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5/5/22

Eugenesia franquista: de la ‘raza hispana’ de Vallejo-Nájera a administrar arsénico a embarazadas para “mejorar la calidad” de los niños españoles

 "Desde las primeras aproximaciones que Antonio Vallejo-Nájera, el conocido psiquiatra, ideólogo del franquismo y abuelo de cierta cocinera televisiva, hiciera hacia el final de la guerra civil sobre el “psiquismo del fanatismo marxista”, y en concreto en sus “investigaciones psicológicas en marxistas femeninos delincuentes”, ya quedaba claro el cariz que tomaría el régimen posterior en cuanto al trato que dispensaría a las mujeres, de quienes el psiquiatra de cabecera del régimen consideraba que no procedía el “estudio antropológico, necesario para establecer las relaciones entre la figura corporal y el temperamento, que en el sexo femenino carece de finalidad por la impureza de sus contornos”. 

De esta manera, convirtiendo a la mujer en poco más que un recipiente “impuro” cuya “mentalidad inferior” ya terminaba de quedar patente si además resultaba ser de izquierdas, Vallejo-Nájera desarrolló una teoría psicológica que contribuyó a sentar las bases de la doctrina nacional-católica impuesta posteriormente por la dictadura.

Una doctrina que inspiró la acción de instituciones como Auxilio Social, organización fundada en 1936 en Valladolid para proporcionar ayuda humanitaria, posteriormente integrada en Falange y devenida tras la guerra en órgano represivo y de propaganda camuflado de institución de asistencia social, siendo responsable de la sustracción de miles de hijos e hijas de las mujeres republicanas encarceladas, el acto más inefable de los muchos que cometió esta institución, pero no el único, tal como se desprende de un artículo publicado recientemente por María Teresa Riquelme-Quiñonero y Ramón Castejón-Bolea en la revista História, Ciências, Saúde – Manguinhos, Rio de Janeiro, con el título Maternología, eugenesia y sífilis en España durante el primer franquismo, 1939-1950, sobre la administración sin control clínico de medicamentos con arsénico y bismuto a mujeres embarazadas con el único fin de “evitar la reproducción de degenerados” y producir “una descendencia de niños sanos y robustos” para el Nuevo Estado.

Los investigadores de las universidades alicantinas han analizado las acciones llevadas a cabo durante la primera década de la dictadura en el seno de Auxilio Social respecto al tratamiento de la sífilis en las mujeres gestantes que pasaban por los centros que tenían repartidos por todo el país, así como las motivaciones, más ideológicas que bioéticas, tras estos abordajes terapéuticos. Según las autoras del informe, tras la guerra civil los vencedores acusaron el déficit demográfico no solo derivado de la guerra sino de varios decenios de baja natalidad, por lo que la intervención del Estado se dirigió a combatir esta situación. No obstante “en el proyecto demográfico franquista se constata un interés tanto por la cantidad como por la calidad”, según indican Riquelme-Quiñonero y Castejón-Bolea en su estudio, unas “preocupaciones eugenésicas” que se “camuflaban” en “el interés por la puericultura y la maternología” mostrado por Falange a través de Auxilio Social. 

Eugenesia latina

Así, según recoge el estudio, la Falange, a través de su revista Ser, su órgano de expresión en temas de salud, “apoyó la práctica de una eugenesia en consonancia con la moral católica”, es decir, “prescindiendo de elementos que entraban en contradicción con la norma católica” tales como las prácticas contraceptivas, de manera que el rol de la Iglesia en los países latinos donde tuvo mayor influencia contribuyó a “afianzar mecanismos de coerción menos explícitos y más sutiles que los desarrollados en los países anglosajones”, mediante la adopción de “medidas perfectamente válidas dentro del Estado español: la intervención higiénico-sanitaria y biológica y las medidas de contenido espiritual ”, según se detalla en el ensayo.

De este modo, “el cuerpo era propiedad de la patria y el médico y la medicina social tenían que ponerse al servicio de la nación, pues todos los engranajes del Estado debían colaborar en el objetivo común de la grandeza de España”. Esta concepción de la reproducción humana se basaba en las ideas de raza diseñadas por teóricos fascistas como el psiquiatra Vallejo-Nájera, quien no entendía la raza española en términos biologicistas sino etnicistas y culturales, pues amontonaba en su pretendida identidad española una serie de tópicos e ideas desenterradas de los siglos anteriores con los que conforma su ideal de 'hombre hispano' portador del “espíritu colectivo que los fusiona en Dios, en la Patria y en el Caudillo”.

Al respecto, tal como recogieron en un artículo publicado en 2012 en la Revista de Bioética y Derecho por los investigadores Claudio Francisco Capuano y Alberto J. Carli bajo el título Antonio Vallejo-Nájera (1889-1960) y la eugenesia en la España Franquista. Cuando la ciencia fue el argumento para la apropiación de la descendencia, el psiquiatra del franquismo se basaba en las teorías de la evolución de Lamarck para justificar la sustracción de los hijos e hijas de republicanos de su “medio ambiente amoral” para integrarlos en ambientes nacional-católicos, lo cual “propiciaría una mejora en la sociedad y, por consiguiente, una regeneración de la raza”, según señalan los historiadores.

En un sentido similar, el estudio de Riquelme-Quiñonero y Castejón-Bolea incide en que durante el franquismo “la maternidad no era solamente un deber de la mujer ante la religión y la familia, sino también frente a la patria”, ya que para las casadas “la maternidad constituía un deber, a la vez, biológico, moral y social”, al punto que la maternología dentro de Auxilio Social se convirtió en “una herramienta para fomentar la reproducción en 'calidad', evitando que taras como la sífilis pasaran a la descendencia”, recogiendo al respecto las palabras del jefe de Servicio de Maternología de Auxilio Social, José Botella, quien en 1944 definía la maternología como una disciplina con una doble finalidad; “debe conseguir el mayor número de hijos para la Patria y debe al mismo tiempo procurar que éstos sean lo más sanos y robustos posible (…) Nada de extraño tiene, por tanto, que nuestro insigne Caudillo quiera que la natalidad española aumente en 'cantidad' y 'calidad'”.

Como se puede apreciar, el mismo jefe de maternología de Auxilio Social dejaba la salud, el bienestar y los derechos de las madres gestantes fuera de la ecuación, su único objetivo al frente de la institución era proporcionar a España niños sanos, fuertes y de derechas, al gusto del Caudillo. Es por ello que en sus ponderaciones Botella se preguntaba si “sería exagerado decir que la sífilis de las embarazadas nos causa treinta mil bajas al año”, en referencia a los neonatos fallecidos a causa de la sífilis congénita, “en un lenguaje impregnado de terminología militar”, tal como observan los autores del estudio. 

Diagnósticos poco eficientes y tratamiento peligroso

En ese sentido, los investigadores alicantinos destacan que la lucha contra la sífilis debía organizarse llegando al diagnóstico “preciso y precoz de la gestación luética” a través de una estrategia de análisis y detección “basada en la realización sistemática de la reacción de Wasserman” en todas las embarazadas, una prueba que “no era viable”, pues “exige un montaje solo posible de llevar a cabo en las capitales y, aun así, con ciertas dificultades, a causa del escaso rendimiento de los laboratorios”, según se cita en el estudio, una situación que “imposibilitaba un diagnóstico exacto (tanto clínico como de laboratorio) de la sífilis en la embarazada dada la inexistencia de laboratorios con capacidad para realizar las pruebas con fiabilidad”, subrayan. 

Así mismo, respecto a los tratamientos disponibles, las investigadoras señalan que la situación “no era mucho más halagüeña”, pues estos consistían en Neoarsenobenzol, un tratamiento basado en arsénico, combinado con preparados de bismuto, cuyos resultados se resumen en que “de 149 gestantes presumiblemente sifilíticas, en ocho casos hubo de suspenderse el tratamiento por intolerancia, con dos casos mortales. En un 16% hubo fracaso del tratamiento con partos prematuros, muertes fetales y fetos sifilíticos”, cifras que les situaban en una tasa de fracasos “bastante similar a las estadísticas europeas y norteamericanas”, destaca el estudio.

Las investigadoras alicantinas refieren que esta situación “perduró durante toda la década de los 1940 y no había cambiado, a pesar de los avances en el diagnóstico y el tratamiento, para principios de la década de 1950”, y al respecto remiten al informe elaborado por el especialista del servicio de Enfermedades Venéreas de la Organización Mundial de la Salud (OMS), F.W. Reynolds, quien tras visitar España en octubre de 1951 aseguró que la sífilis suponía “un problema de salud pública de gran envergadura en España” por la ausencia tanto de pruebas diagnósticas como de suministro de penicilina, el fármaco milagroso contra las infecciones que empezó a producirse en masa a finales de la década de los cuarenta y que tampoco está exento prácticas cuestionables y debates biotéticos

En estas circunstancias, el estudio de los investigadores de la UMH y la UA remarca que “el dilema que se presentaba” ante la situación planteada por la sífilis en las embarazadas, “tratar o no tratar ante la sospecha de sífilis, aunque el diagnóstico no fuera posible de manera fiable y por tanto no hubiera seguridad de este, era resuelto con un marcado carácter eugenésico”, pues siempre se resolvía tratando el cuerpo de la madre “para asegurar un 'producto' de calidad aunque ello significara un peligro para la salud de la madre y, en algunos casos, la posibilidad de muerte para ella”, sentencian.  

Los investigadores concluyen que el régimen franquista aplicó activamente políticas pronatalistas “receptivas a los planteamientos eugenésicos” acorde a la moral católica que, en el caso de la sífilis en embarazadas y la sífilis congénita, “muestran una voluntad de intervención de la reproducción” focalizada en las mujeres que “naturalizaba la desigualdad” al dejar de dar importancia al tratamiento de los varones para convertirlas “en el centro del control de la sífilis congénita” con el único fin de “mejorar la calidad de los recién nacidos”, según indica el estudio, que en lo relativo a la mejora cuantitativa concluye que “no alcanzó sus objetivos poblacionistas de aumento de la natalidad”, algo que los autores convienen en explicar por “las estrategias de supervivencia socioeconómicas por parte de las familias”. Pese al delirio patriótico, el hambre de posguerra impuso el neomalthusianismo ante las aspiraciones demográficas de los fascistas."               (Miguel Ángel Valero   , El Salto, 03/05/22)

19/2/19

El experimento de Franco con 50 mujeres en Málaga: en busca del «gen rojo»... Los resultados fueron utilizados posteriormente por Vallejo-Nájera para reclamar «una Inquisición modernizada» que permitiera «higienizar nuestra raza»


  Antonio Vallejo-Nájera

 "Antonio Vallejo-Nájera, psiquiatra del régimen, analizó en 1939 a medio centenar de reclusas mediante encuestas sobre sexo y religión destinadas a demostrar «la perversión» de la izquierda.

Era mayo de 1939. El bando franquista acababa de declarar su victoria en la Guerra Civil, que daría paso a más de treinta años de dictadura. El nuevo régimen necesitaba coser la herida por la que sangraba España, fracturada en dos, y utilizó la pseudociencia como hilo. El médico Antonio Vallejo-Nájera, jefe de los servicios psiquiátricos militares, había planteado una disparatada tesis basada en la creencia de que existía un «gen rojo» que conducía a la perversión moral, sexual e ideológica

 Franco había creado meses antes un gabinete de investigaciones psicológicas para buscar una explicación biológica al comunismo, en sintonía con las teorías nazis sobre la superioridad de la raza aria. El ideal franquista descansaba en el militarismo y el nacionalcatolicismo, un espíritu amenazado por la inferioridad mental que, según Vallejo-Nájera, arrastraba el marxismo.

Para tratar de demostrar sus hipótesis, el psiquiatra palentino se rodeó de criminólogos y asesores alemanes y sometió a prisioneros de guerra republicanos, y también a voluntarios procedentes de las Brigadas Internacionales, a pruebas macabras que los llevaron al borde del colapso. Estaba convencido de que «la perversidad de los regímenes democráticos favorecedores del resentimiento promociona a los fracasados sociales»

A través de mediciones antropomórficas y encuestas, con preguntas sobre sexualidad o religión, la dictadura intentaba justificar su represión. La investigación concluyó que los ‘rojos’ mostraban un «carácter degenerativo» marcado por su tendencia al alcoholismo, el libertinaje y la promiscuidad, además de una inteligencia inferior a la media.

El régimen franquista detectó una laguna en su propio estudio, manipulado hasta la caricatura: no habían estudiado a ninguna mujer. Para remediarlo, Vallejo-Nájera contactó con el director de la clínica psiquiátrica de la prisión de mujeres de Málaga, Eduardo Martínez. Juntos analizaron a cincuenta reclusas, aunque renunciaron a las evaluaciones físicas al considerar que los contornos femeninos resultaban «impuros». 

Los resultados, que incluían detalles sobre la vida sexual de las presas, como la edad en que perdieron la virginidad, a lo que se referían como «desfloración», desvelaron que predominaban las reacciones temperamentales y primarias, algo que les permitió afirmar que las mujeres republicanas tenían «muchos puntos en común» con animales y niños. También localizaron comportamientos esquizoides, debilidad mental e introversión.

Los perturbados psiquiatras del franquismo defendían que las mujeres participaban en política para satisfacer sus apetencias sexuales. El argumentario servía para señalar la necesidad de que la religión católica impusiera sus estrictas normas, por entonces canalizadas por la tenebrosa Sección Femenina, dirigida por Pilar Primo de Rivera con el objetivo de promulgar la sumisión ante los deseos masculinos: 

«Cuando tu marido regrese del trabajo, ofrécete a quitarle los zapatos. Minimiza cualquier ruido. Si tienes alguna afición, intenta no aburrirle hablándole de ella. Si debes aplicarte crema facial o rulos para el cabello, espera hasta que esté dormido. Si siente la necesidad de dormir, que así sea. Si sugiere la unión, entonces accede humildemente, teniendo en cuenta que su satisfacción es más importante que la tuya».

A la represión franquista, en el caso de las mujeres, se sumaba la misoginia del régimen. La discriminación que sufrían era doble. Pero el lado más tétrico de las investigaciones psiquiátricas ordenadas por Franco en Málaga estaba aún por conocerse; los estudios, cuyas hipótesis se dieron por comprobadas pese a la falta de rigor y la inconsistencia de todo el proceso, escondían un plan para justificar «la segregación de estos sujetos desde la infancia» al entender que esta separación «podría liberar a la sociedad de plaga tan terrible». 

En otras palabras: al dar por válida la existencia de un «gen rojo» causante de psicopatías y criminalidad, la dictadura creía poder justificar el secuestro de niños republicanos. Se estima que el número de menores robados por el franquismo durante la contienda y en la posguerra, uno de los episodios más crueles y desconocidos de la historia reciente de España, ascendió a 30.000.

Una investigación de las profesoras Encarnación Barranquero, Matilde Eiroa y Paloma Navarro sobre la prisión de mujeres de Málaga revela que los hijos de reclusas, a menudo encarceladas por delitos tan ambiguos como «rebelión» o «atentados contra la moral pública», permanecían con sus madres, en caso de no poder quedarse con otro familiar, hasta que cumplían tres o seis años, en función de la legislación vigente.

 Entonces pasaban a ser tutelados por las instituciones estatales y religiosas. La presencia de los menores en las cárceles no consta en los expedientes, algo que ha dificultado los estudios posteriores, aunque de los testimonios recogidos se desprende que la mayoría de niños eran dados en adopción o emprendían carrera como seminaristas, siempre con el objetivo de pulverizar cualquier relación con el pasado.

Los servicios psiquiátricos dirigidos por Vallejo-Nájera y Martínez retrataron a las reclusas de la prisión de Málaga en informes detallados. De las cincuenta mujeres analizadas, más de la mitad habían sido condenadas a muerte, aunque las penas fueran finalmente conmutadas. Otra de las conclusiones dejaba al descubierto la paupérrima consideración que el sistema tenía de las mujeres, a quienes reducía a su papel de madres: «A la mujer se le atrofia la inteligencia como las alas a las mariposas de la isla de Kerguelen, ya que su misión en el mundo no es la de luchar en la vida, sino acunar la descendencia de quien tiene que luchar por ella». 

Los resultados fueron utilizados posteriormente por Vallejo-Nájera para reclamar «una Inquisición modernizada» que permitiera «higienizar nuestra raza». Murió en 1960 tras publicar cerca de treinta libros, aunque su obra, en un histórico ajuste de cuentas, ha quedado por suerte enterrada bajo polvo y olvido."              (Alberto gómez, Sur, 03/02/19)

28/1/19

La responsabilidad franquista en el Holocausto: el Ministerio de Asuntos Exteriores exigió a sus diplomáticos que se interesaran “solo por aquellos judíos de INDISCUTIBLE nacionalidad española”. Centenares de familias sefardíes, cuyos ancestros provenían de la Península, acudieron en vano a nuestras embajadas para pedir un pasaporte que les habría conducido hacia la vida. 50.000 solo de la ciudad de Salónica, acabaron en las cámaras de gas de Auschwitz-Birkenau como consecuencia de esta premeditada inacción del Gobierno franquista...

"(...) Durante los primeros años de la Segunda Guerra Mundial, el régimen y su prensa no solo justificaron, sino que jalearon la persecución del pueblo hebreo. Manuel Aznar, abuelo del expresidente del Gobierno, escribió en ABC poco antes del inicio de las deportaciones en Francia: “Legiones de judíos y de masones cayeron sobre el pueblo francés como sobre un botín inmenso y allí hicieron cebo y carne para sus apetitos”.

 Lógicamente, cuando se “limpió” París de esas “legiones” de malvados judíos, la reacción de la prensa del Movimiento, teledirigida desde la cúpula franquista, fue de euforia: “Si es la raza perseguida, es por la maldición divina que lleva encima (…) Esos judíos que en Francia, Grecia, Turquía, Italia y costas africanas preparan sus maletas, son un indicio de aquel viejo tesón español de no admitir jamás lo antiespañol y de reconocer solo lo español y cristiano”; “Era de esperar la resistencia de muchos judíos a mostrar la estrella de Sión y el descaro de otros que la exhibían con más insolencia que circunspección. 

Y la aspiración de otros de frecuentar medios y lugares en que repugnaba la presencia de una casta internacional que es la responsable de los males que afligen a Europa. Ha desenlazado todo esto en un programa gubernativo que se propone resolver con criterio riguroso, implacable, el problema de convivencia entre la población y el elemento hebreo (…) Hoy no me he topado en la calle ni en el Metro con ninguna estrella amarilla. Es un indicio, acaso una prueba, de que la eliminación responde a un designio definitivo e inapelable”.

El régimen conoció y aplaudió cada paso hacia el Holocausto final dado por las huestes de Hitler, tal y como se reflejaba en los discursos y en las informaciones dictadas por el servicio de propaganda franquista y publicadas en los diarios: “Esta Segunda Guerra Mundial, según la profecía del Führer, acabará con la raza judía”; “El gobernador de Varsovia ha publicado un decreto prohibiendo que los habitantes de los barrios judíos se mezclen con el resto de los habitantes de Varsovia. 

Este decreto ha sido muy bien acogido…”; “El barrio judío de París. Saint Antoine ha sido fumigado, desinfectado mediante la eliminación del censo israelita, el cual acaba de ser conducido a campos de concentración”. Eran los tiempos en que cerca de 50.000 españoles combatían en la División Azul bajo las órdenes del Führer. 

Los españolitos de a pie leían emocionados las crónicas de Andrés Gaytan, que viajaba con los divisionarios y escribía cosas como esta: “Cuando en alguno de los pueblos donde hemos descansado había judíos, se notaba la diferencia que existe entre esta raza y las demás”; “los judíos, que en su carne pagan todos los pecados de su estirpe maldecida, tienen una mirada tierna de perro apaleado cuando el soldado español no le maltrata sin motivos”.

Mucho más graves que las palabras fueron los hechos. Franco cerró las fronteras e impidió la llegada de los judíos que intentaban escapar desde la Francia ocupada por los nazis. Salvo excepciones, el paso solo se permitió a aquellos que poseían un visado de entrada a Portugal. De hecho, el Gobierno franquista cesó y castigó a sus diplomáticos que, desobedeciendo sus órdenes, se dedicaban a salvar vidas. 

Así le pasó al cónsul español en Burdeos, Eduardo Propper de Callejón. Rescatar de la muerte a miles de judíos a los que entregó un visado español provocó su relevo, su envío al ingrato consultado de Larache en el norte de África y le imposibilitó de por vida ascender al cargo de embajador.

En Francia, mientras tanto, los diplomáticos españoles solo recibieron de Madrid dos instrucciones: por un lado, no inmiscuirse en la política de los dirigentes nazis y del Gobierno colaboracionista de Vichy; por otro, hacer las gestiones oportunas ante las autoridades para hacerse cargo de las propiedades y de los bienes que abandonaban los judíos de origen español tras ser deportados. 

El dinero sí interesaba, las personas no. Estos y el resto de cónsules y embajadores informaron puntualmente a Franco sobre el incremento en el ritmo de los asesinatos y de las deportaciones a los campos de concentración.

Algunos embajadores, como Miguel Ángel de Muguiro en Budapest, se apoyaron en un decreto aprobado durante la dictadura de Primo de Rivera que permitía a los judíos de origen sefardí acceder a la nacionalidad española. 

De Muguiro lo empleó como argumento para conceder pasaportes españoles a centenares de judíos, lo que le costó el puesto y su inmediata repatriación. Su sucesor, Ángel Sanz Briz, continuó con la misma estrategia: también incumplió las órdenes que llegaban de Madrid y logró salvar así a unas 5.000 personas.

Ese antiguo decreto habría permitido a Franco salvar de las cámaras de gas a decenas de miles de judíos. En enero de 1943, en pleno arranque de La Solución Final, Hitler envió una circular a todos sus aliados, entre los que se encontraba España. En ella les daba un plazo de tres meses para “repatriar a sus judíos” de la Europa ocupada. En caso de no hacerlo, no había que ser muy listo para saber que su destino serían los campos de trabajo y/o exterminio. 

La respuesta que llegó desde Madrid fue de un absoluto desinterés, tal y como reflejaron en sus informes los diplomáticos alemanes. Tanto fue así que el Ministerio de Asuntos Exteriores franquista exigió a sus diplomáticos que se interesaran “solo por aquellos judíos de INDISCUTIBLE nacionalidad española”. 

Centenares de familias, cuyos ancestros provenían de la Península, acudieron en vano a nuestras sedes diplomáticas para pedir un pasaporte o un salvoconducto que les habría conducido hacia la vida. El resultado final fue desolador. Miles de sefardíes, 50.000 solo de la ciudad de Salónica, acabaron en las cámaras de gas de Auschwitz-Birkenau como consecuencia de esta meditada y premeditada inacción del Gobierno franquista.

En los momentos finales de la guerra, cuando ya se daba por segura la derrota de Hitler, Franco giró hacia los Aliados para intentar garantizar su supervivencia. Desde aquel mismo momento y durante los cuarenta años de dictadura los jerarcas del régimen se ocuparon de destruir la documentación que les señalaba como cómplices directos del nazismo. Tuvieron cuatro décadas para realizar ese trabajo y para reescribir una historia manipulada que continuamos estudiando las generaciones que crecimos en democracia.

Han pasado 74 años desde que se abrieron las puertas de los campos de concentración nazis y 43 de la muerte de nuestro dictador. ¿No es hora ya de contar la verdad y de recordar lo que realmente sucedió? ¿No es hora de señalar con el dedo a Franco cada Día del Holocausto?"             (Carlos Hernández, eldiario.es, 24/01/19)

28/12/10

En Málaga existían 350 menores separados de sus padres republicanos en 1943 en los centros del Patronato de la Merced

"Antonio Vallejo-Nágera era el jefe de los servicios psiquiátricos militares y director del gabinete de investigaciones psicológicas de los campos de concentración de Franco. Imbuido de las teorías raciales de Hitler, quería estudiar, con el beneplácito del caudillo, los fundamentos biológicos del marxismo.

El profesor de la Universidad de Barcelona Ricard Vinyes, junto a Montse Armengou y Ricard Belis, publicó hace años el libro ´Los niños perdidos del franquismo´. En uno de sus trabajos anteriores, ´Irredentas, las presas políticas y sus hijos en las cárceles franquistas´, narra las peripecias del psiquiatra del régimen que, para experimentar con sus teorías, vino hasta la cárcel de mujeres de Málaga e investigó a 50 de ellas, 30 condenadas a muerte.

Vallejo pensaba que factores externos a la persona destruían la hispanidad y detectó en esas presas, en plena guerra, complejos de inferioridad y resentimiento. Así formuló la teoría de la eugenesia social, ya probada con éxito en la Alemania nazi.

Este pensamiento abogaba por apartar a los tarados de la sociedad -republicanos y comunistas-. "En todo resentido existe un marxista auténtico", llegó a decir.

Bajo el auspicio de este marco teórico, los hijos eran separados de sus madres para ser educados bajo el paraguas de Falange y sólo podían darles el pecho una hora al día. Más adelante, propició que miles de pequeños huérfanos fueran recluidos en centros del Auxilio Social, hospicios y colegios vinculados a la Iglesia para su reeducación.

Y, anticipando en decenas de años lo que ocurrió en Argentina, muchos de ellos fueron entregados a familias adeptas al Régimen.

A estos chicos se les conoce como ´los niños perdidos del franquismo´, un segmento social sin memoria ni identidad que puede ser calificado como ´la generación robada´ -denominación que se da a los niños aborígenes australianos separados de sus padres para ser reeducados-.

El investigador y ex presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Málaga, Francisco Espinosa, afirma, basándose en el libro ´Los niños perdidos del franquismo´, que en Málaga, a finales de 1943, había 350 niños y niñas internados en los centros especiales del Patronato de la Merced.

"Sus padres habían perdido la tutela y fue el propio Estado el que publicó la lista de centros", señala.

Sólo en la provincia había 13 colegios de este tipo. En España son 10.575 niños los que vivían en los centros de la Merced a comienzos de la posguerra, según las investigaciones de Vinyes. (...)

Emilio Silva, periodista e investigador, ha editado recientemente el libro ´Las fosas de Franco´ (Temas de hoy), junto a Santiago Macías. Este destacado experto recuerda que en toda España pueden ser, como mínimo, unos 30.000 niños los separados de sus familias y señala que, incluso, "se creó una arquitectura teórica para justificar esto".

"Muchos niños eran llevados a los centros de Auxilio Social -dependientes de la Sección Femenina de Falange- y recibían asistencia con el objetivo de apartar de ellos el gen marxista. También eran llevados a centros de vagos y maleantes o a hogares dependientes de la Iglesia católica, según las edades.

Yo conozco casos en los que arrebataron niños a familias protestantes", explica Emilio Silva." (La Guerra Civil española, 'La generación robada', 02/02/2009)

21/12/10

El racismo científico franquista

"El CSIC patrocinó trabajos racistas para reafirmar la inferioridad de los negros. Los estudios marcaron el discurso oficial franquista y determinaron la actuación colonial de España en África en los años cuarenta y posteriores.

"La materia prima que más interesa en nuestros territorios es el hombre. ¿Qué es capaz de hacer este hombre negro, de ojos más negros que su piel, grandes pero inexpresivos; de nariz corta y ancha, de boca amplia? ¿Qué capacidad somática y psíquica alcanza a desarrollar? (...) ¿Qué trabajo es capaz de desarrollar? La solución a todos estos problemas la consideramos absolutamente necesaria, si queremos colonizar racionalmente nuestros territorios.

De otra parte cabe preguntar: ¿es posible en África una colonización espiritual o solamente hay posibilidad real de una colonización material?". Así comenzaba el libro Capacidad mental del negro, escrito en Guinea Ecuatorial por los doctores Vicente Beato y Ramón Villarino, publicado por la Dirección General de Marruecos y Colonias, en el año 1944 y reeditado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) una década después. (...)

Tal vez por ello no les resultara extraño el trabajo desarrollado allí mismo por un médico alemán, el doctor Kramer, pionero de los estudios psicológicos sobre los hombres de color y que fue enviado allí por el Tercer Reich en la Segunda Guerra Mundial, un buen día desapareció súbitamente con su equipo de tierras africanas. Beato se inspiró en las tareas de sus colegas alemanes para aplicar los métodos Bidet-Bobertag y el de Yerkes, "para determinar la edad y el "coeficiente" mental, aplicados al negro", como rezaba el subtítulo de su publicación.

La tesis de los doctores españoles era sencilla: las enfermedades tropicales, desde la tripanosomiasis, la temible enfermedad del sueño, al paludismo, e incluso la lepra, han dejado tales estigmas en el hombre negro que su inteligencia se ha resentido.

"Es la premunición de Sergent", escriben en su libro, "que confiere al individuo un estado crónico durante el cual puede llevar el germen de la infección, sin que él mismo sufra los brotes de la reinfección... pero este germen toma definitivamente su asiento (...) e intoxica constante y lentamente todos los humores orgánicos con los productos de su catabolismo (...).

Como resultado final de este ataque permanente sobreviene, cuando no la muerte, la destrucción somática y psíquica del individuo y, a la larga, de la raza".

El colofón de este prólogo se mostraba así: "Sin él [hombre negro], no sería posible la explotación de este continente salvaje y preñado de riquezas. (...) Su brazo es sustantivo para el logro de los fines colonizadores en los tiempos presentes".

Para rematar, los doctores españoles añadían: "Hemos señalado cómo las enfermedades tropicales agotan totalmente al individuo desde su nacimiento y cómo con ello sufre su psiquismo. No queremos indicar con esto que toda la inferioridad de las cualidades psíquicas del negro sea debida a la tara patológica".

Y continúan: "Estimamos que gran parte de ella es consecuencia de un fenómeno natural. Es indudable que una sanidad bien llevada mejoraría la raza también en dicho sentido". (...)

"Ya entonces, en plenos años 40 del siglo XX, una doctora española destacada en Guinea Ecuatorial, Ave María Vilacoro, que curiosamente también había estudiado en Alemania, combatía con denuedo aquellas concepciones por considerarlas netamente racistas", explica Bandrés.

Pero más grave aún que la melodía de aquel infausto libro fue que diez años después, en los albores del fin del aislamiento internacional del franquismo tras el pacto con Estados Unidos previo al fin de la autarquía, el libro de Beato y Villarino fue reeditado por el CSIC. El supremo órgano de la ciencia y del pensamiento de España estaba regentado por hombres próximos al Opus Dei, cercanos a su vez al almirante Luis Carrero Blanco, el hombre más próximo a Francisco Franco, jefe del Estado. (...)

Ibarrola era director del Instituto Nacional de Psicotecnia y ejercía como oráculo del régimen de Franco en lo concerniente a la psicología. Según explica Javier Bandrés, "su misión consistía en demostrar que dada la probada inferioridad de los africanos, resultaba superflua la homologación del sistema educativo peninsular en la colonia y se justificaba la aplicación de criterios que consideraban a los indígenas como meros braceros, habida cuenta de su manifiesta deficiencia intelectual".

Sin embargo, las tesis de Ibarrola y de sus mentores hallaron un abierto rechazo por parte de responsables del Ministerio de Educación Nacional destacados en la isla de Fernando Poo y en el territorio continental de Río Muni, que veían en aquellos trabajos la coartada oficial perfecta para desproveerles de su función como enseñantes en la colonia.

Nada más llegar a la cartera de Educación Nacional el ministro Joaquín Ruiz Jiménez, Ibarrola fue sustituido por José Germain al frente del INP, (...)

No obstante, de los "estudios científicos sobre el negro" de Ibarrrola obtuvo el almirante Carrero Blanco los mimbres para el discurso colonial oficial, que permaneció vigente, bien que contestado por el de apariencia descolonizadora preconizado por Fernando María Castiella desde Asuntos Exteriores, hasta el fin de la colonia, en 1968; eso sí, todo blindado por la Ley de Secretos Oficiales que, como una impenetrable losa, sepultó en el silencio durante décadas todo lo concerniente a la atribulada colonia española.

Ricardo Campos, historiador de la Ciencia del CSIC señala: "La historia de la medicina y de la psiquiatría a lo largo del siglo XIX está impregnada de retazos de pensamientos racistas.

Ahí cabe insertar el discurso colonial español respecto a África. Posteriormente, en el siglo XX, los fascismos elevaron ese discurso a política de Estado. Por eso en los cuarenta y siguientes el CSIC, que era una institución evidentemente franquista, aplicó aquel discurso". (El País, 19/12/2010, p. 42)