Mostrando entradas con la etiqueta dd. Represión franquista: ejecución de madres. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta dd. Represión franquista: ejecución de madres. Mostrar todas las entradas

16/11/22

Una de las represaliadas de la que no se alberga ninguna duda de que está enterrada en esta fosa es Dolores García-Negrete... símbolo de la lucha republicana contra el franquismo y fundadora de la Asociación de Mujeres Antifascistas de Jaén. Cuatro de sus hijos consiguieron esquivar la persecución huyendo al exilio y otros cuatro terminaron en campos de concentración y en la cárcel. Dolores fue la peor parada. Pudo haber partido hacia el puerto de Alicante en busca del exilio, pero no quiso. Fue detenida, encarcelada y condenada a muerte. El 1 de marzo de 1940 fue fusilada en las tapias del cementerio de San Eufrasio de Jaén

 "El horror y la barbarie ya han dado la cara en la fosa 702 del viejo cementerio de San Eufrasio de Jaén. Con las primeras catas realizadas, han salido a la luz restos humanos que, a falta de los análisis antropológicos, ya se sabe que corresponden a las 1.200 víctimas de la represión franquista que fueron enterradas en esta zanja, también conocida como “el corralillo de los ahorcados”. Los familiares descendientes de los allí inhumados llevan más de 80 años reclamando dignidad, y muchos de ellos ya han muerto esperando a que llegase ese momento. (...)

Muchos de los familiares de estas víctimas aguardan con emoción el trabajo de los arqueólogos y, a la espera de la identificación de los restos óseos, ya han montado su santuario particular donde recuerdan a sus seres queridos. Algunos de esos familiares se están aprovisionando ya de los test de ADN que entrega el Instituto Anatómico de la Junta de Andalucía para facilitar la identificación de las víctimas.

Una de las represaliadas de la que no se alberga ninguna duda de que está enterrada en esta fosa es Dolores García-Negrete, símbolo de la lucha republicana contra el franquismo y fundadora de la Asociación de Mujeres Antifascistas de Jaén. Cuatro de sus hijos consiguieron esquivar la persecución huyendo al exilio y otros cuatro terminaron en campos de concentración y en la cárcel. Dolores García-Negrete fue la peor parada.

Pudo haber partido hacia el puerto de Alicante en busca del exilio, pero no quiso. Fue detenida, encarcelada y condenada a muerte. El 1 de marzo de 1940 fue fusilada en las tapias del cementerio de San Eufrasio de Jaén.

 “Esta es una etapa de la historia de España que hay que cerrar, exhumando hasta el último cuerpo, hasta que no se identifiquen esa herida no se va a cerrar; esto no es una pelea de fachas y rojos”, ha señalado el exsecretario general de UGT Cándido Méndez, durante la visita a la fosa 702 junto a la líder ugetista en Andalucía, Carmen Castilla. “Hay que darle esa justicia a estas personas que dieron su vida por la República y que dieron su vida y fueron asesinadas por pensar diferente”, ha remachado Castilla, tras recordar a la Junta de Andalucía (gobernada por el PP) su “responsabilidad” en el cumplimiento de la ley de memoria histórica.

Según la documentación de la Asociación de Memoria Histórica de Jaén, en la fosa 702 hay 1.081 víctimas de la represión franquista. Pero, justo al lado, hay otras dos fosas, la 548 y la 48, donde se busca a otros 173 y 32 desaparecidos, respectivamente. La fosa 702, la más grande en la provincia de Jaén, estuvo abierta hasta 1948, que fue el año en el que, según los historiadores, se enterró al último maqui y guerrillero antifranquista de los muchos que se escondieron en los montes de Sierra Morena al término de la Guerra Civil. (...)"                  (Ginés Donaire, El País, 07/11/22)

16/1/20

"Como no están los hijos, matamos a las madres": así fueron los fusilamientos franquistas por "sustitución" en Andalucía

"Como no están los hijos y hay que escarmentar a estos rojos, matamos a las madres". Bajo este silogismo criminal actuaron también los golpistas al mando de Franco y Queipo de Llano en Andalucía. Un rastro de barbarie que tiene ejemplo en Pinos Genil (Granada): en la tierra del cementerio ha sido localizada la fosa común donde fueron arrojadas siete mujeres y siete hombres, familiares directos de personas de izquierdas.

El 13 de septiembre de 1936 los rebeldes eligieron a quiénes iban a quitar la vida a tiros. Francisca Esperidón, con 70 años. Serafina Benavente, con 64. María Molina y Brígida Romero, 50. Francisca Ruiz y Filomena González, 46. Y María López, Domingo García (55), Rafael García (41), Francisco Lupión y otros cuatro "desconocidos".

Todos ejecutados "en sustitución" de hijos, compañeros, hermanos… de alcaldes, concejales, sindicalistas, socialistas y miembros del Frente Popular que habían dejado atrás su localidad de residencia, Güéjar Sierra, para firmar con la huida el trágico destino que el fascismo español dibujó en sus casas.

La intervención arqueológica ha conseguido exhumar a cuatro víctimas. El resto de la fosa ha desaparecido bajo la acción de enterramientos posteriores. Pero los familiares están en vías de cerrar una herida que atraviesa varias generaciones. Es la huella de la Memoria. Están en vías de cerrar el duelo. Y porque ya nadie puede decir que esa fosa no existía.

Los trabajos han sido financiados por el Ministerio de Justicia del Gobierno de España, como en Nerva (Huelva), El Puerto de Santa María (Cádiz), Écija y Utrera (Sevilla). La Junta de Andalucía gobernada por PP y Ciudadanos con el socio externo de la extrema derecha de Vox todavía no ha sufragado ninguna nueva búsqueda en una tierra que suma al menos 45.566 desaparecidos forzados en 708 fosas comunes, según el Mapa de Fosas.

Crímenes políticos contra mujeres

"A mi abuela la matan porque era madre de uno que iban buscando, un hijo que era más sobresalido, Miguel, y como no lo pudieron coger a él, la cogieron a ella", cuenta a eldiario.es Andalucía, y a pie de fosa, Mari Carmen Gómez Rodríguez (80 años). Su abuela era Francisca Esperidón, "la mayor del grupo". Los golpistas se la llevaron, dice, "en la puerta de su casa". Y hasta hoy.

Las siete mujeres y otros tantos hombres fueron subidos a un camión dos meses después del golpe de Estado y después de dos semanas encarcelados en el Ayuntamiento de Güéjar Sierra. El grupo había sido detenido por guardias civiles sublevados contra la democracia de la Segunda República. 83 años después, Mari Carmen entra a la zona de la fosa sostenida del brazo de un Guardia Civil. Otros tiempos.

Los crímenes políticos ocurridos en Pinos Genil son otro episodio más del genocidio fundacional del franquismo. Y de la doble represión de la que fueron víctimas las mujeres. Dionisio García, nieto de Brígida Romero, explica: "Mi abuela tenía dos hijos aparte de mi madre, eran de la UGT". Pero "no pudieron cogerlos". Y fueron a por ella.

"Llegamos aquí por el relato de la hija de una de las fallecidas", dice el presidente de la Asociación Granadina para la Recuperación de la Memoria Histórica, Rafael Gil. Refiera a Antonia Soto (99 años), hija de Francisca Ruiz. Antonia vio a su madre subida al camión que la llevaba a la muerte.

Al final del trayecto, las mujeres fueron ejecutadas en la puerta del camposanto. Los hombres, dentro. Y un puñado de vecinos del lugar fue obligado a cavar la tumba colectiva en una zona que se mantuvo leal a la República rodeando a la capital, en manos de los rebeldes. Algunas familias, cuando regresaron al pueblo, comprobaron cómo sus casas y pertenencias estaban en manos de adeptos a la dictadura de Franco.

Tercera fosa con más mujeres en Granada

Los distintos testimonios recopilados han confirmado que la fosa común con "las 14 personas que fueron dramáticamente fusiladas" está "a siete pasos de la entrada del cementerio antiguo". "Es la primera exhumación en Granada en los últimos años", destaca Silvia González, vocal de familias del colectivo memorialista granadino.


"Y la tercera fosa con más mujeres en Granada después de la capital y la de Víznar", continúa. "Mujeres que eran madres, hijas, hermanas o compañeras de personas relacionadas con la sociedad obrera y la política local, tanto de Izquierda Republicana como del PSOE, como familiares de tres concejales o la madre del alcalde de Güéjar Sierra", añade.

En la fosa, rota por la dinámica de uso del cementerio, han aparecido restos óseos de cuatro personas. Son mujeres y hombres. "A nivel de inspección arqueoforense en superficie ya presentan indicios de violencia", confirma a este medio el director científico de la intervención y profesor titular de Arqueología de la Universidad de Granada, Francisco Carrión.

Las 14 víctimas desaparecidas están "enterradas ilegalmente junto a la entrada del cementerio de Pinos Genil". Algunas tumbas abiertas "en los años 60 y 70", sepulturas que rompieron "la fosa original" provocando la pérdida de "material óseo" y desperdigando huesos y pruebas de muerte violenta. Pero sirve el trabajo y la localización de la fosa para que los familiares tengan la certeza de que allí fueron enterradas las víctimas y que, en el futuro, un mausoleo acogerá los restos óseos acompañados de todos los nombres: como Francisca, Serafina, María, Brígida, Filomena, Domingo, Rafael y Francisco."                    (Juan Miguel Baquero, El diario.es, 14/12/19)

31/5/19

La madre que llevó un sonajero a su fusilamiento. “Salió de casa corriendo con el niño y se cayó en la trasera de una casa y fueron a cogerla... "Tenía mucho genio, en eso me parezco a ella. Si le decían algo… Jesús. Y por eso la mataron. Desde hace unas semanas no paro de llorar acordándome"...

"En agosto de 2011, un equipo de arqueólogos se topó con un sonajero dentro de una fosa de la Guerra Civil. Era un juguete rosa y amarillo chillón, con forma de flor, que estaba junto a un cadáver rociado con cal viva y enterrado sin ataúd. A la hora de comer, los excavadores no hablaron de otra cosa: ¿podía el objeto ser de 1936?

“Parecía una broma”, recuerda Almudena García-Rubio, antropóloga de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, quien se encontraba ese día en unas excavaciones ya de por sí inquietantes, pues buscaban 250 víctimas de la represión franquista enterradas bajo los columpios infantiles del parque de La Carcavilla, en la ciudad de Palencia, donde antaño estaba el cementerio municipal.

El sonajero fue llevado al etnógrafo Fermín Leizaola, quien cortó un pedazo del plástico y lo acercó a una llama, en la que prendió rápidamente dejando un “característico olor a alcanfor”. Eso probaba que era de celuloide, un plástico desarrollado en 1870 muy usado en objetos cotidianos hasta los años setenta del siglo XX. El juguete podía ser de la época. “Este es el objeto más llamativo y conmovedor que haya podido salir de una fosa de la Guerra Civil”, opina García-Rubio, que destaca que es el único de este tipo recuperado en las más de 700 fosas exhumadas en España hasta la actualidad.

Este objeto y la historia que hay detrás de él ha servido para que toda una familia recupere la memoria de unos hechos que habían estado enterrados hasta ahora. Los registros del cementerio viejo de Palencia indicaban que el cadáver era de Catalina Muñoz Arranz, de 37 años y natural de Cevico de la Torre, un pueblo a 30 kilómetros de la capital palentina. Tenía cuatro hijos cuando la mataron. El más pequeño, de 9 meses, era probablemente el dueño del sonajero.
Aquel bebé es hoy un hombre de 83 años que vive en una casa humilde de la calle principal de Cevico de la Torre, con unos 400 habitantes. Habla poco, tiene la mirada fija y unas manos muy anchas de toda una vida trabajando, pues empezó a los ocho años.

 “Fui pastorcillo y luego trabajé en el campo. Nunca fui a la escuela”, explica en la cocina de su casa, donde vive con su mujer y con su hija Martina, de 56 años. “De mi madre no recuerdo nada", dice Martín de la Torre Muñoz. "No sé ni qué cara tenía, porque no tenemos ninguna foto suya, esa es la pena”, confiesa. Nunca pudo indagar sobre su madre y en la familia casi no se habló de lo sucedido.

Tras la muerte de su madre, a Martín le crió una tía en Cevico. Su padre, Tomás de la Torre, estaba en la cárcel acusado del asesinato de un falangista en una reyerta que sucedió en el pueblo el 3 de mayo de 1936. Le condenaron a 17 años. Su mujer corrió peor suerte. La detuvieron el 24 de agosto, algo más de un mes después del golpe de Estado impulsado por Franco, que triunfó en Palencia. 

 La juzgó un consejo de guerra en el que el alcalde de Cevico y otros dos vecinos declararon que iba a manifestaciones, que la habían descubierto lavando sangre de la ropa de su marido, que daba vivas a Rusia y mueras de la Guardia Civil, que dijo: “Todavía vamos a vencer y os vamos a hacer tajadillas”.
Catalina no sabía leer ni escribir, pero sí firmar, según el sumario de su juicio, que se conserva en el archivo militar de Ferrol. Es fichada como una mujer de 1,51, morena, de pelo y ojos negros, de apodo Pitilina. El 5 de septiembre, ella testificó y firmó una declaración en la que admitía haber ido a manifestaciones, pero negaba el resto de acusaciones contra ella.

A pesar de la falta de pruebas, el tribunal la condenó por rebelión militar con la pena máxima. Murió el 22 de septiembre a las "cinco y treinta horas del día [...] por heridas producidas por arma de fuego de pequeño proyectil en cráneo y pecho”, según el detallado sumario, que coincide casi a la perfección con el análisis osteológico que hicieron los antropólogos en 2011 tras desenterrar su cadáver. Junto a él también se encontraron botones, corchetes metálicos y las suelas de goma de sus zapatos, del número 36.
Unos pocos metros más abajo de la casa de Martín está la única familiar que recuerda a Catalina: Lucía, su hija y hermana de Martín. Ella tiene ahora 94 años, la memoria algo frágil y las mismas manos anchas que su hermano. En una sala de visitas de la residencia de ancianos de Cevico donde vive Lucía recuerda el día que detuvieron a su madre.

 “Salió de casa corriendo con el niño y se cayó en la trasera de una casa y fueron a cogerla. Al niño no le pasó nada. Ella gastaba un delantal de medio cuerpo y pico negro para taparse. Es lo único que llevaba cuando salió de casa”, relata. Aunque no recuerda el sonajero, Lucía dice que es probable que su madre lo llevase en el bolsillo de ese mandil. "Tenía mucho genio, en eso me parezco a ella. Si le decían algo… Jesús. 

Y por eso la mataron. Desde hace unas semanas no paro de llorar acordándome", lamenta con los ojos humedecidos y la mirada perdida. Lucía tenía 11 años cuando fusilaron a su madre. Se quedó al cuidado de su abuelo y empezó a servir en casas de gente pudiente del pueblo, pero no pudieron hacerse cargo de enterrar a su madre en Cevico.

“De entre el centenar aproximadamente de mujeres asesinadas en los primeros meses de la guerra en la provincia de Palencia, Catalina Muñoz es la única que fue juzgada y condenada a muerte, al resto las pasearon”, resalta Pablo García-Colmenares, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Valladolid y presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Palencia (ARMH). Es autor de la obra Víctimas de la Guerra Civil en la provincia de Palencia (1936-1945), editada por la Junta de Castilla y León.
Cuando el padre de Martín salió de la cárcel, se fue a trabajar a Bilbao. Muchos años después, ya jubilado, volvió a Cevico y vivió allí los últimos ocho años de su vida. Nunca hablaron de lo sucedido y Martín no le preguntó nada sobre su madre por no despertarle recuerdos dolorosos.
Martín no sabía que a su madre la habían enterrado sola en Palencia y ahora ha visto por primera vez la foto del juguete que se llevó a la tumba. 

Al no haber reclamado nadie los restos y las pertenencias de Catalina, fueron enterrados en el cementerio nuevo de Palencia junto a otras víctimas de la represión, pero en una caja separada. Tras conocer la historia del juguete y su paradero, Martina, la hija de Martín, ha iniciado los trámites para recuperar el cadáver y, junto a él, el sonajero, que podría volver a las manos de su padre 83 años después.

Martina ha acudido por primera vez a Palencia a ver el monolito de La Carcavilla que recuerda a las víctimas, donde figura el nombre de su abuela, ha comprado el libro sobre las víctimas de la Guerra Civil de Colmenares y quiere hacer una urna para guardar el sonajero para que sus hijos y nietos conozcan la historia. 

 "Al ver el nombre de Catalina grabado en el monolito he sentido una sensación de vacío muy rara, pero por otro lado estoy muy contenta de poder recuperar a mi abuela y llevarla junto a mi abuelo. Yo creo que él no fue el culpable de lo que le pasó a mi abuela, como se pensaba, sino que fue él quien se entregó para cubrirla a ella, fue un gesto de amor", explica Martina. Cuenta que a su padre ahora se le saltan las lágrimas cuando se pregunta si va a morir antes de que traigan de vuelta a su madre.
Los objetos como el sonajero de Catalina son pequeños tesoros para los arqueólogos contemporáneos, que aplican métodos científicos a la recuperación y estudio de materiales de episodios de la historia reciente. En ocasiones, emblemas militares o alianzas de boda son claves para identificar a algunas víctimas.

 “Los objetos personales que se recuperan junto a los cuerpos permiten un acercamiento a la cotidianidad de las personas represaliadas”, explica García-Rubio en Mujeres en la Guerra Civil y la posguerra. Memoria y Educación (Audema). “Un lápiz, unas gafas, un reloj, un peine, un recorte de periódico con el resultado del Tour de Francia de ese año 1936, son pequeños fogonazos de la vida de cada uno reflejada en lo que llevaban en los bolsillos en el momento en que fueron detenidos. 

A veces se trata de elementos muy particulares, como unos gemelos con el dibujo de un faraón, pero la mayoría de las veces son elementos propios de una época y de una ocupación, como los cientos de suelas de goma del calzado de labranza recuperados en las fosas de Burgos, Palencia o Valladolid”, detalla.
En otros casos los objetos aportan una visión diferente a episodios de la historia reciente, explica Alfredo González-Ruibal, arqueólogo del CSIC que lleva años excavando trincheras y campos de concentración de la Guerra Civil, de la que ha recuperado decenas de miles de objetos que son catalogados y archivados y que, a su manera, resumen la contienda. Hay medallas, crucifijos, botes de perfume, zapatos de tacón, además de kilos de metralla y munición.

 “El poder de este tipo de arqueología no es contar un episodio ya conocido, sino sintetizar un momento de la historia con una imagen”, según explicó el investigador en una reciente conferencia en el Museo Arqueológico Nacional en la que destacaba el sonajero de Catalina como uno de los objetos que mejor condensan la historia de la Guerra Civil."                  (Nuño Domínguez, El País, 10/05/19)

24/5/19

Brun iba señalando con el dedo y los nacionales habían fusilado a la madre y la tía de uno de ellos

"Esta que voy a contarles no es una historia ejemplar, pero es una buena historia. Habla de venganza y de muerte. Poco recomendable, como ven. Sin embargo, debo confesar que me gusta mucho. Ignoro la razón exacta de que sea así. Tal vez porque también está hecha de tenacidad y de coraje. 

Incluso de amistad, o lealtad, o como quieran ustedes llamar a lo que allí hubo. Y a lo mejor, después de todo, en ese aspecto sí resulta ejemplar. O no. Eso decídanlo ustedes. Conozco el episodio gracias a un libro de mi amigo Diego Navarro Bonilla, quizá el mejor investigador sobre asuntos de espionaje que hay en España. Y aquí lo tienen.

A principios de mayo de 1939, un mes después de terminada la Guerra Civil, un pequeño grupo de guerrilleros anarquistas, capturados por las tropas nacionales en el puerto de Alicante, se fugaron del campo de concentración de Los Almendros. Habían militado durante la República y peleado en la guerra.

 Todos eran jóvenes y resueltos, con mucha experiencia, curtidos por tres años de combates. Y escondiéndose de día y caminando de noche, ayudándose unos a otros, cruzaron media España decididos a alcanzar los Pirineos y llegar a Francia. Querían seguir luchando.

Al llegar a la provincia de Huesca, cerca de Gurrea de Gállego, varios se separaron del grupo. Antes de ir a Francia, dijeron, tenían asuntos que arreglar. Todos eran de ese pueblo, donde tres años antes se habían enfrentado a falangistas y soldados sublevados contra la República, haciéndoles catorce muertos. 

Ninguno de aquellos jóvenes cenetistas era un niño de coro. En julio del 36, antes de retirarse ante el avance nacional y para no dejar cabos sueltos, le habían pegado un tiro al cura del pueblo, el párroco Félix Ferrer, y otro al aristócrata local, conde del Villar. También habían intentado completar el clásico terceto de esos días con el terrateniente del vecino pueblo de La Paul, un hacendado llamado Brun; pero éste se les había escapado por los pelos. 

Así que durante el resto de la guerra, en la que participaron activamente como guerrilleros tras las líneas enemigas, tuvieron esa espina clavada: no haber podido mochar parejo y completar la cosa. Y el escozor se agravó cuando supieron que Brun iba señalando con el dedo y los nacionales habían fusilado a la madre y la tía de uno de ellos.

Ahora imagínenselos, que no es difícil: unos pocos anarquistas duros como piedras, criados en el mismo pueblo y compartiendo los mismos ideales; reforzada su amistad por los lazos que se establecen entre quienes pasan juntos penalidades y peligros en combate. Aquéllos, pese a la derrota, no se daban por vencidos. Eran recios, sufridos, tenaces y testarudos como buenos aragoneses. Se conocen algunos de sus apellidos: Navarro, Arbués, Dieste, Domeque –eran dos hermanos– y Martínez. 

Podían haberse puesto a salvo en Francia, pero se quedaron en aquel paraje infestado de falangistas y guardias civiles que todavía celebraban la victoria. «Buenos mozos» y «gente brava», los definirían tiempo más tarde vecinos del pueblo que los conocían. 

Además, con la idea amarga de que el terrateniente seguía vivo disfrutando de sus pesetas y ellos se iban a Francia sin darle candela. Así que tras larga caminata, sucios, desharrapados y hambrientos, se acercaron con muchas precauciones, desenterraron armas que habían escondido tres años atrás, y fueron en busca del terrateniente para rematar la faena.

No les salió bien: Dieste y Arbués fueron capturados por la Guardia Civil, y poco después cogieron a Martínez y uno de los Domeque. Pero sus compañeros, tenaces, siguieron adelante. Entraron en La Paul e incluso llegaron a cruzarse con el tal Brun, el terrateniente; pero estaba oscuro y no lo reconocieron, aunque él sí a ellos. Se metieron en su casa a esperarlo mientras el cacique corría a avisar a la Guardia Civil. Y llegó el infierno. Acorralados, los últimos del grupo lucharon a tiro limpio. Al final salieron disparando, enloquecidos como animales. 

Alguno logró escapar, otros fueron apresados, dos cayeron acribillados. El último en morir se llamaba Jesús Navarro Aralda, y antes de caer se llevó por delante al cabo de la Guardia Civil Lucio Marco Urrunzaga.

Y, bueno. Hace veinticinco años, a una de mis novelas le puse como epígrafe una cita de Tim O’Brian: Si una historia de guerra parece moral, no la creáis. Pero ya no estoy seguro de eso. Hace mucho tiempo que no. A ustedes corresponde decidir si la que acabo de contar es una historia moral o inmoral. Yo tengo mi propia idea, naturalmente. Pero ése es asunto mío."                 (Arturo Pérez Reverte, XL Semanal, 19 de mayo de 2019)

24/1/19

María recuerda cuando no dejaban a ninguno de sus hermanos comer en los comedores sociales. “Sabían que éramos hijas de rojos y no nos dejaban entrar. Tampoco pudimos tener el subsidio de los niños que puso Franco porque teníamos que decir que mi madre había muerto y yo cómo iba a poner eso, si la habían matado...

"(...) Desde la calle Felipe Ramírez, los militares ponían en fila a hombres y mujeres que las autoridades franquistas señalaron, por haber pertenecido a algún sindicato, un partido, o por el simple hecho de haber formado parte de una manifestación”. Empujados, casi como animales, salían a la plaza en grupos, mientras a plena luz del día eran acribillados por las balas. (...)

No fue una represión de contestación o venganza, en los siguientes días y semanas se siguió asesinando y otros 200 vecinos fueron eliminados. La represión franquista acabó con la vida como mínimo de 426 Republicanos, aunque ninguno de ellos fue responsable de la muerte de los derechistas, los autores de aquella atrocidad huyeron del pueblo cuando entraron los fascistas. (...)

Dos meses más tarde las víctimas Republicanas llegaron a 700, según los cómputos más recientes.(...)

María y Valle Alcaide Martín tenían solo 5 años de edad: “Recuerdo cómo mi madre nos llevó al campo cuando empezaron a caer bombas para que estuviéramos a salvo”, recuerda María. Con la madre, Pastora Martín Sotillo se encontraban sus 11 hermanos.

 “Como no llevábamos comida, mi madre bajó a recoger algo a mi casa y en aquel momento la cogió la guardia para preguntarle por 2 de sus hijos, José y Manuel”. Pastora sabía que estaban en el frente republicano luchando como milicianos.

“Les dijo a la guardia que no sabía dónde estaban y que si lo supiera tampoco se los diría”. Con 47 años, fue trasladada a la cárcel que habían improvisado cerca del ayuntamiento. Su vida estaba centrada en la crianza de sus hijos y nunca había participado en política. María y Valle, acompañaban a una de las hermanas mayores, Rafaela, a llevarle comida a la madre, “..hasta que un día un guardia dijo que no fuéramos más..”.

El 9 de agosto, Pastora fue fusilada en las tapias del cementerio de Paradas. La vida de las Alcaide cambió para siempre. El hambre, la tragedia, el destierro y el sufrimiento se apoderaron de esta familia. El padre, Joaquín murió poco tiempo después, sin poder soportar aquella situación y sin conocer el paradero de sus 2 hijos. 

A veces acompañaba a su hermana Carmelita con canastos de comida a sus hermanos prisioneros esclavos que trabajaban en la construcción del Canal de los Presos, cerca de Bellavista. José Alcaide saldría de la cárcel en 1944. Manuel murió fusilado, con apenas 20 años, en mayo de 1940.

Las Alcaide vivieron durante largos años el desprecio de las autoridades en el pueblo. María recuerda cuando no dejaban a ninguno de sus hermanos comer en los comedores sociales. “Sabían que éramos hijas de rojos y no nos dejaban entrar. Tampoco pudimos tener el subsidio de los niños que puso Franco porque teníamos que decir que mi madre había muerto y yo cómo iba a poner eso, si la habían matado”..                  (Tulio Riomesta, 01/01/19)

14/12/17

Los que mandaron a esos tipos a violarla eran del pueblo

"Anttoni Telleria pasó la mayor parte de su vida en silencio. Quizás por miedo. Tal vez porque no podía hacer otra cosa. Escondió, por ejemplo, el verdadero motivo por el que tenía los dedos amputados. “Siempre nos dijo que se había caído de un árbol”, recuerda Gurutze, su sobrina-nieta. 

En realidad, se los habían arrancado de un disparo cuando puso la mano sobre la cabeza de su padre, justo antes de que le mataran. También ejecutaron a su madre delante de sus ojos. Luego, los asesinos la violaron a ella. Podrían haberla matado también a ella, pero prefirieron condenarla a vivir con esa maldita imagen en la cabeza. Tenía 14 años.

Este lunes, Gurutze se enteró de una noticia tan deseada como inesperada. La historia de Anttoni y sus “aitas” (padres) será, por fin, tenida en cuenta por una jueza. No en vano, el caso de los Telleria forma parte de la investigación ordenada por el Juzgado de Instrucción número 4 de Bergara, a cargo de Maider Imaz Mendizabal.

 La magistrada ha ordenado abrir diligencias previas a raíz de la querella formulada por el ayuntamiento de Elgeta, ya que entiende que podría tratarse de un “delito de genocidio y crímenes contra la humanidad”.

 “Llega tarde, pero al menos llega”, comentó Gurutze Telleria a Público algunas horas después de que el ayuntamiento y la asociación Intxorta 1937 dieran a conocer el auto de la jueza Imaz. 

“La pena –añade- es que todo esto no haya ocurrido cuando mi tía abuela estaba viva”. En efecto, Anttoni murió en 2007, cuando aún no había ni el más mínimo atisbo de que un tribunal pudiese llegar a interesarse por su terrible historia.  (...)

 “Mi tía abuela siempre estuvo convencida de que los que mandaron a esos tipos a violarla eran del pueblo”, relata su sobrina-nieta. De ahí, quizás, los tabús y silencios que acompañaron a Anttoni durante muchos años, en los que apenas hablaba sobre su trágica historia. “Para ella era una batalla perdida”, rememora Gurutze. (...)

La historia de su familia forma parte del listado de crímenes cometidos por los franquistas en Elgeta. “Mi aitite (abuelo) salió al portón de su caserío y se encontró a cuatro milicianos muy jóvenes. A ellos los mataron y enterraron debajo de un manzano. A mi abuelo le pegaron un tiro en la cabeza y lo dejaron allí tirado”, señala. 

Su tío, que por entonces era un niño, se refugió en la cuadra de animales. “El asesinato de su padre le dejó secuelas para toda la vida”, relató. Como si esto fuera poco, la tragedia familiar se completó con la desaparición de otro tío abuelo de Osoro.  (...)"              (Danilo Albin, Público , 11/12/17)

31/1/17

Amada García, fusilada poco después de haber dado a luz, simbolizó un año más la represión franquista en Ferrol... das 86 mulleres que se cargaron en Galiza do 36 ao 39, 27 foi na área de Ferrolterra

 "Bernardo Máiz vén de presentar nun acto multitudinario en Ferrol Amada García e os seus arredores (Edicións Embora), o libro de 460 páxinas que conta a historia dunha muller comunista que chegou a converterse nun mito (de pobre muller para uns e de heroína para outros) logo de ser condenada a morte pouco despois de dar a luz un neno.

- Amada García é o fío condutor do libro que vés de publicar. Por que a elixes a ela? Porque é a vítima máis simbólica da represión en Ferrolterra?
 
- Non, porque é a vítima máis simbólica da represión contra as mulleres.

- E esa é a razón pola que te pós a investigar sobre a súa figura?
 
- Hai máis razóns, de moitos tipos. En primeiro lugar eu crieime ouvindo a historia da García, “pobriña ella, que sólo bordó una bandera”, e intrigoume. Logo, como historiador, empecei a escarabellar, ata que me din de conta que era unha historia moito máis complexa do que se dicía e que había que escribila, claro.

- Tamén dis que había moito de ficción nesta historia e que no libro vas só aos datos. 
 
- A historia é moi complexa. Ferrolterra é un territorio moi ligado á esquerda historicamente. Os únicos alcaldes do PCE -o máis radical naquel momento- que había en Galiza eran o de Pontevedra e o de Mugardos. Isto é moi significativo, ao igual que das 86 mulleres que se cargaron en Galiza do 36 ao 39, 27 foi na área de Ferrolterra. E a filiación sindical feminina era máis elevada nesta comarca que no resto do país.

 O título do libro é ‘Amada García e os seus arredores’ precisamente porque non é unha heroína illada ou unha vítima illada, ela forma parte dun contexto histórico. Hai un capítulo que se titula ‘Do mito á realidade’. De Amadita a Amada. Amadita é a pobre muller que nada se fixera e que, a pesar de todo, a mataron. Aínda estes días me contaron dúas veciñas que de pequenas lle rezaban a unha fotografía de Amadita.

 - Arre demo.
 
- Elas estaban convencidas de que era unha santa. Foise creando arredor dela un mito, e a xente dicía que o único que fixera fora bordar unha bandeira. E resulta que non bordou tal bandeira, porque non sabía bordar. A outra versión que se crea é a de heroína que mesmo arenga ao pelotón de fusilamento, que tamén é mentira. Eu intentei dilucidar o que había de verdade e de fantasía. E para iso tiña que presentar o marco no que ela se movía.

 En Ferrol, ten en conta, que había unha agrupación de mulleres socialistas, e só había dúas en España. Ou que unha das mulleres que mataron era a presidenta do sindicato de descargadoras do peirao. E en Mugardos había un centro republicano, un ateneo libertario con moitísimas actividades, e unha Irmandade Nazonalista de Franza (O Seixo), que tiña vintetantos afiliados.

 E o potentisimo movemento sindical arredor dos asteleiros. Todos estes elementos conflúen en que a república, sobre todo entre a xente máis nova, fora acollida como un tempo de esperanza, como di Dieste. E Amada é unha muller normal, casada cun traballador moi concienciado, filla dun anticlerical, e medra nese ambiente.

E a partir do 34 empeza a aparecer publicamente desde compoñendo coplas de Entroido en contra da dereita, está afiliada á Asociación de Mujeres contra la Guerra y el Fascio, e a Mugardos chegaba un mensuario feminista da CNT chamado Mujeres libres. Pero fóra do dereito de voto, as mulleres conseguiran pouco: só había unha directora xeral e eu dei só con 18 concelleiras en Galiza nada máis.

 Amada acompañando no escenario do Jofre á Pasionaria nun mitin o 2 de xaneiro do 36, até despois protagonizando 3 mítins máis. E falei con xente que asistiu a estes mítins que destacan a súa forza, dicindo que era moi pequeniña pero enchía o palco ela soa. E formaba parte da candidatura das eleccións municipais que non chegou a haber en maio do 36. Aparece na prensa que formaba parte dunha candidatura no posto terceiro ou cuarto.

- E como remata a historia?
 
- Hai un capítulo, utilizando unha frase de Castelao, que se chama ‘Valía máis Ferrol que todo Asturias’, o que significa que o potencial militar que había en Ferrol era moi grande. E é o único lugar onde lle custou máis gañar, non en tempo pero si en dureza, tomar o poder militarmente.

Houbo máis mortos neses primeiros días e onde empezan as execucións rapidamente e onde o número porcentual e relativo de mortos é o máis elevado de toda Galiza. Dunhas cinco mil e pico persoas asasinadas, en Ferrol chegamos ás 1.500. E de 86 mulleres, 27 foron na área de Ferrol.

- Como foi o seu caso?
 
- Amada de entrada vai de arresto domiciliario en Mugardos, coma moita outra xente, córtanlle o pelo ao cero, é sometida a traballos forzosos até que en abril do 37 préndena, ao marido tamén, pero el sae pronto. Entra no cárcere de mulleres, está embarazada e ten o neno en outubro.

É levada a un consello de guerra con outras sesenta e tantas persoas o 1 e 2 de decembro e condéana a morte o 24. Finalmente a clemencia do caudillo leva a que lle conmuten a condena a 16, e a ela non, e é imputada o 17 de xaneiro do 38.

- Que pasa co neno?
 
- Ela ten o neno estando presa. Esa versión de pobre muller mesmo chegou a dicir que agardaron a que tivera o neno pola política natalista do franquismo. Finalmente o día 26 de xaneiro hai un garda civil piadoso que avisa á familia, ela era de orixe moi humilde, filla dun mariñeiro e dunha redeira. Cruzan até San Felipe a remo, vai o pai, o marido e unha irmá.

Déixana estar con ela un pouco e cando volven a Mugardos escoitan os estouridos. E aí hai máis mitos: “pobriña que se desmayó antes de que los soldados disparasen y los soldados no querían hacerlo”. O outro mito é todo o contrario: “soldados, no os preocupéis, disparad sin miedo, etc. etc.”

E tiven a sorte de poder recoller información dun soldado que non disparou, estaba na reserva, e do médico militarizado. É verdade que na primeira descarga déronlle aos outros e a ela lixeiramente nunha perna, e o tenente mandou outra descarga e rematárona.

 E isto crea unha lenda enorme, creouse tamén unha similación co mito de Mariana Pineda, que tampouco bordara ningunha bandeira. Nos decretos iniciais que fixo a República, un deles era declarara o día de Mariana Pineda nas escolas como heroína da liberdade. Entón o mito era coñecido.

- Hai un fillo que aínda vive, non?
 
- Non, morreu hai uns meses. O fillo é un home co que tiven unha grande amizade. Un fillo case póstumo. Empezou a traballar no arsenal e era tratado con moito respecto porque era o fillo de Amada.

E ten unha filla maior, que é monxa, ten noventa e tantos anos. O marido dela, Gabriel Toimil, deixalle á súa familia á nena, que tiña 7 anos, e o neno déixallo aos avós maternos, que abandonan Mugardos e se establecen en Ferrol.

O pai desentendeuse dos nenos, aínda que lles enviaba algún diñeiro. A este home trasladárono ao arsenal de Cartaxena e chegou ao máximo na súa categoría. Volveu a finais dos 90, eu falei con el. Acabou co fillo coma o rosario da aurora e finalmente foise a un centro da terceira idade de Bergondo. Cando xurdía o tema do fillo poñíase nerviosísimo.

- Supoño que nos arquivos consultados tes visto de todo respecto da represión e de como esta influiu na vida da xente. 
 
- Nas vilas a venganza dos sectores tradicionalmente no poder, a vinganza cara os de abaixo foi tremenda. Curiosamente non sucedeu así nas aldeas. Eu comprobei como no Seixo (Mugardos) ou en Cervás (en Ares), a xente de dereitas protexía aos propios. Había xente que cambiaban as declaracións cando sabían as represalias que lle caían á xente.

E noutros casos, ao contrario. Hai un problema de clasismo e de sexismo. Mulleres que din “pero esta chica qué se creía, la hija de un pescador y de Petronila iba a ser concejala, pero por dios”. No caso das declaracións dos homes, consciente ou inconscientemente, hai sexismo.

- Por que foi o seu caso tan simbólico? Polas circunstancias, por estar embarazada?
 
- Claro. Porque foi tardío, non foi asasinada nos primeiros meses. Foi o 27 de xaneiro do 38. O 50% dos mortos foron nos primeiros meses despois do alzamento. Un 30% no 37 e logo diminuiu moito nos anos seguintes. Con ela mataron outros 7, entre eles ían matar a outra muller, Elena Leira. Pero a súa familia conseguiu mercar o tribunal de apelación e 10 anos despois estaba na casa. As dúas foran sometidas a cortes de pelo, a traballos forzados, a humillacións públicas.

- Rematara o curto periodo de tempo de liberdade para as mulleres.
 
- Si, xa o dicía un falanxista: “unas fueron pasadas por las armas y otras fueron obligadas a fregar suelos otra vez”. Eu insisto moito en que aquí non houbo guerra, houbo unha matanza contra os defensores da orde lexítima.

 E en lugares como Ferrol, se pensas que só nun buque de guerra se cargaron a 100 xa che saen unhas cifras descomunais. O 24 xa se producen as primeiras execucións irregulares en Pontedeume. Un deles, o alcalde de Mugardos. E logo desencadéase unha auténtica matanza.
- Como definirías a figura de Amada García?
 
- Ela foi unha vítima máis, que chega á categoría de mito polo especial dramatismo das circunstancias: unha nai que deixa dous orfos. Hai un momento nos anos 40, imitando os heroes soviéticos que con 11 anos mataron centos de nazis, aquí fanlle o mesmo a Amada, mitificándoa como heroe comunista. Había que inventar heroes, entón Amada caeu nesa categoría.

 Ten unha traxectoria social e política valiosísima. Falamos dunha muller que forma parte dunha xeración que nos cinco anos de República se afixeran a unha cultura democrática e a exercer a liberdade, e a ter actitude pública de compromiso social. Era a capa que tiña a misión de dirixir politicamente o noso país. E que foi decapitada, nunca mellor dito."             (Entrevista a Bernardo Máiz, R. Castro, Sermops Galiza, 06/01/17)


"La asociación Memoria Histórica y el Concello ferrolano recordaron en el castillo de San Felipe, con una ofrenda floral, la figura de la mugardesa Amada García, fusilada el 27 de enero del año 1938 en la fortificación, poco tiempo después de haber dado a luz. Su figura sirve de símbolo de todas las víctimas y represaliados de la comarca.

Durante el acto, el alcalde de Ferrol, Jorge Suárez reclamó “a necesidade da recuperación da memoria histórica e poñer en valor o Castelo de San Felipe como lugar emblemático no que aconteceron uns sucesos que xamais deberían de acontecer”, en alusión a los fusilamientos acontecidos en este lugar tras el golpe militar de 1936.

Suárez presidió la ofrenda floral para recordar y honrar a Amada García y apuntó  que “a nosa intención é continuar ano a ano recordando a figura de Amada, pedindo a colaboración da familia e compartindo a súa dor” .

Además del regidor ferrolano también se dieron cita en el castillo de propiedad municipal concejales de la corporación local, así como familiares de la homenajeada, entre los que se encontraba su nieta, Amada García Toimil, y representantes de la Asociación Memoria Histórica. (...)

Amada García era vecina de Mugardos, pertenecía al Partido Comunista, y fue detenida estando embarazada, lo que motivó que el consejo de guerra aplazara la aplicación de la sentencia de muerte hasta el nacimiento de su hijo Gabriel. Fue fusilada entonces contra la tapia del castillo ferrolano. (...)"              (Diario de Ferrol, 28/01/17)

4/1/17

“Mis niños, mis niños"... el grito de Catalina cae escaleras abajo. Un grupo de falangistas la saca al arrastre, a la muerte

“Mis niños, mis niños. Como un desgarro, el grito de Catalina Sevillano cae escaleras abajo. Un grupo de falangistas saca al arrastre a la mujer, que enfila un desenlace inequívoco: la muerte a balazos a manos de golpistas. Dos de sus hijos asisten a la terrorífica escena por los restos tatuada en la memoria de Francisco, de 23 meses de edad, y de Luis, con siete años.
 Casi ocho décadas pasan hasta que la tierra rompe en Paterna de Rivera (Cádiz) en busca de sus restos. O los del padre, Francisco Vega, asesinado días después”. 

Así comienza el periodista Juan Miguel Baquero un libro de historias macabras que sucedieron no hace tanto tiempo en este país y que todavía hoy suscitan el rechazo de buena parte de la sociedad e incluso de dirigentes del partido del Gobierno. 

Ésta en concreto sucedió en un enclave de la sierra gaditana, donde el equipo destinado a exhumar la fosa localizó los restos de 10 personas. El niño de siete años Luis, hoy ya octogenario, no faltó ni a una sola jornada. (...) 

Él mismo es bisnieto de un fusilado, Mariano Baquero Rodríguez, de Coria del Río (Sevilla). “Era un industrial de la época, masón republicano, amigo de Diego Martínez Barrios, de Blas Infante… Lo soltaron en las Naves del Barranco, en Sevilla, y luego lo ejecutaron a la altura del Puente de las Delicias. Igual que los soltaban, llamaban para que los cogieran en otro sitio.

 Lo ejecutaron en un lugar donde trabajaba mucha gente del pueblo y hubo personas que lo vieron. Afortunadamente, mi familia pudo ir a recogerlo y está enterrado en el cementerio de Coria. Tuvieron esa tranquilidad de cerrar el duelo”, afirma. Baquero ha vivido muy de cerca esa herencia de lucha por la justicia que ha ido pasando de generación en generación hasta llegar a la quinta, con su propio hijo, también Juan Miguel Baquero, de diez años.

 “Si no pudiera ir más a ninguna exhumación, me dolería. Necesito contar sus historias. He visto imágenes que no se me olvidarán en la vida, y no sólo un cráneo con un agujero de un proyectil, sino restos óseos con evidencia de torturas que son terroríficas, imágenes dantescas”, describe. 

El filósofo Manuel Reyes Mate, que prologa el libro, sostiene que aquel terror de los sublevados, “tan gratuito como concienzudo, tenía una pretensión de largo alcance: desestructurar las familias republicanas, infundir miedo y borrar huellas”. Y concluye: “Si hoy, ochenta años después, presentamos estos relatos como novedades es porque aquella estrategia funcionó”.                (Olivia Carballar , La Marea, Rebelión, 29/12/16)

2/5/16

Asesinada por encubrir a los dos hijos que habían marchado al frente como milicianos

"(...) El padre de Antonia trabajaba como jornalero en el cortijo de la Goronela de Machena. “Cuando estalló la guerra, cerraron el cortijo y los echaron a todos”. 

A pesar de que estuvieron escondidos unos días, el padre de Antonio decidió salir. “No había hecho nada. Solo era de izquierdas y sabía leer y escribir”. A los pocos días una pareja de guardias civiles los llamó para hacerles unas preguntas y la madre de Antonio no volvería a verlo nunca más.

 La foto de las hermanas Alcaide es una de las más entrañables de la muestra. Tal y como muestra la imagen, María y Valle Alcaide, han vivido la mayor parte de su vida en Arahal (Sevilla), y aún siguen esperando saber el sitio exacto donde está enterrada, con el único retrato que les queda de su madre Pastora Martín, fusilada el 9 de agosto de 1936 en el pueblo de Paradas.

“Recuerdo cómo mi madre nos llevó al campo cuando empezaron a caer bombas para que estuviéramos a salvo”, recuerda María. 

 “Ella le contó a la Guardia Civil que no sabía dónde estaban sus hijos y que si lo supiera tampoco se los diría”. Con 47 años, Pastora nunca volvería a ver a ninguno de ellos, tras ser asesinada por encubrir a los dos hijos que habían marchado al frente como milicianos. (...)"               (Público, 01/05/16)

17/7/14

Los cuatro años negros de matanza en La Tiyera. Desde 1937 a 1941 se prolongaron las torturas y asesinatos a manos de falangistas y guardias civiles en el pueblo minero asturiano

"Asesinatos a palos, torturas hasta la muerte… falangistas y guardias civiles acabaron entre 1937 y 1941 con una serie de personas sobre todo pertenecientes a tres familias en la localidad asturiana de La Tiyera en un acoso terrible y sangriento que saldrá a la luz, después de que los nietos de los asesinados presenten la denuncia este jueves 17 de julio, en el consulado de Argentina en Madrid.  (...)

En la Tiyera se dedicaban en las primeras décadas del siglo XX a la explotación del carbón y era un núcleo con mucha actividad sindical y política, y explican que “con la caída del frente de Asturias, algunos de sus vecinos se fugaron al monte y la represión caería sobre ellos y sus familias a manos de la Falange y la Guardia Civil”.

“Con media docena de casas y una docena de familias viviendo en ellas, La Tiyera sufrió entre 1937 y 1941 una auténtica masacre: 15 vecinos resultaron muertos, otros siete pasaron por las prisiones y campos de concentración, y otro fue desterrado”.

 A Vicente Rodríguez Rodríguez y a Cecilio González les sacaron de sus casas en febrero de 1937, seis días después de la entrada en Gijón de las tropas franquistas. Les iban a llevar al cuartel de la Guardia Civil en Santu Miano. Cuentan de La Comuna que por el camino los torturan hasta matarlos y que los dejaron allí en el monte, enterrados. Sus familiares no pudieron trasladar sus cuerpos a un cementerio hasta 1952.

“En marzo, el vecino Jesús Iglesias falleció en la cárcel por el hambre y las torturas. En La Tiyera el panorama no era mejor. Allí se instaló un cuartel donde actuaban miembros de la Guardia Civil, del Ejército, falangistas, mercenarios de Marruecos… un escenario de violencia y muerte. Nada más quedaban las mujeres, los niños y los viejos, porque los jóvenes habían huido al monte o estaban escondidos”, continúan.

En diciembre de ese mismo año, detuvieron a dos hijos de Vicente, Antonio y Onofre Rodríguez Zapico, que estaban fugados. Fueron condenados a muerte, aunque la pena se conmutaría más tarde por 30 años de prisión. Para la familia la tragedia no terminó allí. En 1938, asesinaron a balazos a otro hermano, Vicente Rodríguez Zapico, que estaba escondido en casa de una vecina, Carmen, a la que internaron en el campo de concentración de Arnao, en As Figueiras (Castripol).

 En octubre, otra vez en el alto de Santu Miano, mataron a palos a Pilar Terente Fernández y a Amada Zapico Zapico, que tenía a su marido, Tomás Fernández Zapico, huído en el monte. Pilar, viuda, había tenido que abandonar su casa con cinco de sus hijos porque se la habían quemado como represalia.

El motivo de tan bárbara ejecución fue que su hijo mayor, Belarmino, de 17 años, también estaba en el monte escondido para no tener que alistarse en el Ejército franquista. Los dos hijos pequeños de Amada se quedaron con los abuelos. Nadie pudo enterrar los cuerpos de Pilar y Amada porque sus asesinos los tiraron por la chimenea de una mina.

Pero a Belarmino Fernández Terente, el hijo de Pilar, finalmente le atraparon. En mayo de 1939 la guardia civil le asesinaba en el monte. Los otros cinco hermanos que tenían entre 16 y 7 años, se habían marchado a servir como criados a otros pueblos. En julio, condenan a muerte a Samuel Solís Fernández y lo fusilaron en las paredes del cementerio de Oviedo.

La historia no concluyó aquí: El testimonio de los familiares continua que en abril de 1940 un grupo de la “brigadilla” asesinó a Tomás Fernández Zapico, marido de Amada Zapico, y a Aladino García Fernández, que estaban escondidos en una casa cerca de La Tiyera. Quemaron la casa y se dirigieron al pueblo. Allí encontraron a dos mujeres que estaban lavando y les dieron una paliza.

“Eran Benigna González Llaneza y Josefina Terente Zapico. A Josefina tuvieron que internarla en el Psiquiátrico y nunca se recuperó. En ese mismo mes, la guardia civil mató a Silvino Iglesias Iglesias cuando estaba escondido con otros en Cardiñuezo (Ciañu).

Entretanto, otro vecino de La Tiyera, Manuel González, moría en la cárcel de El Dueso (Cantabria) debido al hambre y los malos tratos. En junio de ese año, un grupo de falangistas asesinó en una vivienda de la localidad a César Rodríguez Zapico, hijo de Vicente y Josefina, y a Eliseo Argüelles Álvarez. Los cuerpos estuvieron expuestos en la plaza del pueblo mucho tiempo, aunque sus familiares no pudieron enterrarlos ni supieron en dónde acabaron.

El último caso de este rosario de matanzas data de octubre de 1941, cuando un grupo de falangistas asesinaron en su casa a golpes a Josefina Zapico Zapico, viuda de Vicente Rodríguez Rodríguez, que ya había estado desterrada, había visto morir a dos hijos y que tenía a otros dos en la cárcel.

La represión también llegó a otros vecinos de La Tiyera en forma de prisión o destierro, recuerda La Comuna: “A Gil González Zapico, otro de los hijos de Vicente y Josefina, le desterraron. 

A Maximino, otro hermano, lo enviaron al campo de concentración de As Figueiras, que era el método que usaba el régimen franquista para cortar la ayuda que las familias daban a los ‘fugaos’ en el monte. Con él iban su mujer Delfina Fernández Iglesias y su hijas más pequeñas, Predestina y Dorina.

Después de muchos años de horror y silencio, sus familiares pedirán justicia ante la jueza argentina. Presentan las denuncias Maximino Rodríguez Fernández (nieto de Vicente y Josefina), Vicente Fernández Zapico (sobrino de Amada y Tomás), y Joaquín y José Ramón Fernández García (nietos de Pilar y sobrinos de Belarmino)."            (El Plural, 16/07/2014)

3/4/14

¡Por compasión, no me la roben! Que la maten conmigo

Gumersindo de Estella

"¡Tantos hombres para matar a tres mujeres!’, gritó una. Sonó la descarga cerrada. Les di la absolución, y antes de que el teniente descargara los tiros de gracia, me alejé caminando como un autómata”. El pelotón de fusilamiento ascendía a 24 hombres.

 Las tres mujeres eran Selina Casas, Margarita Navascués y Simona Blasco. Y el testigo que describe la atroz escena, un cura, Gumersindo de Estella, que presenció 1.700 fusilamientos en las tapias del cementerio de Torrero (Zaragoza) entre 1936 y 1942. 

“Como sacerdote y cristiano sentía repugnancia ante tan numerosos asesinatos y no podía aprobarlos”. 

Tampoco pudo impedirlos, pero dejó constancia de ellos en un estremecedor diario por el que ayer le homenajeó el Ayuntamiento de Zaragoza dedicándole una plaza en el cementerio de Torrero.

Gumersindo de Estella, nombre religioso de Martín Zubeldia (1880-1974), acompañaba a las víctimas en camioneta desde la cárcel hasta la tapia del cementerio y les daba la extrema unción entre el fusilamiento y el tiro de gracia. No solo presenció las ejecuciones, también el robo de niños, como describió en su diario: “¡Por compasión, no me la roben! Que la maten conmigo’, gritaba una. ‘¡No quiero dejar a mi hija con estos verdugos!’, exclamaba la otra. 

Se entabló una lucha feroz entre los guardias que intentaban arrancar a viva fuerza las criaturas del pecho y brazos de sus madres y las pobres madres que defendían sus tesoros a brazo partido”.

Los bebés tenían un año. Eran las hijas de Selina Casas y Margarita Navascués. Las acusaban de haber intentado escapar a la zona republicana el día anterior, 21 de septiembre de 1937. Dos monjas recogieron a las niñas después de que mataran a sus madres.

“Mi actitud contrastaba vivamente con la de otros religiosos, incluso superiores míos, que se entregaban con regocijo extraordinario y no solo aprobaban cuanto ocurría, sino que aplaudían y prorrumpían en vivas con frecuencia”, escribió Gumersindo de Estella en su diario. 

Había sido precisamente el enfrentamiento con sus superiores el que le había llevado a ser capellán de la cárcel de Torrero. Zubeldia discutió con el padre Ladislao Yabar, quien anunciaba con ceremonia: “Hoy comeremos gallinas requisadas en Gipuzcoa por nuestros valientes requetés”, y fue trasladado, como castigo, desde Pamplona a Zaragoza.

 Le costó casi un año que retiraran de la capilla el retrato de Franco que presidía el altar. Se retiró un tiempo por una úlcera. Cuando regresó, ya terminada la guerra, los fusilamientos seguían -cerca de 700 después de la contienda-  pero habían colocado unos sacos terreros tras la tapia porque las balas habían traspasado la pared y alcanzado los nichos.

En total, más de 3.543 republicanos fueron fusilados en aquel muro desde la madrugada del 19 de julio de 1936 hasta el 20 de agosto de 1946. No se dejó de matar ni un solo día, ni en nochebuena. En octubre de 2010 se inauguró en el cementerio una espiral con los nombres de todas las víctimas.

“Su diario es un documento único, extraordinario”, explica el catedrático de historia contemporánea Julián Casanova,autor de La Iglesia de Franco (Editorial Crítica). “Muestra la desazón desde dentro de un hombre de la Iglesia al ver el fervor guerrero de la institución, que se ha puesto al servicio de Franco”.

Zubeldia ocultó su diario hasta poco antes de su muerte, cuando hizo saber de él a otros sacerdotes. “Son cinco cuadernos, para nosotros, un tesoro”, explica el padre Tarsicio de Azcona, de 90 años. “Sufrió mucho. Él era un hombre del pueblo, un misionero popular”. El diario se publicó en un libro en 2003 gracias a Azcona y al también capuchino José Ángel Echevarría.

 El reconocimiento le llegó ayer, cuando se cumplían 75 años del final de la Guerra Civil, gracias a un acuerdo por unanimidad del Ayuntamiento de Zaragoza para dedicarle una plaza. El alcalde, Juan Alberto Belloch; Casanova y Azcona se reunieron para hablar de Gumersindo de Estella en el Teatro Principal. "             (El País, 01/04/2014)


 Jose Luis Menoyo, con una foto de su madre, Aurora. / LUIS SEVILLANO

"Un bebé en la tapia de fusilamientos.
 
Tuvo dos madres, tres nombres y un hijo, José Luis Menoyo, al que nunca reveló su verdadera historia: que el 22 de septiembre de 1937, cuando tenía poco más de un año, dos monjas la habían recogido en la tapia del cementerio de Torrero (Zaragoza) después de que fusilaran a la anarquista (Selina Casas) que le había puesto su primer nombre (Lidia); que en el hospicio la bautizaron como Natividad y que sus padres adoptivos —un médico que había sido movilizado por el bando franquista, y su mujer, ama de casa— la llamaron, finalmente, Aurora.

 “Me enteré de la historia de mi familia por un libro, porque mi madre nunca me contó nada”, explica Menoyo, de 55 años. “Sentí una tristeza inmensa. Es una historia trágica”.

Fue en los diarios del capellán de la cárcel de Torrero, Gumersindo de Estella, que asistió a 1.700 fusilamientos entre 1936 y 1942, donde Menoyo leyó el último grito de su abuela al pelotón de fusilamiento: “¡Que la maten conmigo! ¡No quiero dejar a mi hija con estos verdugos!”. Selina Casas, de 27 años, y Margarita Navascués, fusilada aquella misma madrugada, “defendían sus tesoros a brazo partido”, según anotó el capellán, mientras los guardias intentaban “arrancar a viva fuerza a las criaturas” que llevaban en brazos. Fue inútil.

“Tengo el honor de poner en su conocimiento que han sido entregadas a dos hermanas de la caridad para su ingreso en Benéfico establecimiento los (...) hijos de las reclusas ejecutadas esta madrugada en cumplimiento de sentencia dictada en Consejo de Guerra”, escribió el director de la prisión de Zaragoza al gobernador civil. Casas y Navascués habían sido condenadas a muerte por intentar pasar al lado republicano."Al enemigo", especifica la ficha de la Delegación de Seguridad Interior y Orden Público.

Menoyo reunió esta documentación, que registra la peripecia de su madre —cómo el capellán de la inclusa la bautiza el 20 de abril de 1938 “por encontrarse en peligro de muerte” y ante la duda de que sus padres no lo hubieran hecho; o cómo el 11 de marzo de 1939 es entregada a un matrimonio que no podía tener hijos—, hace cuatro años, buscando, en realidad, a su padre.

 “Mis padres se separaron al poco de nacer yo y nunca tuve contacto con él. Cuando ella murió, quise encontrarlo y contraté a una empresa para que me ayudara. Un día me dijeron: ‘Ya sabes que como tu madre es adoptada necesitamos una autorización’. Yo pensé que era un error, y luego, al ver la documentación, que mi madre no había sabido nunca que era adoptada.

 Pero más tarde descubrí que un tío suyo la había localizado cuando tenía 15 años, y que ella le había dicho que estaba muy bien con sus nuevos padres”. Una prima de su madre, a la que Menoyo visitó recientemente en Bilbao, le mostró emocionada la foto que el tío de Aurora —para ellos, Lidia Durruti Casas— le había llevado tras aquel encuentro.

“Jamás había sospechado nada. En mi casa no se hablaba de la guerra. Ni de política. A mi abuelo, el médico, no le interesaba, aunque, como tantos otros, fue movilizado por el bando nacional", explica Menoyo, que hoy tiene un amplio dossier con información de sus abuelos de sangre, como la ficha que describe a Selina Casas como “totalmente desafecta al Movimiento Nacional” con una “gran actividad en el campo político sindical en unión de los elementos más peligrosos de la extrema izquierda”.

O la noticia de la detención de su abuelo, Bonifacio Durruti, miembro de una famosa familia de anarquistas, en la frutería de Zaragoza que usaba como tapadera de un local de la CNT.

"Mi historia es la de tantos otros españoles, la de tantas familias separadas por la guerra”, afirma. A los 55 años, Menoyo ha podido reunirse con descendientes de sus abuelos anarquistas. Pero no tuvo suerte con la búsqueda que inició todo, la de su padre. Había muerto cinco meses antes de que él intentara encontrarle."           (El País, 05/04/2014)

25/3/13

Las monjas permitieron que la presa continuara con vida hasta que el bebé cumplió dos años. Entonces, se lo quitaron de los brazos y la fusilaron

"También recuerda Teófilo las mañanas en las que acompañaba a su madre al cementerio para poner flores a la fosa común donde descansan los restos de su padre. Las tres fosas del pequeño cementerio permanecieron abiertas hasta 1945 y él, siendo un niño de 5 años, podía ver los cuerpos de los fusilados comidos por la cal. Entre ellos, el de su progenitor

Otros días, llegar hasta la fosa se hacía imposible. “Muchas veces tuvimos que salir corriendo y escondernos en cualquier lugar cuando íbamos al cementerio. Las familias de derechas nos señalaban, nos insultaban y temíamos que nos mataran”, señala este hombre. El miedo no es de extrañar. Además de su abuelo, murieron otros tres familiares fusilados en el penal.

Sólo en Ocaña, un pueblo de apenas 11.000 habitantes de la provincia de Toledo, se registraron entre 1939 y 1959, fecha del último fusilamiento, 1.300 víctimas de la represión franquista. En su pequeño cementerio se concentran tres fosas comunes.

 La mayoría murieron fusilados, pero un gran número de ellos lo hicieron enfermos dentro de la prisión. La Asociación de Familiares de Ejecutados en la Cárcel de Ocaña, tras examinar los registros del penal, señala que en invierno la lista de fallecidos aumentaba considerablemente debido a las penosas condiciones de vida a las que estaban sometidos los presos. En muchos casos los verdugos ni siquiera necesitaban balas para cometer sus crímenes. 

“Hemos encontrado varias partidas de defunción de bebés, que morían en la cárcel. Era habitual que las presas tuvieran allí a sus hijos. De hecho, conozco un caso escalofriante”, narra Carmen Díaz, vicepresidenta de la asociación.

 “Una presa fue condenada a muerte pero tenía un bebé en edad de lactancia. Las monjas permitieron que la presa continuara con vida hasta que el bebé cumplió dos años. Entonces, se lo quitaron de los brazos y la fusilaron. El bebe fue abandonado entre los matojos, aunque me consta que logró sobrevivir”, cuenta esta mujer, cuya historia familiar no es menos  trágica.

 Su abuelo murió en la prisión tras ser juzgado tres veces: una para condenarle a muerte, otra para conmutarle la pena por 30 años de prisión y, finalmente, una última ocasión, en la propia cárcel, para condenarlo de nuevo a muerte.

La sentencia fue ejecutada inmediatamente sin avisar a los familiares. “Sospechamos que el último juicio fue un fraude ya que no aparece en ningún registro. Simplemente, querían verlo muerto”, cuenta a Público Carmen."             (Público, 24/03/2013)

1/10/12

Domingo Rodríguez y Amalia López morían paseados. Y sus tres hijos varones se echaban al monte, donde murieron abatidos por los franquistas

Antonia rodriguez López

"Antonia Rodríguez López viajó en el año 2004 a su O Barco de Valdeorras (Ourense) natal. El Ayuntamiento colocaba un monolito en la aldea de Soulecín, donde el 18 de octubre de 1939, en la parte de atrás de la casa familiar, un grupo de legionarios había asesinado a sus padres, los campesinos Amalia y Domingo.

“Aquel día, hace ocho años, quedó tan impactada que ya no estuvo en disposición de volver a recordar todo aquel terror”, explica la profesora Aurora Marco, autora de Mulleres na guerrilla antifranquista galega (Laiovento, 2011). (...)

Antonia Rodríguez López fue una de las dos hermanas y un hermano que, de entre siete, sobrevivieron a la Guerra Civil. Había nacido en Soulecín, una parroquia de la Galicia oriental, en 1924. Cuando Franco se levantó contra la II República, su hermano Rogelio fue llamado a filas por los nacionales. 

No tardó en pasarse al Ejército republicano. Los sublevados se vengaron y su padre y otro de sus hermanos pasaron seis meses en la cárcel de O Barco. A los tres años, Domingo Rodríguez y Amalia López morían paseados. Y sus tres hijos varones se echaban al monte, donde murieron abatidos por los franquistas.

Antonia y Consuelo Chelo Rodríguez López habían quedado como enlaces de la guerrilla e integrantes del Servicio de Información Republicana en la zona montañosa que separa Galicia de las provincias de León y Zamora. Hasta la caída de Columbrianos. “En ese momento subieron al monte”, relata Aurora Marco, “y se integraron en el destacamento que dirigía César Ríos”.

 Este, militante del PSOE, acabaría siendo el marido de Antonia.
“Chelo andaba con pistola, y participó en algunas acciones”, explica Marco, “pero Antonia nunca quiso ir armada. Aunque era una mujer muy valiente que se encargaba de la intendencia, de transportar armas, de avisar de los peligros”. 

Las hermanas pasaron a la legendaria Ciudad de la Selva —campamentos de maquis— y, durante el congreso de reunificación de julio de 1946 —cuando comunistas y socialistas intentaron solventar sus diferencias—, irrumpió la Guardia Civil. 

Consiguieron huir y a mediados de 1947 se separaron. Antonia alcanzó Asturias y se reunió con César Ríos. En octubre de 1948 embarcaron en el puerto de Luanco y, tras dos días de travesía, atracaron en San Juan de Luz, Francia."          (El País, 16/09/2012)

2/5/12

Los tres niños supervivientes fueron maltratados, obligados a beber ricino, y al mayor, de trece años, le llegaron a hacer un simulacro de fusilamiento. Los hijos de las víctimas quedaron marcados para siempre, Tuvieron que abandonar la escuela a causa de las humillaciones, malos tratos y abusos que sufrían, y fueron perseguidos sin cuartel, hasta el punto de que no se atrevían a salir de casa. Los que no pudieron salir del pueblo estuvieron vigilados hasta que fueron adultos, y algunos, obligados a comunicar a la guardia civil cualquier desplazamiento hasta los años 60

"Urueña, localidad de la provincia de Valladolid, tenía en el año 1936 en torno a 300 habitantes. En el año 1.933, la Sociedad Obrera Agrícola, afecta a la UGT, tenía 103 asociados en dicha localidad

Matías Vallecillo Ramos, 56 años, labrador con tierras propias y de ideas socialistas tenía arrendada una panera, propiedad de un señor que falleció. En esta panera se fundó el Centro Obrero, una Casa del Pueblo de Urueña, donde se estableció la Sociedad Agrícola. Los herederos del propietario estaban en contra de esta utilización, lo que dio lugar a enfrentamientos que culminaron cuando los herederos tirotearon el domicilio de Matías. 

Este hecho, sucedido en 1933, acabó en los tribunales, pero estaría presente en 1936. Matías vería como el Centro Obrero se convertiría en improvisada cárcel, desde donde su hijo del mismo nombre y dos de sus sobrinos, todos ellos menores, serían paseados. (...)

 A pesar de que en el pueblo, como en toda España, existía una clara división política, nadie podía sospechar que las consecuencias del golpe de estado del 36 alcanzasen la magnitud increíble que sufrieron en el pueblo: 28 asesinados, entre ellos 6 mujeres; una de ellas había dado a luz dos mellizos y estaba todavía en cama, recuperándose del parto; otra era una anciana cuyo delito fue (como en otros casos investigados en la provincia) ser madre del alcalde salido de las urnas; familias diezmadas, adolescentes... además, los represaliados: mujeres rapadas al cero y vejadas, hombres encarcelados durante años, embargos, requisas, robos y rapiñas... (...)

Fue el domingo 19 cuando las primeras patrullas de falangistas, acompañados por guardias civiles armados, entraron en Urueña. El primero en verlos llegar fue precisamente un concejal, Olegario Negro Vallejo, quien se dirigía a primera hora de la mañana a regar unas tierras cuando se encontró con un camión lleno de gente armada que se dirigía al pueblo. Los atacantes lo detuvieron y lo llevaron con ellos hasta la plaza del pueblo, en la que entraron disparando.

De inmediato se produjeron reuniones entre los sublevados y las gentes de derechas de Urueña, y de ese contacto salieron las órdenes de detención para decenas de vecinos, que fueron sacados de sus casas y retenidos en la panera, una construcción aneja a la plaza del Corro, conocida como “el Centro”.

El ataque sorprendió a la mayoría de los vecinos descansando, por lo que no hubo reacciones defensivas de ningún tipo. La primera medida de los golpistas, tras tomar posesión del ayuntamiento, fue obligar a entregar cualquier tipo de arma que estuviera en poder de los vecinos, que tenían en su poder algunas escopetas de caza.

Ante las noticias de lo que estaba ocurriendo, el alcalde Olivio Ramos junto con su hermano Juan Luis y otro vecino llamado Arturo Barrios escaparon del pueblo y se refugiaron en los montes aledaños, donde se encontraron con un guarda de monte y mantuvieron un enfrentamiento que tuvo como resultado la muerte de guarda.

Algunos detenidos fueron conducidos hacia el puesto de la guardia civil de Mota del Marqués, posiblemente para ser interrogados, mientras se iba formando en el Centro un gran grupo de hombres, mujeres y adolescentes cuyos familiares iban hasta el edificio para intentar verlos y hacerles llegar comida, lo que lograban a través de los agujeros de las carpinterías. (...)

La primera saca se produjo durante la noche del miércoles 12 de agosto. Los guardianes sacaron a seis vecinos, les ataron las manos y los obligaron a subir a un camión. Después fueron conducidas hacia el pueblo de San Cebrián de Mazote, los obligaron a bajar en una zona de los alrededores de San Cebrián y los tirotearon. 

Más tarde fueron enterrados en esa misma zona, posiblemente en la linde de unas zonas de labor, tal como dicen los testigos, aunque los cuerpos nunca fueron encontrados. (...)

Los cuerpos quedaron a la vista de los viandantes, y fueron reconocidos por una mujer de Urueña, llamada Manuela, que estaba sirviendo en Medina de Rioseco en casa de un médico llamado Cirilo fue quien se encargó de informar a los familiares de las víctimas, tanto del suceso como de la localización de los cadáveres.

Parece ser que fue un guarda de monte quien se encargó de enterrarlos y lo que es seguro es que durante años, la fosa fue visitada por los parientes, aunque pasados los años y a causa de las variaciones en las lindes, el lugar se haya perdido.

Esa misma noche, según relatan los testigos, los detenidos en el Centro, temiendo lo peor, fueron arrojando a la calle sus más valiosas pertenencias, como relojes y otros efectos personales que sus familiares recogían.
El día siguiente, 13 de agosto, y cuando el horror producido por la saca del día anterior estaba en su apogeo, los asesinos sacaron a 19 de los detenidos en dos tandas y los mataron. (...)

Unas horas más tarde, hacia el medio día, a plena luz y en el centro del pueblo, tenía lugar la más terrible de las sacas: a manos de un grupo de falangistas armados, entre los que había vecinos de Urueña, trece personas fueron obligadas a subir al camión con las manos atadas. 

Esta vez entre los vecinos iban seis mujeres entre las que se encontraban las madres de los tres hombres huidos: el alcalde Olivio Ramos Montero, su hermano y Arturo del Barrio, a quienes no habían podido capturar. Se cumplía así la más vil y mezquina de las directrices golpistas, aquella nunca escrita que instaba a atacar a las madres de sus oponentes políticos para forzar su entrega.
 
Estas trece personas fueron asesinadas en los alrededores de la localidad de Villabrágima, en las cercanías de un pozo. Los vecinos del pueblo pudieron ver claramente a las víctimas, ya que a diferencia de las anteriores sacas, el camión de la muerte era descubierto. 

Todavía a fecha de hoy, los testigos recuerdan a aquellas mujeres, algunas muy mayores, vestidas de negro; cuentan que lloraban, y que alguna presentaba heridas importantes.

Como en los sucesos anteriores, las víctimas fueron obligadas a bajarse del camión. La situación de pánico era tal que no se tenían en pie, por lo que se sentaron en el borde de la carretera mientras esperaban su fusilamiento. Esta escena espantosa ha sido relatada de igual forma por varios testigos de la época, quienes no han podido olvidarla. (...)

Además de los asesinados en estas tres sacas, hubo otras víctimas, como el alcalde Olivio Ramos Montero, quien fue finalmente capturado y conducido a la cárcel de Toro. Esto ocurrió el día 14 de septiembre. El alcalde, hombre cultivado y que había viajado mucho, había resistido en campo abierto casi dos meses.

En la mañana del día 15, Olivio Ramos apareció ahorcado en su celda. Fue enterrado en Toro. Su padre, que fue a reconocer el cuerpo, contó que estaba agotado y enflaquecido, con unas barbas largas y enredadas y los pies cubiertos por pieles de conejo sin curtir.
Su hermano Juan Luis, que había logrado llegar a Madrid, fue capturado más tarde.

Por fin lo fusilaron en Valladolid, en San Isidro, en el año 1941. Como se ve, esta familia fue prácticamente exterminada, pues la madre y hermana de ambos habían sido paseadas.
 
En Urueña actuó una patrulla de falangistas desconocidos, comandados por un asturiano sanguinario y feroz; con esta patrulla actuaron desde el primer momento codo con codo varios vecinos de Urueña, derechistas unos, asesinos y delincuentes otros, que colaboraron en la elaboración de las listas de víctimas, en las detenciones, malos tratos y asesinatos de sus propios vecinos y vecinas. 

Alguno de ellos tenía cuentas pendientes con los dirigentes del Centro Obrero, cuentas que se saldaron con asesinatos.

El cura del pueblo, llamado Dionisio, no aceptaba de ninguna manera los asesinatos y se llegó a encarar con los asesinos, que lo agredieron y lo arrojaron por unas escaleras. Tampoco el nuevo alcalde, nombrado por los golpistas, aceptó la lista de los vecinos señalados para morir, aunque su protesta no sirvió de nada. La única autoridad reconocida era la guardia civil, con quien los agresores actuaron de acuerdo.

Tras las sacas se produjeron requisas y robos descarados. Los grupos entraban en las casas de la gente con las armas en la mano y revolvían los enseres con la excusa de realizar registros en busca de armas.

 A su capricho destrozaban todo y se llevaban lo que les apetecía. Tan graves fueron los saqueos que años más tarde se produjeron juicios contra los saqueadores.

A la familia del alcalde le quitaron las tierras, los animales, la cosecha y todos los objetos, desde los más valiosos hasta las ropas. La casa quedó desmantelada y los tres niños supervivientes fueron maltratados, obligados a beber ricino, y al mayor, de trece años, le llegaron a hacer un simulacro de fusilamiento.

Se produjeron también cortes de pelo a mujeres y abusos sobre los familiares de las víctimas, que intentaron escapar del pueblo y se marcharon en cuanto tuvieron oportunidad.

Tuvieron que abandonar la escuela a causa de las humillaciones, malos tratos y abusos que sufrían, y fueron perseguidos sin cuartel, hasta el punto de que no se atrevían a salir de casa. 

Los que no pudieron salir del pueblo estuvieron vigilados hasta que fueron adultos, y algunos, obligados a comunicar a la guardia civil cualquier desplazamiento hasta los años 60."              (wwwrepresionfranquistavalladolid.org, 29/04/2012)