30/9/16

“Doreste”, uno de los más violentos de los campos de trabajo franquistas cuando los golpeaba, fue quien la partió la clavícula mientras cavaba una fosa para enterrar a varios reclusos, casi unos niños, que habían fallecido

"Ginés Martín, el preso de Lanzarote, tenía claro que no saldría vivo del campo de exterminio de Gando, esa misma mañana se había enterado del asesinato a palos de su amigo, su compañero desde la infancia, el periodista y paisano de la isla conejera, el conocido periodista republicano Manuel Fernández. (...)

El patio del campo eran un reguero de sangre por las palizas de los falangistas a sus camaradas, a la mínima te inflaban a palos, pensaba, solo por mirarlos, por no picar la piedra en los trabajos forzados con suficiente energía, recordaba especialmente al “Cabo de vara” y traidor, al que todos conocía por “Doreste”, uno de los más violentos cuando los golpeaba, fue quien la partió la clavícula mientras cavaba una fosa para enterrar a varios reclusos, casi unos niños, que habían fallecido de tifus, tuberculosis e inanición por la falta de alimentos.

No había medicinas, no los atendía ningún médico ni sanitario si enfermaban, los dejaban morir lentamente en aquellos barracones repletos de piojos, chinches, cucarachas enormes y ratas de cloaca, la comida era un caldo acuoso recalentado con restos de verdura y fregadura flotando en la superficie, otros días comían solo pan duro y agua.

En aquel espacio del horror era muy difícil escapar de las constantes palizas, de las torturas y violaciones de los esbirros fascistas, nada tenía sentido, solo sobrevivir como cada uno pudiera, tratando de buscar la humanidad en la empatía con el resto de cautivos, asistir a la clases del Doctor Manuel Monasterio o del artista y pintor, Felo Monzón, que enseñaban matemáticas, alfabetización, historia de la humanidad en los escasos momentos libres.

A las pocas semanas que mataron a su amigo Manuel, vino un coche negro con varios falangistas y el teniente Lázaro del cuartel de artillería de La Isleta, atravesaron la carretera de tierra hacia el antiguo lazareto, ahora reconvertido en recinto de muerte. Aparcaron el vehículo en la explanada desde donde se divisaba la playa y preguntaron quien era Ginés el de Lanzarote.

Lo encerraron en uno de los cuartos pequeños, alejado de los barracones, donde los médicos antiguamente atendían a los leprosos, en aquellos momentos reconvertido en recinto de interrogatorio, lo colgaron por las piernas con una cadena que le cortaba los tobillos y comenzaron a preguntarle por su relación con el periodista asesinado, ya enterrado en la fosa común del cementerio de Las Palmas, junto a cientos de compañeros fusilados o directamente ejecutados con un tiro en la nuca.

Violentamente lo azotaban con varas de acebuche y una pinga de buey que portaba un señor mayor que no había visto nunca, llevaba un cachorro (sombrero) en la cabeza y en el cinto un naife (cuchillo canario), con el que aprovechaba en algún momento del interrogatorio para pincharle los testículos o introducírselo en el ano, aquellos azotes le desgarraban la piel y la sangre la corría por todo el cuerpo, creando un inmenso charco rojo bajo su cabeza.

Llegó un momento que las preguntas no podía contestarlas, era todo demasiado incoherente, todo se le mezclaba en la mente, solo le venían recuerdos dulces de niño jugando en la Playa de Famara, las excursiones clandestinas con las muchachas del sindicato a la Cueva de los Verdes, el sabor del queso del sur de la isla, el vino de los viñedos plantados en medio de los volcanes, las viejas leyendas de los aparecidos en aquella playa que las viudas esperaban en las oscuras noches, con la esperanza de recuperar aquellos amores perdidos para siempre.

Uno de los torturadores le tomó el pulso y pidió que lo bajaran.

-Este está medio muerto, mejor sacarlo ya en el camión de Eufemiano pa la Sima de Jinámar, que al menos vea como lo tiramos y sufra hasta el último momento.

Le echaron por encima de su cuerpo desnudo y tirado en el suelo varios cubos de agua, lo que le hizo despertar un poco de la agonía, lo engrilletaron con las manos a la espalda y lo metieron en un camión repleto de hombres sentados en el suelo, también con claras muestras de maltrato.

Ginés no llegó vivo a la chimenea volcánica, estaba demasiado débil, el falangista Julián Manrique de Lara mandó parar el camión cuando comenzaba la subida a la Sima, lo sacaron entre dos requetés muy jóvenes y lo dejaron al borde del camino.

-Cuando tiremos a estos hijos de puta y bajemos a este lo tiramos en el pozo de Los Ascanio que está muy cerca de aquí. –Dijo con sorna el capitán Del Castillo-

Su cuerpo desnutrido quedó al borde del camino, parecía un perro atropellado, raquítico semidesnudo, en ese preciso instante y cuando el vehículo ya se había alejado abrió los ojos, todavía estaba vivo, el cielo de octubre del 36 estaba limpio, repleto de estrellas y constelaciones, vio varios meteoritos desintegrarse al entrar en la atmósfera de la Tierra, parecían semillitas de luz que venían del infinito. Se acurrucó, tenía mucho frío, cuando llegaron para arrojarlo al pozo de El Maipez ya estaba muerto."          (Viajando entre la tormenta, 10/09/16)

28/9/16

Afuera se escuchaba el bullicio de los falangistas que venían como cada día a ver el “espectáculo” de los fusilamientos masivos

"Los cinco hombres estaban en la pequeña celda del cuartel de La Isleta, solo la brisa del mar entraba violentamente por la ventana de rejas y movía la destrozada cortina, un trozo de bandera del regimiento de artillería. 

Afuera se escuchaba el bullicio de los falanges que venían como cada día a ver el “espectáculo” de los fusilamientos masivos, aquellos muchachos de Telde se abrazaban los unos a los otros, Juan parecía encabezar el inmenso manantial de sentimientos, ayudaba a que aquella tristeza pareciera como un oasis de lucha guerrillera, la que imaginaron en cada huelga contra los criminales terratenientes agrícolas, esos sueños se habían extinguido aquella tarde, cuando el pelotón preparaba sus armas sobre aquella lava apagada del volcán de La Isleta. (...) 

Cuando los sacaron con las manos atadas a la espalda los hicieron caminar por un sendero de picón, los cientos de falangistas y sus familias los recibieron con insultos y silbidos,  (...)

Los muchachos que no superaban los veinticinco años se colocaron en una sola línea, mirando los cañones del máuser desde donde bramaría fuego, ninguno agachó la cabeza, Juan dio varios vivas a la República, Generoso lanzó un grito casi inaudible honrando a la clase trabajadora.

Se hizo el silencio después del estruendo y las balas que atravesaron aquellos cuerpos fuertes, ahora destrozados por las torturas de meses, forjados con el duro trabajo de sol a sol en la haciendas de los caciques que los habían condenado a muerte.

A los pocos segundos de caer al suelo el cura conocido como Don Domingo Cúrvelo, hijo de Mariquita la de la tienda de “aceite y vinagre” de la calle Faro, les dio la extremaunción, mientras les daba el tiro de gracia en la nuca entre los vítores del público asistente, varios niños saltaban de alegría arengados por sus madres vestidas de negro y crucifijos al cuello.

Allí quedaron los cinco entre varios charcos de sangre antes de llevarlos a la fosa común del cementerio de Vegueta, los militares y falangistas se fueron a la cantina de oficiales donde había preparado un tenderete con sancocho con papas y cherne, vino de El Monte y ron aldeano. (...)"                (Viajando entre la tormenta, 26/09/16)

27/9/16

México, la violencia como un problema estructural

"México es uno de los países más violentos del mundo. (...) El número de asesinatos y secuestros bailan según el estudio, pero aún así las cifras no dejan de ser apabullantes. De acuerdo al Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), en 2015 se registraron 20.525 homicidios en el país, por los 20.010 de 2014. 

Pero si México sufrió un nuevo repunte de la violencia tras bajadas consecutivas desde 2011, las cifras se han incrementado un 16% durante los primeros seis meses de 2016, con un promedio de 55 personas asesinadas todos los días, según la organización civil Semáforo Delictivo, que trabaja con datos del Sistema Nacional de Seguridad. 

A la cabeza se encuentran los estados de Colima, con 40 de estos delitos por 100.000 habitantes, Guerrero (30), Zacatecas (26) y Sinaloa (18). Todos ellos superan la tasa media nacional, que se sitúa en ocho homicidios por cada 100.000 habitantes, de acuerdo con Semáforo Delictivo.

 Por otro lado, según un recuento realizado por el diario mexicano Milenio, el pasado julio fue el mes más violento en el país desde marzo de 2013 ─cuando se registró el mayor número hasta ahora─ con una cifra récord de homicidios vinculados al crimen organizado, la gran mayoría ocurridos en el estado de Guerrero. 1.054 asesinatos en 31 días, la cifra más alta del Gobierno de Enrique Peña Nieto. 

Sin duda el narcotráfico y la guerra contra los narcos tienen mucho que ver con estos números, pero no como algo absoluto. Varios estudios reflejan que sólo el 55% de estas muertes son producto de estos enfrentamientos; otros rebajan la cifra al 34%. 

México no es el único país en la región que registra tales niveles de violencia a causa del tráfico de drogas, pero a diferencia de varios de ellos, la tendencia es negativa. Honduras y Guatemala, por ejemplo, lograron frenar el número de homicidios en 2014 gracias a las políticas de sus autoridades, destaca el informe del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos.  (...)

Peña Nieto alardeaba hace unos meses de que desde el inicio de su mandato ─diciembre de 2012─ la violencia había comenzado a disminuir. La oposición no tardó en echarse encima del mandatario y criticar su discurso "triunfalista". 

El presidente del conservador Partido Acción Nacional (PAN), Ricardo Anaya, citó a Peña Nieto, entre otras cuestiones, las cifras de secuestros. El Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública estimó que en 2015, según las denuncias presentadas, se produjeron 1.307 secuestros en todo el país. 

 Una cifra que supera todos los límites cuando, como hace la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública, se tienen en cuenta los delitos no denunciados: 102.883 secuestros en un año. 

Uno de los mayores problemas es la impunidad que gozan las múltiples violaciones de derechos humanos que se cometen en el país. Como alertan organizaciones como Amnistía Internacional, durante 2015 se siguieron recibiendo nuevas denuncias de desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales y torturas en el contexto de la delincuencia violenta que padece México. 

La situación se agrava por la "falta de rendición de cuentas de la Policía y el Ejército" ante la Justicia mexicana, remarca la ONG.

Según datos oficiales, más de 22.000 personas permanecían secuestradas, sometidas a desaparición forzada o en paradero desconocido en el país norteamericano. Entre ellas, se encuentran los 43 estudiantes del estado de Guerrero que el 26 de septiembre de 2014 fueron detenidos por policías corruptos y entregados a miembros de Guerreros Unidos, quienes los asesinaron y quemaron en un basurero de Cocula, según una cuestionada versión oficial.

A este respecto, Amnistía critica que las "iniciativas de búsqueda de las personas desaparecidas resultaban por lo general infructuosas".

Otra organización, Open Society Justice Initiative (OPJI), ha acusado al Estado mexicano de perpetrar la violencia y la impunidad e, incluso, tras documentar casos con "fundamentos razonables", de cometer crímenes que la Corte Penal Institucional cataloga como de lesa humanidad. 

 Todo ello ante la inacción de las instituciones de Justicia y de Gobierno: "México es un país rico en recursos materiales y capital humano, tiene la capacidad de hacer frente a la crisis de la impunidad, pero lo que falta hasta la fecha es voluntad", denunció en su último informe el director ejecutivo de OSJI, James Goldston."                (Público, 21/09/16)

26/9/16

"Y si pasa lo que sea y vienen a por mi hija... mejor que no sepa nada"

"(...) "Yo no vi cuando le pegaron el tiro pero sí cómo le tenían puesta la pistola en la cabeza, para matarlo, y ese miedo queda siempre". María Rosa, Elena, Josefa, Raquel, Rocío, María, Fina, Alicia... nombres de mujer que reflejan el dolor causado por el franquismo. "Los fascistas mataron a mi padre, no hizo absolutamente nada". (...)

Testimonios en femenino que pintan dramas familares penados en el mutismo de una España labrada sobre las cenizas de la guerra civil. "Mi madre iba a verlo. La última vez... le dijeron que ya no tenía que ir porque ya no estaba". Vencidos, quedaron sin nada. Sin vida. "En mi familia mataron a tres. A mi padre, su hermano y a la hermana de mi madre".

Como aquellas mujeres que al arrancar el movimiento de Memoria Histórica, en los albores del siglo XXI, corrieron despavoridas cuando alguien sacó una bandera republicana. Muertas de miedo. Como si el terror, cuentan, en cualquier momento pudiera regresar.

Por eso en muchos casos no contaban qué ocurrió. "Y si pasa lo que sea y vienen a por mi hija... mejor que no sepa nada", mascullaban. O como aquellas niñas que vestían trajes nuevos el día de su primera comunión.

 Un día feliz, recordado, en que el nuevo ropaje estaba teñido de luto. Años más tarde llegó la pregunta: "Mamá, si de todas formas ibas a hacernos un traje, ¿por qué de color negro". Y la respuesta: "Porque era la única forma de protestar por la muerte de tu padre".

  "El dolor, los sentimientos y la lucha son universales", mantiene, y palpables a través de "las voces de nueve mujeres que durante mucho tiempo han estado silenciadas incluso para su propia familia". 

El "mayor arma del franquismo fue la represión", apunta Sara Gallardo. Y lo hicieron "tan bien", recalca, que los ecos "siguen metidos a día de hoy en nuestra sociedad". El miedo y el silencio, explican, como herencia generacional de los represaliados por el franquismo, de 'Las víctimas sin llanto'."                (Público, 27/07/16)

23/9/16

La represión de Queipo de Llano en Sevilla

"(...) Para consolidar su supremacía en Sevilla, Queipo contó con la Legión, al mando de Antonio Castejón Espinosa, y con los Regulares de Marruecos llegados desde Cádiz, A pesar de todo este tropel cuartelero el general tiene problemas. 

Uno de ellos era la organización de la represión de sus adversarios y que resolvió con el nombramiento de un capitán llamado Manuel Díaz Criado como delegado de Orden de Público para Andalucía Occidental y Extremadura. Este individuo ya tenía un glorioso historial conspirativo y delictivo desde la proclamación de la República y, sin lugar a dudas, reunía un brillante perfil para el puesto: era un sádico.

 Sin pérdida de tiempo, se fue a tomar posesión de su cargo y poner a la policía a sus órdenes, a la par que reunía a su alrededor un equipo de fieles seguidores compuesto con lo más granado de personajes ávidos de sangre, los que aplicarían la nueva justicia en España.


Pero Queipo tropezó a su vez con un nuevo problema. Tenía que matar a mucha gente, decenas y decenas de “rojos”, y eso creaba dificultades logísticas y operativas importantes ,así que hablo con el partido de Falange, que tan ardorosamente apoyaba la sublevación y contaban con hombres de gran abnegación y entrega, de tal manera que ofrecieron al señor delegado una recién creada Brigadilla de Ejecuciones (el nombre se lo dieron ellos) formada por voluntarios y dirigida por el Vieja Guardia Pablo Fernández Gómez, que se encargaría de asesinar a todos aquellos que el señor delegado dispusiera.

Empezaron muy pronto a funcionar y demostraron con creces el gran arrojo y valentía que tenían en eso de disparar a hombres y mujeres amarrados por los codos. Lo único desagradable eran los gritos, los insultos o que muchos de esos rojos no se dejaban matar y se negaban a andar hacia la tapia, de tal forma que había que matarlos al bajar del camión y dejarlos tirados por el campo a las afueras de la ciudad. Ya pasaría luego “el camión de la carne” y los recogería.

Pero aquí no acaba la historia, a estas Brigadillas de Muerte, se sumaron los terratenientes sevillanos, los señoritos y el mundo del toro. El más destacado fue el torero El  Algabeño, otro asesino en serie al frente de una cuadrilla de pistoleros. Se ofreció enseguida a Queipo de Llano para realizar el trabajo sucio de la represión encabezada por este militar golpista. 

Bien formando parte de la camarilla de guardaespaldas de Queipo  o matando a quien se pusiera por delante. Empezaron a trabajar en Sevilla dando un buen repaso a los barrios obreros, Pero en lo que verdaderamente destacó, y por lo que pasó a formar parte del imaginario fascista, fue en el llamado “saneamiento de los campos”.

 Desde el principio del golpe militar, unidades voluntarias e irregulares de caballería financiadas por el capital latifundista andaluz, se hicieron dueñas de la campiña, buscando, acosando y asesinando a cuantos jornaleros les parecieran sospechosos de izquierdismoé García Carranza, el Algabeño, mataba porque sí, porque poner cartuchos de dinamita en el cuerpo de los jornaleros y hacerlos estallar era motivo de conversación y vanagloria machista mientras se tomaba unas manzanillas en cualquier bar.

Ese fue el núcleo de un grupo de pistoleros que aterrorizó inicialmente a la ciudad y que luego sembró el miedo en los campos, una “policía montada”, que llegó a utilizar garrochas para reducir a los campesinos fugitivos, en una sórdida atmósfera donde abundaban piquetes falangistas o requetés, sin descuidar a los paramilitares. 

Emulando sus tardes de gloria taurina, hay algún testimonio que asegura que El Algabeño llegó a torear a algunos presos utilizando su fusil como muleta. Autor de numerosos crímenes de guerra, el diestro de La Algaba murió como consecuencia de las heridas sufridas en la batalla de Lopera contra las Brigadas Internacionales. Eso sí, en virtud de sus méritos, Franco le nombró a título póstumo teniente honorario de Caballería.     

Pero no queda ahí la cosa. La represión de Queipo no acabó en los paredones y en las cárceles que muy pronto se multiplicaron. También en las prohibiciones. Prohibido el luto. Prohibido llorar en público. Prohibido inscribir a los muertos.

De manera que aquellos que murieron defendiendo la legalidad republicana en las barricadas de Triana y Macarena, los detenidos que asesinaron dándoles el “paseo”, no se encuentran inscritos en ninguna sitio, no están, no existen. Solo existían en el recuerdo de las familias y estaban tan aterradas que pasaron muchos años antes de que alguien hablara y contara lo que había oído entre susurros a la abuela. La política del miedo funciono a la perfección.  (...)"             (Sol López-Barrajón, Memoria Pública, 22/07/16)

22/9/16

Esa noche 5 mujeres fueron arrancadas de sus hogares por una cuadrilla de asesinos falangistas, mandados por otro salvaje llamado Ángel Vadillo y apodado ”el 501” porque asesinó a 501 personas en los pueblos de la zona

"Era la noche del 29 de diciembre de 1936. Esa noche cinco mujeres fueron arrancadas de sus hogares por una cuadrilla de asesinos falangistas, mandados por otro salvaje criminal llamado Ángel Vadillo y apodado ”el 501” porque asesinó a 501 personas en los pueblos de la zona. Llovía y el aire helado de la sierra les calaba los huesos. En el camión donde las habían subido ellas no tenían frio. Sabían que iba camino de la muerte.

La mayor era Virtudes de la Puente Pérez: 53 años. Su delito, según los vecinos, ser protestante. A Pilar Espinosa Carrasco, de 43, la mataron por leer El Socialista y enseñar a leer a sus vecinos. Completaban el grupo la hija de Pilar, Obdulia de 14 años, y la hija de Valeriana, Heliodora de 2. 

Nadie sabe bien porqué, al poco de arrancado el camión los falangistas mandaron a las niñas de vuelta a casa, quienes salvaron de esa forma la vida. Su hija, Obdulia Camacho, de 14, llevaba a su sobrina de dos años en los brazos. En medio de la locura, los asesinos sintieron compasión, y echaron del camión a las dos niñas, que salvaron así la vida.

 La última asesinada, Valeriana Granada, de 26 años, estaba embarazada de varios meses. Es la que mayor sorpresa se llevó aquella noche: su marido luchaba en el frente nacional obligado por el ejército rebelde y no tenía nada que temer. 

Pero, según cuentan los viejos del pueblo, una dirigente falangista estaba enamorada del marido de Valeriana, la denunció y acabó a la vez con dos vidas que la torturaban: la de la madre y la del hijo que llevaba dentro.

Contaba el hombre al que mandaron enterrarlas y que estaba presente en la matanza que, al morir Valeriana, el feto se movió en su vientre. Uno de los salvajes la abrió en canal le saco el feto y a pisotones lo mató. El enterrador desde entonces, comentaban en el pueblo, que ni hablaba ni comía hasta que murió.

En la curva del Esparragal Obdulia y Heliodora, empapadas de miedo y frio fueron los testigos mudos de la barbarie .Allí escucharon los gritos de terror de sus madres, las suplicas para que no las mataran, las risas de los salvajes al violarlas. Escucharon  los tiros y todo, para ellas, quedo en silencio. Silencio que han guardado durante décadas. 

Pero cuando abrieron la boca, contaron y no pararon hasta que la fosa de la curva del Esparragal se quedó vacía. En el año 2002, rescataron sus cuerpos, era la primera fosa que se abría en Candeleda. Periódicos internacionales y televisiones, captaron las imágenes y contaron al mundo la barbarie y la sin razón de este país que tiene, aún hoy, a sus muertos por las cunetas.

Arenas de San Pedro tuvo el honor de ver como su alcalde, el herrero Serafín Felipe Gómez, fue ejecutado, arrastrado y quemado. Asesinaron a los 11 miembros de la corporación municipal de los trece que estaban en el ayuntamiento. 

Uno de ellos, con un tiro en la pierna, se escapó y otro de ellos, un carpintero llamado Apolonio Ferraz que era teniente de alcalde y que se pasó toda la vida aterrado y doblado por las palizas. Cuando la gentuza quería divertirse iban a buscarlo lo llevaban al cuartelillo y lo baldaban a palos. 

Los demás están en una fosa en el camino de Ramacastañas. “Todos ellos, llevan reunidos en un pleno eterno desde 1936, a seis metros bajo tierra “.como dice Mariano López, el fundador del Foro de la Memoria del Valle del Tiétar y la Vera.

Colgado de la ladera de la Sierra de Gredos se encuentra el pueblo de El Arenal, lugar de asesinatos y fosas. En el año 2008, se abrió una de ellas donde se encontraban, entre otros, los restos de una familia: padre, madre y un hijo, todos pertenecientes al partido comunista.
 Esta familia eran los abuelos y tío de Julián Muñoz, llamado “Cachuli” y alcalde de Marbella y por aquel entonces novio de Isabel Pantoja. No fue a la exhumación alegando que “para Isabelita iba a ser muy desagradable presenciar esas cosas y además se iba a armar un gran revuelo con su presencia”. Si acudieron al enterramiento, que se hizo, según ordeno el alcalde marbellí, de noche y sin nadie presente. 
Metieron la cajita con los restos en un nicho y mando que colocaran una placa con sus nombres. Ni lápida, ni año de muerte ni nada. La vergüenza por tener parientes “rojos” y asesinados por gente como él, pudo más que la dignidad de sus abuelos que murieron por defender un gobierno legal. (...)"                (Sol López-Barrajón, Memoria Histórica, 17/08/16)

21/9/16

“Pero hay gente con la que mantenía distancia y la seguiré manteniendo. Aquello fue demasiado vil y canalla como para olvidarlo”

"(...) Ahora, cinco años después del fin de ETA, aquellos estereotipos que eran la base de la comicidad se están alterando. “Se ha terminado la cataloguización permanente de lo rutinario. Antes era una exageración, cualquier decisión cotidiana estaba politizada: una carrera deportiva, la ropa, si decías egun on, el periódico que leías.... 

Cuando hemos visto que era una chorrada monumental, se ha diluido todo”, opina Borja Cobeaga, donostiarra de 39 años, uno de los creadores de Vaya semanita y coguionista de Ocho apellidos vascos.

 “Los grupos ahora están totalmente mezclados, antes eran mundos incomunicados. Las cosas se han relajado una barbaridad. Quizá a nivel institucional, político, o en algunas familias, no tanto, pero en la capa superficial de la sociedad se nota mucho”.

Las barreras eran también físicas, geográficas. Había calles, zonas o bares donde una parte de los vascos no entraba, por miedo o ideología, pero ya casi no existen. El Casco Viejo de San Sebastián era uno de esos lugares, visto como un bastión de la izquierda abertzale.

Había “castas”

Óscar Terol, donostiarra de 47 años, otro de los creadores de Vaya semanita, asiente: “Los grupos eran como castas, excluyentes, no podías entender a otro y había gente apestada, marginada socialmente, no podíamos compartir algo común. 

La ideología se vivía así, grabada a fuego, era potente como una religión, los vascos somos muy religiosos y nos hemos agarrado a la ideología como a una religión”. Además del fin del miedo, Terol apunta que el traumático paso de EH Bildu por el poder en Guipúzcoa, con grandes polémicas de gestión, hizo ver a muchos de los suyos que gobernar no era tan fácil.

El sentido del uniforme sigue estando muy marcado y sigue siendo relativamente fácil intuir el voto por la forma de vestir, aunque cada vez menos. “La batasunada sigue igual, vistiéndose como si bajara del monte, cultivan el feísmo, el chándal, los colores pardos”, apunta el escritor Juan Bas, director de Ja!, el festival del humor de Bilbao, y vecino del Casco Viejo de la capital vizcaína. 

“Sí ha cambiado lo de los bares, antes no entrabas a algunos por diatribas que se remontaban a las guerras carlistas. En el Casco Viejo ya no hay bares gueto, salvo algunos muy específicos”.

Cobeaga cree que “la estética borroka se ha quedado anticuada” y Terol confiesa que siente hasta ternura por quienes se aferran a sus símbolos: “Esas personas que mantienen una coleta, una ropa, un broche y dicen: yo vengo de este clan, el último mohicano de una especie… Es la cultura del caserío, que cada uno era un mundo propio, miles de maneras de entender una misma cultura. Una manera constante de reivindicar el matiz. Seguimos siendo tribales”.

Cobeaga explica el nuevo relax porque por fin se habría cumplido un deseo de Bernardo Atxaga: “Si los vascos nos quitásemos el peso que tenemos encima levitaríamos dos metros por encima del suelo”. No obstante, Bas cree que “la gente que jaleó en el pasado a ETA tiene interés en mezclarse, echar tierra sobre el pasado para decir que ahora todos nos llevamos bien y estamos en paz”.

 “Pero hay gente con la que mantenía distancia y la seguiré manteniendo. Aquello fue demasiado vil y canalla como para olvidarlo”, concluye. Cuenta que cada día se cruza en la calle con un conocido representante de la izquierda abertzale “y hacemos los dos lo que tenemos que hace: mirar cada uno para otro lado”.                (Ïñigo Domínguez, El País, 14/09/16)

19/9/16

La matanza programada de Yagüe en Badajoz.

"(...) El 13 de agosto los nacionales alcanzaron la ciudad, situaron sus ofensivas en tres zonas estratégicas, la brecha abierta en la muralla localizada junto al actual parque de los Legionarios donde estaban situados los que su mismo nombre indica, la Legión, la brecha abierta en lo que se conoce como la carretera de la Circunvalación junto al puente de la Autonomía donde se encontraban los moros y la brecha abierta en la conocida como avenida de Huelva, junto al Instituto Zurbarán donde se encontraban los falangistas y demás sublevados. La Alcazaba de Badajoz parecía un fuerte muy difícil de alcanzar para Yagüe.


Los obuses eran lanzados y volaban por encima de las cabeza de las personas que vivían junto a la estación de trenes, todo el que intentaba escapar hacia Portugal, al entrar los nacionales en la ciudad, era detenido y enviado de vuelta por los militares de Salazar. 

Al amanecer del día 14, la artillería rebelde abrió fuego contra las murallas de Badajoz. Este intenso bombardeo, con aviones alemanes e italianos, duró varias horas y destrozó las murallas y las viviendas de los alrededores.

 A las cuatro de la tarde, los rebeldes dominaban ya gran parte de la ciudad, pero la lucha callejera continuaba, y continuará hasta el anochecer. En la catedral se refugiaron cincuenta milicianos y pelearon hasta quedarse sin municiones; luego fueron capturados y ejecutados ante el altar mayor -pese a que se ha dicho que se suicidaron, la verdad es que fueron ejecutados a los pies del altar mayor por los legionarios. Yagüe había entrado en Badajoz y comenzó la matanza.

Inmediatamente después sucedió la primera matanza. Tras derribar las resistencias los moros, sueltos como perros rabiosos y armados hasta los dientes, cayeron sobre la ciudad martirizada sedientos de sangre matando a todo el que salía a la calle, violaban mujeres y arramplaban con toda la comida que encontraban, cuentan que guardaban en sus bombachos las cabezas cortadas de los milicianos que tenían dientes de oro como premio. Cayó mucha gente inocente, mujeres indefensas, hombres que no habían combatido, niños y ancianos.


 Hubo quien murió acuchillado simplemente por llevar un reloj o una cadena de oro que despertaba la codicia de los mercenarios moros al servicio del fascismo español. En Badajoz se vieron cadáveres con cuchillos clavados hasta la empuñadura. Las cifras que puedan avanzarse pecan desde su origen, ya que nunca se han hecho estadísticas de los muertos de Badajoz.

Algunos oficiales alemanes, al servicio del general Franco, se dieron el gusto de fotografiar cadáveres castrados por los moros, y fue tal la sacudida de espanto que produjeron los cadáveres castrados, que el general Franco se vio en la obligación de mandar a Yagüe que cesaran las castraciones y los ritos sexuales con el enemigo muerto. Pero siguieron haciéndolo.

No daban abasto a matar a tanta gente por lo que Yagüe tuvo que hacer prisioneros, la cárcel estaba a rebosar, en los lugares que habilitaron como prisiones no cabía ni un alma más. Se le ocurrió entonces al general Yagüe, “el carnicero de Badajoz,” que la plaza de toros era un buen lugar, amplio donde se podían amontonar a los prisioneros.

Incluso fueron a Portugal a buscar refugiados para llevárselos a las trágicas arenas de la Plaza de Toros, donde pensaban dar un festival de sangre como no se había visto nunca en el mundo. Entre los refugiados capturados había también numerosos civiles que no habían participado en los combates por edad o temperamento y heridos que serían fusilados en la ignominiosa ceremonia de la Plaza de Toros. 

Allí fueron llegando los camiones con los detenidos que la gente iba denunciando, no se sabe si por miedo o por envidia, por riñas anteriores que poco tenían que ver con ideales políticos. Se hacinaban hasta no caber e iban siendo fusilados, la mayoría sin juicio previo debido a no tener ningún motivo. Sin establecer responsabilidades o buscar a los culpables, los ejecutaban. Sacaban a las víctimas por la puerta de caballos y los dejaban en el ruedo sin defensas. 

Las ametralladoras habían sido fijadas en las contrabarreras del toril. Para este espectáculo hubo entradas e invitaciones, a él acudieron señoritos de Andalucía y de Extremadura, terratenientes sedientos de venganza y falangistas de reciente camisa; también acudieron mujeres. Allí fueron sacrificados milicianos, soldados, hombres de izquierda, campesinos sin partido, jornaleros, pastores y sospechosos. 

Las arenas quedaron rojas y húmedas de sangre. Las mujeres, madres, hermanas… dormían alrededor de la plaza esperando noticias de sus hombres. De igual manera ocurrían los asesinatos en el cementerio, en su muro y en su interior, los cuerpos eran quemados y posteriormente enterrados en la fosa común que allí se encuentra.

 Muchos familiares se acercaban a ver si podían ver sus cuerpos y así saber si habían muerto o no.
Como es habitual, los asesinados en estas matanzas no tienen nombre ni apellidos, no están inscritos en ninguna parte por lo que no se sabe cuántos murieron. El periodista norteamericano Jay Allen del Chicago Tribune que entró en Badajoz poco después, dijo que hubo 1.800 ejecuciones en las primeras doce horas y oyó decir a oficiales rebeldes que había habido 4.000 ejecuciones en total.

Durante días fueron masacrando a gente sin ningún motivo aparente, las calles estaban rojas de sangre coagulada y los cadáveres permanecían en la calle para escarmiento y porque los encargados de llevárselos no podían llevar el ritmo de los asesinos. Las características del terror fascista, aparte de una especial perversidad y crueldad rayanas en la necrofilia, se relaciona con sus objetivos.

 El fascismo convirtió el terror y la muerte en espectáculo como único modo de que su mensaje llegara a toda la sociedad. El terror fascista requirió el concurso de todas las instancias de poder y, al mismo tiempo, exigió el silenciamiento y la eliminación de toda discrepancia sobre sus procedimientos. El escaso apoyo social que disfrutaron los golpistas en el sur exigía un derroche de violencia del que otros regímenes fascistas con mayor base pudieron prescindir. Mientras unos desaparecían, otros eran obligados a presenciar hechos absolutamente insoportables.

 Una vida cotidiana en la que al salir de su casa cualquiera podía encontrarse con un camión cargado de los cadáveres de sus propios vecinos, cruzarse con quienes van mostrando orejas humanas colgadas de un junco, ver a un grupo de hombres jugando a pasarse una cabeza humana como si se tratara de un balón, presenciar los frecuentes desfiles de las mujeres rapadas y purgadas, asistir al arrastre por caballos de varias personas recién asesinadas en la plaza del pueblo o enterarse de que los cadáveres de algunas vecinas, violadas y asesinadas, han aparecido en algún lugar cercano al pueblo.

 Fue la materialización de un nuevo modo de vida creado específicamente para seres considerados inferiores y carentes de todo derecho. Esta fue la contribución española al fascismo europeo.

Y todo esto con la presencia de la prensa. Había cinco corresponsales extranjeros en Badajoz que divulgaron los horrores vividos, uno de ellos tuvo que ser internado en un manicomio y seguir un tratamiento psiquiátrico. No pudo soportar lo que vio.

Fue una matanza fotografiada y explicada al mundo. Los sublevados se dieron cuenta del error y fabricaron noticias falsas donde se negaban todos los sucesos. Pero no se pudieron negar la evidencia. Y más cuando Yagüe había respondido personalmente ante la Historia por lo menos dos veces de la gran responsabilidad que le incumbe.

 La primera, fue cuando el corresponsal portugués, Mario Neves le preguntó si había habido dos mil ejecuciones y dijo que no creía que fueran tantas. La segunda fue cuando el periodista John T. Whitaker, alarmado por lo que le contaba su colega y amigo Jay Allen, se presentó ante Yagüe y le preguntó si era verdad que habían sido asesinados varios miles de personas. Y el teniente coronel Yagüe respondió sonriendo:

“Naturalmente que los hemos matado. ¿Qué suponía usted? ¿Iba a llevar 4.000 prisioneros rojos con mi columna, teniendo que avanzar contra reloj? ¿0 iba a dejarlos en mi retaguardia para que Badajoz fuera rojo otra vez? “

Yagüe nunca se arrepintió de lo ocurrido en Badajoz; es más se vanagloriaba de ello. Al periodista francés Jacques Berthet le dijo: ” Es una espléndida victoria. Antes de avanzar de nuevo y ayudados por falangistas vamos a acabar de limpiar Extremadura”. Ahí se aprecia el carácter inhumano de Yagüe. (...)"                     (Sol López-Barrajón, Memoria Pública, 14/08/16)

16/9/16

Iban a su casa y a mi tío Eugenio, que tenía dos años, le ponían una pistola en la cabeza. Cuando se iban, el niño saltaba y decía pum pum

"(...) Carmen y Ángeles tienen una herida abierta. Es una herida que no se ve a simple vista pero que sangra y sangra apenas escarban juntas en sus recuerdos. En los recuerdos íntimos y más conocidos de Sebastián Oliva Jiménez, su abuelo. Han convivido toda su vida con el fantasma de un abuelo al que no han podido saludar, abrazar. 

Han aprendido a sobrevivir con el relato quebrado de dos hijos, la madre de Carmen, María Josefa, y el padre de Ángeles, Francisco, a cuyo padre asesinaron junto a una tapia y cuyo cadáver arrojaron a una cuneta de la vieja carretera de El Puerto, una de las cinco fosas localizadas en la campiña jerezana.  (...)

—¿Qué recuerdos le transmitieron sus padres de su abuelo?

Carmen García Oliva: —Mi madre tenía mucha admiración por su padre, era pasión, era algo extraordinario, sobrepasaba a sus hijos y a todo, su padre era lo máximo. Tuvo que ser un hombre muy bueno, muy excepcional. Era protestante pero en Navidad, en su mesa, tenía que haber sentada gente que no tuviera para comer, se la llevaba esa noche a comer a su casa. 

Mi madre —habla de ella en presente— dice que en mi casa siempre había gente de los pueblos durmiendo. Mi madre no me contó ni un cuento, solo hablaba de su padre, y todo lo comparaba con lo que él hacía. Ayudaba a toda la gente que podía".

Ángeles Oliva: —Mi padre contó muy poco. Yo perdí a mis dos abuelos, y a mi madre le daba pánico hablar de esos temas. Mi padre hablaba cuando podía, te cogía y te contaba cosas. En mi casa estaba prohibido contar cualquier cosa de esas. En la noche del 23F recuerdo oír a mi madre decir: se llevaron a mi padre, no podría soportar que se llevaran a uno de mis hijos.

C. G. O.: —Sí, mi madre sí. Nunca ha escondido la historia, mi madre era cruda para eso, lo contaba todo como fue. Cuando ya empezó el Movimiento, iban a su casa y a mi tío Eugenio, que tenía dos años, le ponían una pistola en la cabeza. Cuando se iban, el niño saltaba y decía pum pum. E iban una y otra vez. A partir de la muerte de mi abuelo, yo no puedo explicar ni cómo era mi madre.

 Como no tuvo ni padre ni madre, el hecho de que nosotros los tuviéramos ya era suficiente. Un trastorno horroroso. Fue todo muy complicado para ella. Tuvo que vivir sin su madre, su padre no estaba en la casa apenas, no estaba. Entre la política y dar clases, imagínate. Le marcó demasiado. (...)

—Si su abuelo no era radical ni violento, ¿por qué era tan incómodo para el poder e incluso para los miembros de su central?

C. G. O.: —Le temían por su poder de convicción, calaba mucho en la gente; al poder le asustaba, ya fuera de un lado o de otro, porque tenía oratoria y capacidad para movilizar. Pero a él, por ejemplo, no le gustó nada que se quemaran conventos —en la provincia se quemaron o asaltaron una decena— ni nada de eso. 

Él llegó a decir que ya no pertenecía a nada porque eso no le gustaba. Era contrario a todo eso. Venían todos a pedirle consejo para determinadas movilizaciones pero él no era violento para nada.  (...)

Eso es porque era alguien muy excepcional. Iba a las viñas a enseñar a leer porque decía que eso era parte del camino hacia la libertad. Con solo haber rumores de una revuelta o algo, a él preventivamente lo encarcelaban. Fue tanto con la Dictadura de Primo de Rivera como con la Segunda República. Ambos bandos veían su figura como peligrosa. (...)

Eugenio era muy pequeño cuando pasó todo. Y pasó que aquella noche vinieron a por Sebastián, a obligarlo a ser un delator. Y pasó que Sebastián huyó a esconderse en una de las viñas donde impartía lecciones a los jornaleros. 

Allí dieron con él en poco más de un mes desde el Golpe y pronto pasó que unos kilómetros más al sur le dieron a su hijo Francisco su bastón: "Tu padre ya no lo va a necesitar más". Cuando rememoran todo este negro episodio, la herida de Carmen y Ángeles sangra. El asesinato de su abuelo, que apenas contaba con 55 años, dejó un cráter en la familia. Los cuatro hijos de Sebastián no fueron los mismos desde aquel 19 de agosto de 1936. (...)

Ángeles cuenta que a su padre, en el colmo de la crueldad, le movilizaron en el Frente Nacional dentro de un pelotón de fusilamiento. "Eso es uno de los traumas más grandes que tenía: cuando empezaba a contar cosas le decíamos papá, ¿pero tú disparabas? y él nos decía yo tuve que matar de pájaros lo que no te puedes ni imaginar.

 Apuntaba para arriba y mataba a los pájaros. Cuando empiezas a conocer la historia ves que hubo mucha gente que cruzó el frente, pero él estaba vigilado, amenazado, siempre le decían nunca te olvides que tienes tres hermanos...   (...)"        (Paco Sánchez Múgica, La Voz del Sur, en CTXT, 14/09/16)

15/9/16

Le explica que desde que han aparecido las pintadas contra él en el pueblo ya no puede saludarle porque “le traería problemas... y el Txato le responde: "¿Alguna vez te han dicho que eres un cobarde?"

"(...)  PREGUNTA. Hay un momento en ‘Patria’ en el que Joxian se encuentra con el amenazado y luego asesinado Txato, que hasta entonces ha sido su mejor amigo. Le explica que desde que han aparecido las pintadas contra él en el pueblo ya no puede saludarle porque “le traería problemas”, pero que le saludará con el pensamiento. Y el Txato le responde: "¿Alguna vez te han dicho que eres un cobarde?". ¿La historia de ETA es una historia de matones y cobardes y poco más?

RESPUESTA. En parte, sí. Pero lo que yo ofrezco al lector es una ficción, ese episodio en concreto me lo he inventado. Eso no quiere decir que fuera imposible, porque en ese caso yo no lo hubiera introducido. Y a continuación extrapolamos, cometemos el error de Don Quijote que ataca el Teatro de Títeres por considerar que la ficción es real. 

En esa sociedad vasca en la que imperaba la violencia, y no me refiero solo a la violencia más llamativa, a la que llegaba a los periódicos, sino también a otra de tipo más cotidiano, hubo una gama muy amplia de comportamientos. Esos comportamientos no interesan a la historiografía por ser subjetivos y quedar fuera de su potestad. Esa es la mía, la del escritor de novelas. Yo estoy llamado a indagar en la condición humana desde la palabra escrita. 

Y la condición humana no se puede describir sin tener también en cuenta los comportamientos de las personas, lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. Así, una novela no responde a la pregunta de qué pasó —que también—, sino a la de ¿cómo se vivió aquínbsp;Y el lector se pone entonces en la situación de preguntarse: ¿qué habría hecho yo? (...)

P. Por cierto que la 'omertá' que durante tantos años se enseñoreó del País Vasco pareció afectar también a la literatura sobre lo ocurrido, impresionantemente escasa para tan graves sucesos. Apenas un puñado de páginas, algunas de ellas escritas por usted. ¿Los escritores vascos pagaron su propio impuesto revolucionario con silencio? ¿Fueron tan cobardes como los demás?

R. Es que ese colectivo de escritores vascos no existe, no forman un grupo homogéneo. Existen vascos que escriben. De hecho, se supone que el escritor es aquel que se va a expresar desde una perspectiva propia. Si no lo hace, no está cumpliendo con su tarea. Y así lo que escriben unos se completa con lo que escriben otros. Ha habido escritores cómplices con el terrorismo, es evidente, han puesto su escritura al servicio de una causa.

 Es muy difícil dar frutos valiosos desde esa perspectiva, entre otras cosas porque no es la perspectiva de un hombre libre. Y después naturalmente ha habido miedo. Cómo no lo va a haber entre agresiones y asesinatos. A mí no me gusta juzgar desde la posición de uno que vive lejos a los hombres concretos que sufrieron esta situación.

 También es cierto que los escritores necesitamos un recorrido mayor que, por ejemplo, los periodistas que narran la actualidad. Pero nosotros introducimos en nuestros hábitos la humanidad completa, que decía muy perspicaz Ernesto Sábato. Conseguir esto no está al alcance de cualquiera. Uno lo intenta y puede fallar. De manera un tanto exculpatoria, entiendo que los escritores hayamos sido los últimos en llegar.

 Pero nosotros estamos llamados a dejar las palabras perdurables. Cuando nuestro testimonio tiene calidad estética, se convierte en universal. Recuerdo que cuando yo veía el 'Guernica' en los libros de texto con 10 años, ya me hacía una idea concreta de quiénes habían sido los malos durante la Guerra Civil. El hecho estético es irrebatible.

P. A propósito de la Guerra Civil. ‘Patria’ arranca con el final de la violencia armada y con la negativa de una viuda a aceptar el olvido como pilar fundamental de los nuevos tiempos. Se me ocurre una analogía con las víctimas la Guerra Civil. Los del bando nacional pudieron llorar a los suyos, mientras que los del republicano tuvieron que enjugar sus lágrimas durante cuatro décadas. ¿Las víctimas de ETA pueden hoy en Euskadi llorar en paz?

R. Las heridas todavía están abiertas y supurantes. Se siguen produciendo homenajes a presos de ETA liberados y en el pueblo los reciben con música y ceremonias de ensalzamiento. Puedo imaginarme que a una persona a la que le hayan matado al padre ese tipo de escenas le reproduzcan el dolor.

Que no haya atentados, sin duda alivia, aunque no tenemos la garantía de que no se vayan a volver a producir. Pero en la sociedad se nota que se han perdido la crispación y el miedo cerval que había hace unas décadas. Si a esta situación se le puede llamar 'paz'... 

No sé, no tengo prisa por ponerle un calificativo a la situación actual, en la que sí veo un deseo natural de distanciarse de aquella violencia. Un deseo natural que no es propiamente vasco, se da en todas las sociedades en las que ha habido conflictos sangrientos.

P. Pero su punto de vista es esperanzador. No vamos a destriparle al lector el final de la novela, pero apunta a un final positivo que sí parece un trasunto de su propia esperanza.

R. No quiero trivializar el concepto de la esperanza. Algo positivo hay al final de 'Patria', es cierto. Recuerdo que una víctima del terrorismo me acompañó en la presentación de ‘Los peces de la amargura’ y al final me amonestó porque no dejé un hueco a la esperanza. Esta fue una lección muy importante para mí. 

Negar la esperanza  es negar cierto triunfo que la víctima se reserva para sí. Yo he aprendido mucho hablando con las víctimas, me han dado grandes lecciones. Cené una vez con un grupo de víctimas y, vaya, si no me hubieran dicho lo que eran, habría pensado que era una despedida de soltera. No paraban de reír.

 En aquel ambiente en el que no tenían que explicar nada, porque todas habían compartido un mismo destino, había alegría, risas. Yo, que todavía era inmaduro, no lo comprendía, pensaba que debían vivir en un funeral constante. Hasta que aprendí que esa alegría era algo que no se habían dejado arrebatar por sus agresores.  (...)

P. Su perfil del etarra encaja en esa categoría de Arendt que señala la banalidad del mal. El terrorista, lejos de ser heroico o especial, no era más que el bruto del pueblo, el mismo chaval envenenado de testosterona y odio que disparaba perdigones a los perros. El problema de esta tesis es que resulta demasiado atractiva para los que nos consideramos inteligentes. Si eras inteligente, inquieto, leído, etc, ¿estabas completamente a salvo de caer en las redes de ETA? O de otra manera, ¿lo estuvo usted?

R. No, no, no, yo estuve tan expuesto como otros jóvenes vascos de mi edad a la doctrina, a la presión grupal, pero por determinadas razones no caí. Pero otros chavales de mi barrio cayeron y entraron en aquella espiral de la que ya no se podía salir. De ETA no se podía salir vivo. Me pongo a pensar qué salvó al muchacho vasco inmaduro con las hormonas alteradas que yo era. 

¿Por qué no fui de ETA? Tal vez por haberme criado en una ciudad donde el control sobre la gente es mucho menor que en un pueblo, donde te quedas sin amigos. Luego pienso también en la base cristiana de mi juventud, que reconozco desde mi ateísmo actual. La idea de que uno tiene que hacer el bien a los demás, la empatía con aquel que sufre. Y por supuesto viajar, conocer otros mundos, otras sensibilidades.  

P. Es un tema manido, pero ¿por qué cree que en los lugares donde anida el nacionalismo la Iglesia católica suele ser uno de sus principales valedores? ¿Son la religión y el nacionalismo ramas del mismo árbol?

R. Don Serapio es uno de tantos curas, aunque también hubo curas con escolta. Pero es cierto, como bien mostraba un reportaje demoledor de Antena 3, que el 70% del clero vasco es nacionalista.

P. Su novela se titula ‘Patria’ y la patria parece en ella el virus maligno que envenena todo lo demás, desde la convivencia a la amistad.

R. Absolutamente, el nacionalismo siempre pone un filtro. Siempre es tradicionalista, medieval, romántico, sacraliza la tierra. Y llevado a la política, el nacionalismo es muy peligroso.  (...)"                  (Entrevista a Fernando Aramburu, Público, 14/09/16)

13/9/16

Para María Miramontes comezou daquela o tempo da dor, da ausencia, da soidade. O saqueo da imprenta e da editorial Nós, as multas, o expolio da empresa familiar e a obriga de facer fronte as débedas

María Miramontes entre López Bouza e Ánxel Casal

"O 15 de xullo de 1936, unha delegación do comité galego pro estatuto, da que formaban parte entre outras persoas Bibiano Fernández Osorio Tafall, José López Bouza, presidente da Deputación da Coruña, Ánxel Casal, alcalde de Santiago e vicepresidente da Deputación da Coruña, Daniel Castelao, e Arturo Cuadrado fai entrega nas Cortes do texto do estatuto aprobado maioritariamente no plebiscito do 28 de xuño.

Dous días despois prodúcese o levantamento militar fascista que tronza as arelas de autogoberno do pobo galego. Galiza fica en poder dos militares rebeldes a partir do dia 20 de xullo, e a maior parte dos integrantes da delegación pagan un alto prezo: o asasinato, o cárcere, o exilio. Casal e López Bouza foron asasinados o 19 e o 30 de agosto de 1936.
 Tafall, Castelao e Cuadrado salvaron a vida porque permaneceron en Madrid, defenderon a República coas armas, as letras e as ideas até o último intre e permaneron fieis a Galiza cada un dos días do exilio que comezou en 1939.
Na imaxe só aparece unha muller, María Miramontes. A compañeira de Casal, a muller que teceu unha patria coas súas mans de costureira.  (...)

A Ánxel Casal sacárono do cárcere de Santiago unha noite de agosto e o seu corpo acribillado apareceu nunha curva en Cacheiras, no concello de Teo.
Para María Miramontes comezou daquela o tempo da dor, da ausencia, da soidade. O saqueo da imprenta e da editorial Nós, as multas, o expolio da empresa familiar e a obriga de facer fronte as débedas.
Tragando as bágoas da humillación e da derrota, saiu adiante coa súa sona de costureira e seguiu tecendo para facerlle fronte ao terror. Até que non puido soportar máis vivir naquel cárcere e en decembro de 1936 colleu un barco en Lisboa cara a un exilio do que nunca máis volveu.
Levou con ela unha maleta chea de amor, una maleta cargada de dor. Ateigada de dignidade e de coraxe, de afouteza e de rábia. E cada un dos días que lle quedaban por vivir, até o 17 de setembro de 1964, cumpriu a promesa que fixera ante o corpo sen vida do seu home: nunca deixar de lembrar, nunca deixar de amar a súa patria, nunca deixar de tecer soños de liberdade. María Miramontes, tecedeira do alén."               (Non des o esquecemento, 12/08/16)

12/9/16

En España hay, como mínimo, 114.226 personas desaparecidas por la represión franquista

"En España hay, como mínimo, 114.226 personas desaparecidas por la represión franquista. Es una de las pocas cifras exactas que se maneja en un tema – el de los desaparecidos – que pocas veces ha sobresalido a primera escena política. En líneas generales ha sido, y sigue siendo, una cuestión marginada que ha visto como incluso algunos políticos han hecho burla de ella. 

Como Pablo Casado y su “los de izquierdas son unos carcas, todo el día con la fosa de no sé quién”. Una declaración que no sólo no le ha perjudicado, sino que no ha hecho titubear la meteórica carrera política del hoy Vicesecretario de comunicación del Partido Popular. 

(...) la única cifra oficial de desaparecidos la aportó la Audiencia Nacional en la causa abierta contra los crímenes franquistas por el exjuez Baltasar Garzón hace ya varios años. La cifra – 114.226 desaparecidos – abarca el periodo entre el 17 de julio de 1936 y diciembre de 1951, pero no cuenta los más de 30.000 bebés desaparecidos. Hay algunas estimaciones que hablan de más de 200.00 desaparecidos. (...)

¿Qué es una desaparición forzada?

El Alto Comisionado para los Derechos Humanos de la ONU considera que se ha cometido una desaparición forzada siempre qué:

«se arreste, detenga o traslade contra su voluntad a las personas, o que estas resulten privadas de su libertad de alguna otra forma por agentes gubernamentales de cualquier sector o nivel, por grupos organizados o por particulares que actúan en nombre del Gobierno o con su apoyo directo o indirecto, su autorización o su asentimiento, y que luego se niegan a revelar la suerte o el paradero de esas personas o a reconocer que están privadas de la libertad, sustrayéndolas así a la protección de la ley.»"             (El Boletín, 30/08/16)

9/9/16

Las víctimas ‘indirectas’ de la represión franquista

"Los historiadores y sobre todo los responsables de los estragos causados por los conflictos bélicos, que en principio no son deseados pero tampoco evitados, han acuñado y abusado de una expresión eufemística: daños colaterales. (...) 

 Los daños “indirectos” de la represión en Robleda, donde ha sido posible una verificación cercana, sirven de referencia. Los asesinatos de vecinos de Robleda  dejaron 40 huérfanos, entre ellos 5 hijos póstumos, 14 viudas (dos eliminados eran viudos) y varias personas enfermas. 

En un contexto de desamparo algunas de ellas fallecieron entre 1936 y 1948, como sucedió con otras igualmente afectadas por la represión en este territorio (Iglesias 2008a).

16 de diciembre de 1936. Amable Cecilio González Villoria, de ocho días, hijo póstumo de Amable González, de enfermedad (RCR).

22 de julio de 1937. Ángela Mateos Ovejero, de 4 meses, hija póstuma de José Mateos García. Murió de enfermedad y malnutrición, después de ser devuelta por la familia encargada de su lactancia (la esposa de un hermano de Aristóteles González, que tenía tres hijos), en la Casa Cuna de Ciudad Rodrigo.

Fecha sin comprobar de 1937. Un Hijo de José Mateos Carballo, “de enfermedad de los bronquios”, en Valladolid, durante la guerra, sin otros datos (R 2011).

Fecha sin comprobar de 1937. Juan Arturo García Sánchez, labrador, de trastornos psicológicos, en el manicomio de Salamanca. Al parecer, esta persona se vio afectada por las ejecuciones extrajudiciales de que eran responsables sus propios familiares, hasta el punto de pensar que él mismo podía ser una víctima elegida (R 2014).

2 de febrero de 1938. Rafaela Mateos Hernández, de 18 años, hija de Fermín Mateos, soltera. La tradición familiar (R 2016) recuerda que era una de las personas encargadas de dejar escondida la comida y la ropa a su padre fugitivo. Después se sintió responsable de su hallazgo por los asesinos, un trauma psíquico que le impediría luchar contra la  septicemia de la que oficialmente murió.

21 de junio de 1938. Rafael Samaniego Toribio, de 50 años, casado, tejedor, cuñado de Ángel, Juan y Julián Ovejero y José Mateos García. Murió de edema pulmonar (RCR), pero de hecho, habiendo sufrido detención carcelaria en 1936 durante la persecución de sus cuñados, fue incapaz de superar  el mismo trauma psíquico que su esposa, a cuyo fallecimiento se adelantó en una docena de días.

3 de julio de 1938. Juliana Ovejero García, de 43 años, casada, hermana de Ángel, Juan y Julián Ovejero y cuñada de José Mateos García. Murió de bronconeumonía (RCR). Según su hermana Mª Antonia, fue incapaz de superar el miedo y el trauma psíquico provocado por la tragedia familiar.

25 de marzo de 1939.  Pablo Samaniego Ovejero, de 13 años, sobrino de los cuatro mencionados ejecutados extrajudiciales. Falleció a consecuencia del mismo trauma psíquico que sus padres, aunque la causa oficial fuera una  nefritis (RCR).

27 de abril de 1939. Pablo Marcos Mateos, de 24 años, hijo de Felipe y María, labrador, soltero. Anduvo huido en el verano de 1936, cerca del Plantío, quizá a causa de una escopeta que le hallaron escondida entre la paja. Después tuvo que incorporarse al ejército franquista y, al volver de permiso cuando ya se habían producido los asesinatos, tuvo discusiones con los falangistas, tachándolos de cobardes porque mataban a mansalva en la retaguardia. Al término de la guerra no volvió al pueblo, probablemente por temor, enfermedad y desamparo. Oficialmente murió de “miocarditis postgripal” en Palencia (Registro Civil).

27 de marzo de 1940. Cirilo Gutiérrez Mateos, de 31 años, hijo de Eulo[gio] y Joaquina, jornalero, casado con María González García, padre de tres hijos. Falleció por disparos de Carabineros cuando practicaba un contrabando de subsistencia, en Casillas de Flores (RCCdF, 01/06/40).

24 de marzo de 1943. Juliana Mateos Prieto, de 35 años, casada. Murió de tuberculosis (RCR), pero en la enfermedad incidieron las secuelas de la bárbara agresión de que fue objeto en su propia casa y estando su marido presente (siendo buscado) en 1936, por parte del jefe local, que, además, era primo suyo. Así lo señalan testimonios concordantes registrados desde 1973 (por personas adultas en 1936) hasta hoy (por personas menores entonces), aunque, obviamente, solamente los presuntos victimarios y las víctimas asistieron a los hechos.

14 de agosto de 1945. Agapito Cabezas Calvo, jornalero, represor, por disparos de la Guardia Civil en el carbonar de “La Huerta de Morán”, Descargamaría (Dil.DM/45; Iglesias 2008a). Fue víctima de un mal entendido cuando dos guardias civiles del puesto y dos guardas municipales practicaban el “servicio de correrías” en el paraje de “Pasadera de las Cascajeras”, en el límite de la provincia de Salamanca, tenido por muy sospechoso, cuando observaron la presencia de ocho hombres (carboneros) que tomarían por maquis. En la tradición local se interpretó el hecho en clave de castigo divino, por la delación en 1936 contra el alcalde Fermín Mateos en un paraje cercano. (...)"                 (David rodríguez, Salamanca al día, 07/09/16)

5/9/16

Le detuvieron, le interrogaron y le hicieron beber ácido sulfúrico

" Antonio Martos Jiménez ha denunciado hoy que el Estado ha tratado de silenciar las circunstancias en las que en 1973 murió su hermano Cipriano, un activista antifranquista fallecido en Reus (Tarragona) al haber ingerido ácido sulfúrico mientras lo interrogaba la Guardia Civil. (...) 

En su declaración testifical, Antonio Martos relata el momento en que su madre le hizo saber que Cipriano había muerto el 17 de septiembre de 1973.

Hacía meses que la familia había perdido su rastro, puesto que Cipriano, que militaba en el Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP), actuaba desde la clandestinidad en Reus.

Días después de un reparto de propaganda frente a una fábrica textil en Igualada (Barcelona), Cipriano Martos fue detenido por la Guardia Civil el 25 de agosto de 1973 y permaneció encerrado en el cuartel de Reus hasta que, tras dos días de interrogatorios, tuvo que ser ingresado en estado grave en el Hospital de Sant Joan con el aparato digestivo abrasado por un líquido corrosivo.

 En su piso, los agentes habían encontrado justamente ácido sulfúrico, uno de los componentes para fabricar cócteles molotov.

Prácticamente incomunicado, sin que nadie avisara de su situación a la familia y con una pareja de guardias civiles vigilándolo permanentemente en el hospital reusense, estuvo agonizando durante 21 días, hasta que falleció por una perforación de estómago.

 Una vez realizada la autopsia, el cadáver fue enterrado, sin la presencia de ningún familiar ni abogado, en una fosa común en el cementerio de Reus el 20 de septiembre de 1973, según consta en el registro del propio cementerio, consultado por Efe. (...)

Cipriano Martos, nacido en el seno de una familia de campesinos pobres, emigró de Andalucía a Sabadell en 1969 y se estableció en el barrio de Ca n'Oriac, donde entró en contacto con el Partido Comunista de España (marxista-leninista), que en 1971 promovió la formación del FRAP."            (Público, 30/08/16)

29/7/16

“Veía los camiones cargados de muertos para los hornos”

 Jorge Semprún, Virgilio Peña y Vicente García. ULY MARTÍN Quality Producciones)

"Virgilio Peña (Espejo, Córdoba, 1914) lleva grabados en su cuerpo y su alma los más negros capítulos de la historia de Europa del siglo XX. Agricultor, militante de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), combatió con el Ejército republicano los tres años de la guerra civil.

 Pasó como refugiado a Francia en 1939. Se incorporó a la Resistencia en 1942. Cuenta en esta entrevista, hecha en su casa de Pau el pasado invierno, que lo delató un compatriota. “Creo que era de Jaén”.

Detenido por la policía francesa en Burdeos, enseguida fue entregado a las SS alemanas y enviado al campo de concentración de Buchenwald, clasificado como terrorista con el número 40.843. 

Dormía en el mismo barracón que Jorge Semprún, el intelectual y político español fallecido hace cinco años. Los dos fueron testigos de la muerte de decenas de miles de personas en el campo. “He estado tantas veces a punto de morir…y, mira, aquí sigo”.

Pregunta. ¿Cómo fue el traslado a Buchenwald?

Respuesta. Creo que es lo peor que he pasado en mi vida. Nos metieron en un vagón marcado con las cifras 8/40, que quería decir que era para ocho caballos o para 40 personas. Eran de transporte de la primera guerra mundial. Fue criminal. Nos metieron a 80 o 90 personas.

P. ¿De dónde a dónde?

R. De Compiègne (al norte de París) a Buchenwald. Tres días y dos noches sin parar. Los pasé siempre agarrado con estos dos dedos –muestra el índice y el corazón de su mano derecha-, enganchado a una manilla, siempre de pie.

P. Era enero. Debía hacer un frío tremendo.

R. No, al revés. En el vagón nos asfixiábamos de calor por la gente. Y no había agua. Los tornillos del vagón sudaban por la humedad. Yo pasaba la lengua por esos tornillos y me bebía aquello, que debía ser veneno.

P. ¿Cómo fue la llegada a Buchenwald?

R. Intenté bajar el primero. Ayudé a bajar a un francés de Angulema. Había sido comandante de aviación en la guerra del 14. Resultó herido gravemente y no tenía fuerza en los brazos. Lo cogí en el aire y, de pronto, un SS me dio tal culatazo en la espalda que aún me duele. ¡Vaya culatazo me dio el tío!

P. ¿Qué ocurrió en las primeras horas?

R. Nos desnudaron a todos. Nos cortaron el pelo por todos los sitos, salvo las cejas y las pestañas. Nos obligaron a meternos en una piscina de 1,60 por 0,90 metros con líquido desinfectante. ¡Cómo picaba todo el cuerpo! ¡Terrible! Saltábamos como monos. Nos dieron pantalón, chaqueta y gorro de rayas blancas y azules. Y unos zapatos con suela de madera.

P. Y un número.

R. Me dieron el 40.843. Nos inyectaban líquidos cada semana. Cada semana, un pinchazo. Y luego analizaban las reacciones. (Así murieron miles de prisioneros del campo). Luego me llevaron a un bloque.

P. ¿Cómo era?

R. Tenía el número 40. Para entonces, ya me habían dado para coserme a la ropa mis símbolos de identificación: un triángulo rojo, con la letra S (Spanien) y el número 40.843.

P. Rojo por terrorista.

R. Sí, claro.

P. ¿Qué trabajos hacía en el campo?

 R. Estaba en una fábrica de muebles. Había otras dos de armas. En agosto de 1944, la aviación americana destruyó las fábricas. De la mía, el trozo más grande que quedó era como un palillo de dientes. Varios compañeros aprovecharon los bombardeos para robar armas. Se llevaron pistolas, metralleta… Un amigo mío que luego murió en Tarbes robó dos metralletas y me dio una. Las escondimos. Fueron las armas con las que liberamos el campo.

P. Y allí conoció a Semprún.

R. En el bloque en el que yo estaba había dos niveles distintos, como si fueran dos pisos conectados por dos escaleras. Yo estaba en la zona alta y Semprún, en la de abajo. Un día bajaba yo por la escalera y me dice: Tú eres español. Y tú también, le contesté. Hicimos buena amistad.
En la zona alta del bloque coincidimos al final seis españoles. Charlábamos todos por las noches. Nuestro responsable era el famoso Celada, un camarada del comité central del Partido Comunista.
P. Celada era más o menos su jefe.

R. Bueno, nuestro responsable. Nos preguntaba qué habíamos hecho cada cual, a qué nos habíamos dedicado… Yo era el único campesino, así que todos me llamaban El Campesino. Estábamos con un tal Martínez, de Zaragoza, responsable de las Juventudes Libertarias, que le habían detenido cerca de Perpiñán…; con otro de Madrid. Éramos todos buena gente.

P. Clasificados como terroristas.

R. Para nosotros, no éramos terroristas. Pero he tenido mala suerte en la vida. Siempre me han puesto lo más malo.

P. ¿Siguieron viéndose después de dejar el campo?

R. No. Semprún, por ejemplo, con quien tuve muy buena relación en el campo, salió de los primeros, con los franceses tras la liberación, que fue el 11 de abril de 1945. Y eso que Buchenwald fue un campo muy especial.

P. ¿Por qué?

R. Porque fue el único gestionado por los propios alemanes presos. El campo se creó en 1937. Allí encerraron primero a los presos comunes. Luego entraron los antifascistas: comunistas, socialistas, masones… A diario mataban a cuatro o cinco. Todas las mañanas aparecían colgados cinco o seis hombres de una encina, la famosa encima de Goethe.

P. Allí murieron decenas de miles.

R. Sí, claro. Luego leí que 51.000 o 53.000. Había cuatro hornos crematorios. Los veía a diario. La zona en la que yo trabajaba con mi komando lindaba con uno de los hornos. Y veía cómo llegaban los camiones cargados de muertos. Eran camiones-volquete.
 Los tiraban, los dejaban a amontonados. Un equipo de polacos se ocupaba de apilarlos cuando ya no había ni sitio en los crematorios. Cuando llegaron los americanos, había una pila, como la mitad de esta habitación, con cadáveres apilados hasta una altura de más de dos metros y medio.

P. ¿Muchos judíos?

R. No. La mayoría no éramos judíos. Solo había 30 o 40. Los habían llevado a otros campos.

P. Semprún cuenta que él, destinado en la oficina, falsificaba datos para evitar muertes.

R. Sí, sí. Imagina que a mí me tenían que matar. Y que tú ya estabas muerto. Semprún y otros alemanes cambiaban los documentos y a mí me ponían tu número. Por la mañana, el komando que iba a buscar a los que iban a matar se encontraba a veces con que ya estaba muerto alguno a los que debían localizar.

P. ¿Usted supo entonces que Semprún hacía eso?

R. No. Lo supe luego."                       ( , El País, 10/06/16)