29/7/16

“Veía los camiones cargados de muertos para los hornos”

 Jorge Semprún, Virgilio Peña y Vicente García. ULY MARTÍN Quality Producciones)

"Virgilio Peña (Espejo, Córdoba, 1914) lleva grabados en su cuerpo y su alma los más negros capítulos de la historia de Europa del siglo XX. Agricultor, militante de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), combatió con el Ejército republicano los tres años de la guerra civil.

 Pasó como refugiado a Francia en 1939. Se incorporó a la Resistencia en 1942. Cuenta en esta entrevista, hecha en su casa de Pau el pasado invierno, que lo delató un compatriota. “Creo que era de Jaén”.

Detenido por la policía francesa en Burdeos, enseguida fue entregado a las SS alemanas y enviado al campo de concentración de Buchenwald, clasificado como terrorista con el número 40.843. 

Dormía en el mismo barracón que Jorge Semprún, el intelectual y político español fallecido hace cinco años. Los dos fueron testigos de la muerte de decenas de miles de personas en el campo. “He estado tantas veces a punto de morir…y, mira, aquí sigo”.

Pregunta. ¿Cómo fue el traslado a Buchenwald?

Respuesta. Creo que es lo peor que he pasado en mi vida. Nos metieron en un vagón marcado con las cifras 8/40, que quería decir que era para ocho caballos o para 40 personas. Eran de transporte de la primera guerra mundial. Fue criminal. Nos metieron a 80 o 90 personas.

P. ¿De dónde a dónde?

R. De Compiègne (al norte de París) a Buchenwald. Tres días y dos noches sin parar. Los pasé siempre agarrado con estos dos dedos –muestra el índice y el corazón de su mano derecha-, enganchado a una manilla, siempre de pie.

P. Era enero. Debía hacer un frío tremendo.

R. No, al revés. En el vagón nos asfixiábamos de calor por la gente. Y no había agua. Los tornillos del vagón sudaban por la humedad. Yo pasaba la lengua por esos tornillos y me bebía aquello, que debía ser veneno.

P. ¿Cómo fue la llegada a Buchenwald?

R. Intenté bajar el primero. Ayudé a bajar a un francés de Angulema. Había sido comandante de aviación en la guerra del 14. Resultó herido gravemente y no tenía fuerza en los brazos. Lo cogí en el aire y, de pronto, un SS me dio tal culatazo en la espalda que aún me duele. ¡Vaya culatazo me dio el tío!

P. ¿Qué ocurrió en las primeras horas?

R. Nos desnudaron a todos. Nos cortaron el pelo por todos los sitos, salvo las cejas y las pestañas. Nos obligaron a meternos en una piscina de 1,60 por 0,90 metros con líquido desinfectante. ¡Cómo picaba todo el cuerpo! ¡Terrible! Saltábamos como monos. Nos dieron pantalón, chaqueta y gorro de rayas blancas y azules. Y unos zapatos con suela de madera.

P. Y un número.

R. Me dieron el 40.843. Nos inyectaban líquidos cada semana. Cada semana, un pinchazo. Y luego analizaban las reacciones. (Así murieron miles de prisioneros del campo). Luego me llevaron a un bloque.

P. ¿Cómo era?

R. Tenía el número 40. Para entonces, ya me habían dado para coserme a la ropa mis símbolos de identificación: un triángulo rojo, con la letra S (Spanien) y el número 40.843.

P. Rojo por terrorista.

R. Sí, claro.

P. ¿Qué trabajos hacía en el campo?

 R. Estaba en una fábrica de muebles. Había otras dos de armas. En agosto de 1944, la aviación americana destruyó las fábricas. De la mía, el trozo más grande que quedó era como un palillo de dientes. Varios compañeros aprovecharon los bombardeos para robar armas. Se llevaron pistolas, metralleta… Un amigo mío que luego murió en Tarbes robó dos metralletas y me dio una. Las escondimos. Fueron las armas con las que liberamos el campo.

P. Y allí conoció a Semprún.

R. En el bloque en el que yo estaba había dos niveles distintos, como si fueran dos pisos conectados por dos escaleras. Yo estaba en la zona alta y Semprún, en la de abajo. Un día bajaba yo por la escalera y me dice: Tú eres español. Y tú también, le contesté. Hicimos buena amistad.
En la zona alta del bloque coincidimos al final seis españoles. Charlábamos todos por las noches. Nuestro responsable era el famoso Celada, un camarada del comité central del Partido Comunista.
P. Celada era más o menos su jefe.

R. Bueno, nuestro responsable. Nos preguntaba qué habíamos hecho cada cual, a qué nos habíamos dedicado… Yo era el único campesino, así que todos me llamaban El Campesino. Estábamos con un tal Martínez, de Zaragoza, responsable de las Juventudes Libertarias, que le habían detenido cerca de Perpiñán…; con otro de Madrid. Éramos todos buena gente.

P. Clasificados como terroristas.

R. Para nosotros, no éramos terroristas. Pero he tenido mala suerte en la vida. Siempre me han puesto lo más malo.

P. ¿Siguieron viéndose después de dejar el campo?

R. No. Semprún, por ejemplo, con quien tuve muy buena relación en el campo, salió de los primeros, con los franceses tras la liberación, que fue el 11 de abril de 1945. Y eso que Buchenwald fue un campo muy especial.

P. ¿Por qué?

R. Porque fue el único gestionado por los propios alemanes presos. El campo se creó en 1937. Allí encerraron primero a los presos comunes. Luego entraron los antifascistas: comunistas, socialistas, masones… A diario mataban a cuatro o cinco. Todas las mañanas aparecían colgados cinco o seis hombres de una encina, la famosa encima de Goethe.

P. Allí murieron decenas de miles.

R. Sí, claro. Luego leí que 51.000 o 53.000. Había cuatro hornos crematorios. Los veía a diario. La zona en la que yo trabajaba con mi komando lindaba con uno de los hornos. Y veía cómo llegaban los camiones cargados de muertos. Eran camiones-volquete.
 Los tiraban, los dejaban a amontonados. Un equipo de polacos se ocupaba de apilarlos cuando ya no había ni sitio en los crematorios. Cuando llegaron los americanos, había una pila, como la mitad de esta habitación, con cadáveres apilados hasta una altura de más de dos metros y medio.

P. ¿Muchos judíos?

R. No. La mayoría no éramos judíos. Solo había 30 o 40. Los habían llevado a otros campos.

P. Semprún cuenta que él, destinado en la oficina, falsificaba datos para evitar muertes.

R. Sí, sí. Imagina que a mí me tenían que matar. Y que tú ya estabas muerto. Semprún y otros alemanes cambiaban los documentos y a mí me ponían tu número. Por la mañana, el komando que iba a buscar a los que iban a matar se encontraba a veces con que ya estaba muerto alguno a los que debían localizar.

P. ¿Usted supo entonces que Semprún hacía eso?

R. No. Lo supe luego."                       ( , El País, 10/06/16)

28/7/16

Más de 400.000 encarcelados sirvieron como mano de obra gratuita para compañías públicas y privadas... el trabajo esclavo del franquismo

"(...) La política hidráulica se erigió entonces como un excelente mecanismo para orientar la gestión pública y dar la imagen de que, pese a todo, Franco solucionaba los problemas de sequías, hambre y paro que asolaban al país. 

Pero muchas de estas obras también estaban caracterizadas por la represión más cruel y horrible que un régimen autoritario como el español podría otorgar.

 Según datos del Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca, entre 367.000 y 500.000 prisioneros pasaron por los campos de concentración y los batallones de trabajadores. Se trataba de presos políticos que eran condenados a trabajos forzados en pro de la "reconstrucción del país", participando en la construcción de aeropuertos, pantanos, ferrocarriles, minas, puertos, canales y en auténticos emblemas franquistas como el Valle de los Caídos.

 Los trabajos forzados eran justificados por el régimen a través del mecanismo de redención de penas por trabajo. El discurso, que pretendía ser tradicional e innovador al mismo tiempo, amparaba la dedicación en condiciones de "esclavitud" de los represaliados justificando el "derecho al trabajo" de los presos.

 La realidad era otra. En 1940, el sistema carcelario español tenía capacidad para 20.000 reclusos, cuando en realidad había 280.000, que serían utilizados como mano de obra barata. (...)

Según escribió la Dra. Josefa Dolores Ruiz Resa, profesora titular de Filosofía del Derecho de la Universidad de Granada, en Los derechos de los trabajadores en el franquismo, "el trabajo se utilizó para el control y la reeducación de la población, siempre bajo vigilancia y sometida a una propaganda constante".

 La explotación económica a la que se vieron sometidos los represaliados hizo que los fantasmas planearan de nuevo sobre obras públicas como las presas y los embalses. La alargada sombra de la Guerra Civil, materializada en las fosas comunes debajo de millones de metros cúbicos de agua, se extendía en la dictadura a través de los trabajos forzados, que condenaban a miles de personas por sus ideas políticas.

 Más de 400.000 encarcelados, según eldiario.es, sirvieron como mano de obra gratuita para compañías públicas y privadas. Algunas de ellas, tan conocidas como FENOSA (actual Gas Natural Fenosa), Acciona, Huarte (actual OHL), Dragados (actual ACS) o Hidroeléctrica España e Iberduero (actuales Iberdrola).

 Los conocidos esclavos españoles, tal y como los describió Jordi Évole en el programa Salvados, fueron fundamentales en la construcción de muchas obras públicas, incluidas las que afectaban a presas y embalses.

 En el caso del pantano de Barrios de Luna, cerca de cincuenta "fueron empleados para los trabajos más duros como la apertura del canal de abastecimiento de la central hidroeléctrica de Mora de Luna y la construcción del dique de retención de aguas frente a la presa", según la investigadora Ana María Villanueva Fernández en su tesis doctoral El Embalse de Luna y las causas de degradación del patrimonio

 "Los presos políticos que participaron en las obras, consecuencia de la Ley de vagos y maleantes, eran alojados en barracones diferenciados cercanos a las obras y custodiados por la Guardia Civil. Apenas tenían contacto con el resto de obreros, pues los trabajos que realizaban eran los más penosos y siempre separados del resto", añade la historiadora.

 En el caso de Arija, 258 presos participaron en la finalización del pantano del Ebro, cuya construcción comenzó durante la II República. El embalse del Cenajo en Murcia, según el historiador Víctor Peñalver, se convirtió en una auténtica "tumba". Incluso el diario conservador La Gaceta, que tildó el programa de Évole de "falsedad", admitió la existencia de presos en este tipo de trabajos forzados.

 El pantano de la Muedra, el embalse de de Benagéber o el Canal de los Presos emplearon a represaliados por el franquismo como mano de obra barata. Como ha podido confirmar Hipertextual, según la información consultada en el Archivo de la Fundación Nacional Francisco Franco, esta última obra, conocida también como Canal del Bajo Guadalquivir, utilizó presos políticos organizados en las llamadas colonias penitenciarias.

 La represión franquista no sólo alcanzó a los obreros. También llegó a aquellos que dirigían la construcción de pantanos como el de Gabriel y Galán de Cáceres. El ingeniero Juan Bonilla fue apartado de esta obra por sus "ideas comunistoides", de acuerdo con los informes ministeriales a los que este medio ha tenido acceso.

 Corría el año 1.954, pero el fantasma de la Guerra Civil y la dictadura planeaba con más fuerza que nunca sobre estas construcciones impregnadas de propaganda.  (...)"              (Ángela Bernardo, Hipertextual, 18/07/16)

26/7/16

A violación era considerada como unha parte da tortura, ata que se recoñece como crime de lesa humanidade

"(...) Os silencios foron protagonistas en relación coa memoria da violación. Como comeza vostede a interesarse por este tema?

A violación é un dos temas que nos permite ver como cambian os permisos sociais sobre as cuestións das que se pode falar e das que non. O cambio que se produciu nesta cuestión enmárcase na mudanza no contexto internacional, nos avances que se produciron no recoñecemento da violación como crime a partir da guerra da ex-Iugoslavia, e no caso de América Latina nas loitas dos movementos de dereitos humanos, co seu papel no proceso de democratización. (...)

Preguntábame por que as vítimas non falaban de certas cousas, como a violación. Mais decateime de que as vítimas si falaban de violación, só que non houbera capacidade para escoitalas. No momento da transición si houbo relatos da violación, pero poucas mulleres falaron en primeira persoa do que lles pasara. 

O que dicían era “isto pasou”, sen personalizalo. Isto ten que ver coa marca de xénero no xeito de testemuñar. As mulleres tenden a falar máis do sufrimento dos seus parentes e menos do propio, desde unha perspectiva familista. A socialización de xénero fai que se preste máis atención a certos campos sociais que a outros, e isto ten o seu correlato nas prácticas da lembranza e da memoria narrativa.  (...)

A cuestión é que a violación era considerada como unha parte da tortura, ata que se recoñece como crime de lesa humanidade. E iso repercute nos permisos sociais para falar do tema, abre a posibilidade de crebar os silencios. Pero tamén entraña perigos, como que se impoña unha sorte de deber de memoria, de dar testemuño. 

Eu non estou de acordo con iso, porque as mulleres precisan recompoñer a distancia entre o público e o privado, e se cadra senten necesidade de gardar algo para si mesmas. As mulleres precisan escoller que contar e que non contar. E aí ábrese un dilema inevitable. (...)

As dificultades para acceder a eses testemuños da violación foron comentadas no congreso respecto da guerra civil española. Con que factores se relacionan?

Non todas as mulleres queren ou poden falar. E a xestión e o dereito ao silencio son tamén parte da historia. Pode haber silencios por medo en determinados lugares e momentos, por coidar a outras persoas evitándolles ter que compartir o sufrimento propio, como opción e afirmación persoal... Kimberly Theidon atopou que moitas mulleres andinas sentían que o silencio era poderoso e protector.

En Perú hai moito material de investigación antropolóxica das mulleres, e ademais a Comisión de Verdade e Reconciliación, que actuou entre 2000 e 2003, adoptou unha liña de xénero no seu traballo. O que ocorre é que, nas poboacións orixinarias da serra, as mulleres foran violadas sempre. 

A ditadura non trouxo, nese sentido, novidade ningunha. O que se produciu foi unha continuidade nese tipo de dominación estrutural, que viña xa do colonialismo. Non foi o caso de Arxentina. Mais hai outros factores, como o contexto do testemuño e a confianza que pode inspirarche quen te escoita. 

E, como dicía antes, parte dos mecanismos de elaboración de situacións catastróficas é recuperar a intimidade, decidir o que se conta e o que non. Por iso, o dereito ao silencio que eu defendo.

Como se explican os cambios respecto do que está permitido socialmente falar e do que non?

Como dicía, houbo cambios no Dereito Internacional que favoreceron esa mudanza. Foi importante, a respecto disto, a Comisión Interamericana de Dereitos Humanos. Hai unha tradición no campo do dereito das mulleres e dos dereitos humanos en América Latina que se combinou cos avances producidos nas Nacións Unidas a partir da guerra dos Balcáns.

Outro cambio importante foi que se deixou de considerar a violación unha cuestión de “afrenta á honra” ou mesmo de libido sexual masculina. Deixouse o enfoque moralizante para entender a violación como o que é, unha práctica política sistemática, que é o que o caso da ex-Iugoslavia demostrou. Violaban mulleres para dominar a poboación musulmá, entendendo a violación como unha afrenta á nación. (...)

Julie Mostov, á que vostede cita, analizou a sexualización da nación no conflito dos Balcáns. Segundo a mitoloxía nacional ancorada en imaxes patriarcais, as mulleres representan a nación, a nai que pare os fillos desta. Tamén representa o lugar que Outro pode penetrar, polo que cómpre protexelo, e controlalo. Como se aplica isto ao contexto arxentino?

A violación na tortura non é un acto para satisfacer o desexo sexual, nin un desbordamento da excitación sádica do torturador. A violación buscar un efecto destrutor da persoa, segundo unha estratexia política que tenta destruír o inimigo ao destruír as mulleres. Os militares “defendían” a nación dos “virus” ideolóxicos que a infectaban.

 E as mulleres eran portadoras dese “virus” da “subversión internacional”, e ademais compañeiras dos “subversivos” ou responsables do “desvío” dos seus fillos e parentes cara ao “mal camiño”. Os torturadores tiñan que demostrar que “salvaban” a nación.  (...)

Nos anos 80, en Arxentina, a violación era considerada unha parte máis da tortura. Non se lle daba importancia?

Máis que iso, o que pasou é que o énfase púxose nos desaparecidos. A prioridade era saber onde están os corpos. O discurso do goberno militar fora que non estaban, nin vivos nin mortos. E houbo un traballo dos movementos dos dereitos humanos para que fosen recoñecidos coa categoría especial de desaparecidos. Foi unha loita enorme.

 Na Comisión Nacional sobre a desaparición de persoas, a CONADEP, púxose o énfase neste concepto. A efectos legais, ser fillo de alguén que non está ten consecuencias. Para as herdanzas, por exemplo. E non basta con conseguir un certificado de defunción e considerar o demais un tema secundario.  (...)"               (Entrevista a la socióloga argentina Elizabeth jelin, Praza Pública, 20/07/16)

22/7/16

A mi padre lo sacaron de casa a las cinco de la mañana a punta de pistola. Le ordenaron cavar una fosa para siete jóvenes que iban a fusilar. Creyó que le iban a matar a él

"A mi padre lo sacaron de casa a las cinco de la mañana a punta de pistola. Le ordenaron cavar una fosa para siete jóvenes que iban a fusilar. Cuando volvió se metió en la cama helado de frío y lleno de miedo.

 Creyó que le iban a matar a él. No volvió a salir en tres meses". En noviembre de 1937, una camioneta transportaba a unos presos desde el cuartel de la Guardia Civil en San Emiliano (León), donde habían permanecido dos semanas sometidos a torturas y vejaciones por su lealtad a la República, hasta San Marcos, el campo de concentración donde se hacinaron más de 7.000 personas. 

Un conocido falangista siguió al camión en moto y le ordenó que parase. "Hay que fusilarles, son guerrilleros". Les mataron al lado del antiguo puente de San Lorenzo, que unía los pueblos de Miñera y Mallo, cubierto hoy por las aguas del embalse de Barrios de Luna.

 Pedro, Francisco, José, Porfirio, Luis, Eloy, José. Son los nombres de los siete jóvenes fusilados aquella noche. Sobre sus restos echaron primero tierra y después agua. En 1956, el dictador Francisco Franco inauguró el pantano sobre el río Luna, que puede verse al cruzar la autopista AP-66 con dirección a Asturias. Ochenta años después del golpe de Estado del 18 de julio contra la II República, sus familias han dado por imposible la localización de los cuerpos para darles un entierro digno. (...)

"Pedro tenía 25 años cuando lo mataron. Él y otros cinco fusilados procedían de Torrebarrio, del barrio de arriba, que los falangistas incendiaron varias veces durante la Guerra Civil en busca de los republicanos. El séptimo era de Villasecino, otra aldea del municipio de San Emiliano". 

Quien habla así es Manuel, el sobrino del desaparecido, que lleva una década buscando sus restos. Antes, sin éxito, lo hicieron su padre y su abuelo. La familia sabía que lo habían "paseado" porque el joven, a la salida del cuartel, pudo entregarle el reloj que tenía a su hermana. Llevaba las manos atadas con alambre de espino. "Nos van a matar", le dijo. Nunca más volvieron a verle.  (...)

 "Utilizaron técnicas bárbaras vistas en las guerras coloniales en Marruecos", asevera Bedmar. El sumario localizado en Sevilla es, según el historiador, uno de los pocos casos en los que la justicia inició una actuación por los excesos cometidos por los derechistas.

 Abusos sexuales contra las mujeres, amputaciones de partes del cuerpo y fusilamientos extrajudiciales son algunas de las técnicas represivas documentadas por expertos como Bedmar, quien apostilla que se trató de técnicas "mucho más esporádicas" en la España republicana dado que eran métodos que se aplicaban en la guerra racial y colonialista en el continente africano, del que procedían muchos militares que se levantaron en julio.

 El Consejo de Guerra que juzgó a los represores se abrió por la denuncia del jefe de La Falange de Iznájar. Despechado por el asesinato de su tío, aunque omitiera este detalle de parentesco en la propia denuncia, obligó a la justicia franquista a evaluar la represión de la zona, aunque terminaran por ampararla, según recoge Bedmar en Cuadernos para el Diálogo

 Muchos de los asesinados en aquellos días reposan hoy bajo el embalse de Iznájar, inaugurado por Franco en 1969. "Se ha perdido también la orografía del terreno situado bajo el pantano. Es imposible plantearse un trabajo [de búsqueda y exhumación] así, por eso es importante rescatar la historia", apunta el investigador a este medio. (...)"             (Hipertextual, 18/07/16)

21/7/16

Los mataban por la denuncia del cura por no asistir a misa... por pedir al patrón los salarios que se les debía, para apropiarse de los bienes de esa persona. Por envidias o antiguas rencillas..

"¿Qué criterio seguían para las detenciones?

No había un criterio generalizado, podría ser por implicación con la República, por asistencia a algún acto a favor de la misma, por haber participado en alguna manifestación reivindicativa, por pertenecer a algún sindicato, a la Casa del Pueblo, ser maestro implicado en la educación igualitaria de los niños,… 

Si la denuncia venía del cura solía ser por no asistir a misa los domingos porque tenía que trabajar en el campo para alimentar a su familia. Por pedir al patrón los salarios que se les debía….Para apropiarse de los bienes de esa persona. Por envidias o antiguas rencillas..

¿Quién denunciaba?

Cualquiera que fuera afín al Movimiento, y tampoco era necesario que el motivo de la denuncia fuera real, el odio era mucho y las ganas de venganza más, un vecino, el cura, el alcalde, falangistas..

¿Cómo se presentaban en las casas los falangistas o simpatizantes?

Siempre con violencia, al atardecer, con mucha prepotencia sabiéndose amparados ante cualquier fechoría que quisieran cometer. Por lo que nos dicen muchos iban bastante bebidos sobre todo a la hora de asesinar. Otros con total conciencia de lo que iban hacer.

¿Cómo se quedaban los familiares?

Totalmente destrozados, sin saber a que atenerse. A los que se llevaban eran inocentes, pero el destino muy incierto por lo que estaban viendo a su alrededor.

¿Dónde iban a informarse del paradero de sus familiares arrestados?

Si el destino era una cárcel se acercaban hasta allí para tener alguna noticia y allí, o bien les informaba el carcelero y si tenían mucha suerte el propio preso.

¿Qué información recibían?

Normalmente muy poca, si venía del carcelero, en algunos casos, muy pocos, pudieron saber la suerte que habían corrido, en la mayoría solo les comunicaban que su familiar ya no estaba allí.

¿Cómo eran los días, semanas, meses y años después de que sus familiares fueran arrestados? 

No siempre sabían lo sucedido, si eran juzgados era el propio preso el que les comunicaba que los iban a juzgar y la fecha del juicio. También les comunicaban la sentencia y el día en que los iban a fusilar. Pero, están las sacas de la cárcel que en esos casos las familias pierden totalmente el destino de los encarcelados.

¿Cómo afrontaban la vida estas familias?

Dependía de la entereza del que quedaba como cabeza de familia. Hubo mujeres que no pudieron soportarlo y murieron al poco tiempo, otras tuvieron el suficiente coraje de sacar adelante a sus hijos y verlos convertidos en hombres y mujeres buenos y honrados.

¿Cómo los trataba el pueblo, barrio, ciudad…?

Dependía de la zona y de la implicación de los vecinos con el Movimiento Nacional. Muchas tuvieron que emigrar a otras zonas de España o al extranjero porque ya estaban señalados como familiares de “rojo”, otras fueron amparadas y protegidas por sus vecinos y gracias a ellos lograron sobrevivir. (...)

¿Cuántos salmantinos aún quedan enterrados en cunetas o fosas comunes?

Que podamos tener conocimiento, alrededor de 1.000, sabemos que hay mas fosas, pero que las personas que tienen conocimiento de ellas no lo comunican, no sabemos si por miedo o por falta de interés."                  (Crónica de Salamanca, Lira Félix, 17/07/16)

20/7/16

Lo tuvieron varios días en la comisaría de la Plaza de la Feria sometido a todo tipo de torturas, le estallaron un testículo y le paralizaron uno de los riñones de los golpes y patadas

"En la celda de la prisión de Barranco Seco en Las Palmas, apenas había espacio para moverse, la aglomeración de presos superaba todos los límites, en un espacio para cuatro personas se hacinaban quince, dormían en el suelo unos pegados a otros, eran frecuentes los abusos sexuales, sobre todo con los más jóvenes que llegaban sin conocer a nadie de su pueblo o barrio. En este caso algunos de los “veteranos” se lo “adjudicaban” para violarlo durante días o meses.

A ese lugar de terror y muerte llegó Servando García, detenido por la Guardia Civil mientras repartía propaganda de la CNT en la factoría de pescado de Guanarteme, lo tuvieron varios días en la comisaría de la Plaza de la Feria sometido a todo tipo de torturas, le estallaron un testículo y le paralizaron uno de los riñones de los golpes y patadas brutales.

Su hermosa juventud, apenas veinte años, fue un verdadero problema cando ingresó, solo había un preso político de Lanzarote, un señor mayor comunista, apellidado Sangines que tenía una grave enfermedad mental por los golpes en la cabeza de los policías y falangistas, se vio solo y de forma inmediata un preso común de El Risco de San Nicolás lo tomó como “puto”, sometiéndolo a todo tipo de abusos durante meses, uniéndose ocasionalmente varios presos y funcionarios que participaron en la violación múltiple contra un muchacho forjado en mil luchas, en todo tipo de acciones contra la dictadura desde que tenía catorce años.

Además de las violaciones, sufría periódicamente las vejaciones, cuando lo sacaban en el jeep de la policía armada hasta comisaría, para sacarle información de sus compañeros de lucha, siempre resistió aquel tremendo maltrato, no dio ningún dato, ningún teléfono, ninguna calle, ninguna información sobre las acciones de los anarquistas en las islas, lo que le genero todo tipo de secuelas físicas, orinaba sangre, apenas podía tragar la comida repleta de bichos, la mayoría de las veces en mal estado.

Andaba como un muerto viviente las pocas horas que lo sacaban al patio de la cárcel, desnutrido, siempre solo, aislado del resto de presos, “El Cachimba” lo requería a los baños, no podía negarse o lo asesinaban, los guardias civiles se miraban cómplices con media sonrisa.

-Le van a dar polla de nuevo a este hijo de puta, tiene que tener el culo más abierto que una jarea. –Decía el sargento Robledano de Sevilla, fumándose un cigarrillo rubio americano-

Esa misma noche, la del 18 de julio del 59, se levantó cuando todos dormían y con un pequeño clavo oxidado se cortó las venas, se quedó mirando en silencio a través de las rejas mientras partía para siempre la llovizna de verano, alguna estrella lejana, quizá otros mundos de fraternidad universal, de esa justicia digna que emana de los más nobles sentimientos de amor de los pueblos."              (Viajando entre la tormenta, 15/07/16)

19/7/16

La banalidad del mal... la de Aznar, la de Blair, la de Bush. Los tres organizadores de la matanza moderna más cruel y de mayores consecuencias para nuestro futuro son tres irresponsables

"(..) Una conmoción ética se ha producido. El informe del veterano lord John Chilcot –nueve años de trabajo y doce volúmenes de resultado– es una de esas singularidades que se producen en Gran Bretaña, junto a los sombreros de la Reina y la vestimenta más cursi que cualquier paleto pudiera imaginar.

 El documento encargado por el Parlamento sobre la alucinante invasión de Iraq, el derrocamiento de Sadam y el incremento del conflicto en la zona ha dado sus ­resultados.

Los tres organizadores de la matanza moderna más cruel y de mayores consecuencias para nuestro futuro son tres irresponsables, según el equilibrio lingüístico británico, y tres asesinos en masa, conocidos en el lenguaje posterior a Nuremberg 1945 como criminales de guerra.

Un idiota (un idiota de catálogo), cuyo acto más significativo fue dejar de beber para desgracia de la humanidad y dudoso beneficio familiar. El muñidor Tony Blair, un buscador de fortuna, cuya capacidad de desvergüenza verbal y física me supera –se convirtió al catolicismo apenas terminado su periodo criminal–; daría hasta lo que no tengo por saber qué le pusieron de penitencia, 487 padrenuestros. 

Tantos como los muertos que provocó. Y por último, el atleta político de los 180 abdominales, digno heredero del más cínico periodista que hubo en España, Manuel Aznar Zubigaray, donde eran tan habituales como las chinches. El retoño, de pronto, asumió el papel de estadista circense, con una locución nasal que provocaba más risas que Harpo, el mudo de los hermanos Marx.

En el 2012, los que se creen los reyes del universo, Bush y Blair, acompañadores de un señorito mesetario, que dudo sepa situar Palmira, se lanzan a la operación militar más importante desde la Segunda Guerra Mundial. 

Nada menos que trasladar el conflicto de la Europa de 1945 al indescifrable mundo musulmán: invaden Iraq, derriban a Sadam Husein e inmediatamente se dan cuenta de que la desaparición del dictador significa el vacío absoluto. Envían a un gringo de granja con botas de anuncio y aquello es el caos. 

Un Estado no es una mezcla de tribus, sino un sistema aferrado a un dictador que equilibra los poderes. Así era antes de los ingleses y después de los ingleses; siempre y cuando el petróleo quedara garantizado.

Aquellos tres arrebatados occidentales abren la guerra política más compleja del siglo XXI, y con una irresponsabilidad a prueba de carro de combate alimentan militar y socialmente a las milicias islamistas. Su inminente enemigo. Es significativo que nadie quiera contar que los fugitivos de Siria vivieron en situación de seminormalidad desde el 2012 y que empezaron a huir en el 2016.

 ¿Qué pasó entre medio? ¿Eran el poder? ¿Conservaban su estatus y colaboraban con las milicias islámicas que dominaban el territorio, armadas por Arabia Saudí y Estados Unidos? Si la guerra empezó en el 2012, ¿cómo es que aparecen en el 2016 emigrantes afganos, sirios, iraquíes… Tomando como modelo la guerra civil española sería incomprensible.

Pero ahí cuentan las religiones, los apoyos externos, el intento norteamericano de derribar a El Asad de Siria, que se saldó con la mayor vergüenza militar que uno pueda imaginar. Es como si antes de salir corriendo de Vietnam los norteamericanos les hubieran pedido ayuda a los chinos para sobrevivir en aquel berenjenal en el que voluntariamente se habían metido. En este caso, a los rusos.

 Si siempre se ha dicho que el intento de ocupar Egipto durante el conflicto del Nilo (1956) fue la última gran operación colonial de Occidente, ahora podríamos añadir, a falta de muchos datos, que la aventura afgano-sirio-iraquí –no digamos libia– que se inició en 2012 es una parodia de aquellas grandezas imperiales que relata Aznar con su acento nasal de empleado de los señores que hablan un inglés suelto.

Pero ese criminal de guerra ha pasado por las arenas del desierto, asesinando niños, mujeres y ancianas –eso que repiten tanto para conmovernos cuando se trata del malvado adversario–. 

Seríamos unos frívolos irresponsables si no exigiéramos responsabilidades por el más de medio millón de muertos que ha costado la machada, y si no dejáramos de admitir que ese chulillo de chiscón siguiera dando lecciones de cosas de las que no sólo no tiene ni idea sino de las que ha sido responsable.

¿O sea que Sadam tenía armas de destrucción masiva? “Bueno, la verdad es que estábamos equivocados”. Una panda de cínicos. Ni un servicio de información occidental hubiera apostado un penique; conocían Bagdad y Sadam, porque le daban de comer ellos. ¡Pero tú, José María Aznar, fuiste el más animoso en llevar una guerra, en la que nada te iba más que la fatuidad de mediocre con ambiciones, que costó medio millón de muertos!

¿Y nadie de esos partidos arrogantes y revolucionarios, entre comedero y comedero para su colocación en el negocio gubernamental, se atreverá a algo tan político y tan radical como poner en el banco de madera oscura de un juzgado a un tipo simple, malévolo, arrogante y sobre todo desdeñoso del ser humano, sea de Valladolid o de Tikrit, para plantearle que los últimos criminales de guerra no son los militares, que organizan la batalla, sino los gobernantes que ordenan la matanza?

Como si los muertos fueran siempre anónimos y volviéramos a las colonias. ¿Aznar, criminal de guerra? Pues sí señor, como Bush o el Blair recién confesado. Porque toda esta oscura historia está repleta de sangre y basura, como los refugiados. Carne de cañón, que durante años estaban desaparecidos.

 Ni se tuvo noticia de refugiado alguno, y ahora las potencias europas, empezando por la presión de Estados Unidos, no hay día que no nos recuerden que ¡es nuestro problema!, que echan sobre la pobre Grecia. (...) 

La izquierda, si se ha distinguido en algo en la historia española, es por reivindicar causas evidentes, aunque fracasara. Hay un banco en el juzgado, aquí o en La Haya, que le corresponde a José María Aznar, por criminal de guerra.

¿Eso no forma parte de la ruptura entre la casta política y la clase política?"                  (Qué hacemos con un criminal de guerra, de Gregorio Morán, La Vanguardia, en Caffe Reggio, 16/07/16)

18/7/16

“Tony Blair es un criminal de guerra”... pero la cuestión es: ¿alguien responderá por eso, o se trata de un ejercicio meramente terapéutico?

"(...) El informe Chilcot contiene 2,6 millones de palabras, tres veces la extensión de la Biblia. Sirviéndose de extractos de la correspondencia privada entre el antiguo Primer Ministro, Tony Blair, y el Presidente de los EEUU, George W. Bush, el informe detalla cómo Blair empujó a la Gran Bretaña a la guerra, aun a falta pesar de informes concretos de los servicios de inteligencia. 

Por ejemplo, ocho meses antes de la invasión, Blair escribió a Bush: “Estaré contigo, pase lo que pase”. Luego, en junio de 2003, menos de tres meses antes de que empezara la invasión, Blair escribió privadamente a Bush que la tarea en Irak “es absolutamente imponente, y no estoy ni mucho menos seguro de que estemos preparados para ella”.

 Blair añadía: “Y si se derrumba, todo se derrumba en la región”. Para ahondar en este asunto hablamos hoy con el escritor, comentarista y autor  británico-pakistaní Tariq Alí. [Para ver la entrevista televisiva original, pulse AQUÍ.]

JUAN GONZÁLEZ: Bien, a mí me gustaría preguntar a Tariq Alí por su impresión sobre el informe, particularmente sobre las secciones que hablan de la quasi-obsesión de Blair con el cambio de régimen en Irak, con librarse de Saddam Hussein. Y también por el hecho de que se tardara siete años en terminar este informe.

TARIQ ALI: Tardó siete años, porque todas y cada una de las personas entrevistadas tenían que tener oportunidad de ver el informe, y Blair y sus abogados se miraron con lupa cada línea, lo mismo que los generales y otras gentes.

Los descubrimientos del informe, para ser honrados, no son muy destacables ni muy originales, como ha dicho ya Sami [Ramadani]. Son cosas que se habían dicho ya por nuestra parte antes de que la guerra empezara. Era lo que dijeron todos los intervinientes en la multitudinaria manifestación Stop de War desarrollada en Londres. 

Tony Benn y Jeremy Corbyn, señaladamente, dijeron todo esto. Ahora, es agradable tener la confirmación oficial de que todo lo que habíamos venido diciendo era verdad. Pero es demasiado poco y llega demasiado tarde.

Y puesto que el informe no quería o no podía discutir la legalidad del asunto, eso significa que, aun cuando hay pruebas en el informe suficientes para que abogados independientes promuevan una iniciativa ciudadana para llevarlo a los tribunales, el informe mismo no basta para que el Estado persiga de oficio a Blair por crímenes de guerra. Es un criminal de guerra.

 Empujó al país a esa guerra ilegal. Sus partidarios en el Parlamento, apoyados por los grandes medios de comunicación, buscan ahora librarse de Jeremy Corbyn, quien tuvo el 100% de razón en esa guerra. Así que nos encontramos en una situación extraña.

 El informe, creo yo, indignará a mucha gente que, a diferencia de nosotros, no llegó en su día a ser convencida por el movimiento antibélico de que nos hallábamos ante una gran mentira y de que era ilegal. Lo que vaya a pasar ahora está por ver, pero yo vería con mucha esperanza que grupos de abogados y juristas independientes exigieran ahora que Blair sea acusado y procesado.

 Es muy claro que él empujo a la guerra. Obligó a los servicios de inteligencia a preparar dossiers chapuceros. Presionó a su fiscal general para que cambiara de opinión antes de comparecer ante el gabinete. Todo esto consta en el informe. La cuestión es: ¿alguien responderá por eso, o se trata de un ejercicio meramente terapéutico?    (...)

JUAN GONZÁLEZ: En Irak el número de víctimas registrado el pasado sábado tras el atentado con coche-bomba en Bagdad ha llegado a 250, lo que lo convierte en el más mortífero de su género desde la invasión estadounidense en 2003. Me gustaría volver al antiguo Primer Ministro Tony Blair. En noviembre pasado reconoció ante Fareed Zakaria –de la cadena CNN— que había “elementos de verdad” en la afirmación de que derrocar a Saddam Hussein desempeñó un papel en la creación del ISIS. Escuchen:

- FAREED ZAKARIA: Cuando se observa el auge del ISIS, mucha gente apunta a la invasión de Irak como causa principal. ¿Qué tiene usted que decir a eso?

- TONY BLAIR: Yo creo que hay elementos de verdad en ello. Pero, una vez más, creo que tenemos que ser extremadamente cautos aquí, porque, si no, nos equivocaríamos respecto de lo que está pasando ahora mismo en Irak y en Siria. Usted no puede decir, obviamente, que quienes derrocamos a Saddam no tenemos ninguna responsabilidad en la situación de 2015.”

JUAN GONZÁLEZ: Sami Ramadani, ¿qué tienes que decir de esas declaraciones y del reciente atentado en Bagdad y de la situación general en Irak hoy, 13 años después del comienzo de la guerra?

SAMI RAMADANI: Pues, por lo pronto, que tengo que contener mi indignación, porque escuchar a Tony Blair pontificando aquí sobre su papel en esa guerra genocida tiene que indignar a cualquier ser humano que guarde un poco de humanidad. 

Tras toda esta muerte y destrucción, ahí lo tienes apoltronado y tratando de justificar el hecho de que a partir de 2003 se llevara el terrorismo a Irak, todos esos llamados líderes del ISIS… Dicho sea de paso: el ISIS era al-Quaeda en Irak. 

Era su nombre oficial. Y sabemos que al-Quaeda se fundó en Afganistán con la ayuda de la CIA y el apoyo de Gran Bretaña, etc. Pero, como suele ocurrir, algunas de estas organizaciones terroristas favorecidas y armadas por ellos terminan ocasionalmente mordiendo la mano que les da de comer.

Pero eso no altera la imagen estratégica de que prácticamente todos los iraquíes, incluso muchos de los que apoyaron la invasión y la ocupación, dan testimonio de que las fuerzas de ocupación –británicas, no menos que norteamericanas— estimularon el terrorismo. Y la miríada de organizaciones terroristas existentes ahora se vio también favorecida por las potencias regionales: Arabia Saudí, Quatar, Turquía… Son todas aliadas de los EEUU. Fundaron esas organizaciones.

 Les suministraron armas. Turquía llegó gradualmente a ser la base logística de esas organizaciones terroristas. Unos 30.000 combatientes, según Naciones Unidas, llegaron procedentes de 80 países distintos de todos los rincones del globo. Combatientes entrenados, el grueso de ellos. Procedentes de Chechenia, de Libia, de Túnez, de Arabia Saudita, etc. 

Y la CIA, como han revelado The New York Times, como ha revelado Seymour Hersh y como han puesto en evidencia tantas y tantas fuentes de todo punto fiables, la CIA, digo, coordinaba buena parte de eso desde Turquía.

Y escuchar ahora a Tony Blair tratando de disociarse a sí mismo y a George Bush y a quienes tomaban decisiones políticas de la proliferación de grupos terroristas vesánicos en Irak… Realmente, si preguntas a los iraquíes, te dicen que seguimos en guerra. La invasión y ocupación del país en 2003 no ha terminado. Este terrorismo es la continuación de aquella guerra. 

Porque ellos ven esas organizaciones terroristas como un brazo de la misma invasión y de la misma ocupación del país. Siguen dividiendo e imperando. Siguen buscando dominar Irak, porque el pueblo iraquí tiene una gran historia de lucha por la independencia, por el progreso, incluso por el socialismo…

AMY GOODMAN: Sami Ramadani…

SAMI RAMADANI: … y no pueden controlar tan fácilmente el país, el terrorismo les sirve.

AMY GOODMAN: Sami y Tariq, quiero que escuchéis una secuencia de Donald Trump grabada ayer en Raleigh, Carolina del Norte, hablando de Saddam Hussein:

DONALD TRUMP: Saddam Hussein fue un mal chico. ¿Vale? Fue un mal chico, realmente malo. Pero ¿sabéis qué hizo bien? Mató terroristas. Y lo hizo muy bien. No les leían los derechos. No dialogaban con ellos. Eran terroristas. Punto. Hoy, Irak es Harvard para el terrorismo. ¿Quieres ser terrorista? ¡Vete a Irak! Es como Harvard.”

AMY GOODMAN: Eso decía ayer Donald Trump. Tariq, ¿qué dices a eso?

TARIQ ALI: Bueno, ya ves, ¿cómo se puede negar la verdad de lo que está diciendo? La BBC emitió ayer una entrevista filmada con un chico que había ayudado al derribo de la estatua de Saddam Hussein, un acontecimiento publicitariamente escenificado, Amy, como sabes, inmediatamente después de la ocupación de Bagdad.

 Ese muchacho salió ayer en la BBC y dijo que se avergonzaba de lo que hizo. Quiere disculparse. Dijo: “Saddam mató a familiares míos, pero la vida, la vida cotidiana en Irak era con él mucho mejor que ahora”. El grueso de los iraquíes, incluidos los que odiaban y sufrieron a Saddam, dicen que la vida era mucho mejor con él que bajo la ocupación y actualmente.

Así que Trump no anda errado, y precisamente porque es capaz de decir cosas como ésta y Clinton, no, porque su cónyuge estuvo implicado como presidente en las sanciones contra Irak… Madeleine Albright [Secretaria de Estado con Clinton] defendió la muerte de medio millón de niños causada por las sanciones… Así que, ¿qué se puede decir?

 Y otra cosa que vale la pena recordar: todos dicen ahora que cometieron errores en Irak. Pues bien; han cometido los mismos y aun peores errores en Libia. Los están cometiendo ahora mismo en Siria. No hacen nada para detener la invasión saudí del Yemen o la ocupación saudí de Bahrain. 

Y luego pretenden ser un poco más humildes: “No volveremos a cometer los mismos errores”. Pues los están cometiendo a la vista de todos en Occidente."                    (Entrevista a Tariq alí, Amy Goodman y Sami Radamani. Fuente: Democracy Now, 6 Julio 2016, en Sin Permiso, 10/07/16)

15/7/16

Su padre tuvo un incidente con un colono, que le disparó su revólver y lo dejó en la calle malherido. Nadie lo recogió todo el resto de la noche y al amanecer murió, desangrado

"A diferencia de otros barrios de Jerusalén, tan inmaculadamente limpios como los de una ciudad suiza o escandinava, el vecindario palestino de Silwan, situado en el este y vecino de la Ciudad Vieja y la mezquita de Al Aqsa, regurgita de basuras, charcos hediondos y desechos.

 Me temo que tanta suciedad no sea casual, sino parte de un plan de largo alcance, para ir echando a los 30.000 palestinos que todavía viven aquí e irlos reemplazando por israelíes.

 Los colonos comenzaron a infiltrarse en el barrio, por la zona de Batan Al-Hawa, hace 11 años. Lo que hasta entonces parecía poco menos que casual —grupos de familias ultrareligiosas que conseguían instalarse en una casa elegida al azar— tomó el cariz de una operación planificada y con un objetivo claro. 

Los colonos que se han metido en el barrio de Silwan pertenecen a dos movimientos religiosos: Elad y Ateret Cohanim. Están repartidos en unas 75 casas y no son muchos: unos 550. Pero se trata de una cabecera de playa, que, a todas luces, seguirá creciendo. Al día siguiente de mi visita al barrio, se anunció que las autoridades de Israel habían autorizado la construcción de un edificio en el barrio para albergar nuevos colonos de Ateret Cohanim.

Para saber dónde están los asentamientos basta mirar arriba: las banderas israelíes, flameando en la suave brisa de la mañana, indican que han ido constituyendo un cerco, igual que en el sur de las montañas de Hebrón, dentro del que todo el barrio va quedando encarcelado.

Las maneras como estas familias se apoderan de una casa son diversas: alegando tener documentos antiguos según los cuales fueron judíos los propietarios; comprando el inmueble a través de un testaferro árabe; hostilizando y amenazando al ocupante hasta hacerlo huir; pleiteando en los tribunales para que se decida a demoler la vivienda por no haber sido construida con los permisos necesarios, o, en los casos extremos, aprovechando un viaje o salida de los dueños o inquilinos para meterse en el lugar a la fuerza.

 Una vez que los colonos están adentro, el Gobierno israelí manda a la policía o al Ejército a protegerlos, porque, quién podría ponerlo en duda, esas gotas de agua de invasores en medio de ese piélago de palestinos, corren peligro. 

Las gotas se irán convirtiendo en arroyos, lagos, mares. Los colonos religiosos que han echado raíces aquí no tienen prisa: la eternidad está de su lado. Así han ido extendiéndose los enclaves israelíes en Cisjordania y convirtiéndolo en un queso gruyère; así van creciendo también en el Jerusalén árabe.

Se guardan las formas, como en el resto de la nación: Israel es un país muy civilizado. En Batan Al-Hawa hay 55 familias palestinas amenazadas de expulsión, por vivir en casas que carecen de documentos que garanticen la propiedad y 85 inmuebles con órdenes de demolición, pues, como de costumbre, fueron edificados sin obtener los permisos adecuados.

Cuando le pregunto a Zuheir Rajabi, vecino y defensor palestino del barrio, que me guía en este recorrido, si tiene fe en la honradez y neutralidad de los jueces que deben pronunciarse al respecto, me mira como si yo fuera todavía más imbécil que mi pregunta. “¿Acaso tenemos otra opción?”, me responde. 

Es un hombre sobrio, que ha estado en la cárcel varias veces. Tiene tres hijos de siete, nueve y trece años que han sido arrestados los tres alguna vez. Y una hijita, Darín, de seis años, que anda prendida de una de sus piernas. Su casa está rodeada de dos asentamientos y ha recibido varias propuestas para que la venda, por sumas más elevadas que su precio real. Pero él dice que no la venderá nunca y que se morirá en el barrio; las amenazas de sus vecinos no lo asustan.

 Le pregunto si los colonos instalados en Silwan tienen niños. Sí, muchos, pero salen muy rara vez y generalmente escoltados por policías, soldados o la guardia privada que protege los asentamientos. Pienso en la vida claustral y terrible de esas criaturas, encerradas en esas casas hurtadas, y en la de sus padres y abuelos, convencidos de que, perpetrando las injusticias que cometen, materializan un proyecto divino y se ganan el Paraíso.

 Desde luego que el fanatismo religioso no es privativo de una minoría de judíos. También son fanáticos esos palestinos de Hamas y la Yihad Islámica que se despedazan a sí mismos haciendo estallar bombas en autobuses o restaurantes, lanzan proyectiles sobre los kibutz o tratan de acuchillar a los soldados o a pacíficos transeúntes, sin entender que esos crímenes sólo sirven para anchar la zanja, ya muy grande, que separa y enemista a ambas comunidades.

 De pronto, en nuestras andanzas por Silwan, Zuheir Rajabi me señala un edificio de varios pisos. Todo él ha sido ocupado por los colonos, salvo uno de los apartamentos; en él permanece contra viento y marea una familia palestina de siete miembros.

 Hasta ahora, han resistido, pese a que les cortan el agua, la electricidad, a que deban tocar la puerta a los colonos para poder entrar cada vez que salen a la calle, e, incluso, a que, cuando abren las ventanas, los bombardeen con basuras.

Mientras conversamos, sin darme cuenta, nos hemos ido rodeando de chiquillos. Pregunto si alguno ha sido detenido alguna vez. El que levanta las manos tiene una cara traviesa y descarada: “Yo, cuatro veces”. 

Cada vez estuvo sólo un día y una noche; lo acusaron de tirar piedras a los soldados y él negó y negó y terminaron por creerle, de modo que no lo llevaron a la corte. Se llama Samer Sirhan y su padre tuvo un incidente con un colono, que le disparó su revólver y lo dejó en la calle malherido. Nadie lo recogió todo el resto de la noche y al amanecer murió, desangrado.

Cuento estas historias tristes porque, creo, dan una idea justa del más candente problema que enfrenta Israel: el de los asentamientos, la ocupación creciente de los territorios palestinos que lo ha convertido en un país colonial, prepotente, y que ha dañado tanto la imagen positiva y hasta ejemplar que tuvo mucho tiempo en el mundo.

Todavía hay muchas cosas que admirar en Israel. Haberse convertido, por el esforzado trabajo de sus habitantes, en un país del primer mundo, de muy altos niveles de vida y haber prácticamente liquidado la pobreza en la sociedad israelí gracias a políticas inteligentes, progresistas y modernas.

 Y, la máxima hazaña con que cuenta en su haber: haber integrado a decenas de miles y miles de judíos procedentes de culturas y costumbres muy diversas, de lenguas diferentes, en una sociedad donde, pese a la unidad del idioma hebreo que es el común denominador, coexisten fraternalmente todas ellas preservando su diversidad (dígalo, si no, el millón de rusos que han llegado en los últimos años al país).

Desde la primera vez que vine a Israel, a mediados de los años setenta del siglo pasado, contraje un enorme cariño por este país. Todavía creo que es el único lugar en el mundo donde me siento un hombre de izquierda, porque en la izquierda israelí sobrevive el idealismo y el amor a la libertad que han desaparecido en ella en buena parte del mundo. 

Con dolor he visto cómo, en los últimos años, la opinión pública local se iba volviendo cada vez más intolerante y reaccionaria, lo que explica que Israel tenga ahora el Gobierno más ultra y nacionalista religioso de su historia y que sus políticas sean cada día menos democráticas. Denunciarlas y criticarlas no es para mí sólo un deber moral; es, al mismo tiempo, un acto de amor.

Jerusalén, junio de 2016."                  (Mario Vargas Llosa, El País, 02/07/16)

14/7/16

Aznar: "Puede usted estar seguro, y pueden estar seguras todas las personas que nos ven, de que les estoy diciendo la verdad: el régimen iraquí tiene armas de destrucción masiva"

"(...) El informe Chilcot corrobora lo que ya no es posible poner en duda, y nos presta una de esas buenas oportunidades para recordar y hurgar en la herida que en aquellos días de 2003 nos dolió a unos, para que hoy avergüence a otros. ¿Cómo no volver, por ejemplo, al 13 de febrero de 2003?. 

Ese día Sáenz de Buruaga entrevistó a José María Aznar en Antena 3, con gran audiencia. En un momento de la entrevista que nadie que lo presenciara habrá olvidado, Aznar, mirando fijamente a la cámara, afirmó, literalmente:  "Puede usted estar seguro, y pueden estar seguras todas las personas que nos ven, de que les estoy diciendo la verdad: el régimen iraquí tiene armas de destrucción masiva, tiene vínculos con grupos terroristas y ha demostrado a lo largo de la historia que es una amenaza para todos".

Sabemos ya, porque ya está escrito en la historia, que no se trató de una afirmación imprudente, sino de una mentira deliberada, que luego repitió ante el Congreso de los Diputados. Sabemos que la decisión estadounidense de hacer fuego sobre Irak, tomada en círculos poblados de halcones, dólares y petroleras, no fue un cálculo erróneo motivado por la prisa, sino una decisión fría y alevosa que buscaba un saldo positivo para sus patrocinadores. 

Sabemos también que Aznar comprometió el apoyo de España sin condicionarlo a que se obtuvieran o no los apoyos y autorizaciones de la comunidad internacional exigidos para darle legitimidad, y que los motivos de la intervención eran distintos de los que se esgrimieron ante la opinión pública.

Pero lo peor es que quienes decidieron y defendieron aquella agresión armada sabían que con ella estaban condenando a una muerte injusta a una muchedumbre de inocentes. Lo sabían, claro que sí, y se les dijo. Se les dijo desde parlamentos y embajadas, desde el propio Consejo de seguridad de la ONU, desde el Vaticano y desde la opinión pública en aquellas enérgicas manifestaciones. Esa era la parte del problema de la que no nos hablaban. 

Lo viví con angustia en aquellos días dramáticos previos a la invasión, y lo dejé escrito con estas palabras: “morirán madres, morirán niños de cuatro y seis años que ahora mismo están jugando o aprendiendo a leer, se romperán familias y biografías, piernas y troncos, los hospitales se quedarán sin suministro eléctrico, los jóvenes alimentarán un compromiso de venganza, quedarán heridos y deportados; una población tan inocente y con tanto derecho a vivir como nosotros, que ya es víctima del sátrapa a quien quieren castigar, sufrirá en sus carnes una abrumadora acometida militar llena de metralla y fuego, esa que duele y mata”.  Lo sabían.

Yo no llevaría a Aznar a un tribunal, porque es seguro que saldría absuelto. Si buscan en el Código Penal (arts. 581 y ss.) y tienen costumbre de leer textos penales comprenderán que es difícil encontrar algún precepto en el que pueda subsumirse la conducta de Aznar: 

España puede hoy declarar la guerra a Marruecos porque sí, para hacerse con sus costas y sus campos, y eso no sería delito si cumple formalmente con los “procedimientos constitucionales”, (art. 588), que son de carácter formal. La vulneración de la legalidad internacional en la declaración de guerra no está contemplada como delito en nuestro Código Penal. 

La condena que Aznar merece no es penal, sino política y moral. No me apunto a llamar a Aznar criminal de guerra o genocida, porque no lo es. A mí me importa más decir algo de lo que estoy seguro: que aquella fue la mayor infamia de nuestra historia democrática. Quisiera explicar en qué consiste, exactamente, para mí, esa infamia: consiste en que José María Aznar y su Gobierno asumieron, promovieron y difundieron un discurso que deliberadamente prescindía de la incómoda perspectiva de las víctimas, que le estropeaban el discurso.

 Lo perverso fue, justamente, el intento denodado y patético de dar una legitimidad moral y política a una matanza sobre la base de mentiras asumidas complacientemente. Aznar optó por el discurso de los despachos, de los intereses, del poder y del juego, en el que se sintió a gusto y reconocido por los círculos a los que pretendía agradar, pero para ello tuvo que ignorar a la opinión pública y a las víctimas. Había que engañar a la opinión pública y había que descontar a las víctimas.

 Sin ellas, sin las víctimas, podía envolverse y enredarse en los intereses de España, en la seguridad de Occidente, en la geoestrategia, en las ventajas de la asociación con Estados Unidos, en la influencia internacional y en Sadam Hussein, pero ahí está lo inequívocamente inmoral: convertir a los muertos (que finalmente fueron centenares de miles) en una variable contingente, colateral y secundaria a la hora de calcular el saldo previsible de una operación.

 Aznar optó por ser desleal con su país, engañándolo en un asunto grave, y cruel con las víctimas, ignorándolas para que no le estropeasen su momento de gloria y la imagen de estadista con la que quería ser recordado. Eso merece una comisión de investigación parlamentaria.

Es una obligación moral volver a sentir la vergüenza de la imagen de aquel “pronunciamiento militar” de las Azores, en el que Bush, Blair y Aznar, como unos coroneles golpistas, dieron un envalentonado y cutre ultimátum de veinticuatro horas a la ONU para que legitimase una decisión que había sido tomada hacía meses en determinados circuitos de poder no muy preocupados por la legalidad internacional. 

La justificación, lo recuerdo bien, fue idéntica a la de cualquier golpe de Estado: atacarían militarmente al margen de la oposición del Consejo de Seguridad, porque la ONU se había mostrado “ineficaz” e incompetente para responder adecuadamente a amenazas o desórdenes inadmisibles.

 Ahí estaban ellos para conseguir, con prontitud y eficacia, sacar la cuestión del laberinto de la ONU y darle la solución “adecuada”. Ahí estaban para “hacer lo que había que hacer”, compensando con su audacia la parálisis de la ONU. Y ahí estaba Aznar, convencido de que la opinión pública de su país acabaría comprendiendo que se había equivocado al no confiar en él y en su idea del papel que España tenía que jugar. Todavía duele.

Es necesario hurgar en la herida, sí, y no decir que de aquello ya pasó mucho tiempo. La publicación del informe Chilcot nos devuelve a todo aquello, y a mí me invita a recordar que nunca me sentí menos español que cuando nuestra ministra de Asuntos Exteriores defendió en el Consejo de Seguridad la oportunidad de la invasión, y que nunca me he sentido más español que aquel domingo en que el nuevo Presidente recién investido anunciaba la orden de la retirada. Si simbólica fue, como decían, la participación de España en aquélla guerra, simbólico fue el gran valor de la retirada. 

Nada de pasar página. Tenemos derecho a una restitución moral. El informe Chilcot debería provocar una comisión parlamentaria de investigación que permitiera llegar a una condena política, determinando si hubo o no una mentira consciente y estratégica sobre las razones del apoyo de España a aquella guerra, quiénes y cómo intervinieron en aquella decisión, qué intereses, contraprestaciones, negocios o favores se escondieron debajo de esa mentira. 

 No es agua pasada. La guerra injusta nunca es agua pasada. Y aquella infamia no ha prescrito, porque los daños físicos y morales que se causaron todavía duelen. Una reprobación expresa del expresidente Aznar no llegaría a destiempo. "                    (Miguel Pasquau Liaño, CTXT, 11-07-16)

13/7/16

Nadie habla del horror que es Hebrón y las tremendas injusticias que allí se cometen contra sus 200.000 vecinos para proteger a 850 colonos israelíes invasores

"El problema mayor de Israel es uno solo, los asentamientos en Cisjordania, es decir, la ocupación de los territorios palestinos”, me dice Yehuda Shaul. “El próximo año cumplirá medio siglo. Pero tiene solución y la veré puesta en práctica antes de morir”.

Le replico a mi amigo israelí que hay que ser muy optimista para creer que un día más o menos próximo los 370.000 colonos instalados en las tierras invadidas del West Bank —verdaderos bantustán que cercan a los 2.700.000 habitantes de las ciudades palestinas y las desconectan una de otra— podrían salir de allí en aras de la paz y la coexistencia pacífica. 

Pero Yehuda, que trabaja incansablemente por hacer conocer lo que una gran mayoría de sus compatriotas se niega a ver, la trágica situación en que viven los palestinos de la orilla occidental del Jordán, me dice que tal vez yo sea menos escéptico después del viaje que haremos juntos, mañana, hacia las aldeas palestinas de las montañas del sur de Hebrón.

Estuvimos él y yo en esas montañas, casi en el límite de Cisjordania, hace seis años. Y, es cierto, la aldea de Susiya, que entonces tenía unos 300 habitantes y parecía destinada a desaparecer al igual que otras de la zona, ahora tiene 450, porque, pese a los infortunios de que sigue siendo víctima, han regresado buen número de las familias que habían huido; también ellas, como Yehuda, gozan de un optimismo a prueba de atrocidades.

Porque el acoso que padecen Susiya y las aldeas vecinas desde hace muchos años no ha cesado, al contrario. Me muestran la demolición reciente de las casas, los pozos de agua cegados con rocas y basuras, los árboles cortados por los colonos y hasta los vídeos que han podido tomar de las agresiones de éstos —con fierros y garrotes— a los vecinos, así como las detenciones y maltratos que reciben también de las FDI (Fuerzas de Defensa de Israel). 

En la casa comunal, una de las pocas viviendas que se tienen en pie, quien hace las veces de alcalde, Nasser Nawaja, me muestra las órdenes de demolición que, como espadas de Damocles, se ciernen sobre las construcciones todavía no destruidas por los buldóceres del ocupante.

 Las formas se guardan: esta zona ha sido elegida para maniobras militares de las FDI y las aldeas deberían desaparecer (pero no los asentamientos ni los puestos de avanzada de los colonos que prosperan por todo el contorno). A veces, el pretexto es que las frágiles viviendas son ilegales, pues carecen de permiso de edificación.

 “Es cosa de locos —me dice Nasser—; cuando pedimos permiso para construir o reabrir los pozos de agua, nos lo niegan, y luego nos demuelen las viviendas por haberlas levantado sin autorización”. En este pueblo, como en los otros del contorno, los campesinos y pastores no viven en casas sino en frágiles tiendas levantadas con telas y latas o en las cuevas —muy abundantes en la zona— que los soldados todavía no han inutilizado rellenándolas de piedras y basura.

Pese a todo, los vecinos de Susiya y de Yimba, las dos aldeas que visito, siguen ahí, resistiendo el acoso, apoyados por algunas ONG e instituciones israelíes solidarias, como Breaking the Silence (Rompiendo el silencio), de la que es miembro Yehuda y la que me ha invitado aquí. En Susiya conozco a un joven muy simpático, Max Schindler, judío norteamericano; ha venido como voluntario a vivir unos meses en este lugar y enseña inglés a los niños de la aldea.

 ¿Por qué lo hace?: “Para que vean que no todos los judíos somos lo mismo”. En efecto, hay muchos como él —los justos de Israel—, que los ayudan a presentar alegatos en los tribunales, que vienen a vacunar a los niños, que protestan contra los atropellos, y, entre ellos, escritores como David Grossman y Amos Oz, que firman manifiestos y se movilizan pidiendo que cesen los abusos y se deje vivir a estas aldeas en paz.

Un pronunciamiento de esta índole, encabezado por ellos, hace algunos meses, salvó de la picota —por el momento— a Yimba, un pueblo antiquísimo, aunque se llegaron a demoler 15 casas. Ahora aguarda una última decisión de la Corte Suprema sobre su existencia. Tiene una enorme cueva, todavía indemne, que, me aseguran, es de la época romana.

 En ese entonces la aldea estaba a la orilla del camino —todavía se puede seguir su trazo en el áspero desierto de piedra, polvo y rastrojos que nos rodea— que conducía a los peregrinos a la Meca; entonces Yimba era próspera gracias a sus tiendas de abastos y restaurantes.

 Ahora su antigüedad esconde un riesgo: que, como se trata de un lugar arqueológico, la autoridad israelí decida que debe ser deshabitado para que los arqueólogos puedan rescatar los tesoros históricos de su subsuelo. Las quejas son idénticas a las que escucho en Susiya: “Apenas consigan echarnos con ese pretexto, llegarán los colonos; ellos sí pueden convivir con los restos arqueológicos sin ningún problema”.

Al igual que en Susiya, en Yimba hago la visita rodeado de niños descalzos y esqueléticos que, sin embargo, no han perdido la alegría. Una niña, sobre todo, de ojos traviesos, se ríe a carcajadas cuando ve que soy incapaz de pronunciar su nombre árabe como es debido.

Basta examinar un mapa de los territorios ocupados para comprender la razón de los asentamientos: rodean a todas las grandes ciudades palestinas y obstruyen sus contactos e intercambios, a la vez que van ensanchando la presencia israelí y descomponiendo y fracturando el territorio que supuestamente debería ocupar el futuro Estado Palestino hasta hacerlo impracticable.

 Hay una intencionalidad clara en esta estrategia: mediante la proliferación de asentamientos volver irrealizable aquella solución de los dos Estados que, sin embargo, los dirigentes de Israel dicen aceptar. 

No se entiende si no por qué todos sus gobiernos, de centro, de izquierda y de derecha, con la única excepción del último Gobierno de Ariel Sharon, que en 2005 retiró las colonias israelíes en Gaza, hayan permitido y sigan haciéndolo, la existencia y crecimiento sistemático de unas colonias ilegales —laicas, socialistas y muchas de religiosos ultras— que son un motivo permanente de fricción y dan a los palestinos la sensación de ver encogerse como una piel de zapa el ya reducido espacio que tienen de Cisjordania.

No pretendo leer la mente secreta de la élite política israelí. Pero basta seguir en el mapa la manera como en las últimas décadas las invasiones ilegales y el famoso “muro de Sharon” van cercenando los territorios palestinos, para advertir en ello una política tácita o explícita que nunca ha intentado atajar estas invasiones y, más bien, las estimula y las protege. 

Ella no sólo es un motivo constante de choques con los palestinos; es una realidad que hace a muchos pensar que ya es imposible llevar a la práctica la constitución de los dos Estados soberanos, algo que, sin embargo, como una jaculatoria desprovista de verdad, un puro ruido, todavía promueven la ONU y los gobiernos occidentales.

Probablemente, entre el despojo que significan también estas colonias ningún caso sea tan dramático como los cinco asentamientos erigidos en el corazón de Hebrón. ¡850 colonos israelíes en el corazón de una ciudad palestina de 200.000 personas!

 Para protegerlos, 650 soldados israelíes montan guardia en la vieja ciudad, que ha sido sellada, “esterilizadas” (según la fórmula oficial) sus calles —cerradas todas sus tiendas, las puertas principales de las viviendas, todos los comercios— de modo que pasear por allí es recorrer una ciudad fantasma, sin gente y sin alma.

 Hace once años deambulé por estas calles muertas; lo único que ha cambiado es que han desaparecido los insultos racistas contra los árabes que decoraban sus muros. Pero por todas partes aparecen siempre las barreras con soldados y continúa la prohibición para que los árabes circulen en coches por las calles del centro, lo que les obliga a dar un enorme rodeo a campo traviesa para pasar de un barrio a otro.

 Los israelíes que me acompañan —son cuatro— me dicen que lo peor de todo es que ahora ya nadie habla del horror que es Hebrón y las tremendas injusticias que allí se cometen contra sus 200.000 vecinos para, aparentemente, proteger a 850 invasores."                (Mario Vargas Llosa, El País, 01-07-16)

8/7/16

Es un programa de intimidación sistemática de la población palestina. Se trata de mantener a los jóvenes, de 12 a 17 años, desestabilizada psicológicamente. Con “operaciones simuladas de perturbación de la normalidad”. O sea, prevenir el terror sembrando el pánico

"Los niños terribles.

Salwa Duaibis y Gerard Horton son dos juristas —ella palestina y él británico/australiano—, miembros de una institución humanitaria que vigila las actuaciones de los tribunales militares en Israel encargados de juzgar a los jóvenes de 12 a 17 años que atentan contra la seguridad del país. La mañana que pasé con ellos en Jerusalén ha sido una de las más instructivas que he tenido.

¿Sabía usted que en el año 2012 ni un solo colono de los asentamientos de Cisjordania fue asesinado? ¿Y que el promedio de crímenes contra los miembros de los asentamientos en los últimos cinco años es solo de 4,8 de promedio al año, lo que significa que los territorios ocupados son más seguros para ellos que las ciudades de Nueva York, México y Bogotá para sus vecinos?

 Si se tiene en cuenta que en Cisjordania los colonos son unos 370.000 (si se añade Jerusalén Oriental serían medio millón) y los palestinos 2.700.000, no hay duda posible: se trata de uno de los lugares menos violentos del mundo, pese a los tiroteos, demoliciones, actos terroristas y disturbios de que da cuenta la prensa.

“Un gran éxito de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), sin duda”, dice Gerard Horton. “¿Hay que felicitarlas por ello?” Algo semejante sólo se consigue mediante un plan inteligente, frío y metódicamente ejecutado. ¿En qué consiste este plan en lo que concierne a los niños y adolescentes?

 En un programa de intimidación sistemática, astutamente concebido y puesto en práctica de manera impecable. Se trata de mantener a esa población joven, la de 12 a 17 años, desestabilizada psicológicamente. Para ella existen las cortes especiales que vigilan los juristas de esta institución. 

El método consiste en “demostrar la presencia” por doquier de las FDI, la “cauterización de la conciencia” y “operaciones simuladas de perturbación de la normalidad”. Esta jerga esotérica puede resumirse en una frase sencilla: prevenir el terror sembrando el pánico. 

(Este método es distinto al que se aplica a los adultos y, sobre todo, a los sospechosos de terrorismo; en este caso se incluyen asesinatos selectivos, torturas, larguísimas penas de prisión y demolición y confiscación de viviendas).




El Ejército tiene un oficial de inteligencia a cargo de cada una de las zonas de Cisjordania y una eficiente cadena de informantes comprados mediante el soborno o el chantaje, gracias a los cuales hace listas de los jóvenes que asisten a las manifestaciones contra el ocupante y tiran piedras a las patrullas israelíes.

 Las operaciones se hacen generalmente de noche, por soldados enmascarados que se anuncian con un ruido ensordecedor, lanzando a veces granadas de aturdimiento en sus irrupciones en los hogares, rompiendo cosas, dando órdenes y hablando a gritos, con el objeto de asustar a la familia, sobre todo a los niños. Los registros son imprevisibles, minuciosos y aparatosos. 

Al joven o niño delatado, le tapan los ojos y lo esposan; se lo llevan, tendido en el suelo del vehículo, poniéndole encima los pies, o dándole algunas patadas para mantenerlo asustado. En el centro de interrogación lo dejan tendido en el suelo entre cinco o diez horas, para desmoralizarlo y espantarlo con la incierta espera en las tinieblas.

 El interrogatorio sigue un protocolo preciso: aconsejarle que se declare culpable de tirar piedras, con lo que apenas pasará dos o tres meses en la cárcel; en caso contrario, el juicio puede ser largo, siete u ocho meses, y, si es declarado culpable, acaso reciba una sentencia peor. Ablandado así, se le puede proponer entonces que sirva de informante. Si no lo está lo suficiente, se le advierte que podría ser violado o torturado, algo a lo que no es necesario llegar, salvo casos excepcionales. 

A algunos, basta advertirles que su conducta podría obligar al Ejército a detener a sus seres más queridos, su madre o su hermana, por ejemplo. En algunos casos, el joven o niño acepta la propuesta; y casi siempre sale de aquella experiencia quebrado, confuso, compungido y avergonzado de sí mismo. Este estado de ánimo aminora, según los diseñadores del método, su peligrosidad potencial y lo vuelve vulnerable. Y no es imposible que ese ruinoso estado de ánimo se contagie al resto de la familia.

Por eso, no importa tanto identificar a los culpables de las pedreas; el objetivo es introducir en los hogares y en todas las aldeas, a través de los niños y adolescentes, inseguridad y alarma perpetuas. Acosadas por el temor de ser víctimas de esos registros, en medio de la noche, con destrozos en vajilla, camas y enseres, de que se lleven a hijos, hermanos o nietos, las angustiadas familias se vuelven menos peligrosas. 

Ese mismo fin persiguen las prohibiciones disparatadas, los toques de queda constantes, las súbitas disposiciones que alteran las rutinas y aumentan el sobresalto cotidiano. La confusión y el desorden impiden o por lo menos desalientan las conspiraciones.

 Gracias a la manera sorpresiva y escenográfica de los registros y la parafernalia que los acompaña, la población suele quedar muy desarmada sicológicamente para organizarse y operar; de este modo se atenúa el riesgo de que sean un peligro serio para esas colonias tan bien armadas, y, sobre todo, tan estratégicamente bien situadas.

Los vecinos de las aldeas y ciudades acuadrilladas y resquebrajadas por los asentamientos reciben prohibiciones estrictas de pisar el territorio de las colonias, lo que los obliga a dar grandes circunvalaciones para comunicarse entre sí. Los colonos, en cambio, están enlazados por modernas carreteras que por lo común solo pueden utilizar los ciudadanos israelíes. 

El aislamiento de los pueblos y ciudades palestinos y la rápida comunicación entre los asentamientos es otra de las garantías de su seguridad. Es verdad que, a veces, se perpetran crímenes horribles contra los colonos, pero, atendiendo a la inhumana estadística, sus víctimas son menos numerosas que las que en el resto del mundo resultan de los accidentes de tránsito. Israel demuestra así que en el siglo XXI se puede ser un país colonialista y al mismo tiempo muy seguro.




¿Qué pasa cuando esos niños o jóvenes son finalmente puestos en manos de los jueces? Para saberlo, acompañado por Gerard Horton y Salwa Duaibis, pasé unas horas en una cárcel en las afueras de Jerusalén, donde funcionan los tribunales de menores presididos por jueces militares. Entrar en el recinto de los juzgados es una larga tarea; hay que someterse a registros y recorrer pasillos enrejados y con cámaras que me recordaron lo que fue entrar a, y salir de, la Franja de Gaza.

Más interesante que los juicios mismos, resultó conversar con las madres y padres, o hermanos y hermanas, de los jóvenes palestinos que estaban siendo juzgados. Una señora de la aldea de Beit Fajjar me cuenta que su hijo, de 15 años, ha pasado siete meses en la cárcel y que, la noche que los soldados lo arrestaron, rompieron todo lo que había en su casa. 

Le ha costado un sinfín de trabajos viajar de Beit Fajjar a Jerusalén. Pese a ello, sus ojos brincan de alegría y sonríe todo el tiempo: su hijo ha cumplido la condena y espera que dentro de un minuto o una hora (o dos o tres) el juez la llame y le diga que puede llevárselo a su casa.

Ninguna otra de las personas que está en esta sala muestra semejante alegría. Un hombre alto y enteco me cuenta que tiene dos hijos presos —uno de 15 y otro de 17— y que todavía no ha podido verlos. Le toma tres días llegar desde su aldea y ni siquiera está seguro de que hoy podrá charlar con ellos. Lo acompaña su hija, muy jovencita y muy tímida, a la que golpearon los soldados la noche que entraron rompiendo a patadas la puerta de su casa, porque olvidó mostrarles el teléfono móvil que tenía en el bolsillo y con el que acaso estaba grabándolos.

 Los juicios son rápidos. El juez o la jueza, en uniformes militares, hablan en hebreo y un oficial los traduce al árabe. Los abogados utilizan el árabe y son traducidos al hebreo. Los acusados, jóvenes semirapados y vestidos de negro, escuchan en silencio cómo se decide su suerte. De pronto, una muchacha, hermana de uno de los reos, estalla en llanto. Desde el banquillo de los acusados, aquel le implora con los ojos y las manos que se tranquilice, su llanto podría empeorar las cosas."             (Mario Vargas Llosa, El País, 01/07/16)