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25/2/22

Dicen que Franco mantuvo una actitud de «pasividad» complaciente entre 1939 y 1942... las normas antijudías, como la cruel de paso de fronteras, del 11 de mayo de 1939, nº de orden 1849, emitida por el Ministerio de Asuntos Exteriores, dicen lo contrario... o véase el telegrama de noviembre de 1940 del ministro de Asuntos Exteriores al embajador español en París reprobando la intervención del cónsul general ante las autoridades de ocupación alemanas para evitar la detención de sefarditas... política que cambia cuando los nazis van a perder la guerra, y pasa a participar en su salvación

"Paul Preston y Enrique Moradiellos, dos puntos de vista diferentes del holocausto y el franquismo.

 Me refiero al libro del prestigioso Hispanista británico Paul Preston, con su libro "Arquitectos del terror, Franco y los artífices del odio" de la editorial Debate, y al libro de su discípulo, el profesor Enrique Moradiellos, y otros dos profesores mas: "El Holocausto y la España de Franco", publicado por la editorial Turner. 

Mientras para este último, hay mas luces que sombras en este tema, y Franco no promulgó normativa antijudía (según manifestó recientemente en una entrevista en el periódico El Español), para Preston, que nos da mucha información sobre el tradicional antisemitismo del franquismo, hay varias referencias a las normas antijudías, como la cruel de paso de fronteras, del 11 de mayo de 1939, nº de orden 1849, emitida por el Ministerio de Asuntos Exteriores, que dirigía el general Gómez Jordana (paginas 356-57). Se aplicó hasta, por lo menos, 1942, en plena Solución Final (según el historiador alemán Berth Rother, en su libro Franco y el Holocausto, 2005) siendo luego derogada.

También, añade Preston, en la página 375, el Pregón, del exministro Manuel Fraga, maldiciendo a los judíos, el viernes santo de la Semana Santa de Zamora, en 1971.

Yo me decanto por la versión del prestigioso hispanista, al que he dado parte de esta información, a través del equipo nizkor, y que se puede ver en sus notas al final del libro (página 459)

En cuanto al profesor Moradiellos, decir que hace poco ingresó en la Real Academia de la Historia, y que en marzo presentará su libro, en Casa Sefarad-Israel. Esta institución (Consorcio del Ministerio de Exteriores, Comunidad de Madrid y Ayuntamiento de Madrid), desde que se creó en el 2008, afirmaba que muchos judíos fueron salvados del Holocausto, a través de la acción humanitaria de los diplomáticos franquistas. 

Luego, tras varias exposiciones, como "Visados para la libertad", colaboró con el Ministerio de Asuntos Exteriores, en la exposición "Más allá del deber" junto a su catálogo, lleno de graves errores históricos, que en su momento denuncié. 

Hace años, cuando era ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, le solicité que "anulara" dichas normativas antisemitas, por ir contra la legislación europea e internacional, pero me contestó por carta, que ya habían sido derogadas por la Constitución de 1978. Yo sé muy bien, la diferencia entre anulación y derogación de una norma.

Me dirigí a él, pues su bisabuelo, José Rojas Moreno, Conde de Casa Rojas, cuando estuvo en Rumania, fue uno de los diplomáticos que ayudó a salvar a los judíos, según dicen, pero no dicen que fue el artífice de la orden antijudía que anteriormente hemos señalado, la de paso de fronteras, cuando estaba en el Ministerio de Exteriores.

Mis abuelos, judíos polacos, pudieron cumplirla, y pasaron la frontera en agosto de 1939, pero ¿cuántos otros no pudieron hacerlo, finalizando en las cámaras de gas? 

Nadie está interesado en investigar todo esto, por ello salen libros como el del profesor Moradiellos, y no pasa nada. Será para agradar a los académicos de la Real Academia de la Historia, que como el resto de academias fueron disueltas por un Decreto publicado el 17 de septiembre de 1936 en la Gaceta de Madrid, firmado por el presidente de la II República, Manuel Azaña.

No sé si me animaré a ir a la presentación de su libro en Casa Sefarad-Israel, pero estoy cansada de las vueltas y vueltas que da este tema del Holocausto y Franco, sin verdadera investigación (exceptuando la investigación sobre los diplomáticos franquistas)."                   (Cristina Calandre Hoenigsfeld, Nueva Tribuna , 25 de febrero de 2022)

 

"El pasado 13 de febrero D. Arcadi Espada publicaba en este diario unas consideraciones negativas sobre nuestro libro El Holocausto y la España de Franco (Turner), que estudia esa temática desde una triple perspectiva histórica: el proceso genocida en su globalidad y la actitud de Franco hacia «la cuestión judía» (E. Moradiellos), la respuesta de la diplomacia franquista ante el genocidio (S. López Rodríguez) y las manifestaciones judeófobas en la Extremadura de la época (C. Rina Simón). 

En atención a la relevante personalidad de nuestro crítico y por respeto intelectual hacia los lectores de su texto, queremos hacer las siguientes precisiones de orden estrictamente historiográfico.

Ante todo, el núcleo básico de la crítica de D. Arcadi parece derivar del hecho de que nuestra obra no menciona su trabajo sobre «los héroes de la embajada de España en el Budapest nazi», considerado inexcusable por su autor: «No se puede escribir un libro titulado El Holocausto y la España de Franco sin haber leído mi libro y lo que cuelga». Al respecto, se imponen estas aclaraciones:

  1. Los autores conocen el trabajo de D. Arcadi y, de hecho, el responsable del capítulo correspondiente lo menciona en su tesis doctoral (El Servicio Exterior de España durante el Holocausto en la Francia ocupada, 2021, acceso libre en el repositorio español de tesis).
  2. En la práctica historiográfica, un trabajo como el nuestro de revisión sintética de la temática, a diferencia de un estudio bibliográfico específico, no exige la consignación de todas las obras existentes, por ser la literatura muy abundante y de diversa entidad, sino que prescribe la mención expresa de aquellas más utilizadas o pertinentes en cada caso.
  3. La obra de D. Arcadi, en contenido y soporte documental, sigue la estela de otros autores precedentes y en algunos casos prioritarios: el rabino Chaim Lipschitz, el periodista Federico Ysart y el profesor David Salinas, a título ilustrativo.
  4. La obra de D. Arcadi, muy respetable por sus valores periodísticos y literarios, no es sin embargo igualmente meritoria en términos historiográficos, por su excesiva focalización geográfica (el caso de Hungría) y temporal (básicamente el año 1944, entre la ocupación alemana del país y la invasión soviética del mismo), así como por su insuficiente atención contextualizadora al conjunto del sexenio bélico mundial y a la cambiante actitud franquista durante ese lapso temporal.

En resolución, a despecho de la creencia de su autor, no constituye pues una pieza canónica, insuperada y definitiva sobre la materia, razón por la cual no está registrada como tal, a diferencia de los trabajos que mencionamos de Bernd Rother o José Antonio Lisbona, que la literatura especializada hispánica y universal sí estima en esa medida y proporción.

Al margen de esa crítica global por la falta de mención de su obra (que erróneamente confunde con falta de respeto personal, acaso por desconocimiento de los usos y prácticas historiográficas), D. Arcadi sostiene en su texto afirmaciones erróneas que contribuyen a justificar, si preciso fuera, la recurrente actitud de cautela de la historiografía especializada hacia su trabajo. Nos permitimos señalar sólo algunos ejemplos siguiendo el modo de argumentación y demostración característico de la historiografía y sin ningún propósito doloso ni ánimo injurioso hacia la dignidad de nuestro respetado crítico y censor.

En primer lugar, afirmar que la política franquista en relación al rescate y protección de los judíos perseguidos en la Europa ocupada fue obra de Estado realizada por los diplomáticos españoles «en nombre de Franco» y por orden éste, mayormente por motivos humanitarios, es sólo parcialmente cierto (y por eso errado globalmente).

 Sin duda el Gobierno español autorizó al encargado de negocios en Budapest a prestar ayuda a la comunidad judía húngara en octubre de 1944 (dos meses antes de la rendición de Hungría ante los soviéticos). Pero para entonces, en vísperas de la total victoria aliada, Sanz Briz llevaba meses realizando esas labores motu proprio, sin órdenes oficiales y pese a requerir autorización expresa para ello (como otros compañeros de carrera en Sofía, Atenas o Bucarest, dicho sea de paso, y con igual falta de éxito, pese a su insistencia documentalmente probada). 

Todavía más. Esa política significaba una inversión completa de la previa actitud de «pasividad» complaciente desplegada entre 1939 y 1942, en el momento de las victorias alemanas, siguiendo órdenes expresas del gobierno español, también «en nombre de Franco» y con su aprobación. Véase el telegrama de noviembre de 1940 del ministro de Asuntos Exteriores al embajador español en París reprobando la intervención del cónsul general ante las autoridades de ocupación alemanas para evitar la detención de sefarditas y la incautación de sus bienes: «no es criterio de Gobierno» actuar y «poner inconvenientes a su ejecución (de medidas antisemitas)», sino que debe «conservar actitud pasiva» y «únicamente darse por enterado de estas medidas» incluso si afectaran a españoles que sean «súbditos de origen judío». 

Esta es la verdad cruda y compleja de la cambiante política franquista ante el Holocausto, que está tan lejos del mito de «Franco, salvador de judíos» como del contra-mito de «Franco, enemigo de judíos».

En segundo orden, debemos impugnar las rectificaciones de D. Arcadi negando que Sanz Briz actuara nunca motu proprio y afirmando que las «casas de protección» sólo comenzaron a operar en noviembre de 1944 y que la lista de judíos protegidos ascendía a 2.295 y no a cerca de 5.000 personas. Lo primero es verdad conocida y demostrada. Lo segundo es errado: Sanz Briz puso en marcha antes del 24 de octubre las «casas estrelladas» como paso previo a las «casas protegidas» del «gueto internacional». Al igual que lo tercero: el diplomático informó a fines de 1944 a Madrid que había firmado no menos de 300 pasaportes y cerca de 2.000 cartas de protección; pero los estudios monográficos de Haim Avni cifraron ya en 3.000 los judíos salvados, descontando su protección a un grupo de 500 niños asilados en hospicios de la Cruz Roja; y los más recientes trabajos de José Antonio Lisbona suman a esas cifras otro grupo de 700 judíos con destino al Marruecos español y varios centenares con destino a Paraguay. En definitiva, siguiendo a este último autor, «Sanz Briz logra salvar unas 5.000 personas».

Para terminar, los autores del libro desean agradecer la atención prestada por D. Arcadi a su obra así como su interés por el Holocausto, sin duda uno de los fenómenos históricos más cruciales y definitorios de la reciente historia europea y universal."

(Enrique Moradiellos, Santiago López Rodríguez y César Rina Simón son historiadores. Revista de Prensa, 23/02/22; fuente: El Mundo)

31/1/22

¿Cómo pudo un diplomático español salvar del Holocausto a más de 5 000 judíos húngaros?

 "Cuando se habla de héroes salvadores de judíos del Holocausto nazi, el mayor genocidio de la historia de la Humanidad, siempre viene a colación la figura de Oskar Schlinder, gracias a la magnífica y oscarizada película de Steven Spielberg, La lista de Schindler (1993).

Sin embargo, hubo muchos más héroes que arriesgaron vida y carrera y lograron salvar muchas más vidas (aunque el número no sea lo más trascendente, en este caso). Entre ellos destaca, sin duda, el diplomático español Ángel Sanz Briz (1910-1980), el “Ángel de Budapest”, cuya admirable historia es poco conocida, en general, aunque los libros de algunos destacados periodistas, como Diego Carcedo y Arcadi Espada, la hayan sacado a la luz.

El “caso judío” en Hungría

Desde la llegada al poder del partido nazi en Alemania en 1933, la Regencia húngara del almirante Miklós Horthy mostró su apoyo al nuevo gobierno alemán con el objetivo recuperar parte del territorio imperial perdido después de la I Guerra Mundial.

Tras la anexión de Austria por Alemania, en marzo de 1938, Hungría comenzó a promulgar leyes antisemitas similares a las leyes de Núremberg alemanas: discriminaciones sociales de carácter racial, eliminación de los judíos del funcionariado, reducción de las actividades económicas de este colectivo e incluso la creación de un Servicio Laboral Húngaro, al que debían incorporarse los varones judíos en edad militar, que suponía, de facto, un sistema de trabajos forzados. A pesar de todo ello, la seguridad de los 725 000 judíos que habitaban la nueva Gran Hungría (sin contabilizar los aproximadamente 100 000 convertidos previamente al cristianismo, pero considerados racialmente judíos) era bastante mayor que en Alemania.

Pero en marzo de 1944, Hitler invadió Hungría para asegurar su alianza militar con el Eje, y con las tropas alemanas de ocupación entró una unidad Sonderkommando dirigida por Adolf Eichmann, cuyo objetivo era aplicar la “Solución Final” a los judíos húngaros. Inicialmente se aprobaron nuevos decretos contra la población judía: se restringió la movilidad de los judíos en toda Hungría, se les obligó a utilizar el distintivo racial amarillo en sus vestimentas, se confiscaron sus propiedades y comercios, se abolieron sus derechos civiles y, finalmente, se les recluyó en guetos.

El 15 de mayo de 1944 comenzaron las deportaciones de los judíos húngaros, y en menos de dos meses casi medio millón fueron enviados a los campos de exterminio, en su mayoría a Auschwitz, donde la mitad de ellos fueron asesinados en las cámaras de gas tras su llegada. Aunque el regente Horthy detuvo las deportaciones en julio, todos los judíos de Hungría, salvo los de Budapest, ya habían sido deportados.

El 15 de octubre, los alemanes forzaron un golpe de estado, llevando al gobierno al Partido de la Cruz Flechada, de naturaleza pronazi y abiertamente antisemita, con lo que se agravó enormemente la situación de los judíos que quedaban en Budapest: unos 80 000 fueron asesinados en las riberas del Danubio, sus cuerpos arrojados al río, y varios miles más obligados a desplazarse en “Marchas de la Muerte” hacia la frontera austríaca.

Durante el asedio soviético de la ciudad, iniciado en diciembre de 1944, los 70 000 judíos que quedaban en Budapest fueron confinados en un gueto, junto a la Gran Sinagoga, y miles de ellos murieron de hambre, frío y enfermedades. Toda una tragedia que algunas autoridades húngaras actuales tratan incluso de minimizar y relativizar.

Frente a esta dramática situación, un grupo de diplomáticos de las naciones oficialmente neutrales en el conflicto bélico se organizaron en una especie de red clandestina de ayuda y protección a la población judía, sin que mediaran órdenes específicas de sus gobiernos, para evitar que los judíos fueran enviados a las cámaras de gas de Auschwitz y Birkenau. Aunque nos vamos a centrar en el español Ángel Sanz Briz, entre ellos también cabe mencionar al primer secretario de la legación sueca Raoul Wallenberg, al cónsul suizo Carl Lutz, al nuncio apostólico Angelo Rotta y al encargado de negocios portugués Alberto Branquinho.

Ángel Sanz Briz, el “Ángel de Budapest”

El joven diplomático zaragozano encabezaba la Legación de España en Budapest en junio de 1944 como encargado de negocios, informando a sus superiores del Ministerio de Exteriores sobre la denigrante y oprobiosa situación de los judíos en la capital húngara y de los protocolos de deportación a los campos de exterminio.

En uno de estos informes, fechado el 16 de julio de 1944, detalla: “Afirman que el número de los israelitas deportados se aproxima a 500 000. Sobre su suerte en la capital corren rumores alarmantes. Insisten en que la mayoría de los deportados judíos (en cada vagón de carga van unas 80 personas amontonadas) están dirigidos a un campo de concentración cercano a Kattowitz donde les matan con gas, utilizando los cadáveres como grasa para ciertos productos industriales”.

Tras la llegada al poder del partido de la Cruz Flechada en octubre de 1944, Sanz Briz, ahora ya sí con la anuencia de Madrid, comenzó a proporcionar las llamadas “Cartas de Protección” o salvoconductos (Schutzbrief) a judíos de Budapest. En un principio lo hacía a aquellos que alegaban orígenes sefardíes, en virtud de un antiguo Real Decreto de 1924 promulgado durante la dictadura del General Primo de Rivera que otorgaba la ciudadanía española a los judíos descendientes de los que fueron expulsados de España en 1492, pero posteriormente se extendió a cualquier judío perseguido, haciéndolos pasar por sefardíes.

Tras negociar con las autoridades húngaras, recibió inicialmente el consentimiento de otorgar esos derechos a 200 judíos de origen español, pero amplió la cobertura a 200 familias y posteriormente continuó incrementando el cupo asignado, generando series marcadas con letras, de forma que nunca superaban el número 200.

Para salvaguardar sus vidas, Sanz Briz alojó a los judíos protegidos en ocho edificios alquilados por él mismo en diferentes lugares de Budapest, que posteriormente fueron ampliados a once, indicando que eran anejos a la Legación española y que gozaban de extraterritorialidad. Incluso consiguió que la Cruz Roja Internacional colocara letreros españoles en hospitales, orfanatos y clínicas de maternidad, para proteger a los judíos que allí se encontraban.

Asimismo, llegó a involucrase personalmente en estas actividades de salvamento, intimando con una alta autoridad del partido de la Cruz Flechada para que no se violaran sus casas protegidas y sobornando directamente con el mismo objetivo al Gauleiter Eichmann, presentándose físicamente en alguno de los inmuebles para evitar detenciones, y rescatando a 30 de sus protegidos de una “marcha de la muerte” organizada por los nazis y devolviéndolos a las casas de bandera española.

Ante el inminente avance de las tropas soviéticas, Sanz Briz recibió instrucciones precisas de Madrid de abandonar Budapest, dado que España era enemiga del régimen comunista de la Unión Soviética, y partió rumbo a Suiza el 6 de diciembre de 1944.

Pero la labor de Sanz Briz no se perdió con su salida de Hungría, pues continuó durante 40 días más, hasta la liberación de Budapest por las tropas soviéticas el 16 de enero de 1945. El italiano Giorgio Perlasca, quien obtuvo de Sanz Briz un pasaporte español por haber luchado en el bando franquista durante la Guerra Civil, había colaborado con la Legación, visitando y ayudando a los refugiados alojados en casas de protección.

Con documentos falsificados, Perlasca se hizo pasar ante las autoridades húngaras por el encargado de negocios de la Embajada española y consiguió mantener la estructura organizada por el diplomático español, incluyendo el suministro de alimentos, en una situación de enorme escasez por el sitio de la ciudad.

Justo entre las Naciones

El número de judíos húngaros muertos durante el Holocausto fue, aproximadamente, de 568 000 y sólo sobrevivió uno de cada tres judíos residentes en la Gran Hungría. Entre estos últimos se pueden contar los 5 200 judíos que Sanz Briz, con la colaboración final de Perlasca, salvó de la deportación y, por tanto, de los campos de exterminio, de los que apenas 200 eran de origen sefardí. En total, casi cinco veces más que los incluidos en la famosa lista del empresario alemán Schlinder.

Sanz Briz fue nombrado por Yad Vashem, el 8 de octubre de 1966, “Justo entre las Naciones”, la más alta distinción que otorga el Gobierno de Israel a personas no judías. Esta distinción también se haría efectiva para Perlasca el 9 de junio de 1988, al igual que para los anteriormente mencionados Wallenberg, Lutz y Rotta, que interpretaron un papel parecido al de Sanz Briz.

Gracias al valor y la tenacidad de este funcionario del servicio exterior español, en actos de heroísmo que van más allá del cumplimiento de su deber, miles de judíos pudieron salvar su vida. Y su recompensa fue la postergación inicial en su carrera diplomática y la prohibición expresa de recoger el honor concedido por Israel, pues el Ministerio de Asuntos Exteriores consideró que la presencia de un diplomático español en dicho Estado podría dañar las recién establecidas relaciones hispano-árabes, por lo que sólo pudo ser entregado póstumamente a su viuda en 1991."                 (Contrainformación, 27/01/22)

7/5/10

Excelencia, esto ocurre en Auschwitz. El Gobierno de Franco supo de los horrores de los nazis contra los judíos



Plano de Auschwitz, enviado por Sanz Briz a FRanco

"El joven diplomático Sanz Briz, destinado en 1944 en Budapest, envió a Madrid un informe que avisaba del exterminio en Auschwitz. Hasta ahora tenía el sello de "No mostrar".

Una mañana, de los vagones bajan 45.000 judíos llegados de Salónica, demacrados y hambrientos. Unos 10.000 son seleccionados para los campos de trabajo y al resto los envían directamente al crematorio. Los que se salvan, hacinados en barracones, no soportan las duras condiciones del lugar y al poco tiempo enferman de paludismo. Los guardias alemanes, con sus botas militares y los perros, les recomiendan que vayan al hospital del campo de concentración, algo que desaconsejan los prisioneros veteranos. Saben cómo se las gastan allí. A pesar de las advertencias, los griegos se presentan en el centro médico, donde a medida que van pasando reciben en el corazón una inyección de fenol que acaba con sus vidas. Sus cadáveres se apilan más tarde en la puerta del bloque de enfermería, donde nunca entra el sol. Eso no tiene ninguna importancia aquí, en Auschwitz-Birkenau, 1943.

Estos detalles del día a día en el mayor campo de exterminio de la Alemania nazi, donde fueron aniquiladas entre 1,5 y 2,5 millones de personas, quedaron reflejados en un informe que dos jóvenes eslovacos escribieron tras escapar del lugar. El texto, escrito a máquina y en un dificultoso francés, llegó a manos de Ángel Sanz Briz, un joven diplomático español destinado en el Budapest ocupado por los nazis. Tras leerlo, remitió el documento en agosto de 1944 al ministro de Asuntos Exteriores, José Félix de Lequerica. No consta que Sanz Briz recibiese una respuesta.

El puñado de papeles que el diplomático envió a Madrid iba precedido de una carta a "Vuestra Excelencia" en la que informa "sobre el trato a que se condena a los judíos en los campos de concentración alemanes". Desvelaba que se los habían hecho llegar "elementos de la junta directiva de la organización sionista de la capital". "Su origen, pues", se dice en la misiva, "le hace sospechoso de apasionamiento. Sin embargo, por los informes que he podido obtener de personas no directamente interesadas en la cuestión y de mis colegas del cuerpo diplomático aquí acreditado, resulta que una gran parte de los hechos que en él se describen son, desgraciadamente, auténticos". Los papeles permanecían hasta ahora en los archivos del ministerio, en una carpeta donde se lee "no mostrar". Ahora sirven para confirmar hasta qué punto el Gobierno de Franco, simpatizante de Hitler en la Segunda Guerra Mundial y ambiguo en sus posiciones hacia el final de la contienda, conocía con todo detalle el plan que los nazis estaban llevando a cabo para exterminar a los judíos. (...)

Sanz Briz participó casi desde su llegada a Budapest en unas reuniones secretas con diplomáticos de otros países neutrales, incluido el nuncio apostólico, en las que se buscaba la forma de ayudar a los miles de judíos húngaros que en ese momento estaban siendo transportados a los campos de exterminio. (...)

"En los vagones de camino a los campos de concentración no sólo van hombres, sino también mujeres, niños y ancianos. Es difícil de creer que vayan a trabajar...", dice Sanz Briz en una de sus comunicaciones con Madrid. Después de mucho insistir, le autorizaron a repatriar a "algunos" judíos de origen español. Hungría, último país ocupado por los nazis, le permitió expender 200 pasaportes. Pero el diplomático buscó un salvoconducto para tramitar cientos de pasaportes y cartas de protección en las que garantizaba el origen sefardí de miles de judíos que en realidad no lo eran. Siempre sellaba las cartas y los visados con números inferiores a 200, lo que despistó a la burocracia húngara.(...)

Pero otra cosa era conocer los detalles concretos, la historia desde dentro. Y esa parte hasta entonces desconocida en España es la que hizo llegar Sanz Briz al Gobierno del general Franco: "Ahí se demuestra que Franco conocía con exactitud el tamaño de la matanza. No admite dudas", cuenta desde el otro lado del teléfono Bernd Rother, historiador alemán y autor del prestigioso libro Franco y el Holocausto. (...)

El primer crematorio se inauguró en marzo de 1943 con 8.000 judíos de Cracovia que fueron gaseados e incinerados. Los jóvenes eslovacos narran que para la ocasión llegaron desde Berlín oficiales y dignatarios civiles que se tomaron la ocasión como una fiesta. "Comprobaban con gusto lo que ocurría en la cámara de gas y al final daban libre curso a su asentimiento". En la puerta del crematorio se colocó un paredón de fusilamiento, antes situada en otra parte del campo.

La nueva ubicación facilitaba la labor de limpieza de los sonderkommandos, unidades de trabajo compuestas por judíos, encargados de colaborar con sus propios verdugos a cambio de algunos meses más de vida. Eran los encargados de retirar los cadáveres de las cámaras de gas y de rapiñar entre las pertenencias de los muertos. Los demás prisioneros evitaban acercarse a ellos por el olor que desprendían y por su fama de violentos. "Yo asistí en una escena en la que un joven judío polaco explicaba a un hombre de las SS el verdadero modo de matar a un hombre sin ningún arma". Eran capaces de hacerlo con las manos. Y eso en Auschwitz no era un crimen. Sencillamente se recogía al muerto con una carretilla y se apuntaba su número de prisionero en un documento donde se registraban las bajas. Sin especificar cómo se había producido el óbito. Eso no tenía importancia en este lugar, al fin y al cabo se trataba de judíos

Resulta desgarrador el testimonio que dan los dos jóvenes eslovacos sobre la manera en la que se accionaban las cámaras de gas. Cuentan que su interior tenía el aspecto de un baño normal. Sin ventanas, salvo por un ventilador situado en el techo. Las ejecuciones se organizaban de una manera industrial, casi mecánica. Los condenados llegaban en camión, acompañados por un médico, y cuando accedían a la cámara, rodeada de alambre de espino, se desnudaban, todos juntos. Los guardias confiscaban relojes, medallas, pendientes, fotografías en sepia... con la promesa de devolverlo todo al rato. Los prisioneros recibían a continuación una toalla y una pastilla de jabón. A golpe de fusta, les obligaban a esparcirse por toda la cámara. Se cerraban las puertas de repente con un chirrido metálico, las aberturas del ventilador arrojaban el gas y diez minutos después todo se había acabado. Una cuadrilla compuesta por judíos limpiaba el sitio de cadáveres para hacer hueco a los siguientes. Los primeros en ser ejecutados pensaban que iban a darse un baño, pero a medida que se fue corriendo el rumor de lo que de verdad ocurría allí, cada vez fueron más frecuentes los intentos de no entrar en las cámaras. Los guardias solventaban la escaramuza disparando con sus revólveres o a base de culatazos. (...)

Cuatro años después, en la época en la que Sanz Briz envía el relato de lo ocurrido en el campo de exterminio, Marquina dice que hay que resaltar que ya se había producido entonces el Desembarco de Normandía, Mussolini hacía tiempo que había sido derrocado y los aliados consolidaban su avance. Alemania estaba arrinconada. El diplomático actúa entonces por su cuenta, sin instrucciones de ningún tipo, intuyendo que la posición española respecto a la guerra tenía que haber variado a la fuerza.

El historiador Julián Casanova cree que Sanz Briz fue valiente enviado los documentos, aunque en ese momento ya tenía el viento a favor, sobre todo ahora que el sentimiento antijudío es menor. "Aunque conlleva riesgo porque el tema del Holocausto quemaba a Franco, le traía muchos dolores de cabeza. Casi tantos como a la propia Iglesia", dice. Y Haim Avni, reconocido profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén, añade: "Es importante el acto que lleva a cabo el español sencillamente porque el Holocausto en Hungría se inicia poco antes, en marzo, cuando el Ejército alemán ocupa el país, y él hace el envío en verano (26 de agosto). Estaba ante sus ojos el horror, y lo denuncia. No todos se atrevieron a hacerlo".

El caso es que además de enviar el informe, Sanz Briz continuó con sus labores diplomáticas. Los judíos a los que protegía fueron recluidos en un gueto, a la espera de cualquier movimiento por parte de los nazis. El diplomático alquiló entonces 11 edificios en los que colgó un cartel donde se leía: "Anejo a la legación española. Edificio extraterritorial". Los trabajadores de la Embajada española se encargaron de proveer de alimentos e higiene a los refugiados. Con el Ejército Rojo a las puertas de Budapest y las quejas constantes de los nazis a Franco, Sanz Briz se vio obligado a dejar el país. Su labor la prosiguió un colaborador suyo, Giorgio Perlasca, un italiano que se hizo pasar por español (cambió su nombre por el de Jorge) y asumió el papel del diplomático español diciendo que éste se había ido sólo por un tiempo. Entre los dos salvaron a unas 6.000 personas. Otros diplomáticos franquistas de ese tiempo también ayudaron a salvar cientos de vidas, como es el caso de Julio Palencia, destinado en Sofía (Bulgaria), o José Ruiz Santaella en Berlín. (...)

Sanz Briz incluía en el paquete que enviaba a Franco el relato de una señora y su hijo. Asqueada de las condiciones de higiene que soportaba en el campo de concentración en el que estaba recluida, pidió su traslado a Birkenau, donde según había oído no era tan malo el trato. Al llegar al sitio, quedó impresionada por el cartel en el que decía que el trabajo la haría libre. "Tenía la impresión de haber hecho un buen cambio", contará más tarde. El patio limpio, los edificios de ladrillo, el césped verde, le dieron buena impresión. Enseguida se dio cuenta de su error. Le afeitaron la cabeza, le tatuaron un número en el brazo izquierdo y de esa forma tan inesperada pasó a convertirse en una prisionera política. Cierto día la condujeron a la cámara de gas y a ella le entró el pánico, aunque le decían que sólo era para hace un recuento al grupo. Ella tuvo suerte: consiguió escapar y con la ayuda de unos campesinos logró llegar a Hungría.

Ese fragmento del horror también estuvo en manos de Francisco Franco, el dictador español. Nunca le envió una contestación al joven Sanz Briz." (El País, Domingo, 21/03/2010, p. 2-4)


Ángel Sanz Briz