Mostrando entradas con la etiqueta Dictadura: Medicina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dictadura: Medicina. Mostrar todas las entradas

17/6/16

Estoy segura de que conmigo se experimentó. Todos los días me ponían una inyección blanca o amarilla. Tuve neumonía, rubeola y paperas lo largo de los tres meses que estuve en el preventorio

"Fuimos a comulgar y pregunté al cura: “Padre, ¿qué es la ostia?” Sin contestar me dio un guantazo que me tiró escaleras abajo. Al caer el oído me empezó a sangrar. A continuación bajó aquellas escaleras, se dirigió hacia mí, me cogió por el cuello de la camisa y me dijo: “Lo que yo te he dado es una hostia pero lo que tú vas a recibir es la sagrada comunión.” Desde aquel día estoy sorda del oído izquierdo.

 “Fue horrible. Estoy segura de que conmigo se experimentó. No han logrado encontrar los informes médicos, no han aparecido. Todos los días me ponían una inyección blanca o amarilla. Tuve neumonía, rubeola y paperas lo largo de los tres meses que estuve en el preventorio. No es normal”.

 Estos testimonios forman parte de la infancia silenciada y olvidada de Julia García y Dolores Zamorano en el preventorio antituberculoso de Guadarrama (Madrid) y que cuentan a modo de exorcismo. Al igual que otras muchas niñas, Julia y Lola vivieron allí una serie de maltratos físicos, psíquicos y abusos sexuales que les robaron la infancia. Aquellos preventorios eran la “cara amable de una dictadura que seguía fusilando y que, por no tener, no tenía ni Ministerio de Sanidad”.

 Los preventorios antituberculosos engrosan la lista de instituciones que practicaron el terror con miles de mujeres y menores durante el franquismo. A partir de 1940 el Servicio de Colonias Preventoriales, dependiente del Patronato Antituberculoso, empezó a organizar estancias para niños de 7 a 12 años en diversos centros como el Preventorio Infantil del Doctor Murillo, en Guadarrama, Madrid.

La España moribunda de la posguerra no podía asistir a todos los enfermos de la tuberculosis que asolaba al país y por ello se fueron construyendo estos sanatorios que pronto se convirtieron en un “contenedor” de niños procedentes de familias sin recursos que, a pesar de no tener ningún enfermo de tuberculosis, veían en ellos la única manera de garantizar un plato de comida para sus hijos.

Al igual que en otros centros los hijos de “rojos”, de madres solteras o procedentes de familias humildes se convirtieron en el blanco de las iras de muchos cuidadores: “Una noche una niña se hizo pis y como castigo le quemaron el culo. Eso lo he visto yo”, nos explica Julia que estuvo internada en Guadarrama de 1963 a 1968.

El 14 de octubre de 1957 Franco inauguró los Hogares Mundet, en Barcelona, que continuaron activos hasta finales de los años ochenta. Por allí pasaron miles de niños que relatan castigos desgarradores. Palizas gratuitas, abusos sexuales o privación de alimentos fueron algunas de las prácticas que, aunque quizás no fueron generalizadas, sufrieron aquellos internos.

El mapa de torturas se amplía con el colegio de San Fernando, en Madrid. Al igual que los Hogares Mundet, dicho colegio estuvo gestionado por la orden de los Salesianos y por las monjas Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl que cometieron abusos de todo tipo.

Un hecho que diferencia a San Fernando del resto de centros fue el tráfico y venta de menores para trabajar en unas condiciones que rozaban la esclavitud.

Las humillaciones también tuvieron su escenario en los psiquiátricos que acogieron a miles de niños sanos solo por el hecho de no someterse a las consignas del régimen. Los “rojos”, a menudo, eran considerados deficientes mentales o locos y los hijos de éstos no quedaron al margen de estas desacreditaciones.

Una vez más había que convertir a aquellos niños al nuevo régimen al precio que fuera, bastaba con ser un “rebelde” para ser ingresado en un hospital psiquiátrico.

 Una vez dentro les administraban calmantes como, por ejemplo, la trementina (usado normalmente en caballos), les sometían a electrochoques o pasaban meses aislados. El psiquiátrico más temido fue Sant Boi, en Barcelona, un centro del que muchos niños no salieron nunca.

Todos estos datos están recogidos en el libro Los internados del miedo (editorial Now Books), una magnífica investigación de los periodistas Montse Armengou y Ricard Belis en la que encontramos cientos de testimonios denunciando aquel régimen de terror durante el franquismo.

 Un libro necesario, lleno de heridas y verdades incómodas que saca a la luz, entre otras muchas historias, el horror de la violación que sufrió Dolores por parte de un cura o la infancia rota de Julia. Jirones de vida que al leer te queman por dentro. Un alegato frente al anonimato de miles de españoles a los que nuestras instituciones han negado la reparación."             (Beatriz Nogal, La Lamentable, 13/06/16)

29/9/14

Cómplices necesarios de la tortura franquista y del robo de niños: los médicos

"(...) En España, desde 1936 hasta 1986, durante medio siglo, primero en las zonas ocupadas por las tropas franquistas y después en todo el territorio español que gobernó a su antojo la dictadura,  y aún más tarde, ya en marcha la Transición, fueron robados miles de niños, arrancados de los brazos de su madre que acababa de darlos a luz, para entregarlos en adopción a los jerarcas del régimen y a aquellos matrimonios bien situados que pagaban por ello.

 Estos crímenes fueron ocultados con tanta eficacia que ni siquiera los que nos creíamos informados supimos de estas prácticas hasta que en los años ochenta un reportaje de la televisión catalana desveló tales horrores. Desde esa fecha hasta la actualidad algunas madres han intentado conocer el paradero de aquellos bebés y recuperar a sus hijos. 

Se han iniciado algunos procesos judiciales que siguen en el habitual limbo de la justicia española, con la inestimable ayuda de los fiscales, cuyo deber creíamos que era perseguir los delitos, sin que se sepa que se haya avanzado en las investigaciones.

Se acusa a una monja, que ya ha fallecido, y a un médico cuya declaración ignoro, de algunos de esos robos. Y con ello, tanto el sistema judicial, como los medios de comunicación, como los Colegios de Médicos, como la opinión pública –si es que tal cosa existe en España- ha clasificado los “casos” como tales. Es decir, sucesos acaecidos en tiempos pasados que no tienen más trascendencia que la de unos delitos aislados.

En España no se han llevado a cabo, ni aún iniciado, las investigaciones destinadas a acusar a todos  los responsables de semejantes atrocidades, entre los que se encuentran los médicos que atendieron a las parturientas,  entregaron los bebés a las monjas y curas que los distribuían a los buenos matrimonios ansiosos de ser padres, y después mentían a las madres diciéndoles que su hijo había nacido muerto. Incluso se atrevieron a enseñarles cadáveres inidentificados sacados del depósito en estado de congelación o a designar tumbas que se han encontrado vacías.

Durante medio siglo hubo médicos que actuaron al servicio de la policía político social explorando a los detenidos en las comisarías para controlar los efectos de la tortura. Aquel que me interrogó al llegar a la Dirección General de Seguridad de Madrid y una vez conocidas mis afecciones me entregó a las garras de los torturadores, con un informe exacto de mis puntos débiles. 

Días después, una vez, en plena sesión de “interrogatorio”, reanimada de la pérdida de conocimiento noté que el médico me quitaba del brazo el aparato de toma de tensión y decía, “déjenla descansar”. Al salir de aquella cueva me puso delante de los ojos un informe en el que declaraba que me encontraba en buen estado de salud, mientras sonreía.

Como en mi caso en el de decenas de miles de detenidos políticos, y comunes, y el de decenas de miles de presos políticos, y comunes, hubo médicos que asistieron impertérritos a las sesiones de tortura practicadas por las diversas fuerzas del orden, que reanimaron a los heridos y moribundos en las comisarías y que firmaron después certificados de “buen estado de salud” y de defunción “por causas naturales”. 

Y más tarde, cuando alguno de los detenidos se atrevió a denunciar a sus torturadores, acudieron a los juzgados a declarar a favor de la policía, asegurando que cuando ellos  exploraron al preso este se encontraba perfectamente.

Médicos que en las prisiones no atendían los requerimientos de los presos cuando se encontraban enfermos, que no suministraban las medicinas necesarias para los tratamientos, que se negaban a anestesiar a las mujeres en el momento parir y las insultaban aludiendo a los vicios que las habían conducido a ese estado.

 Psiquiatras que redactaron informes asegurando que las presas y los presos políticos  eran seres enfermos, malvados, pervertidos, y merecían ser tratados con shocks eléctricos o medicación invalidante.  (...)

Sin el concurso de esos miles de facultativos que durante decenios ayudaron a los jerifaltes y torturadores del régimen a perpetuarse no hubiera sido posible que la dictadura actuase con semejante crueldad. Pero tampoco ni uno solo de los Colegios de Médicos ha hecho declaración alguna reconociendo el infame papel que cumplieron aquellos de sus colegiados, ni ha repudiado semejante conducta ni eliminado de sus corporaciones los nombres de tales individuos.  (...)

Ninguno de los médicos que colaboraron, ayudaron y fueron cómplices necesarios de los crímenes del franquismo ha sido procesado, ni aún acusado, de sus crímenes. Jamás se han retractado y nunca nos pidieron perdón.  (...)"          (Público, 21/09/2014)

24/4/14

Experimentos con gemelos de etnia gitana

"Los agentes de la Gestapo obligaron a Theresia Seible Winterstein, una bella y elegante bailarina gitana de Mannheim (Alemania), a firmar unos documentos en los que "autorizaba" su propia esterilización bajo amenaza de ser deportada a un campo de concentración. Era 1941 y el destino de los romaníes bajo el régimen Nazi era paralelo al de los judíos: serían perseguidos hasta el exterminio.

 La vida, sin embargo, corría con demasiada fuerza por las venas de Theresia Seible, de solo veinte años, que decidió junto a su novio, el músico y reparador de violines Gabriel Reihhardt, quedarse embarazada antes de la llamada de los médicos. Vendrían gemelas: Rolanda y Rita.

Los "higienistas raciales" del Régimen se sintieron contrariados al conocer el estado de la joven Theresia. Detuvieron a la familia y pidieron instrucciones a Berlín, que permitió a la pareja continuar con aquel embarazo. No era un acto de humanidad. Los bebés deberían ser entregados justo al nacer a la Clínica de la Universidad de Wüzburg. 

Allí, el Doctor Werner Heyde, personaje clave del programa de eutanasia nazi, hacía experimentos con gemelos de etnia gitana bajo las tesis de selección genética de Josef Mengele, el célebre Ángel de la muerte, según recogen los testimonios relacionados con este episodio.

De entre los millones de vidas marcadas antes del propio acto de nacer, están las de aquellas dos criaturas, Rolanda y Rita. Sus padres no pudieron llevárselas a casa. Un mes y medio después del parto, la pareja recibió una orden de deportación. Theresia fue a buscar a sus hijas. Irrumpió en la Clínica. Se zafó de las enfermeras. Y en la sala donde algún día contado vio a sus bebés, encontró el cadáver de Rolanda. 

Estaba depositado en una bañera, envuelto en un tejido fino. La madre aterrorizada solo pudo llevarse a su gemela, que también tenía la cabecita vendada, por unas horas, hasta que fue detenida. A las dos pequeñas les habían inyectado sustancias en la cabeza y en la parte posterior de las corneas con el objetivo de intentar transformar sus ojos oscuros gitanos en azules. (...)

A sus 71 años, Rita Prigmore se coloca su pañuelo de flores anudado al cuello y cuenta que fue de ella y de los suyos. Familiares despojados de sus propiedades y ocupaciones. Su tío Otto Winterstein, y su tío abuelo, Fruz Spindler, deportados a Auschwitz (ambos sobrevivieron). Su madre, finalmente esterilizada, como lo había sido su abuelo. Tantos otros amigos y familiares, agraviados, muertos, desaparecidos. 

 Ella se pregunta "¿por qué?". "Me he preguntado muchas veces por qué. No hicimos nada salvo pertenecer a otra raza y fuimos tratados como si no existiésemos, como la nada, despojados de cualquier dignidad". Entre 200.000 y 800.000 gitanos considerados de una "raza inferior" e "insociable" por el régimen Nazi fueron asesinados en el otro Holocausto, el Romaní. (...)"           (eldiario.es, 24/04/2014)

28/2/14

La matanza en cadena embruteció al personal



“UN FOTÓGRAFO empezó a tomar fotografías de personas antes de que las matasen. Era mayo de 1940, en un castillo medieval de Austria. 

Las personas del castillo de Hartheim a las que estaban matando eran enfermos mentales o padecían algún impedimento físico; sus cadáveres se incineraban en un horno.

 «Hitler opinaba que el exterminio de estos llamados "inútiles que comen"—testificó más adelante uno de los encargados del programa eutanásico T-4— haría posible poner más médicos, enfermeros y enfermeras, y otro personal, así como más camas de hospital y otras instalaciones, al servicio de las Fuerzas Armadas.»

El olor a carne quemada molestaba al fotógrafo. El supervisor de Hartheim, un ex agente de policía, dijo: «Bebe, te sentirás mejor». Así que el fotógrafo bebía y tomaba las fotografías. La matanza en cadena embruteció al personal, escribe un historiador: 

«Abundaban los informes de orgías de alcohol, numerosos enredos sexuales, peleas y maltratos». Un testigo presencial dijo que en el castillo «casi todos los empleados tenían relaciones íntimas entre ellos». Más de nueve mil personas murieron en Hartheim en 1940.”    

(Nicholson Baker: Humo humano. Los orígenes de la Segunda Guerra Mundial. Ed. Debate, 2009, págs. 162)

9/12/10

Experimentos clínicos con humanos... durante el franquismo


Cristóbal Martínez Bordiú (marqués de Villaverde) con algunos miembros de su equipo quirúrgico, preparando una operación de esclerosis mitral

"El paciente era un caso perdido", se justificó el yerno de Franco, Cristóbal Martínez Bordiú, cuando anunció a los periodistas que hacían guardia en el vestíbulo de La Paz la muerte del fontanero de Padrón. Con lo bien que hubiera estado aquel golpe de efecto nacional ante el mundo entero, en pleno año 68, nueve meses después de que Christiaan Barnard lo lograse en Cape Town.

Pero no, el primer trasplantado de corazón español se le escapó de las manos al médico, no sobrevivió al quirófano más que 27 horas, y ni a su viuda ni al viudo de la donante, que tardó en asimilar que a su mujer la enterraran sin corazón, les valió de gran consuelo el haber servido al país.

"Han hecho ustedes por España más de lo que piensan", llegó a comentarles a modo de condolencia el director del hospital. Y hasta se podría decir que alivió ligeramente sus cuitas el hecho de que la Seguridad Social costease, sin flores, las pompas fúnebres, siendo como eran los protagonistas de esta historia de condición humilde.

El marqués de Villaverde, que aspiraba a pasar a la historia por este hito, se confesaba "desolado", pero ante la prensa defendió su eficacia profesional y atribuyó la muerte del gallego Juan Alfonso Rodríguez Grille a "complicaciones extra-cardíacas", porque, como ya había afirmado un día antes, la intervención había sido "un éxito".

Era, eso es cierto, la primera vez que en España se intentaba trasplantar un corazón humano, pero hoy la Organización Nacional de Trasplantes no la toma como referencia, solo la considera una "anécdota del régimen". Tendrían que pasar aún 16 años para que se llevase a cabo en el Hospital San Pablo de Barcelona el que la medicina considera primer trasplante cardíaco, aunque el paciente no sobrevivió más que nueve meses.

Juan Alfonso Rodríguez Grille, de 40 años, fue operado durante cinco horas en la madrugada del 18 de septiembre de 1968, casualmente el mismo día en que el hermano de Barnard viajaba a España y quedaba para cenar con Martínez Bordiú. El médico español siempre se preocupó por labrarse una amistad con los sudafricanos.

En 1975, con el Generalísimo agonizante, al fin después de varios intentos el marqués lograba traer a España al Barnard más famoso, y Eduardo Barreiros, el magnate ourensano de la automoción, hacía lo posible por asegurarle una estancia placentera. Organizaba una cacería para agasajarlo y hasta le regalaba un visón a su esposa.

Barreiros pertenecía al círculo de íntimos del yerno del dictador. En 1968, cuando el trasplante, también echó un cable a su manera para que Martínez Bordiú se colgase la medalla: puso a disposición del equipo quirúrgico una avioneta de su propiedad para trasladar de urgencia las muestras de tejido a París, donde se debían realizar las pruebas de compatibilidad entre la difunta y el esperanzado padronés." (El País, Galicia, 03/12/2010, p. 12)

"La deuda del marqués de Villaverde. Una mujer reclama a la familia Franco que cumpla lo prometido por el doctor Martínez Bordiú a su madre tras la muerte de su padre, primer trasplantado de corazón en España.

En el bolsillo del abrigo que el fontanero Juan Alfonso Rodríguez Grillé dejó colgado en la habitación del hospital La Paz, en Madrid, su viuda encontró una nota doblada que, después de 42 años, la hija del difunto todavía lleva a todas partes en el monedero. "No tires", había escrito, precavido, en el envés blanco del papel un rato antes de entrar en el quirófano para convertirse en el primer trasplantado de corazón de España.

Después de mantener una conversación en privado con Cristóbal Martínez Bordiú y terminar dando permiso para la intervención, Rodríguez Grillé adivinó lo que le esperaba. Pidió la extremaunción, reclamó ver a su niña, de nueve meses, por última vez, y dejó doblada su voluntad en la prenda de lana. "Estrella", le escribía a su mujer,

"cobras la liquidación de la empresa (...). Llevas la llave que está en los pantalones. El abrigo mío se lo das a papá. No tengas miedo, Dios te dejará criar la niña (...). Si puedes aguantarte en Madrid, mejor (...) Haréis la promesa al Cerro de los Ángeles y escribid al Papa (...) Una montaña de besos y abrazos, Juan". (...)

"Estas no son las palabras de un hombre con esperanzas. Mi padre sabía que iba a morir, y murió por mí", comenta con la nota plastificada en la mano María Jesús Rodríguez Boga, aquel bebé que ahora es madre de un chico y cuida todavía a su progenitora, impedida y desquiciada por la mala vida que le tocó vivir.

Ella, y el resto de la familia de Juan Rodríguez Grillé, en el despacho del marqués de Villaverde, yerno de Franco, se había opuesto a la operación que finalmente tuvo lugar en La Paz en la madrugada del 18 de septiembre de 1968. Era la gran noticia del Régimen en aquel momento, y por el vestíbulo del centro hospitalario deambulaban medio centenar de periodistas españoles y extranjeros.

Solo habían pasado nueve meses desde que el cirujano Christiaan Barnard lograse el primer trasplante de corazón en Ciudad del Cabo (Sudáfrica, )y si sonaba la flauta con el fontanero natural de Padrón, la dictadura española se apuntaría un tanto a ojos de todo el planeta.

No querían la operación ni la familia del receptor ni la de la donante, Aurelia Isidro, una vecina de Meco (Madrid), que llegó en coma a la clínica después de ser atropellada por un camión. Pero, al final, los unos y los otros, todos de condición muy humilde, cedieron.

"Han hecho ustedes por España más de lo que piensan", les llegó a comentar el director del centro médico. Era un servicio a la patria. A cambio, la Seguridad Social les garantizaba el pago (sin flores) de los sepelios, y el doctor Martínez Bordiú se comprometía a velar por el futuro de los hijos, cuatro en el caso de la mujer muerta tras su ingreso y una sola en el del trasplantado.

Después de permanecer callada durante cuatro décadas, María Jesús Rodríguez ha iniciado los trámites para reclamar por vía judicial a los herederos del cirujano que salden de manera póstuma la deuda supuestamente contraida aquel día por Martínez Bordiú con ella y con su madre y que guarda, asegura, plasmada por escrito en su casa de Carabanchel.

"Mi abogado me ha dicho que esto no prescribe, y a mí me hierve la sangre cada vez que veo en las revistas el tren de vida que lleva la hija de ese matasanos, que se quiso colgar la medalla y pasar a la historia a costa de mi padre", denuncia.

"El marqués de Villaverde le aseguró a mi madre, literalmente, que se haría cargo de mi 'porvenir' y mis 'estudios", afirma, y en la rueda de prensa que dio en el hospital para hacer público que el paciente había muerto, después de sobrevivir 27 horas con un corazón ajeno, "el yernísimo" anunció que sería el Ministerio de Trabajo el que cumpliría con los compromisos.

Pero las ayudas prometidas jamás llegaron a materializarse. Rodríguez Grillé fue enterrado en un nicho del cuartel 204 de La Almudena, es cierto que a cargo de la Seguridad Social, en presencia de un puñado de familiares y unos cuantos reporteros, pero después pasó un año entero antes de que su viuda "pudiese pagar" de su bolsillo "un recibo de la luz".

Mientras tanto, la cría y ella, que había emigrado hacía dos años tras los pasos de su marido desde Escravitude (Padrón) a Madrid, fueron sobreviviendo. Con el tiempo, y por aquello de que su esposo le había pedido que aguantase en la capital, consiguió emplearse fregando escaleras, y así sacó adelante a la niña.

En una ocasión, en 1971, se dirigió por carta a Trabajo recordando el compromiso y pidiendo que se le gestionase una plaza en un colegio público. "No hubo contestación" y la pequeña terminó estudiando en uno concertado con las monjas." (El País, Domingo, 19/12/2010)