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29/6/18

Hace diez años que en Rusia se sabe que Stalin y su régimen mataron mucho menos de lo que se ha dicho. Que haya que quitarle un cero a la cifra de represaliados, en millones, no cambia absolutamente ninguna conclusión, ni altera los adjetivos. Simplemente, la capacidad de horrorizarse no debería estar reñida con la seriedad

" La guerra fría concluyó hace una década y ya es hora de que la propaganda dé paso a la historia, y la suposición al documento. Hace diez años que en Rusia se sabe que Stalin y su régimen mataron mucho menos de lo que se ha dicho. Que haya que quitarle un cero a la cifra de represaliados, en millones, no cambia absolutamente ninguna conclusión, ni altera los adjetivos. Simplemente, la capacidad de horrorizarse no debería estar reñida con la seriedad.

Encuentro al historiador Viktor Zemskov en el Instituto de Historia de la Academia de Ciencias rusa. En 1989, cumpliendo una directiva del Politburó de Mijail Gorbachov, la Academia de Ciencias, encargó a Zemskov aclarar un gran enredo; las dimensiones reales de la represión estalinista. 

Hasta entonces, el tema había estado en manos de quienes el profesor Moshe Lewin, uno de los mayores especialistas occidentales en historia de la URSS define como, “personas con una fértil imaginación”. En esa categoría se incluyen muchos “Cold warriors“, cruzados de la “guerra fría”. Algunos de ellos siguen hoy con el reloj parado.

Zemskov, un hombre humilde y discreto, tuvo, por primera vez, acceso a uno de los sectores más secretos de los archivos del Ministerio del Interior (Mvd-Mgb) y de la policía de estado (Ogpu-Nkvd) de Stalin. Allí se encontró con una documentación pormenorizada y exhaustiva de la máquina represora de Stalin; el Gulag, las cárceles, la estadística de fusilados, deportados, etc. Resultó que el estado y sus matarifes llevaban las cuentas de sus crímenes y fechorías con el rigor de un esmerado y pedante oficinista.

Hace casi diez años que los documentos de estos archivos han hablado, pero Zemskov y sus conclusiones siguen siendo desconocidos. “A mi no me invitan a hablar por televisión”, dice sin el menor atisbo de falsa modestia. Esta es la primera entrevista de Zemskov a un medio de prensa extranjero, porque nadie se había interesado por el testimonio del hombre que alteró las cifras, no la esencia, de uno de los grandes dramas del siglo XX.

En el momento culminante de la represión estalinista, el “gran terror” de 1937-1938 en la URSS se practicaron 2,5 millones de detenciones, y entre 1921 y 1953 se fusiló por motivos políticos a 800.000 personas. La cifra es tan impresionante que, a su lado, poco importa que hasta ahora se hablara de 20 millones de detenciones o de 7 millones de fusilados.

– ¿Existen cifras exactas sobre la represión estalinista? 

– El criterio “represión” puede interpretarse de diferentes formas. Yo me limito a la “represión política”, es decir a los incriminados según el artículo 58 del código penal (“actividad contrarrevolucionaria y otros crímenes graves contra el estado”), que fueron condenados a muerte o a otras penas. Entre 1921 y 1953, pertenecen a este grupo unos 4 millones de personas. De ellos, cerca de 800.000 fueron condenados a fusilamiento. Además, suponemos que alrededor de 600.000 murieron en presidio, por lo que las muertes políticas fueron 1,4 millones.

– ¿Incluye ésta cifra de 4 millones, de ellos 1,4 muertos, a los “kulaks” (campesinos acomodados), los pueblos deportados, etc? 

– Los “kulaks” se dividían en tres categorías. Una es la de los detenidos y juzgados como delincuentes políticos. Estos sí que entran en nuestra estadística. Otra es la de los apresados y enviados a regiones del norte, y otra la de aquellos que simplemente eran expulsados de los pueblos y se buscaban la vida en las fábricas. Los dos últimos grupos, los más numerosos, no entran en nuestra estadística, de manera que entre los 4 millones el grupo de los “kulaks” es pequeño.

– ¿Por qué no los incluyen? ¿Acaso el destierro al Norte y la deportación no son represión? 

– Si, pero no eran juzgados. Sólo se les deportaba y se les confiscaba sus propiedades. Hay motivo para un debate…

– ¿O sea que si no está formalizado jurídicamente, todo eso no es represión? 

– Es la única manera de distinguir a los represaliados políticos del sufrimiento general. Consideramos que a partir de 1918, cuando empieza la expropiación de los terratenientes, de los capitalistas, del clero, eran represaliados quienes eran detenidos por la VCHK (la policía de estado), aunque, incluso si no eran detenidos, todos estos grupos perdieron todas sus propiedades. 

Con los “kulaks” aplicamos el mismo criterio; los represaliados eran los detenidos, mientras que los deportados eran simplemente víctimas de las transformaciones socio-económicas, crueles e igualitaristas. Esa circunstancia puede aplicarse a la mayoría de la población de la URSS, pues, de una u otra forma, la gente sufrió; se pasaba hambre, se vivía mal, etc.

– Efectivamente, pero el concepto “represión” debe abrirse a otras víctimas de castigo terrorista, que frecuentemente sufrieron una enorme mortandad. Por ejemplo, los estudios más convincentes señalan que entre 1,1 y 1,2 millones de familias “kulaks” fueron destruidas en la colectivización, ¿cuántos miembros de ese colectivo de 5,5 a 6 millones de almas murieron? 

– La cifra aún no se ha establecido. En la bibliografía se dan cifras absurdas de 6 a 10 millones de muertos, entre ellos de 3 a 7 millones en Ucrania. Pero gracias a la estadística demográfica sabemos que en 1932 en Ucrania nacieron 782.000 y murieron 668.000, mientras que en 1933 nacieron 359.000 y murieron 1,3 millones, Estas cifras incluyen mortalidad natural, pero está claro que la primera causa de muerte esos años fue el hambre.

– Los nacionalistas ucranianos consideran eso un genocidio nacional contra ucranianos, ¿está de acuerdo? 

– No, porque esa misma situación se dio entre la población del Cáucaso del Norte, la región del Volga y Kazajstán, donde hubo hambrunas. Había que cumplir el plan confiscando parte de la cosecha, pero como, a causa de la sequía, no se alcanzaba lo necesario, confiscaron toda la cosecha. El estado cometió un crimen contra todos los campesinos, independientemente de su nacionalidad.

– Catorce nacionalidades de la URSS fueron deportadas por completo y 48 parcialmente. Sólo entre las etnias del Cáucaso se deportó a 650.000 personas en tres operaciones militares, vigiladas por un ejército de 100.000 hombres, sin contar 19.000 soldados del NKVD. ¿Qué se sabe de esa mortandad?

– En la propia operación de deportación no fue muy elevada. En el caso de los tártaros de Crimea, por ejemplo, murieron dos o tres personas en cada convoy ferroviario, en general ancianos. En total 191 personas. Pero al llegar a su destino, en Uzbequistán, murieron por decenas de miles. En los primeros años de destierro la mortalidad superó con creces a la natalidad. Sobre los chechenos, no se sabe con exactitud, pero por el camino tampoco murieron mucho, en cambio en su destino, sí.

– ¿Por qué la franja temporal 1921-1953? ¿Acaso concluyó la represión después de 1953? 

– Entre 1937 y 1953 la represión era mortífera. En su periodo más cruel, 1937-1938, fueron condenadas más de un millón trescientas mil personas de las que casi 700.000 fueron fusiladas. En 1951 fueron condenados casi 55.000, y en 1952, 29.000… Veamos ahora 1958, con Stalin ya muerto: los condenados fueron menos de 2000, entre ellos 69 personas a fusilamiento. Es decir, el volumen de la represión se redujo veinte veces en comparación con los primeros años cincuenta, y en centenares comparado con los años 30. A partir de Jrushov ya no hay una escala extraordinaria.

– ¿Que le parecen las cifras sobre represión y mortandad en la URSS barajadas durante la guerra fría? 

– De lo que se trataba era de desacreditar al adversario. La sovietología occidental afirmaba que 50 o 60 millones habían sido víctimas de la represión, la colectivización, el hambre, etc. En 1976 Solzhenitsyn dijo que entre 1917 y 1959 en la URSS habían muerto 110 millones de personas. 

Es difícil comentar éstas tonterías. La realidad es que la población del país fue aumentando por encima del 1%, superando el crecimiento demográfico de Inglaterra o Francia. En 1926 la URSS tenía 147 millones de habitante, en 1937 162 millones, y en 1939 170,5 millones. Los censos son fiables, y sus cifras son incompatibles con matanzas de decenas de millones.

– ¿Cómo reaccionaron a sus cifras? 

– Lev Razgón, un conocido literato, polemizó conmigo. Defendía que en 1939 había más de 9 millones de presos en los campos, cuando los archivos evidenciaban 2 millones. Se basaba en impresiones, pero tenía acceso a la televisión, donde a mi no me invitaban. Mas tarde comprendieron que yo tenía razón y se callaron.

– ¿Y en Occidente? 

– El líder era Robert Conquest, cuyas cifras de represaliados y muertos quintuplican la evidencia documental. En general, la reacción de los historiadores fue de reconocimiento. Hoy ya son mis cifras las que se barajan en las universidades.

– ¿Hasta qué punto son exactos los archivos del Gulag, del NKVD, etc., a los que usted accedió por primera vez gracias a Gorbachov? 

– La estadística del Gulag es considerada por nuestros historiadores como una de las mejores.

– ¿O sea, que los dirigentes conocían exactamente las dimensiones de su represión y de sus fusilamientos? 

– Sí. Informaban regularmente a Stalin. Un solo caso de un preso desaparecido en un naufragio o fugado, genera todo un dossier de documentos y correspondencia.

– ¿Se conoce algo sobre cómo argumentaba Stalin y su entorno éstas matanzas y violencias? 

– Creo que de lo que se trataba era de deshacerse de la gente que no cuadraba con el proyecto comunista de futuro, asi como de aquellos que tenían un gran instinto de preservación, aunque formalmente no fueran culpables de nada. Era una medida preventiva. Mólotov le dijo una frase reveladora al periodista Felix Chuyev; “no esperábamos a que nos traicionaran, nosotros tomábamos la iniciativa y nos anticipábamos a ellos”.

– ¿Qué piensa como historiador? ¿Hasta qué punto es única la historia rusa desde el punto de vista de la gran mortandad política? 

– Con respecto a la historia de Inglaterra del XVII, la Francia del XVIII y la Alemania del XIX, lo de Rusia es único en el sentido de que eso ocurrió en el siglo XX, cuando ya existía una economía compleja e integrada que se hundió con la revolución.

 Cuando H. G. Wells vino a Rusia en 1920, contempló un salvajismo total; se desmontaban las vías férreas, no había electricidad y todo se hundía, la gente moría de frío y hambre. Y antes de eso, aunque Rusia era periferia europea, había sido un país civilizado. Es decir, que cuanto más civilizado es un país, tanto menos deseable es la revolución, por las terribles consecuencias que ésta tiene.

– ¿Quiere decir, que la modernidad, en lo que tiene de capacidad de matar, es lo que hace más temible a Stalin que a Gengis Kan? 

– Sí.

– ¿Tiene algo que ver el comunismo, la ideología, con todo esto? ¿Hasta qué punto tiene sentido para alguien que cree en Dios estudiar las víctimas de la Iglesia Católica masacradas en nombre de Dios? 

– Tiene sentido porque no se puede creer en Dios de una forma absoluta, sino concreta. Todos aquellos desgraciados que quemaban en la hoguera, morían por creer de una forma “torcida”, equivocada, diferente a la disciplina del Papa de Roma. ¿La ideología? Se construía una nueva sociedad y se necesitaba un hombre nuevo para el futuro comunista. Los que mataron en 1937 eran los irrecuperables. Se mataba a los superfluos.

– ¿Se puede acusar a Cristo por la inquisición, o a Marx por Stalin? 

– Marx hizo su teoría para Europa, no para Rusia y menos aun para China. La represión no es posible en cualquier régimen comunista, sino sólo allí donde hay un fuerte y cruel despotismo, como en la Rusia de Stalin o en la China de Mao. Una represión como aquella ya no fue posible con Jrushov, Brezhnev o Deng Xiao Ping.

– ¿Qué pensó al entrar por primera vez en los archivos secretos del Gulag y constatar que las cifras de la represión eran mucho mas bajas de lo que todos creían y decían?

– Al principio me asombré. Luego comprendí rápidamente que en Occidente se habían engañado mucho al respecto, pese a lo cual, todas las conclusiones acerca del carácter terrorista del régimen, por la represión a la que sometió a la gente, mantenían toda su vigencia. Sobre todo para que nada de eso vuelva a repetirse."         

(Rafael Poch de Feliu , blog, Moscú, 05/06/2001.  Entrevista con Viktor Zemskov, historiador ruso)

28/11/17

Si hoy en día escuchamos a alguien hablar del «Ferrocarril de la Muerte»...

"Si hoy en día escuchamos a alguien hablar del «Ferrocarril de la Muerte», en principio pensaríamos en nazis o en una novedosa instalación de un parque de atracciones, aunque si también nos facilitaran el nombre oficial del tramo (Salejard-Igarka) afinaríamos más la localización y, seguramente, hasta aventuraríamos con gran seguridad el momento histórico. En efecto, se trataba de un tramo ferroviario de la URSS en tiempos de Iósif Stalin.

Con el objetivo de unir por tren Moscú con las zonas más alejadas de Siberia y así cohesionar el territorio, construir bases nucleares apocalípticas, extraer materias primas y reducir el número de reclusos, Stalin envió a unos cien mil prisioneros a construir ese tramo en unas condiciones dantescas y aquello se saldó como todos imaginamos. 

El dictador de formidable mostacho, ya sea porque era un megalómano mesiánico o un psicópata (en general, lo primero implica lo segundo), o porque tenía todos sus ahorros invertidos en funerarias, entre 1949 y 1953 se apuntó otras decenas de miles de muertes a su abultada cuenta particular en la construcción de casi 700 km de los 1300 km del trazado total

. En cuanto murió Stalin y se enfrió lo suficiente el cadáver como para no temer que pudiera mandar a nadie más a Siberia, los dirigentes soviéticos pararon en seco la construcción, no solo por motivos humanitarios, sino porque aquello estaba siendo un sinsentido. 

En la época veraniega, el armamento de vía se hundía bajo su propio peso en un fangal, sin siquiera pasar material móvil, y la habitual precisión milimétrica que exige el ferrocarril en aquel trazado se tornaba en métrica por los movimientos del suelo tanto en planta como en alzado: la vía quedaba como una cuerda en un bolsillo. Hoy en día aún se puede fotografiar lo que queda de algunos tramos que están desapareciendo lentamente en el terreno como si aquello fuera la digestión de un sarlacc. 

La causa de este desastre se debía al permafrost que, como su propio nombre indica, es una capa del suelo que está permanentemente congelada. Sobre esta franja se encuentra el suelo propiamente dicho que en el periodo invernal también está congelado al estar en contacto con hielo y nieve y que, cuando llega el tiempo cálido, el deshielo mezcla y forma un barro bastante espeso. 

Contrariamente a lo que nos indica el sentido común, las cargas que el ferrocarril transmite al terreno no son tan altas como podríamos sospechar: si cada rueda soporta 10 toneladas de carga, el balasto transmite a la plataforma en torno a 1 kilo por centímetro cuadrado (un terreno normal para cimentar se suele considerar que soporta 2 kilos por centímetro cuadrado). 

Pero es que cuando el suelo prácticamente fluye como el chocolate a la taza, cualquier peso es excesivo: los carriles y traviesas sobre aquel terreno se comportaban como un cuchillo sobre gelatina. En vista de este desastre, tuvieron que pasar unos cuantos años antes de que alguien volviera a plantearse un ferrocarril faraónico sobre el permafrost.  (...)"                  (Octavio Domosti, Jot Down)

20/1/17

Zygmunt Bauman: “Si algo en nuestro orden social hizo posible que ocurriera el Holocausto en 1941, no podemos tener la certeza de que ese algo haya desaparecido desde entonces”

"El fallecimiento de Zygmunt Bauman obliga a actualizar lo que escribió en 1989 sobre el Holocausto. El motivo ha sido que el pasado mes de noviembre, un Juzgado de la provincia de Soria abrió un proceso penal por “asesinato” ante el conocimiento de que un una fosa común podían hallarse los restos de personas presuntamente asesinadas en 1936 por las fuerzas sublevadas.

 En su obra Modernidad y Holocausto analiza exhaustivamente los múltiples significados del Holocausto del pueblo judío y, sin obviar, la enorme tragedia que representó para ese pueblo “la bestialidad de los nazis”, dirige también su atención al Gulag y a Hiroshima. 

Porque, en estos tres supuestos, a los que deberíamos añadir los terribles crímenes cometidos por el franquismo, se expresa la capacidad humana para hacer el mal y los recursos que se instrumentan, en función de los procesos históricos, para, en algunos casos, banalizarlo.

Así lo expresaba: ”El Holocausto se gestó y se puso en práctica en nuestra sociedad moderna e industrial, en una fase avanzada de nuestra civilización y en un momento culminante de nuestra cultura y, por esta razón, es un problema de esa sociedad, de esa civilización y de esa cultura”. Mucho más allá, por tanto, de simplificaciones como reducir su alcance a un “Estado odioso llamado Tercer Reich” o a una “enfermedad alemana”. 

Y añadía que, más grave aún, ha sido que “el mensaje que contiene el Holocausto sobre la forma en que vivimos hoy… se ha silenciado, no se escucha y sigue sin transmitirse”. Exactamente, es lo que ocurre hoy en nuestro país sobre las violaciones masivas y sistemáticas de los derechos humanos cometidas por la dictadura franquista pese a la vigencia de la Ley de la Memoria Histórica que, muy moderadamente, trata de reparar a las víctimas de aquellas violaciones.

Porque, analiza Bauman, el Holocausto fue el resultado de un conjunto de factores como “el monopolio de la violencia ”y la ausencia de “instituciones no políticas de la autoregulación social” que, aún hoy, persisten y son capaces de producir “efectos potencialmente horribles”.

Pero, además, concurren otros factores que han sido decisivos para garantizar la impunidad de los crímenes más terribles. Así lo expone Bauman, en unos términos que serían perfectamente aplicables a los cometidos aquí, por los criminales franquistas. Dice así: “Alemania perdió la guerra y, por tanto, los asesinatos cometidos bajo las órdenes alemanas se han definido como crímenes y violaciones de reglas morales que trascienden la autoridad del poder del Estado.

 La Unión Soviética se encontraba en el bando de los vencedores; por tanto, los asesinatos autorizados por sus dirigentes, aunque igual de odiosos que los alemanes, todavía están esperando recibir un trato semejante y eso a pesar del profundo esfuerzo de la era de la glasnost.

 Aunque solo se han descubierto algunos de los terribles misterios del genocidio de Stalin, ahora sabemos que los asesinatos en masa en la URSS fueron igual de sistemáticos y metódicos que los practicados más tarde por los alemanes y que las técnicas que utilizaron los Einsatzgruppen las probó primero a escala masiva la formidable burocracia de la NKVD”.

 Y cita como referencia el descubrimiento en Bielorrusia de “fosas comunes descubiertas cerca de las grandes ciudades… que se habían llenado entre 1937 y 1940 de cientos de cadáveres”. Se puede suponer que los “liquidaron sin juicio”.

 Es lo que ocurrió tras la sublevación fascista de 1936 y, el transcurso de ochenta años, con más de cien mil personas enterradas en las cunetas después de ser asesinadas, no genera ninguna reacción decisiva y enérgica del Gobierno y las Autoridades judiciales para enfrentarse a esa realidad, consecuencia directa de un genocidio. 

Por ello, y otras muchas razones, no es de extrañar que Bauman insista en que el problema del Holocausto “no puede circunscribirse a la investigación histórica o a la contemplación filosófica”. “Si algo en nuestro orden social hizo posible que ocurriera el Holocausto en 1941, no podemos tener la certeza de que ese algo haya desaparecido desde entonces”.               (Carlos Jiménez Villarejo, 13/01/17)

19/10/16

“Si tuviera que volver a nacer, quisiera experimentar otra vez el gulag”

"NO SABES cuánto me impresionó tu frase “Si tuviera que volver a nacer, quisiera experimentar otra vez el gulag”.

¿Recuerdas? Me lo contaste en Moscú en 2011 en tu pequeño piso situado en uno de esos desangelados edificios de paneles prefabricados. Los gatos eran tus fieles aliados, al igual que los niños que irrumpieron, a la salida del colegio, a través de tus puertas siempre abiertas. Mientras conversamos iban entrando sin llamar vecinos, niños y gatos. Todo el mundo era bienvenido en tu hogar.


Yo te conté mi proyecto: entrevistar a las mujeres que habían estado en un gulag comunista y reunir sus testimonios en un libro. Tú eras una de las pocas mujeres que aún podían testimoniar lo vivido. Me contaste tu vida: tu enamoramiento, a los 16 años, del compañero de clase con quien en tu escuela organizaste un club de lectura. A la profesora no le gustaron los poemas que leíais. 

“Son antisoviéticos”, afirmó. “¿Antisoviéticos? ¿Y por qué?”, te extrañaste. “Porque son melancólicos y el hombre soviético no debe estar triste”. Replicaste: “Estar ahora triste y ahora alegre está en la naturaleza del hombre”. Ella te denunció, junto con los demás del club.

"A ti, una chica de 17 años todavía con trenzas, te condenaron a 25 años de gulag, de los que llegaste a cumplir 5"


A ti, una chica de 17 años todavía con trenzas, te condenaron a 25 años de gulag, de los que llegaste a cumplir 5; a tu novio lo fusilaron un año antes de la muerte de Stalin. Al principio no tenías conocimiento de su muerte, luego te negaste a creerla y, cuando la evidencia se impuso, decidiste dedicar el resto de tu vida a honrar la memoria de ese joven ejecutado. 

Después de haber pasado por siete cárceles y nueve campos de trabajos forzados, te pusieron en libertad al revisarse tu caso tras la muerte de Stalin.

Entonces pronunciaste aquella frase… “Si tuviera que volver a nacer, quisiera experimentar otra vez el gulag”. “¿Por qué?”, te pregunté incrédula y me lo pregunto aún. “Porque en ninguna otra parte conocí amistades tan inquebrantables como en el gulag”, sostuviste. “En libertad las vivencias resultan evanescentes, como si no anclaran nunca en nada; lo verdadero solo se puede experimentar en las situaciones límite”.

Te pregunté si te sentiste feliz cuando regresaste a casa. Lo que me contestaste resultó ser otra sorpresa: “Tenía ganas de volver al gulag porque en libertad nadie me entendía. Y yo no comprendía nada de lo que me rodeaba: ¿para qué tantos helados, cafés, restaurantes? ¿No es suficiente con estar vivo? ¿Para qué desear las cosas innecesarias como vestidos nuevos y vacaciones junto al mar? Vivir y basta, lo demás es superfluo”.

Más adelante te convertiste en reputada historiadora y disidente; con Putin lo fuiste con renovadas fuerzas.

Te alegraste cuando, en un momento dado, entró un joven estudiante. “Mi nieto Alexei”, me lo presentaste; “él continúa mi trabajo de disidente, ha retomado mi misión en el Memorial, esa institución para la protección de la memoria histórica”.

Sabes, Susanna, me abriste los ojos a tantas cosas… Sobre todo a no desfallecer ante la arbitrariedad y la injusticia, a renunciar a lo superfluo, a no dejarse encandilar por lo que alimenta nuestra vanidad, a vivir con intensidad y profundidad incluso en medio de uno de los mayores horrores del siglo XX.

Gracias, Susanna. Aún después de tu muerte, hace dos años, tu lección de sabiduría perdura en todos cuantos te conocimos."                     (Monika Zgustova, El País, 16/10/16)

28/3/14

Baño de sangre por cuotas

"El Politburó ni siquiera daba listas de nombres, simplemente asignada las cuo-tas de muertos por millares. El 2 de julio de 1937 ordenó a los secretarios lo-cales del Partido la detención y el fusilamiento de los «elementos antisoviéti-cos más hostiles», que debían ser condenados a la pena máxima por las troikas, unos tribunales formados por tres individuos que normalmente eran el secre-tario del Partido, el fiscal y el jefe del NKVD de la zona.

El objetivo era «acabar de una vez por todas» con todos los enemigos del régimen y con cualquier persona a la que fuera imposible educar como socialista, para acelerar así la eliminación de las barreras sociales y dar paso a la llegada del paraíso para las masas. 

Esta solución final consistía en una matanza que resultaba lógica desde el punto de vista de la fe y el idealismo del bolchevismo, religión basada en la destrucción sistemática de las clases sociales. El principio de ordenar asesinatos como si fueran cuotas industriales del plan quinquenal entraba, por lo tanto, dentro de lo natural.

Los detalles no importaban: si la aniquilación de los judíos por parte de Hitler fue un genocidio, estaríamos aquí ante un «democidio», ante una lucha de clases que derivaba en puro canibalismo.

 El 30 de julio Yezhov y su ayudante, Mijail Frinovski, propusieron al Politburó la aprobación de la orden n.° 00447, en virtud de la cual, entre el 5 y el 15 de agosto, debían asignarse a las provincias cuotas para dos categorías: la categoría uno (los que tenían que ser fusilados) y la categoría dos (los que debían ser deportados).

 Se especificaba que 72.950 individuos debían ser fusilados y 259.450 detenidos, aunque se pasaron por alto algunas regiones. Estas podían también solicitar la aprobación de más listas. Las familias de todos esos individuos tenían que ser asimismo deportadas. Al día siguiente el Politburó confirmó la orden.

Muy pronto, a medida que la caza de brujas, alimentada por las envidias y la ambición de los cabecillas locales, llegaba a su punto culminante, aquella «máquina de picar carne» se tragaría cada vez a más individuos. "         

  (Simon Sebag Montefiore: La corte del zar rojo, ed. Crítica, 2003, pág. 225)