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1/3/22

Ejecutores del Holocausto: los había fervorosos e incluso perfeccionistas

 "La personalidad de los culpables no era siempre igual. Quienes llevaron a cabo la labor destructiva diferían no solo en su origen, sino también en sus atributos psicológicos. Cuando la dominación alemana de los judíos se acentuó y diversificó, cada culpable asumió su rol de forma muy diferente. Algunos de ellos mostraron fervor; otros, “exceso”; y otros afrontaron su misión con reservas y recelos.

El puro entusiasmo englobaba diferentes categorías. Para empezar, estaban los promotores, convencidos de que todo dependía de ellos. También había voluntarios que buscaban formas de participar en las actividades contra los judíos. Y por último estaban los perfeccionistas, que definían ejemplos y criterios para todos. 

El prototipo del azacán resuelto e incansable es Adolf Eichmann, que escribía informes, viajaba y provocaba a la gente sin cesar. El austriaco Hanns Rauter, máximo responsable de las SS y de la Policía en los Países Bajos y autor de informes repletos de estadísticas, fue otro de los triunfadores. Convencido de su destreza, logró deportar a más de 100.000 de los 140.000 judíos del país, el porcentaje más alto de Europa occidental (…). 

El experto del partido en materia racial, Walter Groβ, estaba consumido por una idea: aparear a personas solteras con un 25% de sangre judía con la esperanza de que algunos descendientes de esas uniones reunieran los suficientes rasgos judíos para justificar su exterminio. El sector ferroviario también tuvo a sus idealistas. 

Otto Stange era un amtsrat de 60 años que trabajaba solo en su despacho, chillándole al teléfono, mientras la sección de Eichmann le enviaba solicitudes para que gestionara plazas en los transportes. Bruno Klemm fue un funcionario del Generalbetriebsleitung Ost que organizaba programas de transportes hacia el este. Parece que recalcaba constante y persistentemente la necesidad de encontrar vagones y tiempo para enviar a judíos a los campos de exterminio.

 Algunos fanáticos eran entusiastas que buscaban oportunidades de intervenir en el proceso. El teniente general Otto Kohl, que controlaba todos los desplazamientos ferroviarios en los territorios ocupados de Bélgica y Francia, recibió en una ocasión a un representante de bajo rango de Eichmann en París. Describiéndose a sí mismo como un enemigo acérrimo del judaísmo y un creyente en la solución racial, instó al representante de las SS a pedir más trenes, fuera para 10.000 judíos o para 20.000. Kohl proporcionaría el equipo, aun a riesgo de que algunas personas lo tildaran de “desalmado”.

En los Einsatzgruppen, el sturmbannführer de las SS Bruno Müller comandaba el Sonderkommando 11b, que en 1941 operaba en la zona más meridional como parte del Ejército rumano. Cuando los rumanos capturaron el puerto de Odesa en el mar Negro, iniciaron la matanza de decenas de miles de judíos de la ciudad. En esta vorágine, obra de numerosas unidades del Ejército y de la Gendarmería Rumana, Müller y su destacamento fueron una presencia simbólica, pero no pudieron resistir a la tentación de poner su granito de arena.

 Durante la noche del 22 de octubre de 1941, cuando supo que los rumanos habían empezado a ejecutar a gente, Müller negoció con ellos para que les cedieran a trescientos judíos ya arrestados. Luego llevó a las víctimas a un pozo seco y ordenó que se las fusilara. Arrojaron los cuerpos desnudos o medio desnudos de los hombres, las mujeres y los niños al pozo, y luego lanzaron granadas de mano para rematar a los malheridos.

En la ciudad alemana de Darmstadt, un oficial de rango relativamente bajo, el kriminalsekretär Georg Dengler, tomó los mandos de la sección de asuntos judíos en la sede local de la Gestapo el 15 de enero de 1943. Por entonces ya se había deportado a la mayoría de residentes judíos y apenas quedaban los cónyuges de matrimonios mixtos. Dengler recibió una directiva según la cual también podía solicitar la deportación de esas personas, pero necesitaba otros motivos aparte de la condición de judío. Interpretó esa autorización como una oportunidad para deportar a unas cuantas ancianas, algunas de ellas viudas especialmente vulnerables.

 Una mujer de 69 años, cuyo marido alemán seguía vivo, no se había inscrito con el nombre obligatorio adicional de Sara. Además, había usado un cupón para jabón de su hija, que tenía el mismo nombre de pila que ella. Murió en Auschwitz, aunque sus cenizas se ofrecieron a la familia gentil [no judía]. Otra viuda de 76 años también se olvidó de añadir el nombre de Sara a la cartilla de racionamiento. Dengler le dijo a su ayudante: “Con eso basta”.

 El sturmbannführer Müller y el kriminalsekretär Dengler tuvieron roles relativamente pequeños en una operación de gigantescas proporciones. Los resultados de sus actos no estuvieron a la altura de su fervor; habrían hecho más de buena gana. Los perfeccionistas, en cambio, sí tenían suficiente trabajo. Esos fanáticos eran los auténticos pilares del aparato administrativo. Su reto era cualquier cosa que quedara por definir o por resolver. Su lema era la precisión y la minuciosidad.

 Esos burócratas pululaban por todas partes, en cualquier organismo. (…) En el Ministerio de Finanzas trataban de recaudar los pagos de las pensiones privadas que se habían hecho a los deportados. En la red de ferrocarriles contaban los deportados y los kilómetros, a fin de cobrar a la Policía de Seguridad el transporte de los judíos hasta los centros de exterminio. En Auschwitz iniciaban procedimientos de expropiación para ensanchar el perímetro del campo.

 A diferencia de los fanáticos, cuya labor era siempre funcional, hubo hombres que se encarnizaron adrede con las víctimas, que las torturaron o que se alegraron o divirtieron al ver su destino. Esta clase de conducta no se fomentaba, es cierto, pero tampoco se perseguía estrictamente hablando.

Por lo común, el abuso era síntoma de la impaciencia. Se podía detectar entre los veteranos de las ejecuciones, para quienes las continuas redadas, los fusilamientos y los gaseamientos se habían convertido en el pan de cada día. En agosto de 1942, un miembro alemán del Gobierno General manifestó que se había visto a personal de las SS y de la Policía propinar golpes con la culata del fusil a mujeres embarazadas. Los guardias a las puertas de las cámaras de gas usaban látigos o bayonetas para hacer entrar a las víctimas. Proliferaban los testimonios que afirmaban haber visto a niños pequeños siendo arrojados por la ventana, o metidos en camiones como si fueran sacos, o lanzados contra la pared, o echados vivos a hogueras de cadáveres en llamas.

En algunos casos, el sadismo era puro. Este patrón de conducta aparecía en los contactos con los hombres que querían mostrar su dominio sobre los judíos. Básicamente, lo que hacían era jugar con las víctimas. Al principio les daban cepillos de dientes para que limpiaran las aceras. En los poblados recién ocupados de Polonia, les cortaban la barba a los judíos devotos o los montaban como caballos. En el permisivo ecosistema del campo, utilizaban a los judíos para hacer puntería o escogían a las mujeres como esclavas sexuales. En Auschwitz, el gran sádico Otto Moll prometió a un prisionero que le perdonaría la vida si podía cruzar descalzo dos veces un foso de cuerpos en llamas sin caerse."         (Raul HIlberg, El País, 01/03/22)

20/1/14

‘¿Por qué está vivo?’ Pero yo soy de los que no se asustan fácilmente. ‘¿Y por qué está vivo usted?’», le repliqué

"(...) Lanzmann ha estrenado su última película y, como comprenderás, me ha faltado tiempo. Mi interés por este hombre crece a cada paso. Su mezcla rara de potencia y sensibilidad. Cuando la que fue su amante Simone de Beauvoir se refirió a Shoah como la Guerra y Paz de nuestro tiempo creo que sabía lo que decía. 

Lanzmann tiene una espalda poderosa, imprescindible para echarse encima las obras formidables (también sus memorias) que ha consumado. Pero su fuerza está al servicio de la verdad afinada, difícil, y del detalle sensible y delicado. Tolstoi, sí. 

Toda esa virtud resplandece en El último de los injustos, la película que protagoniza Benjamín Murmelstein, un dirigente de los Consejos Judíos en Viena y en Praga que sobrevivió al nazismo. La película es un cabo que quedó suelto de Shoah. Mientras estaba empezando a trabajar en su ópera magna, Lanzmann mantuvo durante una semana de 1975 largas conversaciones con el Injusto. 

Pero ese material no llegó a formar parte de la película. No he logrado hacerme una idea muy clara del porqué. Esta circunstancia le da un particular atractivo secundario: vemos al cuarentón Lanzmann trabajando en directo para su Shoah, y fumando como una chimenea, y lo vemos luego, casi 40 años después, protagonizando escenas inconmensurables como la de la reconstrucción del asesinato de otro dirigente judío, Eppstein, en el siniestro muro de los fusilamientos del campo de Terezín.

El azar ha hecho que coincidieran los estrenos de la película Hannah Arendt, de Von Trotta, y la de Lanzmann. Es un azar feliz y polémico. Dos de los asuntos claves de El último de los injustos implican a Arendt, que es también citada por Murmelstein durante la larga conversación con Lanzmann. El primer asunto alude a Eichmann.

Murmelstein maldice el perfil que Arendt traza del jefe nazi en su célebre crónica del juicio, Eichmann en Jerusalén, es decir, aquel funcionario banal que cumplía órdenes sin pensar. El Eichmann de Murmelstein es, por el contrario, un nazi avezado, que participó en La Noche de los Cristales Rotos. 

Y un corrupto y un asesino, ambas cosas, como ahora se dice, perfectamente proactivas: si cumplía órdenes eran, sobre todo, las que él mismo se dictaba. Murmelstein insiste más de una vez en el argumento de autoridad que fundamenta su punto de vista. Él conoció al diablo; lo trató y negoció con él.

 Y fue, entre otras cosas, el que hizo de Eichmann un conocedor de la cuestión migratoria, preparándole la documentación que el nazi le requería con una urgencia, a veces, amenazante.

El otro asunto clave afecta a la propia función de Murmelstein como dirigente de Consejo Judío.

 Las acusaciones de Arendt contra esos consejos que negociaban con los nazis la vida y la hacienda de los miembros de la comunidad supusieron una novedad sobre un asunto hasta aquel momento tabú y levantaron una enorme polémica en su tiempo.

 Murmelstein (injusto por oposición a esos justos, tipo Schindler, que salvaron vidas) encara las acusaciones desde el principio por el camino recto, refiriendo la conversación que tuvo con un policía checo, poco después de ser detenido cuando ya las tropas aliadas controlaban Praga.

«Soy el último», dice Murmelstein. «Es extraño ser el último. Cuando me interrogaron por primera vez, en la prisión de Pankratz de Praga en 1945, la pregunta que me hicieron fue: ‘¿Por qué está vivo?’ Pero yo soy de los que no se asustan fácilmente. ‘¿Y por qué está vivo usted?’», le repliqué. «Entonces vio que no me podía intimidar».

Pero lo más impresionante respecto a las acusaciones de que fue objeto Murmelstein sucede al final mismo de la película. Elegantemente, en tercera persona, pero sin vacilar y mientras pasean por lo que parecen ser las inmediaciones del foro romano, Lanzmann le pone la luz sobre los ojos:

–Gershom Scholem pensó y escribió que Murmelstein merecía ser colgado por el pueblo judío…

La respuesta de Murmelstein, fría, precisa, generosa, es la propia de un hombre que dice la verdad.

– Scholem fue un gran erudito. Hace 40 años, publiqué la Geschichte der Juden. Entonces aún se llamaba Gerhard Scholem. Y escribí en la introducción que la obra de Gerhard Scholem ofrecía una nueva visión de determinados aspectos de la historia judía. 

Y no he cambiado de opinión. Es un gran erudito (…) Gerhard Scholem, que sabe tanto sobre la cábala y sobre mística, tiene que escribir sobre historias modernas y decir tonterías sobre Murmelstein… 

También podría decirle eso, pero no lo voy a hacer. Lo que sí le digo es que un gran erudito como él dispone del sistema científico y debe investigar. Debe investigar las fuentes. Y sobre Murmelstein hay fuentes. El archivo de la Cruz Roja. El juicio de [Karl: jefe del campo de Terezín] Rahm. El juicio de Murmelstein. Y, aún más evidente, el juicio de Eichmann. 

Y si se hubiera examinado la figura de Murmelstein en esas actas, digamos que Gerhard Scholem tendría que haberse replanteado su sentencia de la horca. Además de que no lo entiendo. A Eichmann lo condenaron a la horca, a muerte, y Scholem protestó en contra de su ejecución. Y a mí, que me absolvieron, me quería ejecutar. Es un poco caprichoso lo de este señor con la horca, ¿no cree?».

La película de Lanzmann, grande y libre, es otra de sus largas y profundas zancadas en busca de la verdad. Su conclusión es demoledora y tajante, impropia de estos tiempos entre chien et loup. O se es un asesino o no se es. O se es Eichmann o se es Murmelstein. (...)"                     (EL MUNDO 18/01/14, ARCADI ESPADA, en Fundación de la Libertad)

6/4/11

"Me contestó que si se quiere eliminar una raza es fundamental también deshacerse de todas las generaciones"

"Los números de las deportaciones estaban escritos en un gráfico, detrás de su escritorio.

-¿Es cierto? -pregunta el fiscal israelí Gideon Hausner.

-Sí -contesta Adolf Eichmann.

-Entonces, ¿quiere decir que su sección sabía exactamente cuántas personas estaban siendo deportadas y hacia dónde?

-Sí, lo sabía. Yo tenía que informar sobre este tema.

He aquí un pasaje fundamental del juicio contra Adolf Eichmann -uno de los principales responsables del Holocausto- que tuvo lugar en Jerusalén en abril de 1961, hace ya 50 años. (...)

Eichmann, que murió ahorcado tras la condena a la pena capital que le fue impuesta en Jerusalén en 1962, fue un hombre decisivo en la maquinaria que hizo posible la eliminación sistemática de seis millones de judíos. Participó en todas las fases de la solución final, a través de la que Adolf Hitler y sus socios planificaron borrar cualquier rastro judío en Alemania.

Desde los informes de la Conferencia de Wannsee, hasta la organización de los trenes dirigidos hacia Auschwitz, toda la burocracia pasó por las manos de este hombre, que se convirtió posteriormente en el ejemplo más significativo del funcionario nazi, alguien que se limitaba a cumplir órdenes.

Su tarea y su psicología fueron finamente analizadas en el célebre libro de la filósofa Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal. (...)

"¿Qué es lo que más recuerdo del juicio? Quizás mi primer encuentro con Eichmann. Yo acababa de leer un libro donde se describía la crueldad con la que se asesinó a niños en los campos de concentración. Hablé de esto con él.

Me contestó que si se quiere eliminar una raza es fundamental también deshacerse de todas las generaciones. Desde un punto de vista lógico, su razonamiento era correcto". (El País, 06/04/2011)