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3/3/24

Pepi, el superviviente del Holocausto que encontró en el flamenco una forma de “aliviar el corazón”... Peter Pérez fue internado de niño, junto a su familia judío-sefardí, en el campo de concentración de Rivesates, en el Sur de Francia. Allí, entre la miseria y el dolor, descubrió el flamenco. Lo hizo gracias a los niños gitanos refugiados de la Guerra Civil que se abarrotaban en barracas y que cantaban para comunicarse con sus padres al otro lado de la alambrada. Con la música expresaban su dolor, su pena, sus ganas de reencontrarse

 "Peter Pérez tiene 87 años y nació en Viena. Sin embargo, todos le conocen como Pepi. La directora de cine Lucija Stojević le conoció cuando preparaba su anterior documental, La Chana y buscaba financiación para poder realizar aquella película sobre la bailaora flamenca anulada por su condición de mujer y gitana. La primera vez que quedó con Peter, este sacó un CD del cantaor de flamenco Niño de la Cava y lo puso.

“Mientras nos llegaba el cante profundo y áspero, el rostro de Pepi se contraía de dolor. Empezó a llorar”, recuerda la cineasta. Al escuchar aquellos acordes, aquella voz, algo se le removió por dentro de tal forma que no pudo contener su emoción. Stojevic se interesó por su historia, por lo que había dentro de él para haber reaccionado así y encontró una de esas vidas que merecen ser contadas. Peter Pérez fue internado de niño, junto a su familia judío-sefardí, en el campo de concentración de Rivesates, en el Sur de Francia. Allí, entre la miseria y el dolor, descubrió el flamenco. Lo hizo gracias a los niños gitanos refugiados de la Guerra Civil que se abarrotaban en barracas y que cantaban para comunicarse con sus padres al otro lado de la alambrada. Con la música expresaban su dolor, su pena, sus ganas de reencontrarse.

Peter quedó marcado por aquella música. Se estableció con ella una relación complicada. Escucharla le hacía retraerse a aquellos momentos duros. Aunque escapara del campo, siempre quedó marcado por la herida del Holocausto. La música le hace volver al peor momento de su vida, pero también es lo que le hizo avanzar. Su amor por el flamenco, y por el fandango, le han hecho querer buscar el flamenco más auténtico por toda España. Junto a su amigo Alfred recorre Europa, y la cámara de Stojevic les acompaña en el documental Pepi Fandango, que termina convirtiendo aquel encuentro casual en una película sobre el poder sanador del arte y en un relato de Memoria Histórica que une la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial.

 Como Quijote y Sancho Panza ambos recorren España. Pepi ha decidido que para terminar de exorcizar y sanar tiene que crear su propio fandango. Un trayecto hasta Paterna de Rivera en Andalucía donde Pepi intenta escribir su fandango, y que termina con un trayecto de vuelta a Rivesaltes, el campo donde estuvo internado y que visita por primera vez para enfrentarse directamente a su dolor.

“Los primeros sonidos que marcaron mi vida y que tengo en las entrañas fueron los fandangos a palo seco, de voces infantiles o adultas aislados en el campo de concentración de Rivesaltes: Y claro no recuerdo letras, sólo palabras que se repetían: hambre, enfermo, fiebre. En caló: madre - vata, quiero - camelo, pan - manró, comer - jalar, cagar - jiñar, penas y duquelas”, rememora Pepi. En el flamenco, y más concretamente el fandango, encontró la forma de “aliviar el corazón”, aunque sus sonidos le llevaran de nuevo dentro de aquel campo.

“Al principio no podía escuchar flamenco. Pensaba que me arrancaría todo, pero siempre lo tengo en la cabeza. Siempre lo busco”, dice Pepi en un momento del documental. Para él “los fandangos son eternos”, y tienen algo de aquella frase que le dijo su padre y que le sirvió para sobrevivir. “Me decía que nunca perdiera la esperanza, pero allí era imposible tener esperanza. Yo uní la esperanza con la idea de soñar. Así que soñé con salir de allí”, lo logró y convirtió aquellos sonidos que escuchaba a “los gitanillos” a su lado en la banda sonora de su vida.

Un superviviente en Málaga

Igual que se emociona en el documental, Peter Pérez se emociona en Málaga recordando cómo el flamenco le cambió la vida. Detrás de sus gafas de sol caen un par de lágrimas mientras cuenta que él conoció “el flamenco de un modo un poco especial y un poco duro en un campo de concentración”. “Tenía cinco años y de un día a otro nos separaron a mi padre, a mi madre y a mi. Me quedé solo con otros niños de más o menos mi misma edad. Afortunadamente para mí eran ‘gitanitos’, y ellos cuando estaban aterrorizados cantaban. Cantando se podían mirar. Y eso se me quedó en la entraña, como se dice aquí en Andalucía. Se me quedó esta idea de que el arte es un sistema de comunicación. Ellos hablaban a través de la música. Decían tengo hambre, tengo sed. Para mí el flamenco es vida y nada más”, expone antes de presentar su película en el Festival de Cine.

Un filme con estructura de road movie porque funciona como propia metáfora de la historia de Pepi. “Está el viaje físico que hacemos de Viena a Andalucía, también el viaje hacia el pasado, y de alguna manera hay un viaje psicológico y emocional que está pasando durante todo este proceso de búsqueda de enfrentarse con su propio trauma. Es, además, un viaje por la Europa de hoy, una reflexión sobre el olvido y sobre la banalidad de estos espacios que para alguien significa algo. Nos preguntamos cómo conectamos con nuestra historia, con nuestra memoria”, cuenta la cineasta al lado de su protagonista.

Una película, que además, llega en un momento donde parece que nadie aprende de los errores del pasado. Para Peter Pérez “es triste ver que esto continúa”. “Estaba desde antes de la Segunda Guerra Mundial, pero sigue y sigue. Nosotros ya fuimos ‘indeseables’ en la península ibérica. Tuvimos, junto a los musulmanes, que dejar esta tierra que era nuestra. Mi padre hablaba de nuestra tierra sin saber de dónde venía la familia Pérez. Sus amigos republicanos refugiados en Francia le preguntaban, de dónde vienes tú, y mi padre decía que de Zaragoza. No tenía ningún documento, y probablemente sería Toledo, pero él decía eso·”, recuerda Pérez.

Lucija Stojević tiene claro que está película habla “del presente”. “La hicimos antes de todo lo que estaba pasando, y ahora es más importante, porque habla de lo que pasa cuando nos olvidamos. Volvemos a repetir estos sufrimientos y los mismos patrones. Es importante que alguien como Pepi pueda hablar de lo que significa ser una víctima de odio, y como eso se lleva toda la vida dentro. Hablamos de víctimas mortales en Gaza, en Israel, en Rusia, en Ucrania… pero hay mucha gente que va a sobrevivir y va a tener que vivir con esto. Un trauma durante toda la vida y de esto no se habla”, apunta y Pepi toma la voz para añadir algo: “Esto es un problema para los hijos y los nietos. Tengo dos hijos, y nunca hemos hablado de aquellos tiempos. Hay una distancia que creo que con esta película ha cambiado un poco”. El arte como forma de tender puentes y hasta de sanar un trauma inimaginable."            (javier Zurro, eldiairo.es, 02/03/24)

29/6/22

Cada testimonio es único: se acaba el tiempo de los supervivientes del Holocausto

 "Shimon Redlich, superviviente del Holocausto de 87 años, autor del libro Together and apart in Brzezany, explica: “Mientras siga habiendo supervivientes vivos y funcione su memoria, sus testimonios deben ser grabados. Cada historia es única”. Edith Bruck, superviviente de Auschwitz de 90 años, escritora húngara en italiano, autora de clásicos como Quien así te ama (Ardicia) o de Il pane perduto, señaló en una entrevista reciente: “Nuestras vidas no nos pertenecen. Pertenecen a la historia”.

 Los supervivientes de la Shoah nos han permitido asomarnos al abismo de lo incomprensible, atisbar el sinsentido de la violencia y el extermino, han logrado que generaciones de lectores se acerquen a una experiencia que puede ser transmitida, pero no compartida. Sin embargo, conforme pasan los años, la era de los testigos va llegando a su final y, con ellos, desaparecerá algo insustituible. La mayoría de los que sobrevivieron al terror nazi como adultos han fallecido y se acerca el momento en que queden sus palabras y sus imágenes, pero no sus miradas.

El pasado mayo falleció Boris Pahor a los 108 años. Esloveno nacido en Trieste, Pahor fue deportado como resistente antifascista y es autor de uno de los grandes libros sobre los campos nazis, Necrópolis (Anagrama). “Cada palabra mía sería entonces controlada por el miedo a deslizarme en la banalidad”, escribe. “Y además sobre la muerte, como también sobre el amor, uno puede hablar solo consigo mismo y con la persona amada con la que se ha fundido. Ni la muerte ni el amor soportan testigos”. El miedo a la banalidad y a la imposibilidad de transmitir lo sufrido son una constante de la literatura sobre el Holocausto desde la publicación del primer gran testimonio literario de los campos, Si esto es un hombre, de Primo Levi.

Otro temor que han transmitido muchos testigos es el hueco que dejarán cuando el último de ellos desaparezca, la experiencia imposible de comunicar que se llevarán con ellos. Así lo explicaba el escritor y político español, superviviente de Buchenwald, Jorge Semprún, fallecido en 2011, en una entrevista con este diario en 2000 cuando reflexionaba sobre la inexorable desaparición de los supervivientes: “¿Sabe usted qué es lo más importante de haber pasado por un campo? ¿Sabe usted que eso, que es lo más importante y lo más terrible, es lo único que no se puede explicar? El olor a carne quemada. ¿Qué haces con el recuerdo del olor a carne quemada? Para esas circunstancias está, precisamente, la literatura. ¿Pero cómo hablas de eso? ¿Comparas? ¿La obscenidad de la comparación? ¿Dices, por ejemplo, que huele como a pollo quemado? ¿O intentas una reconstrucción de las circunstancias generales del recuerdo, dando vueltas en torno al olor, vueltas y más vueltas, sin encararlo? Yo tengo dentro de mi cabeza, vivo, el olor más importante de un campo de concentración. Y no puedo explicarlo. Y ese olor se va a ir conmigo como ya se ha ido con otros”.

“Llevamos casi tres décadas hablando del final de los testigos”, señala Alejandro Baer, profesor de Sociología y director del Center for Holocaust and Genocide Studies en la Universidad de Minnesota (EE UU). “Esa preocupación ha espoleado la memoria en forma de creación de archivos de historia oral y audiovisual de supervivientes, de documentales, incluso de proyectos de realidad virtual. Pero quien haya tenido la ocasión de conocer a los testigos, sabe que nada va a suplir su ausencia. Porque no se trata solo de la información que aportan, sino de la naturaleza del encuentro y de la transformación que produce: convertirse en testigo del testigo. Si buscamos algo que se acerque a esa experiencia, no lo encontraremos en la tecnología sino en la literatura testimonial”.

Si esto es un hombre fue publicado en 1947 y el propio Levi explicó que la editorial quebró y que el libro permaneció olvidado durante más de una década: la primera tirada de 2.500 ejemplares pasó desapercibida. La sociedad todavía no estaba preparada para leer aquellos horrores, no solo porque los grandes relatos sobre el exterminio nos enfrentan a la idea de que cualquiera puede ser una víctima, sino porque nos obligan a plantearnos que también podríamos haber sido verdugos. Aquel mismo año, este sábado hace exactamente 75 años, fue editado en los Países Bajos con el título de El Anexo secreto el diario de Ana Frank. Su traducción fue rechazada por diferentes editoriales estadounidenses hasta que Judith Jones, de Knopf, se empeñó en publicarlo y se transformó en un éxito internacional en los años cincuenta. En la entonces República Federal de Alemania, Auschwitz no se convirtió en un nombre conocido por la mayor parte de la población hasta finales de los años setenta, cuando se estrenó la serie Holocausto.

Aquel telefilme de cinco episodios provocó un intenso debate entre aquellos que consideraban que era un producto de la cultura popular que trivializaba el Holocausto al convertirlo en un melodrama familiar y los que pensaban que hizo más que ningún relato de testigos para que los alemanes se enfrentasen a su pasado más negro. “Es un insulto para los que sobrevivieron. Lo que aparece en la pantalla no tiene nada que ver con lo que ocurrió”, escribió el premio Nobel de la paz y superviviente de Auschwitz, Elie Wiesel, autor de La noche, el alba, el día (Austral). Sin embargo, una encuesta publicada después de su emisión revelaba que el 70% de los jóvenes alemanes de 14 a 19 años dijeron que habían aprendido más sobre el nazismo en la serie que en el colegio.

En realidad, se trata de una discusión que ya había empezado cuando al final de la II Guerra Mundial se descubrió en toda su dimensión el horror de los campos: ¿Es legítimo ponerse en la piel de alguien que ha sufrido algo que no se puede explicar? ¿Se puede hacer ficción con el Holocausto? John Hersey, el autor de Hiroshima, escribió entre los años cuarenta y cincuenta la primera novela estadounidense sobre el exterminio, The Wall, que transcurría en el gueto de Varsovia. Este periodista, que había entrevistado a las víctimas del bombardeo atómico saltándose la censura militar, se reunió con supervivientes y había visitado las ruinas de la capital polaca. Sin embargo, se enfrentó a estas mismas cuestiones. “Se planteaba a quién pertenece esa narrativa. ¿Puede un joven blanco anglosajón privilegiado de Nueva Inglaterra ponerse en la piel del sufrimiento de los judíos europeos bajo el nazismo?”, escribió su biógrafo Jeremy Treglown.

Desde hace unos años, sobre todo desde el éxito de El niño del pijama a rayas, este debate no ha hecho más que crecer porque se han multiplicado las novelas que llevan Auschwitz en el título. La última se titula Las modistas de Auschwitz, aunque también están La bailarina de Auschwitz, El farmacéutico de Auschwitz… Algunos, como La bibliotecaria de Auschwitz (Planeta) del español Antonio Iturbe, que ha vendido medio millón de ejemplares, son relatos escritos desde el rigor. Otros, como El tatuador de Auschwitz, han sido muy criticados por los expertos. El Memorial de Auschwitz se pronunció de una forma rotunda sobre este best-seller de Heather Morris: “Debido a la cantidad de errores factuales, no puede recomendarse como una obra valiosa para quienes deseen comprender la historia del campo”. Esto no quiere decir que la literatura de ficción no haya producido obras de primera fila sobre la Shoah, algunas convertidas en clásicos, desde El jardín de los Finzi Contini (Acantilado), de Giorgio Bassani hasta La decisión de Sophie (Verticales), de William Styron, o Austerlitz (Anagrama), de W. G. Sebald.

“Esta literatura popular que tiene tanto éxito simplifica la historia y la realidad que tanto nos cuesta comprender”, señala Yessica San Román, directora del área de Educación y Holocausto del Centro Sefarad-Israel, que asiste en Estocolmo al congreso de la Alianza Internacional para la Memoria del Holocausto. “El resultado es una banalización de los hechos. Lo que nos debe preocupar cuando leemos libros como estos sobre el Holocausto es que recurren demasiado a estereotipos, tanto para los judíos como para los perpetradores. Los perpetradores no fueron todos monstruos ni psicópatas. Fueron mucho más normales de lo que nos gusta reconocer. El Holocausto fue cometido por hombres y mujeres. Punto”.

“No he leído El tatuador de Auschwitz”, explica Shimon Redlich. “No me gustan los libros kitsch sobre el Holocausto. Sin embargo, creo que películas como Shoah, de Claude Lanzmann, o La lista de Schindler, de Steven Spielberg, sí han tenido un efecto significativo para la difusión y la comprensión del Holocausto”. Preguntado por correo electrónico sobre los libros que considera imprescindibles, cita cuatro: las obras del historiador, y a la vez superviviente todavía vivo, Saul Friedländer, Los años de la persecución (1933-1939) y Los años del exterminio (1939-1945) —ambos en Galaxia Gutenberg—; Una vida que interpela (Sal Terrae), que es el diario de una víctima, Etty Hillesum; y Anatomy of a Genocide: The Life and Death of a Town Called Buczacz, del historiador israelí Omer Bartov.

Este libro de Bartov, todavía no traducido al castellano, forma parte de una serie de ensayos recientes que están contribuyendo a profundizar en el conocimiento del genocidio y que mezclan las investigaciones casi detectivescas con el manejo de miles de documentos. Frente a libros omnicomprensivos como La destrucción de los judíos europeos, de Raul Hilberg, una nueva generación de autores se centra en relatos solo aparentemente pequeños. En España se han publicado recientemente dos especialmente relevantes: Después del diario de Ana Frank (Kalandraka), de Bas Benda-Beckmann, que reconstruye la vida y muerte en los campos de exterminio de aquellos que se escondieron en el cuarto de atrás, y La fosa (Confluencias / Centra Sefarad Israel), en el que a través de una fotografía atroz de un fusilamiento en Ucrania, la historiadora Wendy Lower relata el llamado Holocausto por las balas.

“La mayoría de los testigos han desaparecido y los investigadores deben convertirse en testigos indirectos, con el material que manejan”, explica por teléfono Lower, directora del Centro Mgrublian de Derechos Humanos en Claremont (California). “Nosotros trabajamos con el material al que tenemos acceso, con documentos como la foto a la que dedico mi libro. Las últimas décadas hemos estado recopilando documentos, testimonios. Se han reunido archivos tan masivos y se han grabado tantos testimonios que ningún historiador sería capaz de escucharlos todos. Cuando ya no queden testigos, quedará muchísimo material sobre el que trabajar: arqueología, forense, documentos, grabaciones…”.

Sin embargo, los recuerdos de los testigos no siempre han sido considerados un material tan importante. “Al principio, cuando los investigadores se esforzaron por establecer la historia del genocidio nazi, no siempre acogieron las voces de los supervivientes”, asegura Sara R. Horowitz, profesora de literatura en la Universidad de York en Toronto y autora y editora de numerosos libros sobre la memoria del Holocausto, entre ellos Voicing the Void: Muteness and memory in Holocaust fiction y Shadows in the City of Light. “Los historiadores preferían basarse en las pruebas de los documentos y eran reacios a basar los relatos históricos en la memoria: consideraban que era poco fiable, falible y de alcance limitado. Pero basarse en los documentos también tiene sus limitaciones. En las décadas inmediatamente posteriores a la guerra, muchos supervivientes expresaron su frustración por no haber sido escuchados. Y el registro histórico se vio empobrecido por esta exclusión”.

“Más que nunca, será el poder de la literatura —novelas, poemas, memorias— el que preservará y seguirá dando forma a la memoria del Holocausto, por encima de los diferentes idiomas y de la memoria de cada país. Escritores como Aharon Appelfeld, Ida Fink, Elie Wiesel, Charlotte Delbo, Jorge Semprún, Sarah Kofman, Imre Kertesz y otros”, prosigue Sara R. Horowitz. “La literatura es esencial”, señala Marina Sanfilippo, profesora de la UNED, experta en los testimonios femeninos de la Shoah y prologuista del libro de Edith Bruck. “Nunca se ha podido entender el porqué del Holocausto, como narraba Primo Levi en aquella famosa frase en la que un guardia alemán le espeta que en Auschwitz no existen los porqués. Es algo a lo que solo puede responder la literatura”

 Marina Sanfilippo sostiene que ha estudiado la literatura escrita por mujeres supervivientes “porque el canon de la Shoah es sobre todo masculino” —Primo Levi, Paul Celan, Kertesz, Elie Wiesel, Victor Klemperer, Viktor Frankl…—. Cita a autoras como Liana Millu, El humo de Birkenau (Acantilado); Ruth Klüger, Seguir viviendo (Contraseña); Charlotte Delbo, Ninguno de nosotros volverá (Libros del Asteroide), o Daniela Padoan, Como una rana en invierno, publicada por Altamarea (editorial especializada en Holocausto que acaba de sacar también El camino a casa, de Henriette Roosenburg, y un libro inédito de Primo Levi, Auschwitz, ciudad tranquila). También se ha reeditado El diario de Helga (Sexto Piso), de la superviviente Helga Weiss.

El libro de Padoan es una investigación periodística que recoge el testimonio de tres mujeres —Liliana Segre, Goti Bauer y Giuliana Tedeschi— que sobrevivieron a Auschwitz-Birkenau. “La experiencia era muy distinta para hombres y para mujeres, porque en los campos se sufría desde el cuerpo y los cuerpos son diferentes. ¿Qué significaba tener la regla en el campo? ¿Y dejar de tenerla, pensar que nunca se iban a poder tener hijos? ¿Qué significa ser objeto de experimentos médicos? También fueron distintas las estrategias de supervivencia”, prosigue Sanfilippo

 Y la voz de los testigos también prosigue a través de los relatos de sus familiares. El más famoso de esos libros sigue siendo el cómic Maus (Reservoir Books), convertido ya en un clásico, en el que Art Spiegelman relata la historia de su padre, un superviviente de Auschwitz, y a la vez la relación, no siempre fácil, entre los dos. El bibliotecario Javier Fernández Aparicio mantuvo en Madrid durante ocho años junto a Javier Quevedo Arcos un club de lectura dedicado al genocidio, del que surgió el libro La cultura del abismo. Lecturas del Holocausto (Riopiedras Ediciones). Asegura que ningún libro interesó tanto como Maus, quizás por su diálogo entre el pasado y el presente y por la sensación de que el pasado se mantiene flotando sobre el futuro que se desprende de la obra de Spiegelman.

En la casa en la que murió en 1987 Primo Levi en una amplia avenida de Turín —nunca se sabrá si se suicidó o se cayó por las escaleras—, ninguna placa recuerda al escritor. Sin embargo, al acercarse, el apellido Levi figura en el portero automático. Como si se pudiese llamar y su voz surgiese desde el pasado para recordarnos alguna de las muchas lecciones que contienen sus libros, por ejemplo su desconfianza ante los líderes carismáticos, ante aquellos que piden renunciar a la razón. “Puesto que es difícil distinguir los profetas verdaderos de los falsos, es mejor sospechar de todo profeta; es mejor renunciar a la verdad revelada”. Las voces de aquellos supervivientes que lentamente se van apagando siguen siendo esenciales para comprender lo que pasó, pero también para advertirnos sobre lo que puede pasar."                    (Guillermo Altares , El País, 25/06/22)

25/6/21

Vivir para contarlo: las supervivientes españolas de los campos de exterminio nazi

 "Fueron 132.000 las mujeres que pasaron por aquel infierno. Venían de una cuarentena de países, venían de ser humilladas y se enfrentaban a lo que intuían sería su penúltima escala; el campo de concentración de Ravensbrück. De ahí  viajarían a otros campos y Kommandos de Alemania, Polonia o Austria, como Saarbrücken, HASAG-Leipzig, Mauthausen o Bergen-Belsen.

Una topografía del horror por la que discurrieron un grupo de cuatrocientas españolas. Mujeres que tomaron partido en un momento en el que no valía ponerse de perfil y que pagaron, con creces, las consecuencias. Vidas rotas por la ignominia totalitaria cuyo compromiso con la libertad y la democracia no cesó tras el cautiverio nazi. 

"La gran mayoría de estas mujeres compartían ideales socialistas o comunistas, su compromiso con la libertad y la igualdad era inquebrantable, fueron y son todo un ejemplo de lucha contra la opresión y el fascismo", explica a Público Mónica G. Álvarez, autora de Noche y niebla en los campos nazis (Espasa), un ensayo periodístico que recompone las vidas de once de aquellas mujeres que lograron sobrevivir y dedicaron parte de su vida a que nadie olvidara aquello.

 Mónica dedica cada capítulo del libro a una superviviente: la gijonesa Olvido Fanjul Camín; las zaragozanas Elisa Garrido Gracia y Alfonsina Bueno Vela; la tarraconense Neus Català Pallejà; la murciana Braulia Cánovas Mulero; la francesa de origen turolense Elisa Ricol López; la madrileña Constanza Martínez Prieto; la barcelonesa Mercedes Núñez Targa; la ilerdense Conchita Grangé Beleta; la bilbaína Lola García Echevarrieta, y la transilvana de origen judío Violeta Friedman.

Mujeres que fueron capturadas por sus ideales de izquierda tras luchar en España contra el fascismo y huir principalmente a Francia para participar en la Resistencia como miembros destacados. Su función fue clave para que sus camaradas masculinos pudieran operar.  En su lucha no les hizo falta empuñar un arma, pero sí saber combinar una vida cotidiana que les permitiera pasar desapercibidas con la complejidad de trabajar para la Resistencia.

"La mayoría de ellas se metieron en la Resistencia francesa huyendo de Franco, se habla mucho del papel que jugaron los hombres pero no tanto de las mujeres, y lo cierto es que ellas se exponían tanto como ellos, hacían las veces de enlace de correo, ayudaban a sus camaradas a cruzar la frontera con Francia, los ocultaban en sus casas, hacían de enfermeras", explica Mónica.

 El infierno empezaba con la deportación. Para los nazis, las mujeres dejaban de ser personas y se convertían en números de identificación que se agrupaban por barracones, según su condición de prisioneras: judías, gitanas, homosexuales, testigos de Jehová, delincuentes comunes, presas políticas... Un viaje camino de la deshumanización en el que las despojaban de sus ropas, las rapaban y las privaban de su identidad.

"Sufrieron una doble victimización –prosigue Mónica–, por el hecho de ser mujeres y apenas haber sido reconocidas pese a que su labor fue fundamental, y porque ellas sufrieron tanto o más que los hombres en los campos de concentración. No podemos olvidar que sus cuerpos, y los cuerpos de los niños, fueron las dos bazas de los nazis para experimentar". 

Una experimentación que, como explica la periodista, fue lo que, a la postre, les permitió a muchas de ellas sobrevivir en aquel infierno. "Utilizaban cualquier utensilio, cualquier bacteria, cualquier líquido para eliminar la menstruación de la mujer, para vaciarles el útero y evitar que tuvieran hijos si se quedaban embarazadas, dado que muchas de ellas eran violadas por los guardias nazis". 

"El hecho de no menstruar les permitió sobrevivir, no perder esa fortaleza física que provoca la regla, esto es algo que ellas tristemente entendieron y que les permitió salir adelante", confiesa la autora de Amor y horror nazi

"Ellas fueron nuestras resistentes"

La historiografía hace lo que puede por cercar un nivel de abyección nunca visto en la historia de la Humanidad. Lo que ocurrió en aquellos campos, el grado de planificación y perfeccionamiento en materia de crueldad que se vivió aquellos años no puede quedar en el olvido. Por eso es tan importante el testimonio de vida de estas once mujeres rescatadas por Mónica G. Álvarez.

"Ellas fueron nuestras resistentes, ellas le plantaron cara a la injusticia y al fascismo, si no alzamos la voz por estas mujeres su labor será en vano, nuestros jóvenes tienen que conocer su historia para que no se vuelva a repetir algo así, a fin de cuentas ellas dieron su vida de forma altruista, porque no luchaban por su libertad, sino por la libertad de todos nosotros".               (Juan Losa, Público, 01/06/21)

27/4/21

Reencuentro de dos enamorados de Auschwitz

 "La historia del reencuentro de dos enamorados del campo de concentración Auschwitz ha conmocionado al mundo. Un relato publicado por el legendario New York Times donde se narra la historia de amor y reencuentro de dos ancianos que sobrevivieron al horror del exterminio nazi y que todavía consiguieron vivir 71 años más.

David Wisnia conoció a la joven Helen Spitzer como prisionera de Auschwitz en 1943. Según relata el periódico neoyorkino, a pesar de que ella tenía ya 25 años, frente a los 17 de él, juntos encontraron una salida al horror gracias a una cita clandestina al mes que les dio fuerza para soportar la cruda realidad.

Válvula de escape

Según narra The New York Times, la pareja logró durante un tiempo ser la válvula de escape del otro: » A su alrededor, la muerte estaba por todas partes. Aun así, los amantes planearon una vida juntos, un futuro afuera de Auschwitz. Sabían que los separarían, pero tenían un plan: después de que acabara la guerra, se reunirían»

Los hijos de David Wisnia animaron a su padre a ser uno de los relatores del horror de los campos de concentración alemanes y llegó incluso, además de dar conferencias, a escribir un libro con su historia, donde relataba por primera vez su historia de amor. Así fue posible encontrar a ese primer amor, que todavía seguía con vida.

Gracias a esta historia de amor, el mundo ha podido conocer que Spitzer fue una de las primeras mujeres judías en llegar a Auschwitz. Era marzo de 1942 y había llegado desde Eslovaquia, donde estudiaba en una universidad técnica. Fue una de las 2000 mujeres solteras que llegaron entonces a Auschwitz.

Las destrezas de esta joven le permitieron un trabajo de oficina muy válido par los alemanes, lo que le permitió ayudar a prisioneros y aliados: utilizó sus habilidades de diseño para manipular el papeleo y reasignar a prisioneros a diferentes labores y cuarteles. Tenía acceso a los informes oficiales del campamento, que compartió con varios grupos que se resistían al dominio nazi.

El reencuentro fue emotivo pero duro debido a la edad de ambos y las dificultades para ver y oír de Helen. Pero fue posible. Así, gracias a estar juntos de nuevo, David supo que ella había manipulado el papeleo nazi hasta en cinco ocasiones para evitar que lo mataran en las cámaras de gas.

«Te estaba esperando» dijo Helen a David. 72 años después de Aschwitz ambos se mantuvieron con vida para reencontrarse."                  (María José Pintor Sánchez-Ocaña

19/2/20

La odisea de Witold Pilecki, el soldado polaco que fue a Auschwitz por voluntad propia

"Polaco. 4859". Con esos distintivos fotografiaban en el campo de concentración de Auschwitz a Witold Pilecki en su primeros días allí. Nadie sabía que Pilecki no era un prisionero cualquiera. Era un espía.

Junto al oficial polaco Jan Wlodarkiewicz, Pilecki formó tras la invasión de Hitler de 1939 el Ejército Secreto Polaco (TAP). Esta fue una de las primeras formas de resistencia que se enfrentaron a la ocupación del III Reich en suelo polaco. Juntos, Wlodarkiewicz y Pilecki, organizaron una operación que requería un coraje extremo. El objetivo era infiltrarse en el campo de exterminio de Auschwitz. Pilecki lo logró. Trató de alertar al mundo sobre lo que ocurría allí. Pero sus esfuerzos fueron vanos. De hecho, su historia no se dio a conocer al mundo hasta bien entrado este siglo.

Estos días marcados de ceremonias y actos conmemorativos por el 75º aniversario de la liberación de Auschwitz coinciden con la apertura en Berlín de la exposición El voluntario: Witold Pilecki y la infiltración de Auschwitz. En ella se cuenta la historia de este militar polaco que estuvo durante años olvidado.

Es precisamente un instituto que lleva su apellido, el Instituto Pilecki, cuya oficina berlinesa abría sus puertas a finales del año pasado, el encargado de contar la extraordinaria historia de este resistente. La muestra no sería una realidad sin la implicación del periodista y ex reportero de guerra británico Jack Fairweather. Él es autor del libro El Voluntario: la verdadera historia de resistencia del héroe que se infiltró en Auschwitz (Ed. Custom House, 2019).

El volumen de Fairweather, gestado a partir de una visita a Auschwitz en 2011, ha servido para dar a conocer más allá de Polonia la figura de Pilecki. En Berlín, este héroe de la resistencia polaca es el protagonista de una exposición situada frente a la emblemática Puerta de Brandeburgo. La muestra está al servicio "de un conocimiento más profundo de la visión polaca" de los totalitarismos del siglo XX, según los términos de Rolf Brockschmidt, periodista cultural del diario berlinés Der Tagesspiegel.

La idea de infiltrarse en Auschwitz surgió poco después de que Wlodarkiewicz tuviera conocimiento de que las tropas alemanas iban a realizar arrestos de hombres polacos en edad de tomar las armas en 1940. El 19 de septiembre de 1940, Pilecki se dejó arrestar en una redada nazi bajo el nombre Tomasz Serafinski. Tres días más tarde, estaba en Auschwitz. Nunca hubiera podido imaginar lo que allí le esperaba.

Mucho de su trabajo consistió en recabar información sobre las prácticas de maltratos, torturas, asesinatos y genocidio para luego tratar de darla a conocer al mundo libre. Pilecki "fue afortunado por sobrevivir" nada más llegar a Auschwitz, según se cuenta en la muestra berlinesa. En Auschwitz, como funesto centro industrial para la muerte que era, se podía perder la vida por cualquier motivo. Allí los había "que perdían hasta el deseo de vivir". Se esfumaba el instinto de supervivencia. Este instinto y algo que iba más allá de la valentía nunca abandonaron a Pilecki.

En Auschwitz, "un sistema diseñado en favor de poner a los fuertes sobre los débiles, compartir un trozo de pan con un prisionero que moría de hambre ya era algo de significado revolucionario", explican en la exposición. Gestos así hicieron ver a Pilecki que se podía resistir incluso en el "centro del mayor crimen nazi", según ha definido Fairweather el tristemente célebre campo de exterminio.

Operaciones de resistencia

Junto a otros, Pilecki pudo organizar operaciones de la resistencia en Auschwitz que facilitaron el acceso a provisiones y alimentos procedentes del exterior del campo. A menudo contaban con la complicidad de los detenidos del campo de concentración que eran utilizados como personal por las temibles Schutzstaffel (abreviado como SS).

La primera célula de Pilecki en Auschwitz se formó en septiembre de 1940, poco después de haberse dejado fotografiar de frente y de perfil con los distintivos "Polaco. 4859". Su primer reclutado fue el también prisionero Wladyslaw Dering, un ginecólogo al que las SS destinaron a trabajar en "el hospital" del campo. Era un supuesto centro médico "sin medicinas". "Las SS solo aparentaban dar un cuidado a los prisioneros", se lee en las explicaciones de la muestra.

En uno de los espacios secretos del "hospital", Dering logró instalar para la "resistencia" una radio con la que mantener informados a los prisioneros de lo que pasaba fuera del campo y seguir, por ejemplo, la evolución de la II Guerra Mundial. Tratando de alterar el curso de la guerra contra el III Reich, Pilecki y compañía lograron dar cuenta de las actividades genocidas de los nazis al Gobierno polaco en el exilio a partir de 1941.

En 1942, cuatro presos polacos de la resistencia escaparon de Auschwitz vestidos como miembros de las SS en un vehículo nazi robado. Uno de ellos llevaba un detallado informe sobre lo que estaba ocurriendo allí, incluidas las operaciones de exterminio de los judíos en las cámaras de gas. Ese documento pedía, como anteriores mensajes de Pilecki, un ataque urgente de los aliados sobre Auschwitz.

Pero ese ataque nunca se produjo. Así, el 26 de abril de 1943, tras semanas de preparación, Pilecki y otros dos prisioneros polacos lograron escapar tras integrarse en el grupo de trabajo nocturno en la panadería de Auschwitz. Tras encontrar refugio fuera del campo, Pilecki siguió escribiendo informes sobre el campo de exterminio.
Informes sobre Auschwitz desatendidos

En la muestra berlinesa se expone la primera página que escribió tras su fuga. También hay objetos procedentes del Museo Memorial de Auschwitz-Birkenau. Por ejemplo, puede verse en Berlín el número y triángulo rojo atribuido al preso polaco Konstanty Jagiello, otro integrante de la resistencia organizada por Pilecki. También hay expuestas listas de prisioneros, cuencos, cucharas y zapatos en su día utilizados por las víctimas del III Reich en Auschwitz.

Los informes sobre Auschwitz de Pilecki fueron mayormente ignorados. Si llegaron a altas instancias gubernamentales polacas o aliadas, se toparon con incredulidad o con otras prioridades que marcaba el curso de la guerra. "Hubo un choque de dos lógicas: la de Pilecki, guiada por su moral y que llamaba a la destrucción de Auschwitz; y la de los aliados, centrada en otros objetivos militares y políticos", ha explicado el sociólogo Mateusz Falkowski, uno de los responsables del Instituto Pilecki en Berlín.

Los testimonios de Pilecki en forma de mensajes, informes y otros textos aparecieron publicados, en polaco, en el año 2000. Al inglés fueron traducidos en 2012. Esas traducciones fueron la base para los trabajos de investigación de Jack Fairweather, hoy corresponsable de la exposición. Con esta, existe la "esperanza de que se escuche por fin" a Pilecki, según el biógrafo del "voluntario de Auschwitz"."                 (Aldo Mass, eldiario.es, 15/02/20)

11/2/20

Boris Pahor: «Te acostumbras a la muerte»... La vacuna del siglo XX no ha servido para que la humanidad reaccione...

"En Dachau, «las cenizas del crematorio abonaban los jardincitos de las SS». Desde lo alto del campo de Natzweiler-Struthof, en los Vosgos, veía «el horno, el humo siempre saliendo, las flores rojas ardiendo, y llegaba el olor a carne quemada». 

En Dora, el ingeniero Von Braun, «un nazi que hacía trabajar a miles de hombres hasta morir, entró en EEUU tras la guerra, donde recibió honores y trabajó en la NASA», denuncia indignado Boris Pahor. Él estuvo en campos de trabajo, no de extermino: «Allí trabajaban hasta la extenuación prisioneros políticos que lucharon contra el fascismo y es una injusticia que se hable tan poco de ellos, ahora que hay rebrotes nazis en toda Europa».


-Porque sabía algo de alemán y un médico noruego y otro francés me recomendaron como intérprete. En Dachau ayudé de enfermero. Con el avance de los aliados, enviaban en trenes a la gente medio muerta a Bergen Belsen, donde murió Ana Frank.

-¿Cómo logró salvar la vida?


-¿Cómo se puede entender hoy aquel horror sin haberlo vivido? 
 
-¿Cómo explicar lo que sientes cuando te obligan a desnudarte, cuando ves la horca, las cámaras de gas, cuando te lo quitan todo? ¿Cómo se puede revivir esa terrible humillación física y mental mientras uno lo lee en casa calentito? Te hacían esperar desnudo dos horas para entrar en el barracón, tres para darte una miserable sopa. Sabías que debía durarte hasta el día siguiente, igual que un finísimo trozo de pan. Pensabas con el estómago. La vida era llenar el tiempo entre comidas picando piedra o en la mina.

-¿Se puede vivir con tanta muerte? 
 
-Te acostumbras a todo, incluso a la muerte. El hombre es así, tiene una gran capacidad de adaptarse. Al principio impacta mucho pero como no puedes volar por encima de ello debes habituarte a verlo cada día.


-¿Emergía lo mejor de las personas?
 
-Los comunistas y los cristianos eran fantásticos organizándose. Recuerdo que partían en mil trozos una rebanada pequeñísima de pan para repartirla. Se ayudaban los unos a los otros. Los comunistas eran como cristianos laicos. Ayudaban a los que estaban a punto de morir dándoles un pedacito de pan. Yo hacía billetitos para enviar a gente a la enfermería. Venían deportados que se bajaban los pantalones y mostraban cómo se habían ensuciado por la disentería y yo lograba enviarles allí. Me gusta pensar que alguno de ellos pudo salvarse.


-¿El hombre ha aprendido algo?
 
-Parece que nada. Escribí el libro en 1966 pero lo que cuento es de total actualidad o peor. Hay conmemoraciones y flores pero ahí acaba todo. En los colegios no se debería enseñar quién ganó la guerra sino el factor humano, el drama que había detrás. La vacuna del siglo XX no ha servido para que la humanidad reaccione."                         (Entrevista a Boris Pahor, superviviente, Anna Abella, El Periódico, 16/06/10)

4/2/20

La liberación de Auschwitz... los supervivientes... los verdugos...

"Los libertadores llegan a caballo y con metralletas, en una mezcla inolvidable de modernidad y pasado. 

Los cuatro soldados soviéticos se detienen al otro lado de las alambradas del campo de Monowitz. Pertenecen al Primer Ejército del Frente Ucraniano del mariscal Konev. Están acostumbrados a ver ciudades destruidas, pueblos arrasados, el rastro que deja el ejército alemán en su retirada. 

“Nos parecían asombrosamente corpóreos y reales –escribirá Primo Levi en La tregua–, suspendidos (la carretera estaba más elevada que el campo) sobre sus enormes caballos, entre el gris de la nieve y el gris del cielo, inmóviles bajo las oleadas de viento húmedo y amenazador del deshielo”. Para Levi, la liberación llegó el 27 de enero de 1945, el mismo día que los soviéticos alcanzan Auschwitz. 

 Ha sobrevivido gracias a un depósito de patatas enterrado en la nieve. A su alrededor, los más enfermos imploran agua, comida, ayuda. El campo está lleno de cadáveres, muertos en sus camas, desperdigados a la intemperie allí donde han fallecido de hambre, sed, escarlatina, tifus o de un tiro de los soldados de las SS. La liberación llega tarde para centenares de presos, demasiado débiles para recuperarse. 

Entre los supervivientes hay un judío holandés. Se llama Otto Frank, y durante dos años se ha ocultado con su familia en un piso de Ámsterdam, hasta su detención y envío a Auschwitz. Otto ignora el destino de su familia, también presa en el campo. Su mujer, Edith, ha muerto de inanición apenas tres semanas antes. Sus hijas, Margot y Ana, caminan hacia el oeste en una de las “marchas de la muerte”. 

“No costaba seguir los rastros de ese ‘calvario’, porque a cada cien metros se encontraba un detenido muerto de agotamiento o fusilado”, escribe el comandante de las SS Rudolf Höss en sus memorias. “A la salida de una aldea, una mujer sentada en un tronco cantaba una nana a su hijo. Pero el niño estaba muerto, y su madre, loca”. Margot y Ana Frank sobreviven al viaje, pero mueren de tifus en Bergen el Belsen dos meses más tarde. Diseñado para 8.000 presos, el campo encierra a más de cincuenta mil. 

Muchos vienen de Auschwitz, como su comandante, Josef Kramer, segundo de Rudolf Höss durante años. Los británicos liberan Belsen el 15 de abril y capturan a Kramer. Abrumados por la magnitud del crimen, no tardan en juzgarlo. En su declaración, Kramer confiesa que Höss supervisó la construcción de las cámaras de gas y crematorios de Auschwitz. Kramer muere en la horca. Es el destino que espera a su antiguo jefe, pero capturarlo no será fácil. 

Sálvese quien pueda 
 
El 5 de mayo de 1945, Himmler se reúne con los principales mandos de las SS en la Escuela Naval de Muerwik. “Les doy hoy mi última orden. ¡Desaparezcan en la Wehrmacht!”, escucha sorprendido Höss, decepcionado por el sálvese quien pueda. El comandante de Auschwitz se disfraza de marinero. El ardid funciona. Lo capturan, pero no lo identifican y queda en libertad. Höss emprende una nueva vida como granjero, un oficio adecuado para la operación que llevará a su captura: Haystack, “pajar”. 

El teniente británico Hans Alexander, un judío berlinés refugiado en Londres, es el hombre encargado de cazarlo. El deber y la venganza se entremezclan en su misión. “Mi mayor placer es ir por ahí a la caza de esos miembros de las SS”, escribe Alexander a su hermana. 

Para encontrar la aguja en el pajar, Alexander detiene a la esposa de Höss. Hedwig niega una y otra vez que su marido esté vivo, hasta que la amenazan con enviar a su hijo adolescente a Siberia, aprovechando el ruido de un tren que llega a través del ventanuco de la celda.

Asustada, confiesa que su marido se oculta en Gottrupel, muy cerca de la frontera danesa. La noche del 11 de marzo de 1946, Alexander detiene a Höss. Al cabo de tres días, tras ser duramente golpeado, firma una confesión de ocho páginas. “El mal ambiente de Auschwitz [...] me acabó transformando en otro hombre: me encerré en mí mismo y me hice duro e inaccesible”, escribe Höss en la celda de la prisión de Cracovia, donde un tribunal polaco lo juzga por crímenes de guerra. 

En sus memorias, Höss no se arrepiente de haber dirigido el mayor campo de exterminio nazi, tan solo de no haber dedicado más tiempo a su familia. “Se le puede creer cuando afirma que nunca ha disfrutado al infligir dolor y al matar –escribirá Primo Levi en el prólogo–. No ha sido un sádico, no tiene nada de satánico [...] en un clima distinto del que le tocó crecer, según toda previsión, Rudolf Höss se habría convertido en un gris funcionario del montón, respetuoso de la disciplina y amante del orden”.

El 2 de abril de 1947, Höss es sentenciado a morir en la horca. Auschwitz, el campo que ha dirigido con mortal eficacia, será su patíbulo. “Pensé que proclamaría la gloria de la ideología nazi por la cual iba a morir. Pero no. No dijo una sola palabra”, recuerda Stanislaw Hantz, guardia polaco del campo. 

Antes de ser juzgado, Höss testifica en Núremberg. Su declaración hunde a Göring, que se percata de la imposibilidad de salir indemne de aquel juicio: “Siempre que se mencionen nuestros nombres, la gente pensará solo en Auschwitz o Treblinka. Es como un reflejo”. 

 En el banquillo de Núremberg se sientan también varios directivos de I.G. Farben, el gigante químico que ha alimentado la máquina bélica de Hitler, el fabricante del Zyklon B, el veneno de las cámaras de gas. Höss ha dado a la I.G. Farben todo lo que ha precisado para su fábrica, empezando por decenas de miles de trabajadores esclavos. De los 24 directivos juzgados, solo 13 son declarados culpables. Sus penas son irrisorias –entre uno y ocho años de cárcel–, pese a las pruebas que documentan que solo en un experimento médico de la empresa murieron 150 prisioneras. 

 Las autoridades polacas serán más duras. En noviembre de 1947 juzgan a 41 mandos del campo. Sentencian a muerte a 23, incluidos Maximilian Grabner, jefe de la Gestapo en el campo, y Maria Mandl, la sádica comandante del campo femenino. Son la excepción. De los 6.500 miembros de las SS que trabajaron en Auschwitz, solo 750 son condenados, poco más de un 10%. La mayoría puede afirmar sin mentir que no ha servido en las cámaras de gas. 

Como el hombre que planificó el crimen. El 20 de mayo de 1960, Adolf Eichmann es secuestrado en Buenos Aires por un equipo de agentes israelíes. Responsable directo de la “solución final”, Eichmann es juzgado en Jerusalén, declarado culpable de crímenes de guerra y colgado el 31 de mayo de 1962. La información que ha permitido su captura la ha facilitado a los israelíes Fritz Bauer, fiscal general de Fráncfort. 

Bauer desconfía de la voluntad de las autoridades alemanas de juzgar a los criminales nazis. Se siente solo, pero en diciembre de 1963, tras años de esfuerzos, logra sentar en el banquillo a 22 mandos de Auschwitz. “Yo no fui responsable. Solo fui un mandado. Solo cumplía las órdenes de mis superiores”, declara Oswald Kaduk emulando la argumentación de Eichmann en Jerusalén. 

Testifican 211 supervivientes contra los acusados, entre los que se encuentran Robert Mulka, encargado del suministro de Zyklon B, o Victor Capesius, el siniestro “farmacéutico” de Auschwitz. Solo seis son condenados a cadena perpetua. La demanda de justicia de los muertos, expresada en un poema anónimo polaco, no será atendida. Como tampoco la petición de los vivos de bombardear el campo. 

¡Bombardead Auschwitz! 
 
El 11 de enero de 2008, apenas unos días antes de dejar la presidencia de Estados Unidos, George W. Bush visitó el museo Yad Vashem de Jerusalén. Tocado con la kipá judía, depositó una corona de flores sobre el monumento bajo el que descansan las cenizas de víctimas del Holocausto procedentes de seis campos de exterminio nazis. El director del museo, Avner Shalev, dijo a los medios que Bush lloró en al menos dos ocasiones y que, ante una de las imágenes aéreas de Auschwitz, comentó: “Deberíamos haberlo bombardeado”.

El debate sobre si los aliados podían haber destruido las cámaras de gas y las vías férreas que llegaban a Auschwitz sigue abierto, y plantea una cuestión más amplia: ¿con qué detalle conocían los aliados el funcionamiento de Auschwitz y otros campos de exterminio? ¿Por qué no utilizaron sus bombarderos para destruir las cámaras de gas? ¿Cuántas vidas se habrían salvado? 

Las primeras noticias sobre el exterminio llegaron a Inglaterra en 1941, gracias a los agentes del gobierno polaco en el exilio. En julio del siguiente año, la Polish Fortnightly Review publicó un listado con 22 campos de concentración nazis, incluido Auschwitz. A comienzos de 1943, “el gobierno británico conocía con certeza la existencia de la campaña de exterminio sistemático desplegada por los nazis –afirma el especialista Laurence Rees–, e incluso estaba enterado del número de víctimas mortales que se cobraba cada uno”.

El historiador norteamericano David Wyman sostiene que británicos y estadounidenses retrasaron la difusión del Holocausto para evitar una inmigración masiva de judíos de Europa oriental. En marzo de aquel año, durante un debate en Washington, el ministro de Asuntos Exteriores británico Anthony Eden afirma que los aliados deben “proceder con mucha cautela respecto a la posibilidad de sacar a todos los judíos de un país [...] Hitler puede muy bien aceptar una oferta de este tipo”. 

En la primavera de 1944, Eichmann propone cambiar la vida de un millón de judíos por 10.000 camiones. Los aliados nunca tomarán en serio su propuesta. Tampoco Eichmann, que envía a la muerte a casi medio millón de judíos húngaros mientras finge negociar con sus vidas. 

Un año antes, la diputada Eleanor Rathbone ha pedido en la Cámara de los Comunes que Gran Bretaña abra sus fronteras a los judíos de Bulgaria, Hungría y Rumanía. Rathbone intuye lo que va a suceder: “Si la sangre de quienes han perecido innecesariamente durante esta guerra fluyera a lo largo de Whitehall, ahogaría a todos cuantos hallara en estos tristes edificios que albergan a nuestros gobernantes”.

Las fronteras seguirán cerradas, incluso cuando Roosevelt admita la magnitud del crimen. “El asesinato sistemático al por mayor de los judíos de Europa prosigue sin cesar cada hora que pasa”, escribe en un comunicado a la prensa del 24 de marzo de 1944. Poco después, el presidente tiene la oportunidad de actuar: Auschwitz queda por fin dentro del radio de acción de los bombarderos estadounidenses que operan en las bases italianas. 

En junio, los aliados conocen con todo detalle el macabro funcionamiento de Auschwitz gracias a cuatro evadidos. Su informe, conocido como Los protocolos de Auschwitz, localiza las cámaras de gas y los crematorios de Birkenau. El 18 de ese mes, la BBC informa sobre el campo y, dos días más tarde, The New York Times publica el primero de tres reportajes sobre las cámaras de gas. La organización World Agudath Israel y el Congreso Mundial Judío piden a los aliados el bombardeo de Auschwitz. 

Pero los bombarderos estadounidenses no liberarán a los presos del campo. El 7 de julio dejan caer sus proyectiles sobre las refinerías de petróleo próximas a Auschwitz. El 20 de agosto se produce un nuevo ataque, y el 13 de septiembre una de las vías férreas del campo queda dañada. 

No intentan detener la masacre. Si dañan Auschwitz es solo por error, por que las solicitudes judías han sido rechazadas a finales de junio y principios de julio. Apenas ha pasado un mes del Día D, y el secretario adjunto de Guerra estadounidense, John McCloy, argumenta que los aviones son imprescindibles en “operaciones decisivas”.

En Londres, los británicos sostienen que el campo está fuera de su radio de acción. El debate sobre qué hubiera pasado sigue abierto. Quizá los bombardeos no habrían evitado la muerte de centenares de miles de judíos húngaros. Quizá centenares de presos hubiesen muerto alcanzados por las bombas aliadas. Quizá los nazis habrían reparado su fábrica de muerte igual que reparaban sus otras fábricas. No se sabe qué hubiera pasado. Sí lo que sucedió. 

Según Laurence Rees, “no se realizó un apropiado reconocimiento aéreo del campo, no se elaboró ningún estudio de viabilidad [...] el tono desdeñoso de algunos documentos sugiere con insistencia que nadie se molestó realmente en conseguir que el bombardeo de Auschwitz se convirtiera en una prioridad”.
Contar para vivir
 
Robert Antelme no tiene un número tatuado en su antebrazo izquierdo. No regresa a París desde Auschwitz, sino desde Gandersheim, un pequeño campo dependiente de Buchenwald. El resistente francés no ha sobrevivido a un campo de exterminio, no es judío, pero su paso por Dachau, Buchenwald y Gandersheim lo ha marcado para siempre. Para vivir necesita contar lo que ha sufrido, el horror que ha visto padecer a otros. 

“Hablar, escribir son, para el deportado que regresa, una necesidad tan inmediata y perentoria como su necesidad de calcio, azúcar, sol, carne, sueño, silencio”, escribe el novelista Georges Perec, amigo de Antelme. Pero en la Europa de la posguerra pocos escuchan. Antelme publica La especie humana en 1947, el mismo año que aparece la primera edición de Si esto es un hombre, el gran relato de Primo Levi sobre su paso por Auschwitz.

Un año antes, Viktor Frankl, otro superviviente, publica Un psicólogo en un campo de concentración, título original de El hombre en busca de sentido. Sus obras tardan una década en convertirse en los clásicos que son hoy. En su testimonio, fundamental para reconstruir un horror inverosímil, late la culpabilidad del superviviente. Un castigo que no todos pueden soportar. “Los mejores de entre nosotros no regresaron a casa”, escribe Frankl en el prólogo de su relato. 

Es lo que siente Sol Nazerman, el protagonista de El prestamista (1964), de Sydney Lumet, la primera película estadounidense que se acercó al Holocausto a través de un superviviente. Nazerman ha sobrevivido a Auschwitz, pero ha perdido a su mujer y a sus hijos, al hombre que fue.

“¿Siente culpa por haber sobrevivido a los campos?”, pregunta el dibujante Art Spiegelman a su psicólogo en una de las viñetas de Maus. “No..., solo tristeza”, contesta el médico, que sí cree que Vladek, padre de Art, se siente culpable por haber sobrevivido y que por eso se ha tornado un anciano imposible.

Para narrar en viñetas lo que le parece inenarrable, el paso de sus padres por Auschwitz, Spiegelman convierte a los judíos en ratones y a los alemanes en gatos. Como otros clásicos sobre Auschwitz, Maus tardó años en ser reconocido, pero en 1992 se convirtió en el primer cómic en ganar el Pulitzer. Pese a la máscara de ratón de sus protagonistas, es uno de los relatos más completos y emotivos de la destrucción de los judíos europeos.
“De niño –recuerda Art Spiegelman–, recuerdo a mis amigos preguntándole a mi madre por el número que tenía en el brazo y que ella les contestaba que era un teléfono que no quería olvidar”. Sus amigos no son polacos, como sus padres, sino neoyorquinos. Como la mayoría de los judíos supervivientes, los Spiegelman dejaron Europa. Algunos lo hicieron tras encontrar sus casas ocupadas. Los supervivientes buscan un destino donde vivir, pero también un destino por el que vivir. 

“El superviviente no es trágico, sino cómico, porque carece de destino. Por otra parte, vive con una conciencia trágica del destino”, hace decir Imre Kertész al protagonista de Sin destino, la novela de su paso por Auschwitz. Hoy, lo que Auschwitz sigue planteando es: ¿qué seríamos capaces de hacer para sobrevivir?, ¿podríamos convertirnos en asesinos de masas?"                 (Joaquín Armada, La Vanguardia, 27/01/20)

28/1/20

“Madge consolaba por las noches a las que habían perdido el juicio”... “La chimenea humea. El cielo está bajo. El humo vaga sobre el campo y pesa y nos envuelve y es el olor de la carne que arde”...

"El primer convoy a Auschwitz: 999 adolescentes judías.

No eran combatientes de la resistencia, no eran prisioneros de guerra. No había hombres. El primer convoy, el primer transporte oficial de judíos a Auschwitz, estaba formado por un grupo de chicas a quienes engañaron.

Partieron de Eslovaquia creyendo que iban a trabajar para su gobierno durante unos pocos meses. “Algunas familias pensaban que iban a una fábrica de calzado”. Una oportunidad laboral que no podían rechazar, eso les dijeron con todo el cinismo que implica.

Así que la cifra maquiavélica se las llevó: 999 mujeres judías destinadas a construir con sus manos Birkenau, cuyas dimensiones, “equivalentes a 319 campos de fútbol, siguen resultando inmensas”.



Muy pocas sobrevivieron. La reconstrucción de sus vidas nos la ofrece ahora Heather Dune Macadam en Las 999 mujeres de ­Auschwitz (Roca editorial en castellano y Comanegra en catalán), un relato conmovedor que ofrece las claves precisas para entender todo el horror –y toda la solidaridad entre sus víctimas– que encierra la barbarie.

La mayoría eran apenas unas niñas que tenían alrededor de 16 años. Y ese 25 de marzo de 1942, en su condición de judías y solteras, abandonaron sus hogares para subir a un tren. Bien vestidas y peinadas, a la expectativa, arrastraban sus maletas llenas de ropa y comida casera. No tenían ni idea de la vida, muchas jamás habían pasado una noche fuera de casa, pero se habían ofrecido voluntarias para trabajar durante tres meses en época de guerra. ¡Trabajar no podía ser algo tan malo!


Ninguno de sus progenitores sospechó que el gobierno acababa de vender a sus hijas a los nazis para que trabajaran como verdaderas esclavas. Ninguno sabía que su destino era Auschwitz.

Las crónicas han podido pasar por alto este hecho, pero lo cierto es que el primer grupo de judíos deportados a Auschwitz para trabajar como esclavos fueron chicas adolescentes. No había ni un solo hombre prisionero en esos vagones de ganado.
Estas 999 mujeres jóvenes (¿por qué ese número? ¿Tiene que ver con las meticulosas manías de Himmler?) fueron consideradas indignas, víctimas perfectas para ser carne de cañón. Peones humanos. Pero algunas lograron sobrevivir, volvieron y contaron su historia. Hoy, su testimonio, está en este libro que dará que hablar.



El 27 de enero de 1945 –se cumplen ahora 75 años– tropas soviéticas liberan el campo de exterminio de Auschwitz. “Lo primero con lo que se toparon las chicas eslovacas es con que las abroncaban, las desnudaban en público, las rapaban y las sometían a interminables chequeos médicos en plena nieve”. Días después seguirían comprobando su trabajo: obligadas a caminar descalzas sobre el barro, peleándose por una misérrima ración de pan, haciendo colas inacabables para llegar a unas letrinas vomitivas, trabajando sin descanso hasta el agotamiento y desinfectadas con un producto que les arrancaba la piel... Al final del día les quedaba un último encargo: tenían que arrastrar los cuerpos de las que habían muerto hasta el exterior.

En un principio la autora del libro buscó supervivientes. Contacta con Ruzena, la prisionera número 1649, que ya es nonagenaria, pero de entrada ella no quiere recordar, aunque acabaremos sabiendo todo su relato.

Finalmente encuentra una vía que le abre todas las puertas: Edith Friedman. Ella le cuenta, a sus 94 años, episodios terribles de su experiencia, también la de su hermana Lea. El álbum de recuerdos de varias familias: los Friedman, los Grosman, los Gross, se convierte en un catálogo del horror interminable. “Madge consolaba por las noches a las que habían perdido el juicio”.



Entre sus trabajos estaba cavar carreteras con las manos y derrumbar muros. Chicas que no llegaban a pesar cincuenta kilos, contra muros de toneladas. Cuando finalmente lo conseguían, la primera línea de chicas quedaba aplastada. Si una compañera quería ayudarles, un pastor alemán atacaba. Otras, en su delirio, se dirigían deliberadamente a la zona electrificada buscando el fin.

El libro concluye con una nota y un ruego de Edith Friedman: “Tienes que entender que en una guerra no hay ganadores. Incluso los ganadores pierden hijos, pierden casas, pierden bienes y pierden de todo. ¡Eso no es ganar! (...) Yo he vivido el Holocausto. Y he vivido con él más de 78 años (...) A decir verdad, yo no creía que pudiera sobrevivir. Pero me dije a mí misma: ‘Haré lo que pueda’. Y sigo viva”.

A finales de 1942 dos tercios de las mujeres del famoso primer convoy habían muerto. Una de las que permanecía allí logró hacer llegar a un maquinista –nadie sabe cómo– una nota. Decía así: “Pase lo que pase, no dejéis que os cojan y os deporten. Aquí nos están matando”. El ferroviario consiguió entregarla a su familia."                       (María Escur, La Vanguardia, 25/01/20)


 "Yo fui una mujer en Auschwitz (y sobreviví para contarlo).

 Entre las novedades de literatura concentracionaria que ha generado este enero el 75º aniversario de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz, que se recuerda este lunes, destacana tres títulos que rescatan sólidas y lúcidas voces de mujeres. Dos de ellos rescatan los testimonios y reflexiones de dos francesas supervivientes: la francesa Charlotte Delbo,  de quien se publica en un solo volumen, 'Ninguno de nosotros volverá', los dos títulos más sobrecogedores de su trilogía de Auschwitz, y 'Regreso a Birkenau', de Ginette Kolinka, que volvió al campo 55 años después del fin de la segunda guerra mundial. El tercero se trata de un ensayo, 'Las 999 mujeres de Auschwitz', donde la escritora Heather Dune Macadam rastreó a las primeras jóvenes judías que fueron deportadas desde Eslovaquia. He aquí sus historias:  

LA AFILADA VOZ DE CHARLOTTE DELBO

“La chimenea humea. El cielo está bajo. El humo vaga sobre el campo y pesa y nos envuelve y es el olor de la carne que arde”. La literatura directa y sobria de Charlotte Delbo (Vigneux-sur Seine, 1913 - París, 1985) golpea afilada y a la vez poética. “Las que están tumbadas ahí, en la nieve, son nuestras compañeras de ayer. Ayer estaban de pie durante el recuento (…) Iban a trabajar, se arrastraban en dirección a las ciénagas. Ayer tenían hambre. Tenían piojos, se rascaban. Ayer engullían la sopa pésima. Tenían diarrea y les pegaban. Ayer sufrían. Ayer deseaban morir. Ahora están ahí, cadáveres desnudos sobre la nieve”. 

Ella, detenida en 1942 junto a su marido, fusilado al poco -ambos miembros de la resistencia francesa-, fue deportada a Auschwitz-Birkenau junto a otras 230 presas. Sobrevivieron 49. Sus palabras, escritas febrilmente mientras se recuperaba en un sanatorio suizo tras la liberación del campo, de la que este lunes se cumplen 75 años, no quiso publicarlas hasta dejarlas reposar durante dos décadas, porque no quería que fueran solo un testimonio del horror (ese trabajo se lo dejaba a los periodistas, decía) ni se viera como una obra “mediocre”, sino que se considerara su valor literario. 

El resultado fue el estremecedor ‘Ninguno de nosotros volverá’, que ahora ofrecen en nueva traducción Libros del Asteroide en castellano y Club Editor en catalán, incluyendo ‘Un conocimiento inútil’, pieza posterior que forma parte de su trilogía de Auschwitz (el tercer título, ‘La mesura dels nostres dies’, que habla del retorno y la vida ‘después de’, lo avanzaba hace un año Club Editor.

Según su editora, Maria Bohigas, se trata de textos breves, salpicados de poemas, “con una lengua clara, simple, directa, como latigazos, que interpela al lector”. Un ejemplo, cuando un SS ordena a su perro matar a una presa y este le clava sus colmillos en la garganta: «El SS tira de la correa. El perro se retira. Tiene un poco de sangre en el hocico. El SS silba, se va».


“Hay menos testimonios femeninos del Holocausto -constata Luis Solano, editor de Asteroide-. Ella da voz al conjunto de presas, se nota que lo escribe una mujer, su visión es distinta de la de los hombres. Se para más en cosas que tienen relación con el cuerpo, la higiene, la relación física entre las internas, los abrazos y las caricias, que están presentes en todo el libro. También la vergüenza y la humillación que significa para las mujeres tener que desnudarse para los chequeos y selecciones rodeadas de hombres”.  
  

“Yo no pensaba en nada. No miraba nada. No sentía nada. Era un esqueleto de frío con el frío soplando a través de todos esos abismos que forman las costillas de un esqueleto”, escribe Delbo. “Para ella, sobrevivir un día en el campo es sobrevivir el infinito –apunta Bohigas-. Mientras el tifus las diezmaba  estaban preocupadas por la necesidad de dejar rastro, de que quedara alguna viva para informar al mundo». Ella lo logró.


LA OBSESIÓN DE GINETTE KOLINKA


Ginette Kolinka, con 19 años, recién deportada a Auschwitz, las presas veteranas le dijeron: “¿Veis ese humo de ahí fuera? ¡Pues ahí están! ¡Son sus cuerpos, son vuestras familias lo que están quemando!”. “No las creo, pero lo sé”, escribe esta superviviente de los campos nazis, ya con 94 años, en ‘Regreso a Birkenau’ (Seix Barral), pensando en su padre, de 61, y su hermano de 12, a quienes no volvió a ver tras ser gaseados al llegar juntos en un convoy en abril de 1944 después de ser detenidos por la Gestapo en Aviñón.

En el libro, escrito junto a la periodista Marion Ruggieri, describe cómo le tatuaron el número 78599, cómo las obligaron a desnudarse –«la vergüenza de la desnudez es tal y tan intensa que no siento nada más» y les afeitaron cabello y vello púbico. También lo que vio la primera vez que se despertó: «montones de trapos en los rincones del barracón. Eran las muertas de esa noche». Recuerda los recuentos, durante horas a la intemperie, «firmes, heladas, temblorosas, agotadas», y las palizas: «cada orden es un golpe. Nos pegan todo el tiempo, todo el día, por nada. (...) Es continuo, tanto que ya ni siquiera me duele (...). No sirve de nada ir al hospital. Su primer reflejo es echarte de allí; el segundo, matarte».


«No hay que contestar, no hay que mirar, solo obedecer sin más (...) Decido pasar lo más inadvertida posible, no sublevarme jamás, aceptarlo todo (…) Perder el ánimo es precipitar la muerte», escribe Kolinka, que de Auschwitz-Birkenau fue trasladada a Bergen-Belsen y a Theresienstadt, donde la pusieron a trabajar en maquinaria de guerra. Cuando la liberaron pesaba 26 kilos.


En el 2000 volvió a Auschwitz con estudiantes de instituto. Responde sus preguntas por ejemplo, sobre cómo las mujeres se las apañaban con la regla -“Ya nadie tenía la regla. ¿Era por la alimentación, el miedo, las condiciones de higiene?”- pero lamenta que no la interroguen sobre qué comía, “el hambre, porque el campo era eso: el hambre” y sí quieran saber si vio a Hitler. 

 Kolinka teme que hoy Birkenau sea visto como “un decorado”. «En mi cabeza está el olor, la suciedad, la gente deambulando por todas partes. Y me entristece pensar que la gente que lo visita pueda imaginarse otra cosa… ¿Cómo ver el humo, los gritos, los empujones; esas decenas de miles de personas que trabajan, que corren, que caen al suelo? Ya no hay nada de todo eso. Ya no hay barro. Y tampoco hay un alma”. 


999 JÓVENES JUDÍAS ENGAÑADAS


En 1942, el Gobierno de Eslovaquia reclutó a judías solteras de entre 16 y 35 años para ser enviadas a trabajar durante tres meses al extranjero. Fueron voluntarias y confiadas, y engañadas. La mayoría creían que volverían pronto a casa, pero lasdeportaron a Auschwitz. Heather Dune Macadam siguió la pista de las supervivienes para contar sus historias en 'Las 999 mujeres de Auschwitz' (Roca / Comanegra). Eslovaquia pagó a la Alemania nazi 500 marcos por lo que llamaron «reubicación»."            (Anna Abella, El Periódico, 25/01/20)