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26/2/24

Ilan Pappé, historiador israelí: “El origen de la violencia en Gaza está en la ideología racista de la eliminación del nativo”... El sionismo pertenece a la genealogía del racismo, no a la historia de los movimientos de liberación, que es como se enseña en la mayoría de las universidades estadounidenses... No, pertenece a la historia del racismo, que originalmente no era una ideología, sino que se manifestó como tal en la tierra de Palestina... Las políticas de eliminación forman parte del ADN sionista desde el inicio mismo del movimiento a finales del siglo XIX... Las políticas de eliminación pueden ser el genocidio, la limpieza étnica o el apartheid. Adoptan formas diferentes en lugares diferentes... en 2020, llevó a las Naciones Unidas a considerar que la vida en la Franja de Gaza es insostenible para los seres humanos... así que no se sorprendan cuando la gente se desborde: hay indignación, hay venganza, hay violencia, por supuesto que la hay... Esto mismo ocurrió con las rebeliones de los esclavos, de los indígenas americanos, de los pueblos colonizados desde la India hasta el norte de África... Es muy importante recordar a la gente cómo era Palestina antes de 1948: un lugar donde musulmanes, cristianos y judíos coexistían... nadie cuestiona el derecho de Argelia, Kenia e India a liberarse del colonialismo a pesar de los incidentes que hubo en la lucha por la liberación, de cualquier nivel de violencia que hubiera allí o de cualquiera que fuera el modo en que se produjera el enfrentamiento entre las fuerzas anticolonialistas y las fuerzas colonialistas, nunca cuestionamos el derecho básico a la liberación y la independencia, y tampoco deberíamos hacerlo en el caso de Palestina

 "Les agradezco mucho que nos dediquen su tiempo en este momento tan crucial y doloroso de la historia de Israel y Palestina. Antes del 7 de octubre de 2023, la mayor parte de la sociedad judía israelí observaba con cierto temor y aprensión la situación creada durante las últimas semanas de este mes, y el principal debate en Israel versaba sobre su futuro.

 Las manifestaciones semanales de cientos de miles de israelíes formaban parte de un movimiento de protesta contra el intento del Gobierno de cambiar la legislación constitucional en Israel y de crear un nuevo sistema político mediante el cual los poderes políticos tendrían un control total sobre el sistema judicial y la esfera pública estaría mucho más controlada por grupos judíos mesiánicos y religiosos.

En uno de mis artículos describo esa lucha particular por la identidad de Israel –que era el tema principal hasta el 7 de octubre de 2023– como una lucha entre el Estado de Judea y el Estado de Israel. El Estado de Judea lo establecieron los colonos judíos en Cisjordania y era una combinación de judaísmo mesiánico, fanatismo sionista y racismo que se convirtió en una especie de estructura de poder que se hizo mucho más notoria e importante en los últimos años –especialmente bajo el gobierno de Netanyahu– y que estaba a punto de imponer su forma de vida al resto de Israel más allá de lo que llamamos Judea y, en cierto sentido, más allá de Cisjordania o del espacio judío en Cisjordania.

 En su contra se alzó el Estado de Israel o, si se quiere, la ciudad de Tel Aviv, su mayor exponente. La idea de que Israel es pluralista, democrático, laico –y lo más importante, occidental o europeo– y que está luchando por su vida contra el Estado de Judea parecía ser el foco de atención de lo que podríamos llamar, si no una verdadera guerra civil, al menos una guerra civil fría, sin duda una guerra cultural entre los judíos israelíes, entre ellos mismos.

 Cuando algunas personas preguntamos a los dos bandos de este conflicto interno israelí si, por ejemplo, la ocupación de Cisjordania no debería formar parte del debate sobre el futuro de Israel, se nos respondió que no, que ninguna de las partes debía mencionar la ocupación, que es irrelevante para el futuro de Israel. De hecho, a cualquiera que intentara introducir el tema de la ocupación en las protestas semanales contra la reforma judicial o “revolución judicial”, como les gusta llamarla, se le pidió que se marchara y que no se dejara ver con el grupo más numeroso de manifestantes que ondeaban la bandera israelí. Sin duda, si alguien llevara la bandera palestina a esa manifestación, recibiría una paliza y le echarían, del mismo modo que si alguien mencionara el hecho de que tal vez el futuro de Israel también son las condiciones y la situación de los casi dos millones de ciudadanos palestinos de Israel que en el último año han atravesado un proceso de persecución por parte de bandas criminales que aterrorizan sus vidas. Por todo Israel hay bandas criminales fuertemente armadas –muchas de ellas formadas por antiguos colaboradores de Israel en Cisjordania y la Franja de Gaza que fueron sacados de estos territorios tras el Acuerdo de Oslo y que son totalmente inmunes a cualquier tipo de persecución policial o acción penal efectiva–, lo que supone que, como muchos de ustedes sabrán, los palestinos que viven en el propio Israel, me refiero a ciudadanos israelíes, tienen miedo de salir por la noche debido a la nueva realidad en sus calles y espacios. Tampoco se permitía que este tema formara parte del debate público sobre el futuro de Israel.

 Si se intentaba mencionar Jerusalén Este y la limpieza étnica de los barrios árabes de Jerusalén, los manifestantes y sus líderes declaraban, de nuevo, que no era un tema importante. O como dijo Amira Hass, la valiente periodista de Haaretz, por lo que respecta a los israelíes, hasta el 7 de octubre de 2023, la ocupación no existía, lo que significaba que ya no existía como problema. Está resuelto; hay una enorme presencia de asentamientos judíos en Cisjordania, ya nadie tiene que ocuparse de ello. De hecho, en las últimas cuatro campañas electorales en Israel, y hubo una cada año, nadie mencionó el tema, la cuestión u ocupación palestina, como quieran llamarlo. No se le pidió a los israelíes que votaran sobre este tema porque ya no existía como problema. Si alguien mencionaba la Franja de Gaza y se volvía a hablar del asedio, le respondían: ¿de qué estás hablando? Se trataba de una cuestión que ya no preocupaba a nadie, del mismo modo que la matanza diaria de palestinos en los últimos dos años en Cisjordania. Pero la constante y recurrente invasión de Al-Aqsa no pasa desapercibida, y el hecho de que las débiles autoridades palestinas sean incapaces de proteger a los palestinos de la violencia ejercida por los colonos, el ejército israelí y la policía fronteriza israelí, no significa que no haya grupos dispuestos a defender a los palestinos, no sólo en la Franja de Gaza, sino también en otras partes de la Palestina histórica. Esto se ha comunicado una y otra vez a la opinión pública israelí, a los responsables políticos, a los jefes del ejército y de los servicios secretos israelíes, pero todos sostenían que no había ningún problema. El único problema era la reforma legal, nos gustase o no.

 Y estaba muy claro por qué no se trataban todas estas otras cuestiones. Porque, en esencia, lo que teníamos en Israel era una lucha entre dos formas de apartheid. Por una parte, estaba el apartheid israelí laico, en el que los judíos israelíes sin duda disfrutan de la vida en una democracia plural, al estilo occidental. Por otra parte, tenías la versión contraria del apartheid, la mesiánica, la religiosa, la teocrática. De modo que la lucha era una cuestión interna judía sobre el tipo de vida judía en la esfera pública, sin ninguna referencia a la vida de los palestinos, ya fueran palestinos sometidos a la ocupación en Cisjordania, al asedio en la Franja de Gaza o a un sistema discriminatorio dentro de Israel, por no hablar de los muchos millones de refugiados palestinos: todo esto no estaba allí.

 La mañana del 7 de octubre, todo esto explotó en la cara de los israelíes. Y ahora existe la ilusión óptica de que, debido a la conmoción que sin duda sufrió Israel esa mañana, todas estas grietas del edificio sionista han desaparecido porque el ataque de Hamás fue tan brutal, tan devastador, que todos los debates internos se han olvidado, y todo el mundo está unido en torno al ejército y su plan actual para invadir la Franja de Gaza y comenzar con lo que ya estaba en marcha: las políticas genocidas sobre el terreno. Creo que es una ilusión óptica, que el conflicto interno israelí no va a desaparecer. Volverá. No sé cuándo, pero volverá. Sin embargo, lo más importante es que como activistas, como académicos, cualquiera que de un modo u otro esté relacionado con Palestina y la lucha palestina, independientemente de cómo entendamos y enfoquemos los acontecimientos del 7 de octubre desde un punto de vista humano, estratégico, moral, como quiera que lo hagamos, no caigamos en la trampa de descontextualizar y eliminar la perspectiva histórica de estos acontecimientos –y parece que hay bastante gente buena en este país que está cayendo en ello–. Esto es algo que no va a cambiar en las próximas semanas. La realidad básica sobre el terreno sigue siendo la misma que existía antes del 7 de octubre.

 El pueblo palestino está inmerso en una lucha por la liberación probablemente desde 1929. Es una lucha contra sus colonizadores y, como toda lucha anticolonial, tiene sus altibajos, sus momentos de gloria y sus difíciles momentos de violencia. La descolonización no es un proceso farmacéutico y estéril, es un asunto desordenado. Y cuanto más duren el colonialismo y la opresión, más probable será que el estallido sea violento y desesperado en muchísimos sentidos. Es sumamente importante recordar a la gente la historia de las rebeliones de los esclavos en este país y cómo se acabó con las revueltas de los nativos americanos, las rebeliones de los argelinos contra los colonos en Argelia, la masacre de Orán durante la lucha del ELN (Ejército de Liberación Nacional) por la liberación. En ocasiones se pueden cuestionar algunas de las ideas estratégicas, se puede tener momentos de inquietud, y con razón, sobre la forma en que se están haciendo las cosas; sin embargo, si no se descontextualiza, si no se elimina la perspectiva histórica del propio acontecimiento, nunca se pierde la brújula moral.

 Parece que estemos luchando contra una cobertura típica –tanto por parte de los medios de comunicación como del mundo académico de este país, de Occidente y del hemisferio norte en general–, que tiene esa capacidad de tratar un acontecimiento como si no tuviera historia ni consecuencias. Incluso los relatos sobre el festival que fue atacado el 7 de octubre no mencionan el hecho de que se trataba de un festival sobre el amor y la paz: a kilómetro y medio del gueto de Gaza, la gente estaba celebrando el amor y la paz mientras la población gazatí estaba siendo sometida a uno de los asedios más brutales de la historia de la humanidad, que se prolonga desde hace más de 15 años. Los israelíes deciden cuántas calorías entran en la Franja de Gaza, quién entra y sale, y retienen a dos millones de personas en la mayor cárcel a cielo abierto del planeta.

 Todos estos contextos permiten navegar con moralidad sin perder esa brújula; sin embargo, mucho más importante que el contexto inmediato e incluso el contexto del asedio –y en esto me gustaría centrarme hoy– es el hecho de que uno de nuestros mayores retos como activistas en defensa de Palestina, o estudiosos de Palestina comprometidos, es que no podemos desafiar décadas de propaganda e invención, enfrentarnos a esa narrativa, con frases cortas. Creo que este es nuestro principal problema. Necesitamos espacio y tiempo para explicar la realidad ante la enorme cantidad de canales, fuentes de información e instituciones culturales que han proyectado una imagen y un análisis de Palestina falso, inventado, que se ha construido a lo largo de los años con la ayuda del mundo académico, los medios de comunicación, Hollywood, las series de televisión, etcétera. Todo esto influye en las mentes y las emociones de la gente y crea una historia determinada que no se puede cuestionar con una sola frase. Ni siquiera se puede desafiar únicamente con el sentido de la justicia, sino con un sentido de la justicia basado en un profundo conocimiento de la historia, con un análisis profundo y preciso de la realidad mediante el uso del lenguaje adecuado, porque el que utilizan incluso las fuerzas liberales, llamadas progresistas, es un lenguaje que inmuniza a Israel y no permite que la lucha anticolonial palestina se justifique, se acepte y se legitime. Y, ya saben, en el panteón de la lucha anticolonialista, en el que mucha gente pondría a un montón de héroes –desde Nelson Mandela a Gandhi y a otros importantes líderes del movimiento por la liberación–, no encontrarán a ningún palestino. Siempre serán tratados como terroristas, cuando en esencia es un movimiento anticolonialista. Y para emplear el lenguaje adecuado, conocer la historia del lugar y llevar a cabo un análisis correcto se necesita, como he dicho, espacio; no puedes llegar y decirle a alguien: tú estás equivocado y yo tengo razón. Y es un enorme reto para todos nosotros en un momento como el que se está viviendo estos días en Estados Unidos, por ejemplo, donde parece haber un apoyo incondicional a Israel y una postura hipócrita ante el sufrimiento de los israelíes que no se mostró ante el sufrimiento de los palestinos en ningún momento de la historia de Palestina.

 Las lecciones de Historia, por así decirlo, son el antídoto a la eliminación de la perspectiva histórica de los acontecimientos del 7 de octubre y los que se están desarrollando ante nuestros ojos hoy –y probablemente en las próximas semanas, si no meses–. El contexto histórico tiene dos niveles, dos pilares básicos sobre los que deberían apoyarse el ámbito académico o el de los medios de comunicación y que considero muy importantes para cualquiera que participe en debates públicos a título individual o institucional. Uno es no dejar nunca de insistir en una definición precisa del sionismo, esto es muy importante: no se debería permitir ninguna discusión sobre lo que ocurre hoy en Israel o en Palestina sin hablar del sionismo. Israel y sus partidarios han invertido mucho esfuerzo en equiparar el antisionismo con el antisemitismo para que, si alguna vez mencionas la palabra “sionismo”, estés pisando el peligroso terreno de ser considerado antisemita, y por lo tanto, seas silenciado. Sin embargo, eso no significa que esta no sea la única manera correcta de iniciar el relato, que comienza con una ideología que es racista y muy dura. El sionismo pertenece a la genealogía del racismo, no a la historia de los movimientos de liberación –que es como se enseña en la mayoría de las universidades estadounidenses–, no a la historia de los movimientos nacionales –que es como se enseña en la mayor parte del hemisferio norte o de la que hablan o cubren los medios de comunicación occidentales–. No, pertenece a la historia del racismo, que originalmente no era una ideología, sino que se manifestó como tal en la tierra de Palestina.

 Y este racismo forma parte de la naturaleza colonialista del movimiento sionista, que no es excepcional y con la que ustedes también están familiarizados en este país de europeos que no eran aceptados como tales, que fueron expulsados de Europa y tuvieron que encontrar un lugar diferente. Y encontraron países en los que vivían otras personas y, como dijo el difunto Patrick Wolf, en ese encuentro se activó la lógica de la eliminación del nativo, en el momento en que esos colonos se encontraron con los indígenas. Y eso también es cierto en el caso de Palestina. Las políticas de eliminación forman parte del ADN sionista desde el inicio mismo del movimiento a finales del siglo XIX. Para decirlo con palabras menos académicas, se quería la mayor parte posible de Palestina con el menor número posible de palestinos. Siempre existieron la dimensión demográfica y la geográfica, la de la población y la del espacio: cuanto más espacio tienes, menos quieres a la población indígena que hay en él.

 Las políticas de eliminación pueden ser el genocidio, la limpieza étnica o el apartheid. Adoptan formas diferentes en lugares diferentes o en el mismo lugar según la capacidad, las circunstancias históricas y la situación. Sin embargo, no se puede separar lo que pasa en Gaza de estas políticas israelíes de eliminación del nativo, que tienen su origen en el pensamiento sionista –en los dibujos de los pintores sionistas, en la escritura de los intelectuales sionistas–, y que en 1930 se convirtieron en una estrategia que se implementó por primera vez en 1948, con la limpieza étnica que terminó con la expulsión de la mitad de los palestinos y la destrucción de la mitad de los pueblos de Palestina. Por cierto, muchos pueblos israelíes están construidos sobre las ruinas de aquellos; algunos kibutz que fueron ocupados por Hamás durante unas horas se construyeron sobre las ruinas de esos pueblos palestinos de 1948, y una cantidad considerable de los palestinos que entraron en los kibutz eran una tercera generación de refugiados de estos mismos pueblos destruidos no lejos de Gaza. Esto también forma parte de la historia. No estoy justificando lo que se hizo, sino que trato de ofrecer un contexto histórico, sin el cual no se llega al origen de la violencia y sólo se abordan sus síntomas. Hay que ir al origen de la violencia, que es una determinada ideología racista que, en su esencia, es la idea de la eliminación del nativo y, como digo, no es algo exclusivo del sionismo.

 Hubo otros movimientos coloniales europeos que, sin duda, estaban motivados e inspirados por la idea de la eliminación del nativo. De modo que, si observamos esa historia de un modo superficial, se infiere que lo verdaderamente importante de un movimiento ideológico que está motivado por la idea de poseer la mayor cantidad posible del nuevo territorio con la menor cantidad posible de su gente nativa es el período histórico en el que fue concebido y en el que se promulgaron sus políticas de eliminación. Ahora bien, si esas políticas de eliminación se promulgan en el siglo XIX, como se hizo en Estados Unidos, estamos hablando de un mundo bastante indiferente al colonialismo, al racismo y a otros derechos humanos o derechos civiles colectivos. Sin embargo, si te paras un minuto a pensar, te das cuenta de que esto se hizo después de la Segunda Guerra Mundial, el año que se promulgó la Declaración de los Derechos Humanos que el hemisferio norte estaba tan orgulloso de mostrar al mundo para manifestar que ya teníamos las bases morales que aseguraran que la matanza masiva de personas y el racismo que habíamos visto en tantos lugares serían erradicados, porque existía un consenso moral. Cuando te das cuenta de que, ese mismo año, Sudáfrica promulgó la ley del apartheid e Israel ejerció la limpieza étnica de Palestina, empiezas a comprender el mensaje que, en 1948, recibieron tanto el régimen del apartheid en Sudáfrica como, lo que es más importante, el Estado sionista por parte de la comunidad internacional: sí, anunciamos con orgullo la Declaración de los Derechos Humanos, pero también les decimos que a ustedes no se les aplica. El mensaje del mundo era que la limpieza étnica de Palestina era aceptable principalmente por una razón –esta era la propaganda, yo no creo que fuera la verdadera razón–, que era, como dijo un intelectual estadounidense, tolerar una pequeña injusticia para corregir una injusticia mucho mayor. Concretamente, los palestinos tenían que compensar a los judíos por mil años de antisemitismo europeo y cristiano. El trato estaba muy claro, y por eso Israel fue el primer Estado en reconocer una nueva Alemania. La gente en Europa y en Occidente dudaba mucho si aceptar a Alemania Occidental como miembro de las naciones civilizadas tan pocos años después del régimen nazi. Israel pretendía, y no con razón, representar tanto a los supervivientes como a las víctimas del Holocausto. Como máximos representantes del Holocausto, los israelíes dijeron: reconoceremos una nueva Alemania y, a cambio, queremos la no injerencia de Occidente en lo que estamos haciendo en Palestina. Se habría esperado que Israel fuera, como mínimo, el tercer país que reconociera una nueva Alemania, no el primero. Pero llegar a este acuerdo era muy importante para ellos. También implicó que la nueva Alemania proporcionara a Israel una enorme ayuda financiera que contribuyó a construir el moderno ejército israelí a principios de la década de 1950.

 Ahora bien, como el mensaje que lanzó el mundo fue que, en el caso del Estado de Israel, la limpieza étnica era un método aceptable de estrategia para la seguridad nacional, no es sorprendente que la limpieza étnica continuara. Israel expulsó a 36 pueblos entre 1948 y 1967 dentro de Israel, Israel expulsó a 300.000 palestinos de Cisjordania y la Franja de Gaza durante la guerra de junio de 1967. Desde 1967 hasta hoy, Israel ha expulsado a casi 700.000 palestinos de Cisjordania y la Franja de Gaza. Y mientras hablamos, Israel continúa la limpieza étnica en lugares como Maghazi, Gaza, el sur, las montañas de Hebrón, la zona del Gran Jerusalén y otros lugares de Palestina. La limpieza étnica se ha convertido en el ADN de la política israelí hacia los palestinos, y emplea a cientos de miles de personas para llevarla a cabo, porque no se trata de limpiezas étnicas masivas como en 1948, sino de limpiezas étnicas graduales. A veces es la expulsión de una persona o de una familia, a veces es el cierre de un pueblo o el cerco de la Franja de Gaza, que también es una forma de limpieza étnica, porque si creas el gueto de Gaza, no tienes que incluir a esos dos millones de palestinos dentro del balance demográfico de árabes y judíos, porque estos palestinos no tienen voz ni voto en el futuro de la Palestina histórica.

 Este es el único pilar histórico necesario para responder cuando alguien nos diga que si ondeamos la bandera palestina estamos apoyando el terrorismo o emplee ese vil lenguaje que la gente utiliza ahora contra los palestinos. Si la gente compara lo que ocurrió el 7 de octubre por la mañana con el Holocausto –y con ello tergiversan totalmente el Holocausto, su memoria–, o no lo entienden o no saben lo que hacen. Pero incluso si insisten y tratan de dar lecciones de moralidad, es muy importante situar este acontecimiento concreto en la historia más amplia de la Palestina moderna, y en la historia particular del asedio inhumano de dos millones de personas en Gaza que comenzó en 2007 –probablemente el más largo que jamás haya sufrido un número tan grande de personas en lo que respecta a alimentos, agua, libertad de movimiento y otras necesidades básicas de la vida–, y que, en 2020, llevó a las Naciones Unidas a considerar que la vida en la Franja de Gaza es insostenible para los seres humanos. Hace ya tres años pensaban que ya habíamos cruzado la línea roja en Gaza, así que no se sorprendan cuando la gente se desborde: hay indignación, hay venganza, hay violencia, por supuesto que la hay.

 Esto mismo ocurrió con las rebeliones de los esclavos, de los indígenas americanos, de los pueblos colonizados desde la India hasta el norte de África. La lucha anticolonial, como he dicho antes, no es cosa de cuáqueros y pacifistas. Puede ser muy violenta o muy pacífica, y en gran parte depende de hasta qué punto el colonizador, el limpiador étnico, esté dispuesto a asumir el hecho de que las personas a las que colonizaron u oprimieron no van a desaparecer y no van a abandonar su lucha. Cuanto antes lo entiendan, más probabilidades habrá de que se produzca una transformación mucho más pacífica de una realidad colonialista a una realidad poscolonialista. Si se niegan a entenderlo, les golpeará en la cara una y otra vez, y el 7 de octubre no será el último momento de dicha circunstancia.

 Sin embargo, también hay otro pilar histórico sobre el que me gustaría poner el foco. Es muy importante porque en todo el discurso que acompañó la cobertura de los medios de comunicación y de los políticos de este país, y de Occidente en general, era muy fácil ver cómo se tiende a generalizar sobre los palestinos. Lo hemos oído antes sobre los musulmanes en general después del 11-S, contra cualquier pueblo que se atreviera a desafiar a los imperios durante el período colonialista. No hay nada nuevo en ello, pero es importante recordar a la gente que el sionismo fue un desastre que destruyó una Palestina que habría sido diferente sin el sionismo.

 Es muy importante recordar a la gente cómo era Palestina antes de 1948: un lugar donde musulmanes, cristianos y judíos coexistían, cuando la coexistencia no era una idea imaginaria de vive y deja vivir, sino que era una forma genuina de convivir. No hay que idealizarla, por supuesto que tuvo su tensión y sus momentos de crisis, pero era un mosaico de vida que, en particular en Palestina, permitía a la gente disfrutar también de lo que la tierra ofrecía, algo que hoy no existe, como por ejemplo, abundancia de agua. Únicamente las personas que recuerdan la Palestina anterior a 1948 saben que cada pueblo palestino tenía un arroyo de agua dulce. Esa fábula sionista que acaba de repetir la presidenta de la Comisión Europea al afirmar que el sionismo hizo florecer el desierto, es una tremenda invención. En muchos lugares, el sionismo convirtió un país floreciente en un desierto. Hay que recordarlo, pero sólo se puede hacer si, con la ayuda de historiadores, se reconstruye la Palestina anterior a 1948 en lo que respecta tanto a las relaciones humanas como a la ecología; la conexión que había entre los palestinos y las hierbas, por ejemplo, en la naturaleza que el sionismo destruyó y que formaba parte de la calidad de vida que tenían los palestinos. O, como dijo el difunto Emil Habibi: “Cuando vivía en la calle Abbas de Haifa, antes de 1948, no sabía quién era cristiano o musulmán en mi calle”. Y creo que no es una mera cuestión nostálgica; si se quiere, se trata de una historia alternativa, en el sentido de que existía la posibilidad de una Palestina diferente.

 Y en esa historia hay que incluir también el hecho de que el movimiento nacional anticolonialista palestino, desde el momento en que el sionismo puso un pie en la Palestina histórica, fue fiel a dos principios –y esto está tan bien documentado que no hay que esforzarse mucho para encontrarlo–, que comunicaron a los americanos porque fueron estos los que llevaron estos principios al mundo árabe a través del presidente Woodrow Wilson, especialmente al Mediterráneo oriental en 1919, y después fue Naciones Unidas la que, de algún modo, insistió sobre estos principios. Uno de los principios era el derecho de autodeterminación de los pueblos. Los palestinos dijeron que también merecían el derecho a la autodeterminación, como los iraquíes, los libaneses, los egipcios. El otro principio era la democracia. Si nos apartan del dominio otomano, bajo el que estuvimos 400 años, y quieren que decidamos nuestro futuro posotomano cabe preguntarse cuál será la naturaleza de nuestro régimen, de nuestro Estado, de nuestra existencia política, razonaron. Queremos decidir democráticamente, a través del voto de la mayoría, si queremos formar parte de la Gran Siria, ser una Palestina árabe independiente o formar parte de una república panárabe federada. En cualquier caso, depende de nosotros. Y todas las delegaciones estadounidenses que fueron a Palestina desde 1918 hasta 1948 respondieron a los palestinos que, aunque los principios de democracia y autodeterminación eran apreciados por el mundo occidental y los consideraban los pilares sobre los que construir el nuevo mundo árabe posotomano, no podían aplicarse a Palestina. El Imperio británico había prometido que Palestina se convertiría en un Estado judío, y como los judíos son una minoría tan pequeña, el principio de autodeterminación no podía aplicarse a los palestinos. Y, por supuesto, el principio de elección mayoritaria o democrática estaba descartado para ellos. Esto también es importante en el contexto de nuestro viaje histórico al pasado, para contextualizar el tipo de opresión, el tipo de historia o genealogía del racismo que fue respaldado y apoyado por Occidente en el caso de Palestina.

 Ahora bien, este otro pilar no sólo es importante para recordarnos lo que hizo el sionismo o lo que podría haber sido Palestina. Es la base sobre la que construiremos una Palestina posliberada, poscolonial, son los cimientos. Y hay que pensar en los elementos de este pasado y en cómo se relacionan con una realidad diferente de la que tuvimos, y no hay que dejar que el actual ataque a la Franja de Gaza, las políticas genocidas de Israel, impidan seguir pensando en la liberación de Palestina y en cómo sería la Palestina liberada. Y hay que hablar con los palestinos que no sólo piensan en el movimiento táctico de mañana, sino que visualizan una Palestina liberada. Eso es lo que hice en el libro que escribí con Ramzy Baroud: hablamos con cuarenta intelectuales palestinos y les preguntamos cómo visualizaban una Palestina liberada. Y su visión de la liberación no sólo incluye cómo luchar por ella, sino lo que traerá consigo, que es todo lo que tenían en Palestina antes de 1948: una sociedad que no discrimina por motivos de religión, secta o identidad cultural, una sociedad que respeta la democracia y el principio de vive y deja vivir. Y lo que es más importante, tal vez más que cualquier otra cosa, una sociedad que devuelva Palestina al mundo árabe, al mundo musulmán, que le permita volver, de forma natural, al lugar del que fue extraída por la fuerza.

Ahora bien, formar parte del mundo árabe no es un escenario fácil para mucha gente, y con razón. Pero es imposible ser parte de la solución, o de escenarios más positivos para el mundo árabe, si no se forma parte de los problemas del mundo árabe. No se puede debatir sobre los derechos humanos en Irán o los derechos civiles en Egipto sin incluir los derechos humanos y civiles de los palestinos. Estos debates no tienen sentido porque siempre se llega a la excepcionalidad de los palestinos por esa falta de derechos, y a una posición de inferioridad si, desde fuera, se pretende ayudar al mundo árabe a tratar estas cuestiones de derechos humanos y civiles. Y únicamente cuando la Palestina del futuro forme parte del mundo árabe, será parte de sus problemas, pero también será parte de su solución.

Terminaré diciendo, sólo para insistir en el punto principal que realmente quiero plantear hoy, que siempre hay un espejismo dentro del drama, y no se puede subestimar el drama que estamos viendo. Desgraciadamente, creo que sólo es el principio: Israel va a imponer una catástrofe humana no sólo en la Franja de Gaza, sino lamentablemente también en Cisjordania, porque van a utilizar lo que está ocurriendo como pretexto para cambiar también las políticas en Cisjordania. Por supuesto, lo más urgente es intentar pararlo desde Occidente con todos los medios a nuestro alcance, presionar para que haya una intervención internacional que ponga fin a estas políticas genocidas que, mucho me temo, se extenderán también a Cisjordania. Sin embargo, también tenemos que elaborar estrategias para el futuro, porque las cuestiones básicas seguirán ahí después de que este momento concreto termine de un modo u otro. Y, en mi opinión, este tipo de debate es el que garantiza que no perdamos nuestra brújula moral. No nos disuade el modo en que la gente intenta decirnos, sin duda después de lo que ocurrió el 7 de octubre, que no podemos mantener nuestras antiguas posturas sobre moralidad. Y debemos recordarles que nadie cuestiona el derecho de Argelia, Kenia e India a liberarse del colonialismo a pesar de los incidentes que hubo en la lucha por la liberación, de cualquier nivel de violencia que hubiera allí o de cualquiera que fuera el modo en que se produjera el enfrentamiento entre las fuerzas anticolonialistas y las fuerzas colonialistas, nunca cuestionamos el derecho básico a la liberación y la independencia, y tampoco deberíamos hacerlo en el caso de Palestina: si queremos una Palestina en paz, hay que hablar, ante todo, de una Palestina libre. Gracias.

 El siguiente texto es una transcripción de la charla que ofreció el historiador israelí Ilan Pappé en la Universidad de Berkeley, California, el pasado 19 de octubre de 2023. Pappé es director del Centro Europeo de Estudios Palestinos en la Universidad de Exeter"

 (Ilan Pappé, CTXT, 7/11/2023)

2/2/24

La deshumanización del otro, antesala de la agresión... A lo largo de la historia, en diversos conflictos se ha utilizado la deshumanización de determinados grupos para generar un clima social permisivo con la violencia.

 "«El genocidio empieza por la deshumanización», dijo Adama Dieng, asesor especial sobre la Prevención del Genocidio de las Naciones Unidas, en 2014. Pero su frase resuena con fuerza en la actualidad. Son numerosos los expertos que señalan cómo el discurso del odio suele preceder a la violencia a gran escala, algo que ha quedado patente, por ejemplo, en el marco del conflicto palestino-israelí, después de que el ministro de Defensa de Israel afirmara: «Estamos luchando contra animales humanos y actuamos en consecuencia».

No se trata de un mecanismo nuevo, ni inocente. A lo largo de la historia podemos encontrar innumerables ejemplos; y probablemente el más analizado sea el que acompañó al Holocausto. Ratas, piojos, cucarachas, zorros, buitres son algunos de los animales que los nazis usaban para definir a los judíos y despojarlos así, a través del discurso, de sus características humanas. En otras ocasiones, especialmente tras el inicio del Holocausto, la propaganda nazi optaba por retratar a los judíos como agentes insidiosos y astutos de malevolencia, en un intento de demonización.

En los procesos de colonización también se utilizó un discurso deshumanizador para legitimar la privación de derechos a los pueblos indígenas de los territorios conquistados. Así, los indios americanos eran directamente «salvajes», mientras que el cristianismo y la raza blanca eran sinónimo de «civilización» o «humanidad». Esto quedó claramente reflejado en el imaginario social construido por la literatura, la plástica y la historiografía, que siguió reproduciendo esos mismos clichés hasta prácticamente la actualidad. Lo mismo ocurrió en Asia o en África, donde el colonizado era comparado frecuentemente con animales. Como denunció el psiquiatra Frantz Fanon en su libro Los condenados de la tierra, «el lenguaje del colono es un lenguaje zoológico».

Otro caso paradigmático sobre el que se ha hablado mucho es el del genocidio ruandés. En la Radio Télévision Libre des Mille Collines el odio a la minoría tutsi se azuzaba con lenguaje degradante y calificativos animales. Se comparaba a los tutsis con cucarachas, serpientes y conejos «que había que matar».

Se trata de un concepto habitual en las guerras, especialmente en la lógica genocida, en la que está muy estudiado. La deshumanización es la cuarta fase de las 10 etapas de genocidio establecidas por el profesor Gregory Stanton. Tras clasificar a las personas entre «nosotros» y «ellos», establecer símbolos visibles de dicha clasificación y restringir los derechos del subgrupo minoritario, llega el momento de despojarles de su humanidad, comparándolos con animales, demonios o enfermedades. A pocas fases de distancia llega la preparación para el exterminio, la persecución y los asesinatos en masa.

Evidentemente, no hace falta deshumanizar a alguien para agredirlo, pero son muchos los expertos que han alertado de que estos procesos de deshumanización se asocian a una mayor disposición a perpetrar la violencia. Por otro lado, como explicó Nick Haslma a la BBC, hay poca evidencia de que el lenguaje deshumanizador cause el comportamiento violento, pero hay muchísima evidencia de que lo acompaña. Las personas que deshumanizan a otras son mucho más propensas a tratarlas mal.

Por un lado, la deshumanización hace más fácil para el perpetrador ser cruel con su víctima. Al fin y al cabo, los seres humanos contamos con numerosas prohibiciones morales y reticencias psicológicas que nos impiden hacer daño a otros. A priori, a todos nos parece inconcebible matar a otra persona, y aquellos que forman parte del brazo ejecutor de un genocidio, por ejemplo, no tienen por qué ser una excepción. La deshumanización funciona así como una manera de subvertir las inhibiciones sociales contra la violencia. Matar a un gusano siempre será más fácil que matar a un hombre o una mujer.

En este contexto, el lenguaje es solo uno más de los muchos mecanismos que se pueden emplear para despojar a alguien de su condición humana: reemplazar los nombres por números, rapar las cabezas, vestir a todos de la misma manera, hacerles vivir entre suciedad y excrementos… ¿Cuál es el objetivo de todo eso? Como rememora el psicólogo social James Edward Waller en el vídeo «Dehumanizing the enemy» tras preguntar a un comandante del campo de exterminio de Treblinka por qué tanta humillación, por qué no matar a los habitantes del campo sin más, él respondió: «Porque así es más fácil para mis hombres hacer lo que tienen que hacer».

Por otro lado, para quien no comete el crimen, para quien simplemente es testigo, también resulta mucho más fácil de justificar si la persona o el grupo agredido se ve como algo diferente a uno mismo, como seres «subhumanos». En un estudio en Estados Unidos se concluyó que los participantes que habían sido expuestos a comparaciones vejatorias sobre la población negra eran más proclives a tolerar una respuesta desproporcionalmente agresiva por parte de la policía. De la misma manera, otro trabajo mostró cómo aquellos que deshumanizaban a los musulmanes eran más partidarios de tácticas de contraterrorismo violentas.

Esto hace especialmente relevante el papel de los medios de comunicación. Está claro que el lenguaje juega un papel clave en la construcción del relato, en la visión que tenemos del conflicto, de quienes son los «buenos» y los «malos», pero también, como estamos viendo, puede contribuir a crear distancia con el sufrimiento de las víctimas, o a hacer que la opinión pública vea a unas víctimas como más merecedoras del trato recibido que a otras. Cuanto más escuchamos describir a un grupo de manera deshumanizada, más probabilidades tenemos de acabar deshumanizándolo. Ninguna persona, en ningún contexto, debería ser comparada con gusanos, ratas o cucarachas. Porque cuando se hace es para justificar lo injustificable."              (Cristina Domínguez , ethic, 27/11/23)

9/11/23

La humillación sufrida a manos de los nazis requirió una compensación psíquica, y esta compensación es la persecución y el exterminio del pueblo palestino... Después de todo, eso es lo que están haciendo, ¿verdad? Pero las víctimas, al parecer, a las que les han robado no solo sus tierras sino sus vidas, sólo aspiran a convertirse en verdugos, y a menudo lo consiguen. Por lo tanto, la espiral no se detendrá... La ética está muerta y la piedad está muerta. No puede haber ética en el comportamiento de los jóvenes que crecieron en la prisión de Gaza, porque sus mentes no pueden considerar al otro (el soldado israelí que te espera con el arma desenvainada y te mata en cada cruce de caminos) excepto como carcelero, torturador, enemigo mortal... Israel ha perdido la cabeza. Todo en el comportamiento de los israelíes demuestra que se está produciendo una crisis psicótica, que perjudicará mucho a los palestinos, pero también perjudicará mucho a los israelíes... los políticos y soldados que gobiernan Israel hablan de animales humanos que hay que exterminar... ¿Cómo pueden? No hay explicación ética ni política. La única explicación al comportamiento de ambos es la psicopatía, el sufrimiento psíquico, el deseo de sangre, el horror, la muerte. Por tanto, es necesario explicar esta guerra en términos de psicopatogénesis, como efecto de la incapacidad de las víctimas para curar su dolor... La persecución y exterminio de los judíos en los años de la II Guerra Mundial provocó un sufrimiento inmenso y duradero que buscó alivio en la violencia y la venganza contra un pueblo que nada tuvo que ver con el Holocausto, pero que era lo suficientemente débil como para convertirse en la víctima de la víctima (Franco 'Bifo' Berardi)

"Los excesos cometidos en nombre del deber de recordar son de tal magnitud que apelaríamos gustosamente, tanto por razones de sentido común como de civismo, al deber de olvidar. Pensemos por un instante en el desafortunado héroe de Borges, Funes el memorioso, que precisamente no podía olvidar nada y que, por lo tanto, vivía un infierno, incapaz de organizar el caos que retumbaba en su pobre cabeza. Lo mismo sucede con un grupo humano: al no querer olvidar, se expone a confundir el presente que vive con un falso presente, alucinatorio, que parasita al primero en nombre de las ofensas no reparadas del pasado".

El documental Nacido en Gaza de Hernán Zin se puede encontrar en Netflix y Filmin. Si se me permite, recomiendo a todos que lo vean: cuenta la historia de diez niños de entre seis y catorce años, durante la guerra de 2014, una de las muchas guerras que Israel desató contra los palestinos y los palestinos desataron contra Israel.

Estos niños hablan de los bombardeos, de las heridas que recibieron, del terror que viven cada día, del hambre que sufren; dicen que la vida que viven no es vida, que morir sería mejor. Es probable que estas personas, que eran niños en 2014, sean ahora militantes de Hamás y que hayan participado en los ataques del 7 de octubre.

Si yo estuviera en su lugar en lugar de ser yo, un viejo intelectual que vive cómodamente en su casa de una ciudad italiana donde por el momento no hay bombardeos, si yo fuera uno de esos que fueron niños bajo las bombas de 2014, hoy sería un guerrillero que sólo quiere matar a un israelí. ¿Me horrorizaría?

Claro que me horrorizaría, pero mi pacifismo tranquilo es simplemente un privilegio que disfruto porque no viví mi infancia en Gaza, ni en lugares como Gaza.

Por lo tanto, creo que Israel sólo tiene una manera de erradicar a Hamás: matar a todos los palestinos que viven en Gaza, en los territorios ocupados y también en otros lugares: a todos, a todos, a todos, especialmente a los niños.

Después de todo, eso es lo que están haciendo, ¿verdad? Se llama genocidio, pero es completamente racional.

Los gobiernos europeos, muy racionales, apoyan el genocidio; Macron ha dicho que le gustaría participar en el genocidio con una coalición.

Scholz dijo que, dado que Alemania cometió genocidio en el pasado, ahora tiene el deber de apoyar a quienes cometen genocidio hoy.

¿Es esta la única manera de erradicar el genocidio?

Quizás habría otra manera de erradicarlo: la paz incondicional, la renuncia a la victoria, la amistad, la deserción, la alianza entre las víctimas: las víctimas de Hitler, y las víctimas de Herodes-Netanyahu.

Pero las víctimas, al parecer, a las que les han robado no solo sus tierras sino sus vidas, sólo aspiran a convertirse en verdugos, y a menudo lo consiguen. Por lo tanto, la espiral no se detendrá y no sabemos qué vórtice está destinado a alimentar.

Hay algo monstruoso en las mentes de los palestinos que han vivido en el terror. Y hay algo igualmente monstruoso en la mente de los israelíes.

Pero ¿cómo juzgar el comportamiento de los pueblos, cómo juzgar las explosiones de violencia que se multiplican en la vida colectiva?

¿Podemos juzgar el comportamiento de los militantes de Hamás o el de los colonos supremacistas israelíes en términos éticos o políticos?

La razón ética está fuera de juego, porque la ética está totalmente borrada del panorama colectivo de nuestro tiempo.

La ética es la valoración de la acción desde el punto de vista del bien del otro como continuación de uno mismo. Pero en las condiciones de guerra generalizada en las que se mueve la sociedad contemporánea, el otro es sólo enemigo: éste es el efecto de la infección liberal-competitiva, y de la infección nacionalista (como en Ucrania): defensa del territorio físico e imaginario significa guerra.

La ética está muerta y la piedad está muerta. No puede haber ética en el comportamiento de los jóvenes que crecieron en la prisión de Gaza, porque sus mentes no pueden considerar al otro (el soldado israelí que te espera con el arma desenvainada y te mata en cada cruce de caminos) excepto como carcelero, torturador, enemigo mortal. Cada fragmento (pueblo, etnia, mafia, organización, partido, familia, individuo) lucha desesperadamente por su propia supervivencia, como lobos luchando contra lobos.

Al igual que la razón ética, la razón política ya no es relevante en una situación en la que la decisión estratégica es reemplazada por micro decisiones de supervivencia inmediata.

Israel reacciona a la legítima violencia de Hamás de una manera que puede o no ser militarmente efectiva. Pero ciertamente no es políticamente eficaz.

El grupo gobernante de Israel es un grupo de mafiosos corruptos que han estado dando un espectáculo durante años con su cinismo y oportunismo. Ahora se encuentran ante una situación que ni siquiera habían imaginado y que excede sus facultades de comprensión política.

Israel ha perdido la cabeza. Todo en el comportamiento de los israelíes demuestra que se está produciendo una crisis psicótica, que perjudicará mucho a los palestinos, pero también perjudicará mucho a los israelíes.

Desde un punto de vista ético, Israel ha olvidado durante mucho tiempo, incluso desde el comienzo de su existencia, que el otro tiene la misma humanidad que usted, tiene la misma sensibilidad que usted y, naturalmente, tiene los mismos derechos que usted tiene.

Pero también desde un punto de vista político, los israelíes están tomando medidas que les resultarán terriblemente contraproducentes.

He leído las declaraciones de los políticos y soldados que gobiernan el régimen de Israel: hablan de animales humanos que hay que exterminar, hablan de cortar la electricidad, el combustible, los alimentos y el agua a los habitantes de Gaza (dos millones y medio). Hablan de ello y lo están haciendo.

¿Cómo pueden? No hay explicación ética ni política. La única explicación al comportamiento de ambos es la psicopatía, el sufrimiento psíquico, el deseo de sangre, el horror, la muerte.

Por tanto, es necesario explicar esta guerra en términos de psicopatogénesis, como efecto de la incapacidad de las víctimas para curar su dolor.

Desde hace algún tiempo estoy convencido de que el único método cognitivo capaz de comprender la cadena de violencia que se desarrolla en Oriente Medio, y en gran parte del mundo, es el del psicoanálisis, el de la psicopatogenealogía.

Lo que está sucediendo ahora en Oriente Medio no es más que el último eslabón de una cadena que comienza con la I Guerra Mundial, la derrota de los alemanes y el castigo infligido al pueblo alemán por franceses e ingleses en el Congreso de Versalles, en 1919. La opresión y la humillación empujaron al pueblo alemán a buscar venganza: ese deseo de venganza se materializó en Adolf Hitler. Los judíos fueron la víctima elegida, acusados sin motivo alguno de haber provocado la derrota de 1918.

La persecución y exterminio de los judíos en los años de la II Guerra Mundial provocó un sufrimiento inmenso y duradero que buscó alivio en la violencia y la venganza contra un pueblo que nada tuvo que ver con el Holocausto, pero que era lo suficientemente débil como para convertirse en la víctima de la víctima.

La humillación sufrida a manos de los nazis requirió una compensación psíquica, y esta compensación es la persecución y el exterminio del pueblo palestino.

Creo que Israel no se recuperará de esta terrible experiencia: el pueblo de Israel ya estaba irreparablemente dividido, Netanyahu tendrá que rendir cuentas de la división causada y de la falta de preparación que siguió. Pero no será suficiente, porque la derecha abiertamente racista de Israel está destinada a fortalecerse en este tsunami de odio.

¿Podemos pensar que incluso en el caso de una victoria militar israelí después de decenas de miles de muertes palestinas e israelíes, la dialéctica política podrá continuar en el Estado de Israel?

Creo que Israel se encamina hacia la desintegración. ¿Cuántos israelíes querrán quedarse en ese desierto, después de lo que está pasando y de lo que pasará? Creo que sólo quedarán aquellos que tengan armas, sólo aquellos que saben matar y desean matar. Se ha desatado ahora un vórtice de odio contra Hamás, mañana emergerá un sentimiento de culpa por haberse convertido en autores de un genocidio certificado.

La política no podrá gobernar ni comprender este vórtice.

Sólo la mirada clínica puede comprender, pero no creo que pueda curar. Estamos ante una psicosis masiva con un poder de contagio muy alto.

Lo primero que debemos hacer es eludir el contagio, evitar acabar como los políticos israelíes que gritan frases de borracho para calmar su ansiedad.

Pero también necesitamos producir una vacuna cultural y psíquica contra el contagio, y esta tarea que el psicoanálisis no pudo realizar en el siglo pasado es la tarea que tenemos por delante, si no es demasiado tarde."                ( Franco 'Bifo' Berardi , La Haine, 08/11/23)

25/8/23

“La masacre de un millón de comunistas en Indonesia se convirtió en un modelo para EE UU y sus aliados”

 "Vincent Bevins es un periodista y escritor estadounidense que trabajó como corresponsal para Los Angeles Times en Brasil de 2011 a 2016. En 2017 se fue a cubrir el sudeste asiático para el Washington Post desde Yakarta, y entonces comenzó a investigar y escribir sobre la violencia experimentada en Indonesia y América Latina durante la Guerra Fría. Fue así como surgió su libro El método Yakarta. La cruzada anticomunista de Washington y los asesinatos masivos que moldearon nuestro mundo, que ahora publica la editorial Capitán Swing con traducción de Enrique Maldonado Roldán.  

El trabajo, que combina la rigurosa investigación histórica con el testimonio vivo de algunos supervivientes, se centra en la intervención y complicidad de Estados Unidos en las matanzas de alrededor de un millón de personas acusadas de ser comunistas en Indonesia entre 1965 y 1966, bajo la dirección del general Haji Mohammad Suharto, cuando el Partido Comunista de Indonesia (PKI) era el tercer partido comunista más grande del mundo.

La Guerra Fría es la historia de cómo Estados Unidos aprendió a utilizar sus nuevas herramientas y poderes para dar forma a los acontecimientos en el Sur Global, a menudo con consecuencias devastadoras

Aquella masacre sirvió de modelo a seguir en años sucesivos para la relación que Estados Unidos establecería con el Tercer Mundo, con especial énfasis en América Latina. No en vano, durante los años previos al golpe de Augusto Pinochet en Chile, los grupos de la derecha escribían “Yakarta ya viene” o simplemente “Yakarta” en las paredes de Santiago de Chile. Como describe de manera brillante Bevins en su libro, el éxito para la eliminación del comunismo de aquellos asesinatos masivos en Indonesia respaldados por Estados Unidos, se convertiría en un referente para planes de exterminio similares desarrollados por otros regímenes autoritarios capitalistas, también monitorizados o asistidos por Estados Unidos. Así, la historia de El método Yakarta es también la historia del mundo globalizado que hoy tenemos.

La premisa de tu libro, como indica su subtítulo, es que la cruzada anticomunista de Estados Unidos, iniciada tras la Segunda Guerra Mundial, dio forma al mundo en el que vivimos hoy. ¿Cómo era ese mundo y qué forma ha tomado?
En 1945, se podía dividir de manera razonable el mundo en tres partes. Algunas de ellas nos resultan familiares, como la terminología Primer Mundo y Tercer Mundo. El Segundo Mundo, por supuesto, estaba liderado desde Moscú. Pero lo que a menudo se olvida hoy en día, sobre todo en el Atlántico Norte, es que el Tercer Mundo no era un lugar, sino una idea y un proyecto político: un movimiento de futuro, muy optimista, que pretendía cambiar las reglas del sistema mundial tras el fin de la descolonización formal. La gran mayoría del planeta vivía en el Tercer Mundo, y muchos de sus líderes creían que, puesto que la era del control directo europeo estaba terminando, era natural que los países de Asia, África y América Latina ocuparan el lugar que les correspondía como iguales junto al Primer Mundo, es decir, los países que habían llevado a cabo el imperialismo en todo el globo.

En gran medida, creo que es justo decir que la Guerra Fría tuvo que ver más con las interacciones entre el Primer y el Tercer Mundo, que entre el Primer y el Segundo Mundo. Esto es ciertamente un hecho si se valoran todas las vidas humanas del planeta por igual, en lugar de dejarse llevar por las intrigas cortesanas en las capitales de las dos superpotencias. Y en este periodo de tiempo, de 1945 a 1990, un número realmente enorme de países del Sur Global se pusieron en el camino en el que todavía están hoy, y ese camino fue forjado por las circunstancias de la Guerra Fría. 

Tú expones, como parte de esta cruzada estadounidense, la conexión que se dio en el tiempo entre el surgimiento del proyecto del Tercer Mundo y la creación de la CIA. ¿Cuál fue esta interrelación? ¿Qué métodos utilizó la CIA en relación con el Tercer Mundo?
Justo después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos emergió como el Estado más poderoso que jamás había existido, con diferencia. La Unión Soviética, destruida por la guerra, no estaba ni siquiera cerca. Los dirigentes estadounidenses contemplaban ahora todo el planeta. Pero Estados Unidos, un país joven y teóricamente comprometido con los ideales democráticos y anticoloniales, no tenía la experiencia que tenían los británicos en la gestión de un imperio mundial. No contaban con la capacidad de espionaje del MI6 y, además, los funcionarios estadounidenses eran bastante provincianos. No sabían mucho sobre el resto del mundo, salvo algunas ideas románticas sobre Europa Occidental.

Este fue el contexto en el que se creó la CIA, al principio de la Guerra Fría. Suministraría información al presidente, pero también se le encomendó rápidamente la tarea de cambiar los acontecimientos en todo el mundo. Llevar a cabo operaciones encubiertas para favorecer los intereses de Estados Unidos. Incluso los historiadores más generosos de la CIA admiten de buen grado que estos hombres no tenían ni idea del Tercer Mundo.

Ahora bien, los líderes de los países del Tercer Mundo, e incluso los movimientos explícitamente comunistas del Sur Global, no sabían cómo los trataría el nuevo hegemón. Incluso hombres como Ho Chi Minh y Mao Zedong esperaban poder mantener términos amistosos con Estados Unidos. Por supuesto, esto no ocurrió. En gran medida, la Guerra Fría es la historia de cómo Estados Unidos aprendió a utilizar sus nuevas herramientas y sus nuevos poderes para dar forma a los acontecimientos en el Sur Global, a menudo con consecuencias devastadoras.

La caja de herramientas es muy grande y variada, desde una ligera presión económica hasta la financiación encubierta de ciertos partidos políticos, pasando por el estrangulamiento financiero, la invasión directa, e incluye el uso frecuente del golpe militar para establecer dictaduras y mantener los países abiertos al capital internacional. La única herramienta, el único método, sobre el que escribo principalmente en este libro es el asesinato en masa intencionado de izquierdistas o de personas acusadas de serlo. Esto no se hizo por venganza u odio ciego, sino que se llevó a cabo al servicio de la construcción de regímenes capitalistas autoritarios.

¿Qué hace que el caso de Indonesia sea especialmente relevante a este respecto?
El presidente Sukarno fue uno de los líderes que realmente encabezó el Movimiento del Tercer Mundo, si no su más elocuente defensor. Era un presidente anticolonialista de izquierdas, pero no comunista, y una fuerza unificadora no sólo en Indonesia, sino en toda África y Asia. La Conferencia de Bandung (1955) fue el momento en que el Tercer Mundo se unió realmente.

Para hacer posible la dictadura que le sucedió [en Indonesia], tienes una de las peores atrocidades de la Guerra Fría: el asesinato en masa, respaldado por Estados Unidos, de aproximadamente un millón de civiles inocentes

Así pues, tenemos un país que ahora es el cuarto más grande del mundo por población, y que estuvo a la vanguardia de un intento de rehacer las reglas de la economía global. Y para poner fin a su visión, para hacer posible la dictadura que le sucedió, tienes una de las peores atrocidades de la Guerra Fría: el asesinato en masa, respaldado por Estados Unidos, de aproximadamente un millón de civiles inocentes.

¿Cómo se implementó y desarrolló la política estadounidense hacia Indonesia?
La política estadounidense hacia Indonesia cambió en varias ocasiones. Al principio, el liderazgo de Sukarno se consideraba aceptable. Esto cambió en 1955, cuando ocurrieron dos cosas: el presidente Sukarno acogió la Conferencia Afroasiática de Bandung, que fue el acontecimiento que realmente dio un impulso histórico concreto al Movimiento del Tercer Mundo, y el pacífico Partido Comunista de Indonesia (PKI) comenzó a obtener resultados cada vez mejores en las elecciones democráticas. La CIA y el MI6 admitieron que se estaban ganando la lealtad de la población mediante una hábil labor de divulgación. Entonces se intentaron un par de cosas para detenerlos: la canalización de fondos a una parte musulmana conservadora, lo cual fracasó; y luego la CIA fomentó y participó en una guerra civil, tratando de romper el país, y fueron descubiertos. Así que entonces la estrategia de Washington pasó a ser la de construir una hegemonía dentro de las Fuerzas Armadas, trayendo a miles de oficiales a Estados Unidos para su entrenamiento. 

¿Qué es entonces lo que llamas el ‘método Yakarta’? ¿Qué diferentes formas adoptó alrededor del mundo?
En 1965, Estados Unidos y Gran Bretaña empezaron a trabajar entre bastidores con el objetivo de fomentar un enfrentamiento entre el desarmado PKI y los muy bien armados militares indonesios. Bajo circunstancias misteriosas, este enfrentamiento se produjo, y entonces los militares, con el apoyo activo de Estados Unidos, mataron a aproximadamente un millón de civiles inocentes. O más, tal vez menos: no lo sabemos con precisión, porque nunca se llevó a cabo ningún tipo de comisión de la verdad. Y otro millón permaneció en campos de concentración, simplemente por sus creencias políticas, mientras Indonesia se convertía en uno de los más importantes aliados de Occidente en la Guerra Fría.

‘El método Yakarta’, el asesinato en masa intencionado de izquierdistas o acusados de serlo, se empleó en al menos 23 países durante la Guerra Fría. Esto se hizo generalmente para crear regímenes capitalistas autoritarios aliados con EE UU

Este fue un éxito tan evidente para Estados Unidos y sus aliados, que otros grupos de derecha, anticomunistas, aliados de Estados Unidos y potenciales aliados de Estados Unidos, tomaron nota. Algunos de estos grupos se inspiraron en la masacre de Indonesia, utilizándola como modelo o como amenaza en sus propios países.

¿Logró Estados Unidos extender la aplicación de este método? ¿Cuáles fueron sus resultados?
No es tanto que Estados Unidos lo “aplicara”, sino que lo que yo llamo el ‘método Yakarta’, el asesinato en masa intencionado de izquierdistas o acusados de serlo, se empleó en al menos 23 países durante la Guerra Fría, antes y después de 1965. Esto se hizo generalmente para crear regímenes capitalistas autoritarios aliados con las potencias del Atlántico Norte, a menudo con gran éxito.

En muchos, muchos países hoy en día, especialmente en el Sur Global, el sistema político-económico que todavía está en vigor, es uno que fue profundamente moldeado por este momento de la historia. Se pueden ver efectos profundos en varios continentes. Creo que se puede afirmar con absoluta seguridad que no habríamos recibido el tipo específico de globalización que hemos recibido en los últimos 30 años sin el ‘método Yakarta’.

¿Hasta qué punto ese método se aplicó también dentro de los Estados Unidos? ¿Nos dice aún algo sobre las políticas actuales contra las comunidades pobres, marginadas y racializadas?
Me gusta trazar siempre una línea entre lo que ocurrió en el Primer Mundo y lo que ocurrió en el Tercer Mundo, porque esa división es real. Los izquierdistas, incluso cuando fueron perseguidos o marginados de la vida pública, fueron tratados de forma muy diferente en el Norte Global y en el Sur Global. A una de las protagonistas de mi libro, Francisca, le impactó llegar a Europa a finales de los años 60 y darse cuenta de que a los partidos de izquierda, socialistas y comunistas, simplemente se les permitía participar en la política, haciendo posible la interacción natural entre las diversas fuerzas sociales que dan forma a los acontecimientos en una democracia capitalista.

En muchos, muchos países hoy en día, especialmente en el Sur Global, el sistema político-económico que todavía está en vigor, es uno que fue profundamente moldeado por este momento de la historia. Se pueden ver efectos profundos en varios continentes del ‘método Yakarta’

Ahora bien, en Estados Unidos, por supuesto, no había partidos socialistas significativamente activos en la Guerra Fría, y aún hoy no los hay. Pero incluso durante el macartismo, si eras un socialista blanco, a menudo perdías tu trabajo o te hacían socialmente invisible, pero no te acorralaban y asesinaban. Ahora bien, los grupos que más cerca están de recibir el mismo trato que recibieron los izquierdistas del Tercer Mundo son los movimientos revolucionarios negros organizados, como por ejemplo fue el caso con las Panteras Negras. Por supuesto, siempre ha habido grupos dentro de Estados Unidos que han sido racializados y marginados, especialmente los descendientes de pueblos indígenas o africanos, y por tanto han sido tratados como si estuvieran por debajo de la nación, como si estuvieran realmente en el Tercer Mundo. Esto resulta natural para una colonia de colonos blancos constituida a través de la dominación imperialista de América del Norte. 

¿Qué continuidades y diferencias podemos encontrar en la actual política exterior estadounidense y en sus intervenciones? Si las hay, ¿cuándo empezaron a producirse estas diferencias?
Aquí suelo decir dos cosas. En primer lugar, cuando terminó la Guerra Fría, todas las entidades comunistas oficiales, las entidades secretas o públicas que giraban en torno a Moscú en el Segundo Mundo, desaparecieron; la CIA y el MI6 no. Así que tienes agencias públicas muy activas, muy reales, en Estados Unidos y Europa Occidental que operan con la misma estructura, y creo que en gran medida con los mismos objetivos, que tenían en el siglo XX. ¿Cuándo fue el año en el que se supone que la CIA cambió su misión o rompió con la práctica de llevar a cabo insanas operaciones encubiertas para dar forma a la historia del mundo? Si eso ocurrió, no he oído hablar de ello, ni he visto ninguna prueba. Incluso si creyéramos que, de alguna manera, la KGB se reconstituyó dentro del actual estado ruso, no hay comparación con la continuidad y el poder continuo ejercido por las agencias de las que escribí en mi libro.

Pero en segundo lugar, la Guerra Fría terminó y Occidente esencialmente ganó. Así que la hegemonía de Estados Unidos y la aplicación de las reglas del orden capitalista global pueden ser, y a menudo son, aplicadas de forma más sutil (y creo que efectiva) que el tipo de intervenciones obvias de, digamos, 1953 en Irán o 1954 en Guatemala. Es útil recordar que la violencia directa, como la invasión o el asesinato en masa, no suelen ser lo primero. Suelen ser el último recurso, tras la adopción de una serie de medidas coercitivas que pueden fracasar o sentar las bases para intervenciones más abiertas. A menudo se consideran formas aceptables, pero no óptimas, de resolver los problemas percibidos. Las invasiones siguen produciéndose, pero si se pueden aplicar las normas del orden mundial, por ejemplo, mediante negociaciones a puerta cerrada, sanciones económicas, acciones judiciales (“lawfare”) o golpes parlamentarios, suele ser preferible eso a enviar tanques al palacio presidencial o escuadrones de la muerte al campo. Estas opciones siguen estando sobre la mesa, sin duda, pero en el momento unipolar que se vive desde la caída del Muro de Berlín, Estados Unidos dispone de un mayor conjunto de trucos en su caja de herramientas que los que tenía en la década de 1950. 

Por supuesto, el momento unipolar parece que está llegando a su fin o que debe hacerlo en algún momento en el futuro. Y creo que es útil decir dos cosas a ese respecto. Estados Unidos sigue siendo, con diferencia, el país más poderoso de la Tierra. Económicamente, políticamente, militarmente, China no está ni siquiera cerca. Pero por otro lado, en segundo lugar, Estados Unidos es relativamente menos poderoso de lo que era en 2010, e incluso aún menos de lo que era en 2000.  

Tu libro combina tanto la investigación historiográfica como las técnicas testimoniales, pasando constantemente de lo macro a lo micro y viceversa. ¿Cómo fue el proceso y la metodología de tu investigación y escritura?
Para mí era muy importante asegurarme de que los funcionarios estadounidenses no fueran los únicos actores de esta historia. Era crucial que los indonesios, los brasileños, los chilenos, los guatemaltecos, etc., estuvieran en el centro de la narración, y que los lectores entendieran cómo vivieron estos acontecimientos. Soy estadounidense, por supuesto, decidí concentrarme en la formación de la hegemonía global de Estados Unidos y presté especial atención a los funcionarios de la política exterior estadounidense, pero hay demasiados libros en los que los únicos personajes son norteamericanos, en los que los pueblos del Sur Global son receptores pasivos de la historia, en los que son simplemente víctimas sin nombre. Así que me aseguré de poder integrar testimonios en primera persona y detalles biográficos de la gente que impulsó el Movimiento del Tercer Mundo en las calles, así como de la gente que sufrió la cruzada anticomunista. Hacerlo de esta manera supuso mucho trabajo extra: añadió unos dos años más a la investigación, porque realmente se necesita tiempo para conocer lentamente a todas las personas adecuadas, explicar tu proyecto y esperar pacientemente a que la gente confíe en ti y crea que le gustaría participar. Además, es esencial realizar las entrevistas de forma que no se vuelva a traumatizar a las víctimas y que se pueda reconstruir una historia que tenga eco en las personas que lean el libro.

Después de recopilar muchas entrevistas en 12 países, elegí una cantidad muy pequeña de ese material —tal vez un 5% o menos— y opté por tejerlo dentro de una historia global de muy amplio alcance, que construí utilizando investigaciones académicas, archivos desclasificados y el trabajo de activistas y supervivientes realizado por otros en las últimas décadas. Esperaba conseguir una historia que pudiera pasar del supermacro al micro encuadre más íntimo y, para ser sincero, no tenía ni idea de si iba a funcionar. Fue difícil y tenía poca experiencia en ese tipo de escritura. Me ha resultado increíblemente gratificante escuchar de los lectores que este enfoque ha tocado la fibra sensible de muchas personas. Pero todo el trabajo real lo hicieron los propios entrevistados y los verdaderos expertos que trabajaron en estos temas durante muchos años antes de que yo llegara."                (Alejandro Pedregal  , El Salto, 22/12/21)

2/2/23

Seis millones de muertes... El Holocausto del Congo comienza con el expolio occidental de sus reservas de uranio

 "Nunca se va el dolor de haber perdido familiares en los campos de exterminio nazis. Seis personas de mi familia fallecieron de esta manera, otros cuatro acabaron ejecutados en los guetos polacos y en Forli. Murieron antes de nacer yo, pero tenemos sus fotografías y en vez de ver sus rostros nos parece que vemos su dolor, crónico. 

Pero, ¿de qué sirve el luto perpetuo si no se aprende ninguna lección? La más importante es que no puede repetirse ningún Holocausto más. Y, sin embargo, sigue sucediendo. Ante el silencio del mundo. Nadie habla de los seis millones de cadáveres en el subsuelo de la República Democrática del Congo (RDC), también rica en minerales. Permanecen invisibles, sin llorar, más allá de las fronteras de su país. 

“El Holocausto del Congo sigue en pie ante la complicidad de la comunidad internacional”, me dijo Rodrigue Muganwa Lubulu en un email. “Se viola a mujeres y niñas a diario, hay decenas de muertos todos los días”. Es el director de programa de CRISPAL Afrique y lo conocí en una charla por Zoom de ICAN Alemania en 2020.

La tragedia de la RDC, el segundo país más grande de África, comenzó con el descubrimiento del depósito de uranio de Shinkolobwe de 1915, el mayor hasta la fecha. Su expolio comenzó en 1921 y se mantuvo hasta su cierre en 2004. “Ha supuesto una condena para la comunidad desposeída alrededor de la mina”, en palabras de Lubulu, “porque no solo les han obligado a abandonar sus tierras, hogares y terrenos por culpa de la minería de uranio, sino que también obligaron a los hombres a cavar material radioactivo sin ningún equipo protector”.   

Los mismos cánceres y enfermedades que mataron a aquellos trabajadores del uranio siguen atormentando a sus descendientes a día de hoy, dice Lubulu, aunque la mina se haya cerrado.

Bélgica colonizó la actual RDC en 1908, pasando a ser conocida como Congo Belga, hasta conseguir la independencia en 1960. Se la conoció como Zaire entre 1971 y 1997. En seguida se convirtió en una tierra que despertó gran interés por parte de los Estados Unidos y la Unión Sovietica, inmersas en la carrera armamentística de la Guerra Fría. Entonces, como ahora, el país ofrecía riquezas al saqueador blanco. En la región oriental del país, escribió Armin Rose en un artículo del 26 de junio de 2013 en The Atlantic, “a poca distancia de la superficie hay suficientes minerales como para mantener en pie tanto la tecnología como la industria de defensa globales”.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el uranio extraído de Shinkolobwe se destinó al Proyecto Manhattan estadounidense. “Más del 70% de la bomba de Hiroshima procedía de Shinkolobwe”, dice Lubulu, cuya organización ha llevado a cabo talleres y eventos con el objetivo de que la RDC firmara el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares.

Le obsesiona pensar en si el ‘mineral de la muerte’, como llama al uranio, se hubiera quedado en el subsuelo. “Sin el uranio de Shinkolobwe, el 5 de agosto de 1945 hubiera sido un día productivo y fenomenal en Hiroshima”, declaró en su presentación para ICAN. 

Esto lo confirman las palabras del coronel del Proyecto Manhattan Ken Nichols, que escribió: “Sin la previsión de Sengler, que almacenó uranio en los Estados Unidos y, sobre la superficie, en África, no hubiésemos contado con la cantidad de uranio necesaria para justificar la construcción de plantas separadoras y reactores de plutonio”. Edgar Sengler fue en su momento el director de la Union Minière du Haut Katanga, y había acaparado 1200 toneladas de uranio en un almacén de Nueva York. Nichols compró este mineral, y otras 3000 toneladas adicionales guardadas sobre la superficie en la mina, para el Proyecto Manhattan.

Esta conexión entre el Congo e Hiroshima, y la tragedia de sus consecuencias, se expresan en los y las hibakushas de Japón. Así es como se conoce a quienes sobrevivieron la bomba. Es por ello que Lubulu y CRISPAL lucharon por la ratificación e implementación del tratado. 

“No se puede separar las armas nucleares del uranio”, en palabras de Lubulu. “Cuando tienes uno, obtienes el otro. Una vez lo excavas, se convierte en un monstruo que escapa de tu control”.

Por desgracia, este monstruo puede volver a salir de Shinkolobwe. Tanto Francia como China buscan obtener derechos de extracción allí. CRISPAL necesita moverse con rapidez para educar a la gente sobre este peligro reaparecido. Pero va a costarles mucho. 

Desde 1997, cuando los conflictos internos y externos se apoderaron de la RDC, al menos seis millones de personas han muerto. Intentar convocar eventos en comunidades congoleñas, especialmente si es desde la oposición a la minería de uranio, resulta bastante peliaguda, por no decir peligrosa. Nadie que le conociera olvida el trato brutal contra el activista antinuclear congoleno Golden Misabiko, que fue arrestado, preso dos veces, envenenado por su propio gobierno sn un supuesto intento de asesinato fracasado. Fue finalmente separado de su familia y enviado al exilio. 

Pese a este caso, Lubulu cree que, por encima de todo, el amor se abrira paso. “No existe puerta que el amor no abra”, dijo al concluir su presentación. Con suerte, el resto del mundo va a empezar a enviar su amor en dirección al Congo. "                       (Linda Pentz Gunter  , Beyond Nuclear International, El Salto, 28 nov 2022)

30/6/21

El primer genocidio del siglo XX fue la casi total exterminación de los herero y los nama por los colonizadores alemanes en Namibia... el segundo el armenio

 "Quizás el más destacado negacionista del genocidio armenio −en 1915 vivían en imperio otomano unos 2 millones de armenios cristianos; en 1922 quedaban ya sólo un poco más de 400 mil− era nada menos que el propio Adolf Hitler.

 Dirigiéndose a sus generales en la residencia en Obersalzberg poco antes de la invasión a Polonia en 1939 decía: “Mandé al este mis Unidades de la Calavera [SS] con la orden de matar sin piedad a hombres, mujeres y niños de la raza y la lengua polaca. Sólo así ganaremos el Lebensraum que necesitamos. ¿Quién, después de todo, se acuerda hoy de la aniquilación de los armenios?” (bit.ly/3xuORwa). 

En la víspera de desatar la guerra en Europa que desembocó, de acuerdo con el enfoque “funcionalista”, en el Holocausto, el genocidio de 6 millones de judíos y arrojó otros millones de víctimas −gitanos, comunistas, opositores políticos, homosexuales, discapacitados, etcétera, incluidos, entre otros, 2.6 millones de polacos étnicos, el asesinato que incluye las víctimas de la guerra y no cumple todos los rasgos del “genocidio”: el ímpetu exterminador nazi se centró al final en las élites políticas e intelectuales polacas, mientras la demás población fue destinada a esclavizar−. Hitler sabía lo que decía. El Estado turco nunca fue juzgado por este genocidio y su impunidad era muy alentadora.

Además, muchos de los oficiales enviados por él a las “tierras de sangre” orientales −Polonia, Bielorrusia, Ucrania− en su momento, de primera mano, podían observar a los turcos en acción. Alemania y Turquía eran aliados en la Primera Guerra Mundial. Entre las medallas de Rudolf Hess, el futuro comandante de Auschwitz, estaba la Estrella de Gallipoli. Hess estuvo en Turquía y en Siria, entonces imperio otomano, “en el lugar y en el tiempo preciso” (bit.ly/33eTkoV) para apreciar la eficacia y la crueldad con que los turcos exterminaban a los armenios (hombres, mujeres, niños) en una mezcla de asesinatos en masa y deportaciones. Bajo la pretensión de “relocalizarlos al este”, la misma cosa que los nazis contaban después a sus víctimas judías deportadas a los campos del exterminio, los turcos mandaban enteras comunidades armenias a las “marchas de la muerte” rumbo a los campos de concentración en Siria, lo mismo que los nazis hacían hasta los últimos días de la guerra. La mayoría de las víctimas moría antes del hambre, calor y maltrato. Los futuros oficiales de la SS, como Hess, parecían tomar notas. Un genocidio no juzgado y no reconocido, inevitablemente lleva al otro.

Benny Morris, el enfant terrible de los llamados “nuevos historiadores” israelíes (Morris, Pappé, Shlaim, Flapan) y el autor de un libro sobre el tema, The Thirty-Year Genocide: Turkey’s Destruction of Its Christian Minorities 1894-1924 (bit.ly/2QNA7YR), tiene un punto cuando subraya que la aniquilación de los armenios de principios del siglo XX era parte de una amplia campaña turca de eliminar de su imperio a todas las comunidades cristianas: armenias, griegas y asirias (bit.ly/3nRuSmW) −por lo que hablar del “genocidio” puede ser debatible (apuntar a un grupo de modo exclusivo por el solo hecho de su existencia parece ser la clave)−, pero cuando Raphael Lemkin, el jurista polaco de origen judío, acuñó en los años 40 aquel término (véase su libro Axis Rule in Occupied Europe, 1944), pensaba justamente en la suerte de los armenios.

“Me interesé en el genocidio −decía Lemkin− porque ocurrió tantas veces en la historia. Primero, por ejemplo, a los armenios y luego vino Hitler”. Su propósito −tras seguir con atención el proceso de Soghomon Tehlirian, un justiciero armenio que asesinó en 1921 en Berlín a Talat Paşa, uno de los arquitectos del genocidio y jefe de la Teşkilât-ı Mahsusa (Organización Especial) a cargo de él; ante la falta de justicia, una secreta organización armada armenia la tomó en sus manos ( Operación Némesis)−, no era sólo nombrar un fenómeno, sino tipificarlo dentro del derecho internacional para que tuviera responsabilidades y castigos concretos. Decir que el término “genocidio” no aplica “ya que en aquel entonces dicha palabra no existía”, uno de los “argumentos” negacionistas de Ankara, haría reír a Lemkin. He aquí el meollo del asunto: reconocido y juzgado, el genocidio armenio, forzaría a los turcos a pagar indemnizaciones y/o restituirles tierras y bienes a los descendientes de los sobrevivientes.

Robert Fisk, el gran corresponsal en Medio Oriente, se obsesionó con recordar y empujar el reconocimiento del genocidio armenio. Escribió incontables textos (bit.ly/3upK9Ok, bit.ly/3dWMSJa, etcétera). Uno de sus principales libros, The Great War for Civilisation (2005), tiene un apartado entero sobre el tema: “The First Holocaust” (el término que prefería usar Fisk). Citando los trabajos de Temer Açkam, uno de los audaces −y exiliados en EU− historiadores turcos, demostraba que las masacres de los armenios no eran “episodios separados”, como suele insistir Turquía, sino parte de un plan más grande y que las “relocalizaciones” −como lo demuestran los telegramas de Talat Paşa, a los gobernadores− eran una coartada inventada mucho antes de que empezó, sí, el genocidio. “Ni siquiera había eufemismos allí, como la ‘solución final’ nazi. Los oficiales otomanos usaban directamente la palabra turca para la ‘exterminación’: imha” (bit.ly/3nRsUD3).

El telón de fondo en el que ocurrió el genocidio armenio: la progresiva descomposición del imperio otomano, la humillante derrota a mano de fuerzas cristianas (Bulgaria, Grecia, Serbia, Montenegro) en la Primera Guerra de los Balcanes (1912-13), sin precedentes con el flujo de refugiados de terrenos perdidos, el auge del rabioso nacionalismo y finalmente la igualmente mal manejada campaña en la Primera Guerra Mundial en la que los armenios acabaron tachados de elemento subversivo aliado con fuerzas invasoras rusas, ponen una luz necesaria al exterminio de 1.5 millón de los armenios. 

Pero apuntan también al motivo, intento y a la −negada rotundamente− sistematicidad del Estado turco. Los gobernantes estaban desesperados por conservar a Anatolia, el centro y el corazón del imperio, pero lo único que podían ofrecer para defender a su pueblo fue la limpieza étnica de cuerpos foráneos (armenios, griegos, asirios). El argumento conservacionista siempre ha sido vehículo del genocidio y del negacionismo: después de todo Hitler, que luego tanto admiró a Atatürk por sus esfuerzos de edificar un país nuevo (bit.ly/33AqQGc) −encima libre ya de minorías gracias a los esfuerzos anteriores de los Jóvenes Turcos−, también clamaba defender al pueblo alemán de los judíos y otros elementos subversivos.

De allí el dizque genocidio armenio. Las alegaciones armenias. Choques con víctimas de ambos bandos. Cualquier mención del genocidio armenio está penalizada por la ley turca (el infame art. 301). Pero el negacionismo turco es tan entrelazado con la identidad nacional −¡de allí emergió la Turquía moderna!− que a menudo desemboca en su opuesto: en una abierta celebración y orgullo, sobre todo en la arena interna. Los mismos políticos que abogan internacionalmente por silenciar los hechos de la historia ante el público nacional se ufanan de lo mismo, refiriéndose a los armenios de hoy, ya fuera de la Turquía, como las sobras de la espada ( kılıç artıgı), insinuando que aún hay cosas inacabadas en referencia a los descendientes de los sobrevivientes.

Cuando a finales del siglo XIX, Theodor Herzl, el padre del sionismo, vendió, como se lo reprochó Bernard Lazare (bit.ly/3eMk7OA), a los armenios apenas salidos de las masacres hamidianas, una represión política que normalizó la violencia antiarmenia y abrió la puerta al exterminio posterior (bit.ly/3bo4NHb), al ofrecerle el apoyo político al sultán a cambio de una posible adquisición de Palestina, sentó un precedente para la ambigua relación de Israel con el genocidio 1915-1922 (bit.ly/2QvXqGw). 

Si bien la impunidad turca fue la que, entre otros, permitió décadas más tarde a Hitler aniquilar buena parte de los judíos de Europa, la oficial postura del Estado judío siempre fue una premeditada minimización por todos los medios posibles a fin de cultivar buenas relaciones con Ankara y preservar instrumentalmente el monopolio de la victimización. Lo que Shimon Peres dijo una vez a un periódico turco −“rechazamos los intentos de crear una semejanza entre el Holocausto y las ‘alegaciones armenias’…” (sic)− entró, según Israel Charny (bit.ly/3udTqsI), uno de los principales estudiosos del genocidio, en la distancia de la negación del genocidio armenio comparable con la negación del Holocausto (véase: A., Yair, The Banality of Denial: Israel and the Armenian Genocide, 2003).

Si bien últimamente relaciones israelí-turcas estaban a la baja e Israel parecía acercarse a un reconocimiento (debates en la Knesset, etcétera), Tel Aviv adquirió en los últimos años otro importante aliado −militar (el eje antiraní) y económico (petróleo/gas)−, igualmente un pueblo turco, negacionista del genocidio armenio: Azerbaiyán.

La reciente guerra en Nagorno Karabaj/Arstaj, en la que el apoyo militar de Ankara y Tel Aviv resultó crucial para la victoria de Bakú (véase: M. W., Nagorno Karabaj: área de juego de imperios y moderno campo de batalla, en: Memoria, número 277, bit.ly/3eG94rp), no sólo resucitó el fantasma del genocidio armenio y de su negacionismo, sino que confirmó algo que varios estudiosos señalan desde hace tiempo: es completamente imposible entender el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán sin integrar en él el discurso de la negación del genocidio producido en Turquía y adoptado por Azerbaiyán (bit.ly/3o8EFFp).

En este contexto el reciente reconocimiento del genocidio armenio en su 106 aniversario por Joe Biden (bit.ly/3sQqIwu) −igualmente en un momento del alejamiento político con el régimen de Erdogan (y sin, como antes, anteponer cuestiones de la OTAN, acceso a bases turcas, etcétera)− con lo que EU se unió al grupo de apenas 32 países que lo reconocen oficialmente, fue una vindicación de las víctimas. Protestó Ankara.

 Protestó Bakú, lamentando la falsificación de la historia y omisión de masacres cometidas por armenios (¡sic!). Cuando en 2015 el papa Francisco reconoció el genocidio armenio en nombre de la Santa Sede habló del primer genocidio del siglo XX. Atinó y erró: el primero fue la casi total exterminación de los herero y los nama (bit.ly/3hnxSWL) por los colonizadores alemanes en Namibia, reconocido de hecho como tal por Berlín, pero no por muchos más. El genocidio armenio aún espera por su reconocimiento universal. Muchos más están en la cola."                (Maciek Wisniewski, Other News, 28/05/21)

1/6/21

Macron admite en Ruanda la “responsabilidad abrumadora” de Francia en el genocidio

 "El presidente francés, Emmanuel Macron, abrió el jueves un nuevo capítulo en la compleja relación de Francia con Ruanda al reconocer la “responsabilidad abrumadora” de su país en el genocidio de 1994. 

En un discurso en Kigali, la capital ruandesa, Macron rechazó toda culpa y complicidad francesa en el asesinato de más de 800.000 ruandeses de etnia tutsi a manos del régimen hutu, pero admitió que París, aunque de forma involuntaria, tuvo un papel en el “engranaje que condujo a lo peor”. El anfitrión, Paul Kagame, aplaudió sus palabras.

 Macron no presentó excusas ni pidió perdón de forma explícita como hizo hace 21 años la antigua potencia colonial, Bélgica, pero en cambio indicó que Francia tiene “una deuda” hacia las víctimas y que son estas las que tienen “el don” del perdón. El presidente ruandés, Kagame, describió después en una rueda de prensa el discurso de su homólogo como un acto “de inmenso coraje” con “más valor que unas excusas”.

“Al estar hoy [por el jueves] aquí con humildad y respeto a vuestro lado, vengo a reconocer nuestras responsabilidades”, dijo el presidente de la República en el discurso de 14 minutos en el Memorial Gisozi. Allí están inhumados los restos de 250.000 víctimas del genocidio perpetrado hace 27 años por un régimen que había contado con el apoyo político y militar de Francia. Desde entonces, el papel de París y la resistencia francesa a asumir sus responsabilidades han envenenado la relación entre París y Kigali.

Macron pronunció un discurso denso que refleja su idea de la política de la memoria para un país que, como dice en una entrevista recién publicada por la revista Zadig, necesita “una mirada desacomplejada y lúcida” sobre el pasado con sus luces y sombras. Es uno de los ejes de su acción al frente de Francia, en la estela de su predecesor Jacques Chirac, que en 1995 fue el primer presidente en admitir la responsabilidad de Francia en la deportación y el exterminio de judíos durante la Segunda Guerra Mundial. “En la vida de una nación”, dijo Chirac, “hay momentos que hieren la memoria y la idea que uno se hace de su país”.

Macron recoge este espíritu. En los últimos meses, se han publicado sendos informes de historiadores: uno, sobre la guerra de Argelia entre 1954 y 1962, que todavía marca y divide a Francia; y el otro, sobre Ruanda, donde el país, según su presidente, “tiene un deber: el de mirar a la historia a la cara y reconocer la parte de sufrimiento que infligió al pueblo ruandés al hacer prevalecer el silencio durante demasiado tiempo en el examen de la verdad”.

La derecha y la extrema derecha francesas suelen acusar a Macron de caer en la autoflagelación. En el caso de Ruanda, se añade la incomodidad de los antiguos colaboradores del socialista François Mitterrand, presidente entre 1981 y 1995 y responsable último de los errores de Francia en Ruanda, según el informe encargado por Macron y publicado en marzo bajo la dirección del historiador Vincent Duclert.

“Solo los que atravesaron la noche pueden, quizá, perdonar, conceder el don, en este caso, de perdonarnos”, dijo Macron. “Lo recuerdo, lo recuerdo, lo recuerdo”, añadió en la principal lengua ruandesa, el kinyarwanda.

Francia ve el discurso como la etapa final en la normalización de la relación con Ruanda, que debería culminar con el nombramiento de un embajador francés, ausente desde 2015. Uno de los momentos más complicados llegó en 2006, con la ruptura de las relaciones tras la imputación de nueve altos cargos próximos a Kagame por el juez francés Jean-Louis Bruguière, que los acusó de estar detrás del atentado contra el avión en el que murió en 1994 el presidente ruandés Juvénal Habyarimana. El atentado marcó el inicio del genocidio de los tutsis.

Francia y Ruanda retomaron la relación en 2009. Al año siguiente, el presidente Nicolas Sarkozy admitió en Kigali “errores políticos” y “una forma de ofuscación” de Francia en Ruanda. Pero fue Macron, en el cargo desde 2017, quien fijó la plena normalización como prioridad. Apoyó a la ruandesa Louise Mushikiwabo para presidir la Organización Internacional de la Francofonía. Y cultivó como aliado en África a Kagame, que ha liderado con mano de hierro su país durante estas décadas y ganó las últimas elecciones con un 98,8% de votos. La oposición lamentó, en vísperas de la visita de Macron, que este “callase ante el reino autoritario y las violaciones de los derechos humanos”, informó la agencia France Presse.

El caso judicial contra los colaboradores de Kagame quedó sobreseído en julio de 2020, poco después de la detención en las afueras de París, donde vivía escondido, de Félicien Kabuga, considerado uno de los principales responsables del genocidio.

“Reconocer este pasado, que es nuestra responsabilidad, es un gesto sin contrapartidas”, dijo Macron. “Es exigencia hacia nosotros mismos y para nosotros mismos, deuda hacia las víctimas después de tantos silencios pasados, don a los vivos de quienes todavía podemos, si lo aceptan, calmar el dolor”.

3/5/21

Un genocidio de libro negado por motivos políticos... el armenio

 Soldados turcos posan tras el ahorcamiento de varios armenios en 1915 en Alepo, en Siria.AFP

 "La palabra genocidio no se había acuñado cuando se cometió el genocidio armenio. Pero fue este crimen contra la humanidad, que a principios del siglo XX marcó el arranque de una era de exterminios en masa, el que llevó al jurista polaco Raphael Lemkin a buscar un nuevo término que definiese una atrocidad que hasta entonces no tenía nombre: el empeño de asesinar en su totalidad a un grupo étnico o religioso por el solo hecho de existir.

No es la única paradoja que rodea la deportación y exterminio, sistemático y planificado, de hasta 1,5 millones de armenios por el Imperio Otomano entre 1915 y 1918. Existe un acuerdo sin fisuras entre los historiadores independientes de que se trata de un genocidio, sin embargo, solo ha sido reconocido por 30 países –el último fue Estados Unidos la semana pasada a través del presidente Joe Biden; España no lo ha hecho todavía–. Turquía considera una ofensa, e incluso un delito dentro de la sección 301 del Código Penal, la utilización de ese término y engloba esas matanzas dentro de la Primera Guerra Mundial.

 “El genocidio armenio es un hecho establecido entre los académicos”, explica desde Estados Unidos Taner Akçam, director del Centro de Estudios del Holocausto y los Genocidios en la Universidad Clark (Massachussets). Definido por The New York Times como “el Sherlock Holmes del genocidio armenio”, ha dedicado toda su carrera a buscar y publicar pruebas que demuestran que el asesinato de armenios no fue un pogromo desorganizado y espontáneo, sino una política de Estado de los llamados Jóvenes Turcos, que tomaron el poder en 1908 y se mantuvieron hasta 1918, cuando tras la Primera Guerra Mundial se disolvió el Imperio Otomano. En la historia otomana, la violencia contra los armenios, y los cristianos en general, era cíclica (entre 1894 y 1896 fueron masacrados 200.000 armenios), pero hasta entonces nadie se había marcado como objetivo el exterminio total.

“Incluso entre el establishment estadounidense”, prosigue Taner Akçam, “en el Congreso o en la Administración, no hay ninguna duda de que lo que ocurrió con los armenios puede ser calificado de genocidio. El presidente tuvo dudas en usar el término por motivos políticos. Fue algo muy planificado. Y puedo demostrar fácilmente que tenemos más evidencias documentales del genocidio armenio que del Holocausto. Tenemos unos cuantos telegramas autentificados que muestran claramente la intención genocida de las autoridades otomanas”.

En libros como A Shameful Act: The Armenian Genocide and the Question of Turkish Responsibility o Killing Orders: Talat Pasha’s Telegrams and the Armenian Genocide, Akçam revela telegramas encriptados del ministro del Interior de los Jóvenes Turcos, Talat Pasha, asesinado en 1921 por un militante armenio, que no dejan lugar a dudas sobre sus intenciones. Durante años, el Gobierno turco aseguró que eran falsificaciones, pero, tras un trabajo detectivesco, Akçam demostró que eran auténticos.

En uno de ellos, en septiembre de 1915, al principio de las matanzas, Talat Pasha ordenaba: “El Gobierno ha decidido eliminar totalmente a todos los armenios que viven en Turquía. (…) Sin prestar atención a si son mujeres, niños o enfermos. Por muy trágicos que puedan parecer estos métodos de exterminio, se debe poner fin a su existencia, sin escuchar nuestra conciencia”. Aunque los originales fueron destruidos, Akçam encontró fotografías de esos telegramas en Nueva York en 2015.

Existen evidencias que señalan que los nazis, antes del Holocausto, durante el que fueron asesinadas seis millones de personas, tomaron nota de lo ocurrido en Turquía para su proyecto de exterminar a los judíos europeos. “El 22 de agosto de 1939, Hitler dio un discurso a sus generales sobre la próxima guerra con Polonia”, explica el historiador estadounidense Benjamin Carter Hett, autor de The death of democracy sobre la llegada de Hitler al poder. “Hay tres transcripciones diferentes de lo que dijo. Una de las transcripciones, la menos fiable, le cita diciendo ‘¿Quién, después de todo, habla hoy de la aniquilación de los armenios?’. Las otras dos transcripciones no contienen esta cita”. El hecho de que esta transcripción circulase tras una información de The New York Times en 1945 demuestra que, ya desde los años cuarenta, se establece una relación entre las masacres de armenios y judíos.

“Indudablemente tuvo mucha influencia en Lemkin como modelo de estudio y lo cuenta en su autobiografía”, explica el magistrado José Ricardo de Prada, uno de los mayores expertos españoles en justicia internacional y que participó en el tribunal de apelación de la sentencia contra el genocida serbio Radovan Karadzic. “Probablemente formó parte de lo que quería englobar su concepto, lo que ocurrió es que este concepto no se trasladó, al menos del todo, a la definición que se contiene en la Convención de Genocidio y que luego se ha convertido en la definición penal de genocidio en los estatutos de los Tribunales internacionales y en los códigos penales de la mayoría de los Estados. Esta definición es mucho más limitada”.

 Samantha Power, que fue embajadora ante Naciones Unidas bajo el presidente Barack Obama, ganó en 2002 el premio Pulitzer con A Problem from Hell. America in the Age of Genocide. Allí relata cómo Lemkin, siendo estudiante en la ciudad de Lviv (entonces Polonia, ahora Ucrania), tuvo una discusión con un profesor que justificaba las matanzas de armenios sosteniendo que al fin y al cabo un Gobierno tenía derecho a hacer lo que quisiese con sus ciudadanos, incluso asesinarlos “como un granjero que matase a sus propios pollos”. De la indignación que le provocó aquella discusión surgió la idea de que tenían que existir unas leyes, por encima de los Estados, que castigasen esos crímenes. El jurista británico Philippe Sands relata en su libro Calle Este-Oeste, sobre el nacimiento de los conceptos de genocidio y crímenes contra la humanidad, que Lemkin señaló: “Se asesinó a una nación y se dejó en libertad a los culpables”.

“En el genocidio armenio no hubo una persona como Hitler”, señala por su parte Taner Akçam preguntado sobre las diferencias entre los dos crímenes contra la humanidad. “El genocidio fue una decisión de un partido político, el Comité de Unión y Progreso, implementada por un partido político. Esta es una de las principales diferencias entre el Holocausto y el genocidio armenio. La otra es que los Jóvenes Turcos no tenían una ideología racista que podamos comparar con la de los nazis. Eran nacionalistas, sin duda, pero tomaron la decisión genocida porque consideraron que la mera existencia de los armenios era una amenaza para el Imperio y pensaron que podían eliminar esta amenaza al asesinar a todos los armenios”. El pretexto que esgrimieron los Jóvenes Turcos para lanzar las matanzas fue que los armenios se iban a alinear con los rusos en la Primera Guerra Mundial.

El genocidio fue una mezcla de deportaciones masivas hacia los desiertos de Siria, que entonces formaba parte del Imperio otomano, y asesinatos en masa, de las formas más brutales. La limpieza étnica fue total. “Pueblo tras pueblo, ciudad tras ciudad, eran vaciadas de su población armenia”, escribe el narrador estadounidense de origen armenio Peter Balakian en su emocionante libro La suerte del perro negro, que publicará el Instituto Berg de Derechos Humanos en julio. Balakian mezcla los recuerdos de su familia –superviviente del genocidio– con el relato histórico de las persecuciones y narra también otra consecuencia de las matanzas: la diáspora armenia.

Ni el Holocausto ni el genocidio armenio lograron cumplir su objetivo final, borrar de la faz de la tierra a judíos y armenios. Sin embargo, sí lograron destruir culturas milenarias, la de los judíos de Europa del Este y la de los armenios de Anatolia. Tanto Auschwitz como en Deir ez-Zor, el campo en el desierto sirio donde decenas de miles de armenios fueron matados de hambre, los cementerios hebreos abandonados y las sinagogas olvidadas de Polonia o las ruinas de Ani, la capital medieval armenia, arrasada en 1921 por las autoridades de la naciente Turquía, recuerdan las ausencias que dejó atrás el horror del siglo XX, el silencio de las víctimas y el error de olvidar."                   (Guillermo Altares, El País, 01/05/21)