ha caído sobre su ceño canoso como un obús. "Y tendré que escribir de ello; era muy difícil hablar de ello serenamente… Ahora ya no me conmueve tanto. Ya no. Ahora puedo escribirlo con total serenidad.

Igual ha sucedido con las primeras experiencias en el campo de concentración. Puede que al contarlo me revuelva un poco, pero es algo pasado y asumido, asimilado, puesto en orden".

"Yo tuve la suerte de que los primeros golpes de detención fueran puramente palizas", continúa, "pero sin el propósito sistemático de interrogar; nadie me preguntaba nada. Me habían cogido, habían descubierto un arma que llevaba conmigo, y la policía militar, antes de que fuera a la Gestapo, me hizo todo tipo de barbaridades. Pero nadie me preguntaba nada".

"Me mentalicé: tenía que resistir, no debía hablar". Decidió contarles un cuento a los policías: "Un cuento que no pusiera en peligro a ninguno de los compañeros del grupo de la Resistencia.

Una novelita rosa que esos días era posible leer en la propia prensa de los colaboracionistas: yo era el pobre estudiante que no tenía dinero, que oye una conversación y que es encargado de llevar unas maletas cuyo contenido desconoce.

Cree que está metido en el mercado negro y un día descubre que en realidad está metido en el transporte de armas, que no puede dejar porque lo amenazan de muerte".

No lo contó de buenas a primeras; no le hubieran creído, demasiado preparado. "Pero si lo contaba en el momento que parezco derrumbarme, entonces me creerían. Así que aguanté días de interrogatorio, palizas, jornadas enteras en la bañera, un día me metían vestido, otros en calzoncillos.

No sé por qué aquel día me metieron vestido… Y ese día, sofocado, mientras me gritaban, me insultaban y me metían una y otra vez en aquella tortura, me dije: Es el momento".

Le creyeron. Le habían dicho sus compañeros de la Resistencia cómo iba a ser la tortura. ¿Sabe lo que es la tortura alemana?, le preguntaron. Hay una primera fase de golpes, luego te cuelgan por las esposas y luego te hacen lo de la bañera; "yo sabía que lo de la bañera iba a ser lo peor".

Él tiene "un miedo congénito" a la sofocación, "a no poder respirar tranquilamente". Ahora, "con este dolor absurdo de la espalda, los únicos momentos de angustia que me provoca este sufrimiento se producen cuando no puedo respirar.

Me despierto con unas angustias por la noche porque no puedo respirar bien. Ese horror a perder la capacidad de respirar es infame".(JORGE SEMPRÚN: "Lo único que he traicionado es a mí mismo". El País Semanal, 19/12/2010, p. 84 ss.)