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6/10/24

Diario de un huido del fascismo en Galicia: Los señores de misa, “que más que hombres parecían monjas”: “Vociferaron y animaron a unos cuantos fanáticos para que, unidos a los guardias, nos persiguiesen y diesen muerte”... “Después del arresto, el bando falangista ató a Coto Chan al rabo de una yegua montada por un sargento de la Guardia Civil”, narra Borrageros, “apalizado, ensangrentado y cubierto de todo tipo de excrementos, fue arrastrado por las calles de A Estrada”... “Que lejos está la doctrina de Jesucristo de estos cristianos modernos”, continuaba el autor, “que roban y asesinan a manos llenas y después hincan las rodillas y piden perdón, como si con eso quedasen perdonados de las injusticias que están cometiendo en todo momento y en todas partes”

 "Los muertos de aquel verano -así tituló el novelista Carlos Casares su libro de 1987- aparecían en cunetas, fosas, caminos forestales, cementerios irregulares. Manuel Coto Chan, nacido en Cuntis (Pontevedra) en 1896, vio no pocos. “Sembraron las carreteras, que por Galicia cruzan en todas direcciones”, escribe en la parte de atrás de un cuaderno de inspección de su carnicería, “de cadáveres de esos pobres infelices que no solamente fueron asesinados, sino también martirizados”. Los señores de misa, “que más que hombres parecían monjas”: “Vociferaron y animaron a unos cuantos fanáticos para que, unidos a los guardias, nos persiguiesen y diesen muerte”. Él escapó. Pasó dos años y cuatro meses primero en el monte y después en casa solidarias. Su relato, no muy extenso pero sí estremecedor, conservado en la causa militar que le abrieron después de que una cuadrilla falangista lo atrapase el 28 de noviembre de 1938, es ahora un libro, publicado por la Deputación de Pontevedra con añadidos de contexto. Se titula Memorias dun proscrito.

“Que lejos está la doctrina de Jesucristo de estos cristianos modernos”, continuaba el autor, “que roban y asesinan a manos llenas y después hincan las rodillas y piden perdón, como si con eso quedasen perdonados de las injusticias que están cometiendo en todo momento y en todas partes”. Pero los apuntes de Manuel Coto Chan no son únicamente un pliego de cargos contra sus perseguidores, los alzados en armas contra la II República, sino también el rastro de la vida diaria de los huidos. El hambre y el frío, las guaridas camufladas entre helechos, el terror ante el mínimo ruido no identificado, dormir hasta las doce de la mañana para ahorrar el desayuno, la supervivencia como obsesión. Y, de fondo, la incomprensión por lo que estaba sucediendo: “Yo y mi inseparable compañero Manuel Vázquez nos retiramos juntos y fuimos a parar a Portela, a la espera de que acabase ese estado de cosas y que hubiese paz y perdón para todos los que éramos inocentes”. Nunca sucedió.

Cárcel y expolio en el Bieno Negro

Cuando Alfonso XIII huyó vía puerto de Cartagena (Murcia) y un comité revolucionario proclamó la República -era 14 de abril de 1931-, Manuel Coto Chan, entonces de 35 años, formaba parte del Partido Republicano Radical Socialista. Ni siquiera militaba en el ala izquierda del republicanismo. Pero al estallar la Revolución de Asturias, con las derechas en el Gobierno, cae preso, acusado de participar en acciones de sabotaje. A Estrada (Pontevedra), donde Coto Chan regentaba una carnicería, había quedado sin conexión telefónica ni telegráfica en la madrugada del 5 al 6 de octubre. La revuelta asturiana, recuerda Marcos Borrageros Vilela en el ensayo histórico A vida das memorias que acompaña al escrito de Coto Chan en la edición del ente provincial de Pontevedra, era apenas uno de los episodios más visibles de la huelga general convocada por UGT contra el Gobierno reaccionario. El caso es que el carnicero y otros dos compañeros fueron condenados a un año, ocho meses y 21 días de prisión por el Tribunal de Urgencias de Pontevedra.

“Durante el tiempo que pasa en la cárcel, primero en el calabozo de A Estrada, después en la ciudad de Pontevedra y finalmente en El Dueso (Cantabria)”, explica a elDiario.es Adrián Coto Couceiro, bisnieto de Manuel y prologuista del volumen, “expoliaron su carnicería”. Su medio de vida desapareció. Él no cumplió la pena íntegra, se la redujeron por trabajo, y en febrero de 1936 una multitud lo recibiría en su pueblo, cuenta Borrageros. Manuel Coto Chan tenía entonces dos hijos, Lolita y Gerardo. El triunfo electoral del Frente Popular, la alianza de las izquierdas que acabaría con el dominio conservador y el Bienio Negro, supuso la amnistía de los encausados por los hechos del 34. La reacción, sin embargo, no descansó.

Las anotaciones en el diario comienzan el 18 de julio de 1936. “La noticia [del golpe de Estado fascista] corrió como un reguero de pólvora y comenzaron a llegar en avalancha elementos del Frente Popular, de tal forma que a las ocho de la noche había ya unos mil hombres armados de escopetas y pistolas para defender el Ayuntamiento de un posible ataque faccioso”, dice. A Coto Chan lo nombraron delegado de Orden Público. El cargo no le duró más que cuatro días. “Durante ese tiempo no se molestó a ningún vecino, reinó el orden más absoluto y el mayor respeto para todos los ciudadanos sin distinción de matices políticos”. Tampoco eso duró. Los fascistas se hicieron con el control y Coto Chan se echó al monte. “Quedé solo, sin saber qué camino tomar. Tenía alimento para un día, pero pasaron dos y el hambre ya me vencía”, inicia su relato.

El republicano aguantó dos años y cuatro meses. Lo prendieron a finales del 38. Borrageros Vilela cuenta su arresto. La Guardia Civil recibió un chivatazo y “un tal Antucho Rey” les indica donde se esconde Coto Chan, junto a Xosé Silva Rey e Hixinio Carracedo Ruzo: en Castro Ramiro, un lugar de la parroquia de Somoza, en A Estrada. Al día siguiente, 28 de noviembre, una partida de 25 falangistas y cuatro números de la Benemérita se presentaron en el lugar. Según el auto del arresto, Coto Chan, escondido en un doble fondo, llevaba encima un mosquetón cargado, una pistola, un libro de título Defensa contra el clericalismo y la libreta de inspección en la que había redactado sus memorias de huido. Estas sirvieron de prueba en su contra, recuerda el bisnieto Adrián Coto, en el Consejo de Guerra que lo condenaría a muerte. Pero antes sufrió todo tipo de vejaciones y torturas. “Después del arresto, el bando falangista ató a Coto Chan al rabo de una yegua montada por un sargento de la Guardia Civil”, narra Borrageros, “apalizado, ensangrentado y cubierto de todo tipo de excrementos, fue arrastrado por las calles de A Estrada”.

Acusado de “rebelión militar”

Coto Chan sufrió Consejo de Guerra en marzo del 39 y es condenado a muerte por el delito de “rebelión militar”. Los que se habían rebelado contra la democracia republicana eran ahora los que acusaban a los perseguidos de hacerlo. Seis meses más tarde, le conmutaron la pena por la de cadena perpetua. En octubre de 1941, ingresó en el Campamento Penitenciario de Trabajadores de Brunete (Madrid). Lo excarcelaron tres años más tarde. Pero las secuelas de años de persecución, tortura, prisión y trabajos forzados no desaparecieron. El 11 de febrero de 1946, con 49 años, murió de una tuberculosis. “Obviamente no llegué a conocerlo”, dice Adrián Coto, “pero en la memoria familiar se quedó lo que pidió a su hijo, mi abuelo, y a sus descendientes: que no se implicasen en política”.

Estas Memorias dun proscrito sobrevivieron entre los papeles y documentos de la causa militar que lo condenó a muerte. Las encontró el profesor Xoán Carlos Garrido Couceiro hace ya algunos años. La edición de la Deputación de Pontevedra incluye el texto, originalmente escrito en castellano, traducido al gallego, la reproducción facsímil del cuaderno de la carnicería, la introducción de su bisnieto Adrián, la contextualización histórica de Borrageros Vilela y un relato literario del escritor estradense David Otero. “Es, sobre todo, una restitución emotiva de su memoria. En el fondo, somos afortunados, porque hay muchas familias que ni siquiera saben dónde están los restos de los suyos”, concluye Adrián Coto."          (Daniel Salgado, eldiario.es, 05/10/24)

21/9/24

La Iglesia Católica y el exterminio de los judíos... Pío XII, luego también la Curia vaticana, estuvieron puntualmente informados de la exterminación sistemática de los judíos... Pío XII nunca lo condenó explícita y claramente, pese a la insistencia de muchos, católicos comprendidos... Ochenta años después, a no pocos, entre los que me cuento, nos cuesta entender el silencio de Pío XII. Y el argumento del mal menor no me satisface, máxime cuando lo mantuvo una vez la guerra concluida. Tampoco me basta saber que recibió infinidad de agradecimientos por parte de muchos judíos. Pero me hace pensar en tantos silencios ante el franquismo y ante ETA (Javier Elzo)

 "Desde que tengo uso de razón, luego siendo todavía un adolescente, una cuestión me ha estado rondando en la cabeza: cómo explicar que un país que ha generado personajes como Beethoven, Bruckner, Kant, Hegel, etcétera haya sido capaz de crear ese monstruo anti-judío que se concretó en última instancia en la Shoah, en el exterminio de los judíos.

Recuerdo que tuve ocasión de abordar esta cuestión, con alguna insistencia, con dos amigos ya fallecidos que habían estudiado en Alemania. Estoy hablando de Paco Garmendia y de Joseba Arregui. Venían a decirme que era consecuencia del trato que recibieron los alemanes al finalizar la I Guerra Mundial. Lo que también explica, al menos parcialmente, que Hitler llegara al poder con la fuerza de los votos.

El 2 de marzo de 2020 el Papa Francisco ordenó abrir los Archivos Vaticanos en lo referente, entre otros temas, al pontificado de Pío XII. Era algo que estaban esperando ansiosamente los historiadores. Este verano he abordado el tema desde la perspectiva del comportamiento de la Iglesia en aquellos tiempos en relación al nazismo y, más concretamente, en relación a los judíos. Y he leído mucho sobre este tema. Señalo aquí dos excelentes libros que analizan los comportamientos de la jerarquía católica en la II Guerra Mundial, publicados uno este mismo año y otro en 2023, luego ya consultados los Archivos Vaticanos tras su reciente apertura.

El primero de ellos es de Nina Walbousquet, 'Les âmes tièdes. Le Vatican face a la Shoah' ('Las almas tibias. El Vaticano frente a la Shoah'. La Decouverte. 468 páginas). Incluye una excelente bibliografía y una lista de nombres citados. La autora es una historiadora que ha pasado tres años en Roma estudiando los Archivos Vaticanos. Nos da un texto magnífico, muy ponderado, en el que se encuentran más datos que opiniones, lo cual se agradece mucho. Andrea Riccardi ('La guerra del silencio. Pio XII, el nazismo y los judíos'. Editorial San Pablo, 2024, 492 páginas, traducido del original italiano) nos entrega otro gran libro que complementa al anterior. Riccardi es historiador y creador de la Comunidad Sant' Egidio. Reside en Roma y se ha pateado los largos pasillos del Archivo Vaticano. Ya había escrito anteriormente varios textos sobre el tema. Ahora estoy leyendo 'L'hiver le plus longue. 1943-1944' ('El invierno más largo'. Desclée 2017). Se lee con congoja, casi como si fuera una novela coral, cuyo protagonismo es el de los judíos romanos.

Si Walbousquet pone el acento en las víctimas de la Shoah -el segundo capítulo de su libro se centra en Brasil, lugar al que muchos escapaban del horror nazi-, Riccardi lo hace en los entresijos del Vaticano en sus tomas de decisiones -algunas, muy relevantes-, que explican no pocas de ellas.

De forma, necesariamente breve, subrayaría esto: Pío XII, luego también la Curia vaticana, estuvieron puntualmente informados de la exterminación sistemática de los judíos, la Shoah. Sin embargo, Pío XII nunca lo condenó explícita y claramente, pese a la insistencia de muchos, católicos comprendidos. Aunque hay que añadir, inmediatamente, que actuó con determinación, energía y constancia en su ayuda. En vías diplomáticas y físicas, particularmente en Roma. No solo Pío XII y la Curia romana -nombró a Tardini y a Montini, futuro Papa Pablo VI-, sino también el propio pueblo romano y, subrayo por el tenor de estas líneas, parroquias, conventos y demás centros religiosos (católicos y protestantes). En el caso de los católicos, valiéndose de la territorialidad vaticana de esos centros, respetada por los nazis alemanes en general, con alguna excepción, como la invasión de la inmensa basílica de San Pablo Extramuros.

Los judíos como primeras víctimas son señaladas ya desde comienzos de 1942, como apunta un sacerdote -Pirro Scavizzi, que viajó a Polonia- en la primera de sus cuatro cartas a Pío XII, en fecha coincidente con la conferencia de Wannsee, donde se aprobó la exterminación de los judíos. Luego, antes de Wannsee, ya había comenzado la caza al judío (antes ya a los polacos).

Hay que añadir que la Iglesia se preocupó en primer lugar por ella misma, por las consecuencias que se podrían derivar de su condena al nazismo si lo condenaba expresamente. Riccardi señala que Pío XII quedó muy impresionado por las consecuencias que sufrió Holanda cuando sus obispos condenaron, con pelos y señales, las atrocidades nazis en su país. Tenía ya escrito un texto de dos páginas que quemó al saber lo sucedido en Holanda.

Ochenta años después, a no pocos, entre los que me cuento, nos cuesta entender el silencio de Pío XII. Y el argumento del mal menor no me satisface, máxime cuando lo mantuvo una vez la guerra concluida. Tampoco me basta saber que recibió infinidad de agradecimientos por parte de muchos judíos. Pero me hace pensar en tantos silencios ante el franquismo y ante ETA. Un tema quizá para otra ocasión."

( Javier Elzo, Catedrático Emérito de Sociología de la Universidad de Deusto​.Este artículo, publicado originalmente en El Correo)

17/9/23

Pio XII conoció desde 1942 la realidad del Holocausto nazi... Una carta desvela que Pacelli fue informado de la existencia de crematorios donde “morían cada día hasta 6.000 hombres, principalmente polacos y judíos”

 "Pío XII supo de la existencia del Holocausto nazi, al menos, desde diciembre de 1942, según una carta inédita hallada en los Archivos Vaticanos y cuyo contenido ha dado a conocer Il Corriere della Sera. La misiva, fechada el 14 de diciembre de 1942, informaba al Papa Pacelli de la existencia de crematorios de las SS en el lager de Belzec, en plena Polonia ocupada, en cuyo “alto horno”, se confirma, “morían cada día hasta 6.000 hombres, principalmente polacos y judíos”.

La carta fue enviada por el jesuita alemán Lothar Köring, encargado de asuntos alemanes en la Compañía de Jesús, al secretario personal de Pío XII, Robert Leiber, y fue descubierta por el archivero vaticano Giovanni Coco después de que, en 2020, la Santa Sede decidiera abrir a los estudiosos los archivos del pontificado del pontífice que vivió la II Guerra Mundial (1939-1958) y cuya actitud respecto al Holocausto fue puesta en cuestión por las autoridades judías.

Para Coco, la carta “representa la única prueba de una correspondencia que debía alimentarse y prolongarse en el tiempo”, y supone un prueba fundamental que demostraría que la Santa Sede conocía los crímenes ordenados por Hitler al mismo tiempo en que se llevaba a cabo el Holocausto. Hasta el momento, la tesis oficial sostenía que el Vaticano únicamente conocía la existencia de campos de concentración, pero no de la 'solución final'.

Las investigaciones de Coco verán la luz el próximo 18 de septiembre en una publicación editada por el Archivo Apostólico Vaticano, y podrían tener una importancia clave en el proceso de beatificación de Pío XII, iniciado en 1967 y que tiene como punto clave la apertura de los archivos de su pontificado, que se produjo el 2 de marzo de 2020, y que permitirá conocer el comportamiento del Pontífice frente al Tercer Reich. A su vez, del 9 al 11 de octubre la Universidad Gregoriana organiza un congreso internacional, bajo el lema 'Nuevos documentos del pontificado de Pío XII y su significado para las relaciones judeo-cristianas'.

Con todo, la duda persiste: ¿Guardó Pío XII silencio pese a conocer las atrocidades nazis para evitar más muertes, no fue consciente de las mismas hasta que ya era tarde o, simplemente, no quiso actuar? Tras la lectura de la carta cobra otro sentido el mensaje que Pacelli ofreció en la Nochebuena de 1942, en la que se refirió a “cientos de miles de personas que, sin culpa alguna, a veces sólo por razón de nacionalidad o linaje, están destinadas a la muerte o a una progresiva decadencia”.

¿Escribió este discurso después de leer la carga de Köning? Seguramente, nunca lo sabremos, pero la exclusiva de Il Corriere abre la puerta a preguntarse por qué la Santa Sede nunca formuló una condena explícita del Tercer Reich, ni Pío XII señaló a los judíos como víctimas del exterminio."                  (Jesús Bastante , eldiario.es, 16/09/23)

7/9/23

Antes de ser fusilado: "Hijos, cuánto os he querido, pero todo terminó"... "Ahí, te mando el monedero con 6 pesetas y mi sortija para que tengas un recuerdo mío. Adiós para siempre, que tengáis suerte todos. Adiós"... pero no todos los presos tuvieron la oportunidad de escribir unas líneas despidiéndose de sus familiares... A muchos condenados a muerte se les chantajeó, exigiéndoseles confesarse y comulgar a cambio de obtener el permiso para escribir

"¿Hay algo más íntimo que una carta de despedida a los seres queridos; sobre todo cuando el que se despide lo hace para siempre, horas antes de ser abatido por las balas en el paredón o de sentir en el cuello el frío hierro de la máquina del garrote vil?

Los últimos pensamientos, las sinceras dedicatorias, los deseos sobre cómo ser recordado, la angustia por el devenir de la familia... Las cartas de 'capilla' de los presos republicanos horas antes de ser ejecutados, al alba, en las tapias del Cementerio del Este (hoy de La Almudena) muestran la esencia más íntima del ser humano. Y desde el desgarro y el pudor, incluso, que produce leerlas 85 años después es de agradecer a las familias de aquellas víctimas su generosidad por compartirlas.

El libro Las cartas de la memoria (Libros de L'Encobert), editado y compilado por Tomás Montero Aparicio, coordinador del grupo Memoria y Libertad, que reúne a los familiares de las víctimas del franquismo en Madrid, supone un monumental homenaje a las casi 3.000 personas ejecutadas por los franquistas entre 1939 y 1944 en Madrid. El libro, de 400 páginas, se publicará este mes de septiembre.

A través de la correspondencia, dibujos y objetos de los presos se compone un retrato del horror pero también del amor a la familia y a los ideales. Aquellas cartas de 'capilla' han tenido respuesta tantas décadas después: los nietos y otros descendientes de las víctimas les dedican emocionadas misivas a aquellos que no conocieron y cuya trágica muerte marcó el porvenir de la familia.
"La última noche de mi vida"

El maestro republicano Salustiano de la Fuente Rodríguez, de 46 años, pasó siete meses en diversas cárceles improvisadas en Madrid, desde el 13 de abril de 1939, dos semanas después de que las tropas golpistas entraran en Madrid.

Su último destino fue la prisión de Porlier, el mayor centro de exterminio en la capital para los presos republicanos. A las doce de la noche del 6 de noviembre de 1939, horas antes de ser fusilado, escribió la última carta a su esposa y a sus hijos.
6 – 11 – 1939
12 [de la] noche (última noche de mi vida)

Hijitos míos: Ya os había escrito; pero lo hago otra vez y lo estaría haciendo hasta el último momento. ¡Cuánto os he querido! Mi mayor felicidad erais vosotros y mamá. Sin embargo, hijos, hemos de separarnos para siempre. ¡Qué pena!. Yo estoy resignado y espero que Dios me hará justicia.

Hijitos. Ya nos separamos. Amar mi recuerdo. Muero por vosotros, por mi patria, por España a la que tanto quise. Emiliana: Ánimo, no te acobardes. Guardad bien en vuestra memoria los que se han portado bien con nosotros para que se lo paguéis con la misma moneda.

Adiós. Alberto, Enrique, Santiago, Evencio, Emiliana. Todos. Mi corazón, mi alma, todo yo os envío. Adiós

Salustiano
"Adiós, 'peque' mía"

El 30 de mayo de 1939, Emilia Gómez Fernández le contaba por carta a su marido, Eduardo Aguilar Lorenz, preso en Porlier, que la huerta de su casa, en el entonces municipio de Canillas, al sur de la capital, comenzaba a florecer. "Las acelgas y los tomates han agarrado, pero faltas tú para hacer de hortelano".

Emilia le daba la noticia de que el negocio de bocadillos con el que "se ganaba bien la peseta" se fue al traste al retirarse la guarnición italiana que los compraba. Ya no hacían falta los refuerzos fascistas. El 1 de abril de 1939 Madrid las fuerzas sublevadas entraron en Madrid.

"Ahora hemos montado otra industria de pipas y caramelos y tampoco se pierde y tenemos la ventaja que lo vendemos en nuestra misma casa porque los chicos acuden a comprar aquí", le decía la mujer a su esposo seguramente para tranquilizarle.

Le refería además que las niñas estaban bien. Siete niñas y un niño tuvieron Emilia y Eduardo, oficial de Sala en la Audiencia Territorial de Madrid. Detenido bajo la falsa acusación de celebrar una misa negra en la Iglesia de Santa Bárbara, acabó condenado a muerte en el consejo de guerra celebrado el 17 de mayo de 1939 y ejecutado casi un mes después, el 14 de junio.

Aún le daría tiempo a Eduardo de leer esa carta y de contestarla, apenas unos días antes de su ejecución.
"Por ella veo que los niños están todos bien y que mi Milagrines es muy buena y no da guerra. ¡Pobretina mía! ¡Cuántas noches de insomnio y cuánto estoy sufriendo pensando en ti, pequeña mía, y nuestros ocho hijos! Cuidate mucho para que puedas cuidar de ellas y hacerlas mujeres laboriosas y honradas. Que no dejen de bañarse, porque la higiene es salud (...)

¿Han dado flor los claveles y los rosales? Si yo estuviera ahí, me entretendría en hacer unas bolsitas de tul para los racimos de uva y que no los estropeasen los pájaros. ¡Si vieras qué alegría recibí al ver las cerezas! ¡Qué alegría, y qué pena, Emilia mía! ¡Cuánto hemos trabajado, y cuantas privaciones, años y años nos ha costado!

Adiós, 'peque' mía. Muchos besos y abrazos para ti y las niñas de vuestro Eduardo
Milagrines, la hija pequeña de Eduardo Aguilar Lorenz, le contestó a su padre en 2022, en una figurada carta de respuesta en la que le explica lo que aconteció a su familia tras su ejecución.
Madrid, 27 de noviembre de 2022

¡Hola, papá! Por fin me decido a escribirte y terminar con esta asignatura pendiente. Son tantas las cosas que te quiero contar que no sé por dónde empezar... Soy Milagrines, tu bebé. Nunca llegué a conocerte, tenía apenas seis meses cuando fuiste fusilado aquel maldito 14 de junio de 1939 en la tapia del cementerio del Este. Esta fecha quedó grabada en la memoria de todos; de mamá, de mis hermanas, de tu familia, de tus amigos, de tus vecinos... Nadie comprendió cómo un hombre tan bueno y trabajador, que no había hecho nada a nadie y cuyo único 'delito' había sido defender el gobierno legítimo de la Segunda República, era ejecutado de esa forma tan vil y canalla. (...)

Las cosas no fueron fáciles para nosotras. Nos quitaron la casa, pero supimos salir adelante con mucho esfuerzo, sobre todo de mamá y de tus hijas mayores. Siempre con la cabeza bien alta, orgullosas del padre que habíamos tenido. (...)

El tiempo fue pasando, crecimos, nos hicimos mayores. Yo, por ejemplo, me fui a trabajar a Suiza, donde estuve un tiempo. Al volver a Madrid me casé y tuve cinco hijos: una chica y cuatro chicos. A uno de ellos le llamé Eduardo, en recuerdo tuyo.

Estoy segura de que tu lucha y la de todos aquellos que defendieron el Gobierno legítimo de la Segunda República no quedará en vano y que algún día veremos una España republicana. ¡Ah, se me olvidaba! Hoy es mi cumpleaños. Cumplo ochenta y cuatro años.

Te quiere, tu hija Milagrines
Dionisia, una de las 'Trece rosas'

Dionisia Manzanero Salas, modista madrileña, tercera hija de los seis vástagos de una familia obrera del barrio de Cuatro Caminos, se afilió al Partido Comunista en abril de 1938, después de que un obús matara a su hermana Pepita y a otros niños que jugaban en un descampado.

Fue fusilada junto a doce de sus compañeras el 5 de agosto de 1939, minutos después de que sufrieran la misma suerte 43 compañeros de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU). Dionisia fue una de las Trece rosas; murió con 20 años
Queridísimos padres y hermanos: Quiero en estos momentos tan angustiosos para mí poder mandaros las últimas letras para que durante toda la vida os acordéis de vuestra hija y hermana, a pesar de que pienso que no debiera hacerlo, pero las circunstancias de la vida lo exigen.

Como habéis visto a través de mi juicio el señor fiscal me conceptúa como un ser indigno de estar en la sociedad de la Revolución Nacional Sindicalista. Pero no os apuréis, conservar la serenidad y la firmeza hasta el último momento, que no os ahoguen las lágrimas, a mí no me tiembla la mano al escribir. Estoy serena y firme hasta el último momento. Pero tened en cuenta que no muero por criminal ni ladrona, sino por una idea.

Madre, ánimo y no decaiga. Vosotros ayudar a que viva madre, padre y los hermanos. Padre, firmeza y tranquilidad. Vosotras hermanas mías, no llorar ni una lágrima, yo no lo he hecho. Dar un apretón de manos a toda la familia, fuertes abrazos como también a mis amigas y vecinos y conocidos. Mis cosas ya os las entregarán, conservar algunas de las que os dejo. Muchos besos y abrazos de vuestra hija y hermana que muere inocente.

Dionisia
Chantaje: o comulgas o no escribes

No todos los presos tuvieron la oportunidad de escribir unas líneas despidiéndose de sus familiares, un ejercicio que seguramente alivió tanto a los condenados a muerte como a sus seres queridos.

"A muchos condenados y condenadas a muerte no se les permitió dar cumplimiento a dicha última voluntad, entendiéndose su negación como un postrero y ejemplar castigo. A otros se les chantajeó, exigiéndoseles confesarse y comulgar a cambio de obtener el permiso para escribir", explica en el libro Cartas de la memoria la historiadora Verónica Sierra Blas, especialista en la materia, de la Universidad de Alcalá de Henares.

"No debemos tampoco olvidar que hubo quienes no pudieron trazar ni tan siquiera unas cuantas letras, aun teniendo autorización para hacerlo, por su delicado estado mental o de salud, por su escasa o nula capacidad alfabética o, sencillamente, por no tener con qué hacerlo", indica Verónica Sierra Blas.

Papelillos de fumar, trozos de cartón o de latón, páginas o pedazos de papel arrancados de libretas o de blocs, envoltorios de alimentos, prendas de vestir o, incluso, los mismos suelos y las paredes sirvieron para plasmar en ellos la última despedida, según indica en el libro la citada historiadora.

Las despedidas más tristes

El joven Jerónimo Misa Almazán, de 23 años, se despedía por escrito de su familia, el mismo día de su ejecución, el 27 de abril de 1940.
"Queridísimos e inolvidables madre y hermanos: Por fin la vida, que me fue cruel y dura, señala la hora en que he de dejarla [...], esta madrugada acordándome de todos vosotros moriré queriéndoos mucho (...). Se va a cumplir la sentencia (...) Papá, piensa que el que podía ayudarte murió, quiere a mamá recordándome a mí, cuida de mis hermanos para que se hagan hombres y mujeres dignos, que la miseria no vaya a asomar a sus hogares porque no supiste darles oficios (...)"
El jornalero Eugenio Pérez Carralero plasmó así la angustia por su inminente ejecución, el 24 de julio de 1943:
"A mi querida esposa Raimunda: Me apena mucho escribirte esta carta, pero no tengo más remedio. Dentro de unos instantes, seguramente dentro de unas horas, terminará todo".
El mecánico y taxista gaditano Antonio Alonso Ruiz fue detenido por estar afiliado al sindicato UGT y ser defensor de la República. El día 13 de septiembre de 1940, cuando su esposa, Juana, fue a llevarle la comida a la prisión de Porlier, el funcionario al mando le entregó una carta que Antonio había escrito esa madrugada, antes de ser fusilado.
A mi queridísima esposa: como verás, a pesar de que tu pensabas lo contrario, ha llegado mi última hora y en esta madrugada en que tú duermes ajena a todo, yo hago frente a mi ideal y a mis destinos. Tú ya sabes por lo que muero, por pensar como piensan los hombres y por defender la República, símbolo de libertad, de trabajo y de bienestar del obrero y por cuya causa daría tantas vidas como tuviera, y cuando llegue
la hora de que esta España se vea libre de esta reacción tan criminal y canalla y brille el Sol de la Libertad y de la Justicia, a lo cual yo no asistiré (ilegible) y os pido un recuerdo para todos los caídos por esta España que empezaréis a disfrutar vosotros".
El impulsor del libro, Tomás Montero Aparicio, le dedica un emotivo texto a su abuelo Tomás Montero Labrandero, fusilado el 14 de junio de 1939, del que atesora su carta de 'capilla', una misiva que dirigió a un primo suyo también recluido en Porlier y que fue ocultada entre las rendijas de los muros de la cárcel:
Ahí, te mando el monedero con 6 pesetas y mi sortija para que tengas un recuerdo mío.

Adiós para siempre, que tengáis suerte todos.

Adiós

Tomás Montero

"Todas estas cartas y las que nos van llegando a Memoria y Libertad de
víctimas del franquismo en Madrid se comparten, además de en este libro, en un blog, Las cartas de la memoria, creado expresamente para que, esta vez sí, las misivas de sus familiares lleguen a su destino imposible y, sobre todo, al conocimiento y la conciencia de toda la sociedad", escribe Tomás Montero en la obra."               (Ana María Pascual , Público, 29/07/23)

6/3/23

Pues resulta que hace unas pocas décadas hubo una guerra, que llamaron 'Cruzada', en la que una parte de los católicos (requetés, curas cómplices, curas asesinos) mataron usando el nombre de Cristo para legitimar sus crímenes... y tras la guerra, gran parte de los eclesiásticos (curas y monjas) se convirtieron en investigadores del pasado ideológico y político de los ciudadanos, en colaboradores del aparato judicial. Con sus informes, aprobaron el exterminio legal organizado por los vencedores en la posguerra y se involucraron hasta la médula en la red de sentimientos de venganza, envidias, odios y enemistades que envolvían la vida cotidiana de la sociedad española... así que al señor Feijóo solo cabe decirle que pregunte a sus paisanos orensanos por los curas que mataron y por los que no mataron... se hubiera evitado decir la tonteria de que «Desde hace siglos no verá a un cristiano matar en nombre de su religión como hacen otros pueblos»

 Ver enlaces:

1) 'represion franquista curas asesinos': http://auschwitzlacrueldadhumana.blogspot.com/search/label/dd.%20Represi%C3%B3n%20franquista%3A%20curas%20asesinos

2) 'represión franquista curas': http://auschwitzlacrueldadhumana.blogspot.com/search/label/dd.%20Represi%C3%B3n%20franquista%3A%20curas.

3) 'represión franquista monjas asesinas': http://auschwitzlacrueldadhumana.blogspot.com/search/label/dd.%20Represi%C3%B3n%20franquista%3A%20monjas%20asesinas

 "(...) La Iglesia católica se incorporó a esta tarea de la máquina represora, por lo que es plenamente culpable, siendo decisiva en las condenas impuestas por los tribunales especiales. Como sabemos legitimó la dictadura, por lo que fue ampliamente recompensada. Sirva de muestra este fragmento de la Carta colectiva de los obispos españoles de 1937:

“La guerra es, pues, como un plebiscito armado. La lucha blanca de los comicios de Febrero de 1936, en que la falta de conciencia política del gobierno nacional dio arbitrariamente a las fuerzas revolucionarias un triunfo que no había logrado en las urnas, se transformó, por la contienda cívico-militar, en la lucha cruenta de un pueblo partido en dos tendencias: la espiritual, del lado de los sublevados, que salió a la defensa del orden, la paz social, la civilización tradicional y la patria, y muy ostensiblemente, en un gran sector, para la defensa de la religión; y de la otra parte, la materialista, llámese marxista, comunista o anarquista, que quiso sustituir la vieja civilización de España, con todos sus factores, por la novísima «civilización» de los soviets rusos”.

Esa colaboración de la Iglesia en la consolidación de la dictadura franquista se produjo desde el primer momento del estallido de la Guerra de España. Se puso el culto a la Virgen del Pilar al servicio de los rebeldes golpistas.  Lo vemos en  el frustrado bombardeo de la basílica del Pilar en la noche del 3 de agosto de 1936.   Esto había motivado que, de alguna manera, la Virgen del Pilar se convirtiera en un símbolo hecho patente de la persecución religiosa ejercida durante la guerra por el bando republicano. (...)

Este alineamiento de la Iglesia católica con los sublevados lo podemos constatar en sus documentos oficiales, como El   Boletín Eclesiástico Oficial del Arzobispado de Zaragoza de 15 de junio de 1937, en aquellos momentos el arzobispo era Rigoberto Domenech: “España se presentó ante el Pilar bendito, destrozada, sangrante, pecadora y con clamor salido de lo más hondo de su pecho, hizo protestas de su amor, de su fervoroso anhelo de renovarse. La España que nace, la que acaudilla el invicto general Franco, la que quiere recoger la vieja savia de nuestras gloriosas tradiciones para que inspire a los forjadores del nuevo imperio, recordando que es de María, que de entre sus hijos salieron los adalides marianos por excelencia, renovó su consagración a la dispensadora de todas las gracias”.  A pesar de este escrito, el Ayuntamiento de Zaragoza, presidido por Jorge Azcón, se ha negado a retirarle la calle dedicada al Arzobispo, como han pedido determinados colectivos y yo personalmente en algún artículo. (...)

Retorno a la palabras de Feijóo: “Desde hace siglos no verá a un cristiano matar en nombre de su religión como hacen otros pueblos”.  Mas, lo cierto que la Iglesia católica, aunque estuviera abolida la Santa Inquisición hace dos siglos, en tanto en cuanto apoyó, legitimó y justificó la dictadura franquista es responsable de la represión de muchos españoles. E incluso, participó activamente en ella, por lo que fue ampliamente recompensada. Por ello, para aclararle algo las ideas al ínclito Feijóo y a otros muchos españoles, un tanto ofuscados,  quiero acabar con las palabras de uno de los historiadores más reconocidos, Julián Casanova de un artículo de 2006 titulado La Iglesia y la represión franquista:       

“Franco y la Iglesia ganaron juntos la guerra y juntos gestionaron la paz, una paz a su gusto, con las fuerzas represivas del Estado dando fuerte a los cautivos y desarmados rojos, mientras los obispos y clérigos supervisaban los valores morales y educaban a las masas en los principios del dogma católico. Hubo en esos largos años tragedia y comedia. La tragedia de decenas de miles de españoles fusilados, presos, humillados. Y la comedia del clero paseando a Franco bajo palio y dejando para la posteridad un rosario interminable de loas y adhesiones incondicionales a su dictadura.

La maquinaria legal represiva franquista…convirtió a los curas en investigadores del pasado ideológico y político de los ciudadanos, en colaboradores del aparato judicial. Con sus informes, aprobaron el exterminio legal organizado por los vencedores en la posguerra y se involucraron hasta la médula en la red de sentimientos de venganza, envidias, odios y enemistades que envolvían la vida cotidiana de la sociedad española…La Iglesia no quiso saber nada de las palizas, tortura y muerte en las cárceles franquistas…"                   (Cándido Marquesán Millán , Rebelión, 02/03/2023)

16/12/22

Las instituciones religiosas ejercieron un papel fundamental en las prisiones femeninas de la posguerra. Las monjas obligaban a las mujeres a bautizarse, y también las chantajeaban practicar el catolicismo a cambio de recibir agua caliente para poder limpiar los “parches” que usaban para limpiarse durante la menstruación

 "(...) El chantaje de las instituciones religiosas

Las instituciones religiosas ejercieron, además, un papel fundamental en las prisiones femeninas de la posguerra. Como apunta Ginard, las mujeres constituyeron un colectivo clave desde el punto de vista de la recatolización de España tras la experiencia laicista de la II República, lo que llevó a las mujeres a ser obligadas a bautizarse, como sucedió en el caso de Matilde Landa, y llevaran a cabo prácticas religiosas. Asimismo, las mujeres eran chantajeadas a practicar el catolicismo a cambio de recibir agua caliente para poder limpiar los “parches” que usaban para limpiarse durante la menstruación. 

 En este contexto apela Ginard a entender la recuperación de las funciones atribuidas tradicionalmente a las monjas dentro de los centros de reclutamiento femenino de la posguerra, inspiradas en las tradicionales casas correccionales que tuvieron una notable presencia durante la Restauración borbónica.

Como apunta el historiador en su libro, la represión constituye un ejemplo paradigmático del “sempiterno problema” de la invisibilidad de la mujer como sujeto histórico. “Se trata de un fenómeno en que las formas específicas de violencia física y moral que afectaron de manera más singular a las mujeres fueron precisamente las que dejaron menos vestigios documentales aptos para ser usados por los historiadores”, incide. (...)

Represión en los barrios obreros

Esta represión tuvo una relevancia importante en barrios populares como La Soledat (Palma), con una tradición obrerista y de izquierdas muy marcada. A través del testimonio de una vecina anarquista del barrio, Julia Palazón, se conoce que la represión hacia las mujeres en La Soledat tuvo, sobre todo, esa dimensión: había listas de mujeres “rojas” a las que les rapaban la cabeza, las sacaban a “pasear” por el barrio y les hacían beber aceite de ricino en la antigua Casa del Pueblo de Palma, reconvertida posteriormente en un local de la Falange.

Por otro lado –y por los mismos motivos, a saber, por esta conducta patriarcal–, era poco frecuente que les aplicaran la tipología de delitos más graves –con sus consiguientes penas máximas–, como rebelión militar: se las condenaba, en cambio, por penas tipo “auxilio” o “seducción” a la rebelión. “Es esta consideración de la mujer como menor de edad, como una persona incapaz de tener una mínima solvencia ideológica”, afirma Ginard.(...)"                    (Esther Ballesteros / Nicolás Ribas, eldiario.es, 9 de diciembre de 2022)

14/12/22

Los cuadros que el franquismo robó y la Iglesia se quedó para decorar sus parroquias... Los primeros años de la posguerra los responsables de custodiar el patrimonio entregaron a los religiosos más de 2.000 bienes de represaliados, en una cadena sistematizada de expolio

“Enteradas de que reparten algunos objetos de los que no se sabe el dueño y habiéndolo perdido todo porque nos lo quitaron los rojos”… Esa fue la fórmula. Las cartas que llegaron al comisario general del Patrimonio Artístico Nacional, entre 1939 y 1945, repetían la misma justificación, una tras otra. Casi como una consigna. 

Este consenso en las reclamaciones de las religiosas dio como resultado la retirada de más de 2.000 bienes que habían sido almacenados por la Junta de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico y por los expolios que el franquismo realizó a las familias republicanas represaliadas. Eran objetos “necesarios” para su actividad religiosa como copas de cristal, espejos, bandejas de plata, cubertería, cuadros y hasta un mantón de Manila verde con flores bordadas en sedas de colores y ancho fleco.(...)"                 (eldiario.es)

4/11/22

Rogelio, un zapatero que se ha convertido en el encargado de la fábrica de zapatos Minerva, es encarcelado por la denuncia de un compañero de trabajo, Antonio Timoner, que anhelaba su puesto de encargado y lo ha acusado de difundir noticias alarmantes de corte izquierdista... su esposa Francisca, devota, había ido a rezar al Crist de la Sang. De repente, escuchó alboroto en la entrada de la iglesia. “Se quedó completamente paralizada al ver a unos veinte presos, con el mismo aspecto que su marido, que subían cansados las escaleras escoltados por soldados con sus fusiles al hombro. Apartaron a Francisca con un grito seco de 'cuidado' y los obligaron a besar el cristo a golpe de culata. Era una parada obligatoria antes de escuchar el último estruendo de su vida: una descarga de pólvora y metal” el padre Atanasio obligaba a los presos a besar la cruz que portaba colgada de un cordón atado a la cintura. En uno de los casos en el que el detenido, Miquel Òleo, se negó a ello, el 'padre Santanasio' -como se le conocía en Can Mir- lo agarró del cabello y le restregó el crucifijo por los labios hasta hacerle sangrar

 "Dos hombres aporrean la puerta de una vivienda situada en la calle Aragón de Palma. El estrépito sobresalta a Francisca Puigserver, quien se encuentra con su hijo Rafael, el quinto de siete hermanos, que ese día no ha ido al colegio ante las noticias que llegan de Madrid: 'España está en guerra', rezan los periódicos. 

Es el 19 de julio de 1936. Al abrir la puerta, dos guardias civiles le preguntan dónde se encuentran su marido, Rogelio, y su hermano, Miguel. Como no están en casa, le indican que, cuando regresen, se dirijan al cuartel. En solo un instante, el día se ha tornado pesadilla para Francisca, a quien un torbellino de pensamientos comienza a abordarla, preguntándose qué puede haber hecho Rogelio, un zapatero que, a sus 41 años, se ha convertido en el encargado de la fábrica de zapatos Minerva, en el barrio palmesano de Santa Catalina.

Junto a su cuñado, Rogelio Fernández Aguiló se dirige a las dependencias de la Benemérita tras recibir el mensaje de su mujer. Está tranquilo y convencido de que todo aquello es un malentendido. Sin embargo, ese día ninguno de los dos regresará a casa. Ni al siguiente, ni al otro. Un compañero de Rogelio que anhelaba su puesto de encargado, Antonio Timoner, lo ha acusado en falso de difundir noticias alarmantes de corte izquierdista, unos hechos por los que, durante los siguientes 18 meses, permanecerá encerrado en el navío Jaume I, en el almacén de maderas reconvertido en cárcel franquista Can Mir y en los campos de concentración de S'Àguila y Son Granada, en Llucmajor (Mallorca), a pesar de que su caso será archivado mucho antes por los tribunales.

Más de ochenta años después, su bisnieto, Antoni J. Escanellas, ha recuperado la historia de Rogelio y, junto a ella, las numerosas postales que escribió y recibió durante su cautiverio y que, desde entonces, su familia ha mantenido guardadas como oro en paño. Las ha dado a conocer en el libro Ficha nº 15. Postales contra el olvido, recientemente publicado por Dolmen Editorial. Junto a las misivas, el zapatero elaboró con sus manos agujas, cajas de alfileres, anillos, pipas, colgantes y otros objetos que hacía llegar a sus familiares por correo.

En Mallorca, convertida en punto estratégico para los intereses de las fuerzas fascistas, la represión fue especialmente dura y, de hecho, fue uno de los primeros lugares de España donde comenzaron a instalarse campos de trabajo forzados para los prisioneros, como aquellos en los que Rogelio permaneció encerrado. Pero, sobre todo, la actividad más intensa se centró en los hombres encarcelados en Can Mir, tras cuyos muros también fue prisionero y donde se implementó y normalizó la práctica de las 'sacas': los presos eran 'liberados' y, conducidos bajo engaño por grupos de falangistas, acababan asesinados en las cunetas de las carreteras.

Detenidos “por rojos”

En el cuartel de la Guardia Civil, adonde ha acudido Rogelio, uno de los detenidos pregunta por qué se encuentran retenidos. Sin titubeos, uno de los agentes responde: “¡Por rojos!”. Y, desde ahí, los conducen hasta el barco Jaume I, buque de Trasmediterránea que cubre de forma habitual la ruta entre Palma y Barcelona y que ha acabado convertido en cárcel flotante. Como explica Escanellas, fue ahí donde su bisabuelo supo que los golpistas lo habían militarizado todo. Los detenidos, confinados en las bodegas con las compuertas cerradas a cal y canto, pasaban las horas esperando a que alguien acudiera a darles una explicación, “alguien a quien contar que eran solo gente normal que trabajaba en la industria zapatera de la isla y que Rogelio había ganado un premio al zapato mejor elaborado y diseñado”.

No en vano, Rogelio estaba convencido de que el golpe de Estado finalizaría en unas horas. Días, quizás. “Ese era el pensamiento general, lo que la mayor parte de los detenidos pensaba. Que era una rabieta de los militares, pero que llegarían a un acuerdo rápidamente. Pero nunca llegaron a un acuerdo, nadie habló con nadie. Y pasaron las semanas, y los meses...”, relata Escanellas, periodista y filósofo.

Tinta borrada por las lágrimas

Mientras tanto, desde ese 19 de julio, Francisca pasa las horas en soledad. Permanece siempre callada, en una esquina, cabizbaja, mientras las lágrimas ruedan por sus mejillas, como aquellas que se derramarían sobre una de las numerosas postales enviadas a Rogelio. Se encontraba ya prisionero, bajo la inscripción Ficha 15, en el campamento de Son Granada, en Llucmajor. Con la tinta borrada por las gotas saladas, Isabel, una de sus hijas, transcribe lo que Francisca le va dictando: “Apreciado esposo y padre, sirva la presente para manifestarte nuestro buen estado de salud, deseando que la suya igual, por lo que damos gracias a Dios...”.

Sin embargo, antes de que Rogelio recale en la antigua posesión de Son Granada, son numerosas las vicisitudes que vivirá y las postales que recibirá. Desde el cuartel de la Guardia Civil lo han conducido a Can Mir, ubicado en el mismo solar donde en la actualidad se levanta el popular cine Augusta, tras cuyos muros los prisioneros pasan los días entre chinches, ratas y humedad, esperando la muerte, llegue o no. Las cartas son el único modo de comunicarse con las familias y, por ello, Rogelio enseña a escribir a quienes no saben mientras manipula pequeñas maderas con las manos. “Era la única forma de no volverse loco allí”, relata su bisnieto. La nave, de unos mil metros cuadrados, llegó a confinar al mismo tiempo, en un “ambiente nauseabundo”, a 1.004 prisioneros “dando incesantes vueltas por aquel antro”, como dejó constancia otro de los internos que permaneció tras sus rejas, el músico, escritor y político Lambert Juncosa.

Meses después hacía su aparición en Can Mir el padre Atanasio de Palafrugell, quien acompaña a los presos antes de morir y, en determinados casos, la única persona a la que pueden ver antes de ser asesinados. El cura, explica Escanellas, aprovechaba “todos los minutos para intentar conseguir, por todos los medios, que confesaran que se habían equivocado creyendo en sus convicciones y que pidieran perdón a Dios”. Como documentó el investigador Manel Suárez Salvà, autor del libro La presó de Can Mir. Un exemple de la repressió franquista durant la Guerra Civil a Mallorca (editorial Lleonard Muntaner), el eclesiástico obligaba a los presos a besar la cruz que portaba colgada de un cordón atado a la cintura. En uno de los casos en el que el detenido, Miquel Òleo, se negó a ello, el 'padre Santanasio' -como se le conocía en Can Mir- lo agarró del cabello y le restregó el crucifijo por los labios hasta hacerle sangrar. 

Rezos al Crist de la Sang

Uno de aquellos días, Francisca, devota, había ido a rezar al Crist de la Sang. De repente, escuchó alboroto en la entrada de la iglesia. “Se quedó completamente paralizada al ver a unos veinte presos, con el mismo aspecto que su marido, que subían cansados las escaleras escoltados por soldados con sus fusiles al hombro. Apartaron a Francisca con un grito seco de 'cuidado' y los obligaron a besar el cristo a golpe de culata. Era una parada obligatoria antes de escuchar el último estruendo de su vida: una descarga de pólvora y metal”, relata Escanellas. “Solo cuando pasó el último y estuvo convencida de que ninguno de ellos era Rogelio, soltó el aliento”, añade. Pocas semanas después, Mallorca y Eivissa ya se habían entregado a los fascistas.

La Navidad está próxima. Entre la algarabía que llega del exterior, culatas y porras en mano, Rogelio piensa en su familia, y decide escribir una postal. Se dirige de inmediato al escritorio -una tabla sobre la que se puede apoyar el papel y el lápiz- y coge la pluma entre sus manos. Las palabras comienzan a brotar sobre el papel: “En la Navidad florida, Navidad de pavos y hornazos, acercaos vidas mías, quiero daros unos abrazos”. Enmarcando estas líneas, en verde y rojo, flores y una paloma. Después le da la vuelta a la postal y escribe: “Sra. Dña. Francisca Puigserver. Apreciada esposa, hijitos y madrina, cuñados y cuñadas, madre y hermanos, a todos me dirijo en tan memorable día de Navidad, que para mí es muy triste al no poder cumplir como buen padre, de llevar a mis hijitos el pavo...”. Y, en un hueco vacío que aún queda, añade: “Si yo fuese palomita en tan memorable día, os haría una visita en nuestra casa o casita bendita”. Es el 22 de diciembre de 1936.

Casi dos meses después, Rafael, de diez años y el quinto hijo de Rogelio y Francisca, le envía una carta a su padre en la que le cuenta que “todos los días yo y mi madrecita vamos a la iglesia de San Antonio de Padua. Mi madrecita le reza y me hace decir: 'San Antonio bendito, mandarás a casita a nuestro padrecito, que era tan bueno para todos, y devolverás la alegría a nuestra casita'. Confío que San Antonio hará este milagro, porque yo soy muy bueno...”.

“Rogelio se olvidará de la política si eso significa continuar vivo”

Francisca intenta, mientras tanto, reunirse con el padre Atanasio. La acompañan sus hijos. Le explica -relata el periodista- que son una familia creyente, que nunca han faltado a misa, que Rogelio es un buen hombre y que “es cierto que se hizo del partido socialista que prometía una mejora para las clases bajas, y que ellos eran clase baja”. En ese instante, la mirada del capellán se enturbia. No quiere oír nada más ni escuchar cómo le dice la mujer que su marido se olvidará de la política si eso significa continuar vivo. Atanasio les conduce hasta la salida para que se marchen y cierra la puerta a sus espaldas. 

 En Can Mir, Rogelio puede recibir de su familia cestas de mimbre con pequeños utensilios, ropa y enseres de higiene personal, porque Francisca y sus hijos viven muy próximos a la prisión. Sin embargo, pronto dejarán de estar tan cerca de él porque el antiguo almacén de maderas comienza a estar atestado de presos y hay que buscar una solución. Coincidiendo con las nuevas necesidades defensivas de Mallorca, las autoridades deciden trasladar a los detenidos a los campos de concentración itinerantes que comienzan a instalarse a lo largo de la costa de Mallorca. Allí son obligados a trabajar en la construcción de carreteras y otras obras públicas y a dormir en los reposaderos del ganado, en barracones de madera o en tiendas de campaña. Rogelio y su cuñado, Miguel, son dos de ellos.

Nuevo destino: s'Àguila de Llucmajor

En este contexto, en mayo de 1937 las autoridades deciden enviarlos a la finca de s'Àguila, una posesión situada en la marina de Llucmajor. En el tren viajan junto a otros ocho prisioneros. A su llegada a la estación, un camión los conduce a su nuevo destino, un solar de 1.750 'cuarteradas' (7.103 metros) dedicado esencialmente a la cría de pastos y ovejas y a la producción de lana y queso. Ellos dormirán en el suelo de unos barracones. Pero, pese a las pésimas condiciones, señala Escanellas, a su bisabuelo s'Àguila le parece “un remanso de paz, cerca del mar y en medio del campo”. Allí trabajarán construyendo muros y paredes y arreglando calles y carreteras. Rogelio tampoco se librará de las advertencias de los guardias, quienes le aperciben de la presencia de un pozo que se convertirá en el nuevo cementerio de la finca. “Allí lanzaban a los problemáticos”, asevera el autor de Ficha 15.

Las postales, de nuevo, no cesan. Con el sello de la censura militar, el 12 de mayo recibe noticias de su familia: “Queridísimo y nunca olvidado esposo y padre, sirva la presente para manifestarte nuestro buen estado de salud, deseando de todo corazón que tú goces de igual beneficio, que es lo principal y por lo cual damos gracias a Dios”. Unos días antes, Rogelio les había escrito para saber de ellos y encargarles varios enseres para sobrevivir en el campamento. Francisca le responde: “Sabrás que ya tenemos el colchón en nuestro poder, por lo tanto no pases pena. Esperamos por aquí que te gustará. A la primera ocasión te mandaremos todo lo que pides. Ya nos mandarás a decir los días que te podemos escribir y mandar la ropa, si es que lo sabes. Recibirás muchos recuerdos de la padrineta, de tu madre, hermanos, tíos, y de todos tus queridos hijitos millones de besos, como de tu querida esposa que nunca te olvida”.

En poco tiempo le llega el colchón prometido y ya no tiene que dormir en el suelo. Escanellas explica que en s'Àguila, Rogelio es considerado como un preso que no da problemas y, por ello, no le castigan más allá del trato de esclavitud del trabajo forzado. “Tiene tiempo para descansar, para escribir postales y para pensar, al hacer, con trozos de madera y otros materiales, pequeños objetos, pequeños materiales para enviarlos a la familia”, narra su bisnieto, quien subraya que todo eso es, para Rogelio, “la máxima expresión de amor desde que le encerraron aquel fatídico 19 de julio de 1936”. Nunca habían podido enviarse tantas cosas y tantas postales.

“Yo soy zapatero”

Uno de esos días, Rogelio observa que uno de los guardias lleva la bota rota. Al preguntarle por qué, le responde que allí no hay quien se la arregle y que tampoco tiene tiempo de llevarlas a ninguna parte. Mirándole a los ojos, de tú a tú, el prisionero se estira y da una calada al pitillo: “Yo soy zapatero”, le dice. A partir de ese momento, comenzará a trabajar más arreglando calzado que como obrero de carreteras. “Lo hace tan bien que pronto se corre la voz de que los zapatos que arregla no vuelven a romperse, porque trabaja a conciencia. Siempre lo ha hecho, por eso era el encargado de la fábrica”, recuerda su bisnieto. Hilo, trozos de piel, cola y agujas es todo lo que necesita. Los soldados son sus clientes más numerosos. Por la noche elabora anillos para sus familiares: “Francisquita mía, ya me dirás si los anillos os han venido bien porque veo que os han gustado”, le escribe a su mujer.

El 11 de julio de 1937, Francisca envía una nueva postal, pero esta vez le viene devuelta. Teme lo peor. Como señala Escanellas, s'Àguila tiene fama de ser un cementerio, sobre todo “por su terrorífico pozo”. Por eso, acompañada de los pequeños, de inmediato acude a Can Mir para preguntar por su marido. Un administrativo le informa de que lo han enviado a Son Granada, una posesión próxima a s'Àguila. Miguel, el hermano de Francisca, también está con él.

Los días de verano se hacen eternos en Son Granada. Es agosto y la guerra atraviesa su fase más cruda. Tras el paso del otoño y con la llegada del invierno, Rogelio hace todo lo posible por preparar una visita con su familia, aunque la burocracia para ello se hace interminable y las autoridades son implacables. “Cada negativa al permiso de ver a su familia es un golpe duro para la moral de un hombre que ya lleva más de un año encerrado. Necesita ver una cara familiar”, subraya su bisnieto.

Pero un día, llega la gran noticia. Y, de inmediato, coge papel y lápiz: “Apreciadísima esposa, hijita e hijitos, padrineta y toda la familia. Yo bien, igual deseo para vosotros gracias a Dios. Francisca, lo del permiso ya lo tengo, podéis venir el domingo como me indicáis, y así me lo ha concedido mi señor teniente en jefe del campamento. El domingo os espero con los brazos abiertos, si Dios quiere”. Es el 14 de noviembre de 1937. Poco después, con las manos temblorosas, su hija Isabel se dispone a responderle mientras Francisca le indica las palabras: “Apreciado padre. Todos estamos bien, igual para vos deseamos, a Dios gracias. El domingo 21 vendremos a abrazaros por fin, Dios nos lo ha concedido. Recuerdos de todos, besos de vuestra hija, hijitos y el corazón de tu esposa, Francisca”.

El reencuentro

Los nervios comienzan a contagiarse. Hay que decidir quién acude hasta Son Granada. Creen que es mejor que Francisca vaya sola, pero al momento descartan la idea. Finalmente, irá con su hermano Paco. Dos días después, ambos ya van montados en el tren con destino a Santanyí, que les apea en la parada de s'Arenal de Llucmajor. Tras caminar un buen trecho hasta el campo de concentración, la visión es dantesca: “Gente por aquí y por allá, algunos volvían reventados de trabajar, sucios y acompañados siempre por un par de soldados imberbes a quienes los presos duplicaban la edad”, explica el periodista. Un soldado va a buscar a Rogelio. Cuando el guardia regresa con él, el recluso observa un perfil de traje negro que asoma tras el militar: es Francisca.

“Tienen un par de minutos”, les indica. Francisca encuentra ante ella a un hombre muy delgado y tapado -hace mucho frío- y que ha perdido pelo, ya blanco. A su alrededor, colchones por el suelo y mantas viejas y raídas que arropan a enfermos y heridos. Se abrazan tímida y temerosamente, con la emoción contenida, y, sin dejar de mirarse, comienzan a hablar. Él le cuenta que está bien de salud, que trabaja como zapatero y que tienen a un cocinero que prepara guisos de verduras y poco más, con algún hueso... Pero por lo menos no es aquel caldo de boniato que les daban de rancho en Can Mir. Ella le explica qué tal está la familia. Se encuentran en el auge de su conversación cuando, de repente, se escucha: “¡Se acabó el tiempo!”. Ella se levanta enseguida y se va. Rogelio se queda con un palmo de narices porque, con los nervios y el miedo, Francisca ni siquiera se ha despedido de él.

Días después, el 7 de diciembre, Rogelio se levanta con un fuerte dolor de estómago, un “malestar de nervios”, como señala Escanellas. Horas más tarde escucha un fuerte estruendo, el de una escuadra de aviones que llega desde el mar. Alguno por detrás susurra: “Son de los nuestros”. Después, truenos de fondo, revuelo de alarmas y mucho humo. Al llegar la calma, Francisca sale a la calle. Solo ve a gente correr y la imagen que se le presenta no la olvidará en la vida. Cerca de su casa, el suelo de las Avenidas ha sido bombardeado y la porta de Sant Antoni está completamente destruida. Los periódicos hablan al día siguiente de siete muertos y más de cuarenta heridos.

“Es usted libre”

Apenas unas semanas después llegan las Navidades, las segundas que Rogelio pasará encerrado. No sabe si lo podrá soportar. “Está convencido de que no le soltarán, y eso que el nuevo nacionalcatolicismo es muy de aprovechar fiestas religiosas para hacer 'buenas obras', pero todavía es tiempo de guerra y nada hace pensar que lo tratarán de manera especial. Él nota que allí no le importa a nadie”, relata su bisnieto. “[...] Os pido de corazón que os conforméis, que los hay que están peor, y confiad en Dios, que pronto ha de volvernos a dar la dicha, como vivíamos antes [...]”, escribe Rogelio a su familia. Con la catedral de Palma en el reverso del papel, no sabe, sin embargo, que será la última postal que enviará.

 Ese mismo fin de semana, Francisca acude a rezar al Crist de la Sang y piensa en ir de nuevo a hablar con el padre Atanasio. Una vez delante del eclesiástico, le pregunta sin tapujos por qué su marido, sin haber sido sometido a juicio alguno, lleva tanto tiempo encerrado. Le implora que haga algo mientras le recuerda que ella y su familia son creyentes de toda la vida. Unos días más tarde, el cura habla con el director de Son Granada. Las distintas personas a las que se les pregunta coinciden en resaltar su buena actitud de Rogelio, padre de familia y gran trabajador. El jueves 6 de enero de 1938, su nombre suena por boca de uno de los soldados. Junto a otros presos, es empujado al interior de un camión con un macuto a la espalda y un hatillo al hombro. Algunos lloran, sabedores de que el vehículo se dirige al cementerio de Llucmajor. Rogelio acepta el destino, sea el que sea. Al pasar por la estación de tren de s'Arenal, el camión frena y un soldado se dirige a uno de los reclusos. “Es usted libre”. Es Rogelio Fernández, quien ese mismo día regresará a casa.

Horas más tarde, unos nudillos tocan la puerta mientras Francisca y los demás se encuentran absortos con los preparativos de la noche de reyes. Quien sale a abrir es Paco, uno de sus hermanos, que no reconoce al hombre que tiene delante, delgado, con el cabello corto y barba de tres días, enfundado en ropa vieja. Francisca se queda sin aliento y aferra a su marido por el cuello. El ya exrecluso ya no volverá a trabajar en Minerva y montará su propio taller en casa, en el que “siempre cobró poco a quienes tenían poco, mucho a quienes tenían más, y nada a quienes lo necesitaron”, recuerda Escanellas. Nunca volverá a hablar en público de política. Por la noche, al terminar de cenar, sube a su habitación y coge con sigilo un pequeño transistor: “Aquí Radio España Independiente, estación Pirenaica, la única emisora sin censura de Franco...”, anuncian las ondas. Al cabo de un rato se queda dormido.

No hace mucho, la madre de Escanellas le enseñó a su hijo una caja muy antigua en la que custodiaba una extensa colección de postales. Son las que se enviaron Francisca y Rogelio, quienes permanecieron juntos hasta el final, y las que dieron pie a esta historia. El periodista asevera que, una vez cerradas las galeradas de su libro, se produjo un hecho singular: la causa judicial contra su bisabuelo y otros cinco acusados fue desclasificada. El periodista pudo tener acceso así a interrogatorios y demás documentos, uno de los cuales le dejó sin palabras: Rogelio había sido absuelto por falta de pruebas el 21 de abril de 1937. Sin embargo, aún permaneció encerrado nueve meses más, hasta el día de reyes de 1938, sin poder volver junto a su familia."                (Esther Ballesteros, eldiario.es, 28/10/22)

19/10/22

'La chirigota fusilada' durante la represión: el 'terror caliente' en el Carnaval de Cádiz... lo sucedido con algunos de los comparsistas señalados y perseguidos de la murga de Puertatierra

 "Dos semanas después de la sublevación militar del 18 de julio de 1936, dos cuerpos sin vida aparecieron en la actual plaza de Viudas de Cádiz. José Rincón, un vecino del casco antiguo, pudo reconocerlos. Eran los cadáveres de Guillermo Crespillo Lavié y Manuel Peña Warletta, ambos vecinos del barrio de San José. El primero de ellos había sido director de chirigotas, entre las que destaca El frailazo y sus trajabuches (1932), y dos hijos del segundo -Manuel y Emilio- habían formado parte de murgas del barrio de extramuros.

La historia de la conocida como 'Murga de Puertatierra' o 'La chirigota fusilada' nos llega gracias al trabajo del historiador gaditano, Santiago Moreno, quien tras un estudio exahustivo de testimonios orales, documentos históricos y biográficos ha esclarecido la represión que sufrieron los comparsistas y autores del Carnaval de Cádiz, durante el llamado 'terror caliente', periodo que va desde la toma de la ciudad por los golpistas, hasta las primeras semanas de 1937 cuando se inicia la justicia militar.

De Crespillo y Peña aún se desconoce si tuvieron vinculación política. Moreno advierte que décadas atrás, durante las fechas carnavalescas, obreros y jornaleros del barrio San José peregrinaban hacia el casco antiguo para cantar sus coplillas en la calle. Asimismo, revela que dichos repertorios se caracterizaron por su "alto contenido de reivindicación social". En este contexto destacan dos autores: Juan Sevillano y Manuel León de Juan, que escribieron en agrupaciones de renombre en aquella época. 

Moreno apunta que ambos autores comenzaron su andadura carnavalesca al unísono. "Un adolescente, Juan Sevillano, colaboraba en el coro Los Molineros (1908) y Manolo León hizo lo propio en 1912 con Los molineros holandeses". Hubo otras agrupaciones en las que compartieron autoría como Los dalmacios, Los esclavos rojos o Los profesores cómicos. Y tras la proclamación de la Segunda República colaborarían en la elaboración de la chirigota El frailazo y sus tragabuches, conocida popularmente por Los frailes. Aunque Moreno aclara que hoy día se sabe que la autoría de esta última era únicamente de León.

El frailazo y sus tragabuches... Con la iglesia y la derecha reaccionaria hemos topado

La chirigota fue registrada el 1 de febrero de 1932 en el Ayuntamiento de Cádiz y aunque no existen testimonios fotográficos que lo atestigüen, una pequeña nota informaba de la indumentaria de la agrupación: traje de frailes y un componente, Manuel Candorcio Picón, vestido de Hermano Prior. De sus letras tampoco queda rastro en el Archivo Histórico Municipal de Cádiz. Lo que sí constata Moreno es que en sus filas iban algunos componentes de la murga de Puertatierra. 

Actuaron el 6 de febrero de 1932 en el Conscurso Municipal de Agrupaciones del Teatro Cómico. Moreno advierte que "él éxito les debió de acompañar", pues fueron convocados para una nueva actuación, el lunes de Carnaval, en el patio del ayuntamiento. Los frailes se hicieron con el segundo premio, pero algo no fue del gusto de algunos de los allí presentes. Santiago Moreno revela que "la prensa local comenzó a dar noticias sobre el 'mal gusto' de la agrupación". El Diario de Cádiz, por ejemplo, se hizo eco, el 8 de febrero, en su edición de tarde de que, "por orden expresa del alcalde, recién habían salido a la calle con su indumentaria religiosa, fueron llevados al ayuntamiento, donde se les obligó a dejar el disfraz", agrega Moreno en su estudio.

Periódicos de tirada nacional como La Vanguardia también relataron lo ocurrido: "Viéronse pocas máscaras de buen gusto, circulando muchas comparsas y chirigotas. Por orden del alcalde fue disuelta una comparsa que ridiculizaba a una comunidad religiosa". A continuación, Moreno plantea qué sucedió con Los frailes si efectivamente lograron pasar la censura en letras y tipo. En este sentido, explica que "la derecha reaccionaria de la ciudad fue la que presionó a los gobernantes republicanos hasta lograr que la agrupación tuviera que ir por las calles de la ciudad sin sus 'habitos' carnavalescos".

Curiosamente, agrega en su estudio, el periódico La Información había publicado el día anterior un artículo sin firma titulado Señor gobernador, señor alcalde, ¿para qué sirven los bandos?. Cuenta Moreno que en sus primeras líneas "daba a entender que provenía de Acción Ciudadana, partido político fundado a finales de 1931 y que aglutinaba a las derechas monárquicas gaditanas con personalidades como Ramón de Carranza o José María Pemán". La persona firmante se mostraba escandalizada tras comprobar que la agrupación tenía permiso para actuar y ante la inacción de la policía municipal "ante la insistencia de  denuncia de un querido amigo nuestro". Finalmente expresaba su deseo de que se "hiciera justicia" por el agravio que suponía la actuación de dicha agrupación para la población católica. 

Sus plegarias fueron escuchadas, pues tras la actuación de Los frailes en el ayuntamiento, en la mañana del lunes 8, tuvieron que salir a la calle sin sus disfraces de monjes. Al mismo tiempo, aclara Moreno, apareció en escena otra agrupación vestida de paisanos. "Creemos que es indudable la conexión entre la chirigota de Los Frailes y esta otra. En ella aparece el propio Juan Sevillano con otros dos hermanos suyos, José y Antonio, así como los hijos de dos 'frailes', como José Candorcio Pérez y Joaquín Naranjo Cortés", informa el historiador, que llega a dos hipótesis: si los comparsistas, por presiones gubernamentales, quisieron jugar al despiste con las autoridades, o si bien, dicha agrupación vestida de paisanos era simplemente una antología de murgas anteriores del barrio de San José.  

Santiago Moreno recuerda que el barrio de San José jugó un papel relevante con las primeras noticias del Golpe de Estado. "La tarde del sábado 18 de julio, los obreros declararon la huelga general, levantaron barricadas con la idea de cortar el paso hacia la ciudad de tropas sublevadas venidas de San Fernando, y se asaltó y prendió fuego a la iglesia con la idea de atraer a las tropas acuarteladas en la Puerta de Tierra", pero "la superioridad de fuerzas militares hicieron inútil toda resistencia", y el barrrio fue tomado a la mañana siguiente, para dar comienzo seguidamente a una "dura represión".

Sobre este contexto, según el historiador, la tradición oral ha indicado que con la sublevación militar y posterior Guerra Civil, "se mandaría apresar a todos aquellos 'monjes' que en los carnavales de 1932 desafiaron el 'buen gusto', hullimando en plena calle a la Iglesia Católica'. De muchos de ellos no se ha encontrado documentación, bien por la destrucción de documentos ejercida a finales de los 70, comienzos de los 80, o la posibilidad de que huyeran o se escondieran, aprecia Moreno. 

Crespillo y Peña, los primeros de la caza de comparsistas

Los dos hombres encontrados en la actual plaza de Viudas, por aquel entonces Francisco García de Arboleya, explica que posiblemente fueran detenidos de manera conjunta y trasladados a la comisaría de la calle Virgili, próxima al lugar donde aparecieron muertos. La represión acababa de empezar y los golpistas todavía no tenían el control total de los movimientos de la administración, por lo que el documento elaborado por los doctores Manuel Reyes García y Fernando Venero Sañudo que realizaron la autopsia, se considera de gran valor. 

Moreno destaca una referencia a los ropajes de los cuerpos: "Se dibuja un par de hombres humildes con sus trajes de mahón, alpargatas por calzado e incluso gorra de visera tan típica en la clase obrera de entonces". Los tatuajes descritos de Manuel Peña lo vinculan con el mar. Y, por último, la descripción de las heridas y la causa del fallecimiento. "Lesiones por arma de fuego en región craneal, con ausencia de otras lesiones corporales. El número de orificios y sus característicos 'tatuajes de deflagración' hacen pensar en que las víctimas pudieron no ser fusiladas convencionalmente, sino ejecutadas a boca de jarro -arma apoyada en la piel- o a quemarropa -arma muy próxima a la piel- con dos disparos sucesivos. Uno de ellos en la nuca, a modo de ejecución sumaria, y otro en la sien, como era usual en el tiro de gracia para acortar la agonía o asegurar la muerte". En el estudio también se desprende que los sujetos, "muy posiblemente", estuvieran inmovilizados y que fueron ejecutados por la espalda.

El 3 de agosto se firmaron los certificados de defunción, en los que se indicaban "atracción cerebral" como motivo de muerte. Moreno revela que este motivo de muerte era muy utilizado en otros lugares en poder de los sublevados. Los cuerpos fueron enterrados en el cementerios de San José. El siguiente documento que el historiador pudo encontrar data de enero de 1937, entendiéndose que se dio carpetazo al asunto a mediados de agosto.

"Cuando surgieron los juicios sumarísimos de urgencia el caso se volvió a abrir por el capitán de Infantería, Ángel Fernández Morejón. Lanzó una providencia a la Guardia Civil, a la Guardia Municipal y a la Comisaría de Vigilancia, con fecha de 4 de enero, para que informaran sobre los datos que sabían o podían obtener de dichas muertes", explica Moreno. Entre los días 6 y 13 llegaron negativas de estos centros y todos coincidían en que "la búsqueda de los que cometieron las muertes habían sido 'infructuosas', esclarece el historiador. Finalmente, el general Queipo de Llano, com máximo responsable de la II División Militar, cerró la causa en Sevilla en febrero de 1937, quedando sus muertes sin resolver y sus verdugos "libre de toda culpa".

En los meses siguientes a los asesinatos, se vivió un continuo acoso que acabó practicamente con muchas familias. Manuel Peña dejó viuda y siete hijos. Guillermo Crespillo dejó sin un hijo a su padre y a su madre, Juan Crespillo y Ana Lavié, quienes ya con una edad, casi pierden a otro de sus hijos, el chirigotero Francisco Crespillo, que era forjador del astillero de Matagorda desde 1914. Moreno señala que fue despedido en cuanto los militares se hicieron con el centro de producción y que fue readmitido a los pocos días de aparecer muerto su hermano Guillermo. Francisco fue encausado por el Tribunal de Responsabilidades Políticas (TRP).

El 'hermano prior' de la chirigota El frailazo y sus tragabuches, Manuel Candorcio Picón, también fue encausado por el TRP a principios de los 40. Su padre y hermano, José Candorcio Pérez y José Candorcio Picón, este último guardia municipal, fueron detenidos el mismo día del entierro de Crespillo y Peña. Fueron ingresados en la prisión provincial y se abrió una causa contra José padre, el día 15, por encontrarle un revolver marca Lafuset. El 26 de septiembre fue llamado a declarar y según indicó, expresa Moreno, no era la primera vez que era detenido. Negó poseer una pistola, pero admitió haber pertenecido a Izquierda Republicana. Él creía que había sido detenido por "embriagadez".

Según expone el historiador, las declaraciones de los guardias que lo detuvieron no coincidían. Uno alegaba posesión de revolver sin carga, otros indicaron que ocurrió en unas batidas por extramuros y que el revolver era viejo e inútil, otro de los agentes habló de unos cacheos por el barrio de San Severiano. El Juez volvió a llamar al agente que más interés había mostrado en inculpar a Candorcio, el guardia civil, Pedro Sánchez. Era principios de noviembre y sus acusaciones fueron más severas, afirma el Moreno. Candorcio Pérez fue llamado al penal de El Puerto de Santa María, donde se encontraba recluido. El director de la prisión confirmó su salida de la prisión el 19 de octubre, pero en la capital se desconocía su paradero, avisa Moreno. Finalmente, el gobernador civil, a 17 de enero de 1937, indicó que le había sido aplicado "el bando de guerra" el día que salió del centro penitenciario. Su hijo José fue depurado y depuesto de su plaza como guardia municipal, el 30 de julio de 1934, aunque el historiador matiza que en algún momento lograría salir de la cárcel, porque en su expediente personal solicitó la reposición de su plaza en 1978.

Otro caso de familiares de integrantes que salían en las murgas de Puertatierra fue el de Joaquín Naranjo y su esposa Rosa Jordán, quienes perdieron a Joaquín, uno de sus dos hijos, que a pesar de no ingresar en prisión hasta el 11 de enero del 37, desapareció cuando fue enviado al penal de El Puerto el 23 del mismo mes. Al día siguiente amaneció muerto en los fosos de Puerta de Tierra. 

Santiago Moreno asegura de que del resto de comparsistas de los que ha recavado información puede afirmar que sobrevivieron, aunque para lograrlo recurrieron a "distintas artimañas", como alistarse en el frente, fue el caso de Manuel González Sánchez o Pedro González Baone. De Manuel León se desconoce si sufrió represalias y de Juan Sevillano se conoce algún dato, a través de testimonios familiares. "La Guardia Civil fue a buscarlo muchas veces, pero las vecinas avisaban y lo escondía 'La Busa' en un baúl que tenía en su casa".               (Carmen Marchena, La Voz del Sur, 06/03/22)