23/1/17

Lo que un soldado israelí no contará nunca a su madre

"Se reunieron en la estrecha calle, en una noche fría y oscura. Estaban tensos. El aullido de un chacal distante rompió el silencio. Para algunos era su primera misión operativa. Siempre la habían soñado y habían estado en el entrenamiento por un largo tiempo. La adrenalina estaba fluyendo, de manera que les gustó. Esto es para lo que se alistaron.  

Antes de partir enviaron un mensaje a sus padres para decirles que no se preocupasen. Cuando irrumpiera el amanecer y regresasen a salvo a su base les mandarían otro texto. Sus madres no les preguntarán lo que hicieron y ellos no lo van a contar. Así es siempre. Sus padres están orgullosos de ellos: son los soldados de combate.  

A medida que se formaban antes de salir sus comandantes comprobaron sus equipos y municiones y les dieron sus órdenes finales. El oficial de inteligencia les dijo de los dos hombres buscados, que debían encontrar a cualquier precio. Entonces la fuerza salió a la noche. Treinta soldados. Se fueron a la colina a pie.  

Llegaron a su destino en algún momento después de la medianoche. El pueblo estaba sumido en el sueño, las luces de seguridad de color naranja del asentamiento guiñaban en la distancia. Y se dio la orden: ¡Ataque!  

Saltaron a la puerta trasera de la casa y la sacudieron hasta que casi la arrancaron de sus goznes. Una tenue luz emanaba de la segunda planta y un hombre bajó en pijama, aún medio dormido, para abrir la puerta de metal. Ninguno de ellos se preguntó qué estaba haciendo allí. Quizás pasará cuando crezcan un poco más.  

Los cuatro primeros entraron con sus ametralladoras en la mano, listas. Máscaras negras cubrían los rostros. Sólo sus ojos asomaban. Empujaron a los aterrorizados palestinos hacia atrás. Él trató de explicarles que los niños estaban durmiendo y no quería que se despertasen con la visión de un soldado enmascarado encima de su cama.  

Los soldados querían a Tariq. Y también a Maliq. Ordenaron a los palestinos conducirlos a ellos. Los dos hombres buscados dormían en una habitación que estaba toda de azul, incluidas las sábanas. Los soldados les despertaron a gritos. Los hombres buscados despertaron en estado de pánico.  

Los soldados les ordenaron que se levantaran. Entonces agarraron sus brazos, los empujaron hacia dos habitaciones separadas y los encerraron allí. Otros soldados irrumpieron en la casa, cuyos habitantes habían despertado en el ínterin. Mahmoud, de seis años, comenzó a llorar: "¡Papá, papá!" 

Los soldados advirtieron a los dos hombres buscados de que no se atrevieran a participar en ninguna otra manifestación. "La próxima vez te vamos a disparar o arrestarte", dijeron a Maliq. Él permaneció encerrado durante unos 40 minutos, hasta que la fuerza se fue. En su camino hacia la salida los soldados lanzaron granadas de aturdimiento en los patios de las casas por las que pasaban, la guinda del pastel.  

Todo esto ocurrió hace unos 10 días en Kafr Qaddum. Todo ello sucede todas las noches en toda Cisjordania. 

Los dos hombres buscados tenían entre 11 y 13 años. La voz de Tariq aún no ha cambiado y Maliq tiene una sonrisa tímida. Desde esa noche van a dormir solo en la cama de sus padres. Mahmoud ha empezado a mojar la cama. La pesada fuerza de soldados entró en la oscuridad de la noche sólo para intimidarles y, tal vez, también para mantener su superioridad.  

El portavoz de la unidad del ejército de Israel no se avergonzaba al decir: eso es lo que hacen soldados del ejército israelí. "Los soldados hablaron con los jóvenes que habían participado en las manifestaciones regulares en Qaddum". Mantienen conversaciones nocturnas intimidatorias con niños. Es para lo que se alistaron. Eso es de lo que están orgullosos.  

Kafr Qaddum, vale la pena señalarlo, es un lugar que merece respeto. Ha estado luchando durante unos cinco años, con valor y determinación, por la reapertura de su camino de acceso que fue bloqueada debido al asentamiento de Kedumim. El asentamiento había crecido hasta el borde de la carretera, lo que llevó a su cierre.  

El viernes pasado Amos Harel informó a Haaretz de un fuerte descenso en el número de hombres jóvenes de familias acomodadas dispuestos a prestar servicio en unidades de combate. La Policía de Frontera es ahora la unidad más codiciada y sus puertas están atestadas por los sectores más débiles de la sociedad, a los que Israel incita cínicamente contra los palestinos, por lo que todos ellos quieren ser sargentos como Elor Azaria.  

Tal vez sea bueno que los ricos estén abandonando el servicio en los territorios. O tal vez es malo, porque están dejando paso a los demás. Hoy en día prácticamente no hay servicio de combate en el ejército israelí, que no implique la realización de misiones despreciables como la operación en Kafr Qaddum.  

Este viernes, o el siguiente, Tariq y Maliq reanudarán las manifestaciones en el camino y tal vez también van a lanzar piedras. No olvidarán los terrores de esa noche tan rápidamente; esos terrores darán forma a sus conciencias.  

¿Y los soldados? Ellos siguen siendo héroes, a sus propios ojos y a los de su pueblo."          (Gideon Levy , Haaretz, en Rebelión, 18/01/17)

20/1/17

Zygmunt Bauman: “Si algo en nuestro orden social hizo posible que ocurriera el Holocausto en 1941, no podemos tener la certeza de que ese algo haya desaparecido desde entonces”

"El fallecimiento de Zygmunt Bauman obliga a actualizar lo que escribió en 1989 sobre el Holocausto. El motivo ha sido que el pasado mes de noviembre, un Juzgado de la provincia de Soria abrió un proceso penal por “asesinato” ante el conocimiento de que un una fosa común podían hallarse los restos de personas presuntamente asesinadas en 1936 por las fuerzas sublevadas.

 En su obra Modernidad y Holocausto analiza exhaustivamente los múltiples significados del Holocausto del pueblo judío y, sin obviar, la enorme tragedia que representó para ese pueblo “la bestialidad de los nazis”, dirige también su atención al Gulag y a Hiroshima. 

Porque, en estos tres supuestos, a los que deberíamos añadir los terribles crímenes cometidos por el franquismo, se expresa la capacidad humana para hacer el mal y los recursos que se instrumentan, en función de los procesos históricos, para, en algunos casos, banalizarlo.

Así lo expresaba: ”El Holocausto se gestó y se puso en práctica en nuestra sociedad moderna e industrial, en una fase avanzada de nuestra civilización y en un momento culminante de nuestra cultura y, por esta razón, es un problema de esa sociedad, de esa civilización y de esa cultura”. Mucho más allá, por tanto, de simplificaciones como reducir su alcance a un “Estado odioso llamado Tercer Reich” o a una “enfermedad alemana”. 

Y añadía que, más grave aún, ha sido que “el mensaje que contiene el Holocausto sobre la forma en que vivimos hoy… se ha silenciado, no se escucha y sigue sin transmitirse”. Exactamente, es lo que ocurre hoy en nuestro país sobre las violaciones masivas y sistemáticas de los derechos humanos cometidas por la dictadura franquista pese a la vigencia de la Ley de la Memoria Histórica que, muy moderadamente, trata de reparar a las víctimas de aquellas violaciones.

Porque, analiza Bauman, el Holocausto fue el resultado de un conjunto de factores como “el monopolio de la violencia ”y la ausencia de “instituciones no políticas de la autoregulación social” que, aún hoy, persisten y son capaces de producir “efectos potencialmente horribles”.

Pero, además, concurren otros factores que han sido decisivos para garantizar la impunidad de los crímenes más terribles. Así lo expone Bauman, en unos términos que serían perfectamente aplicables a los cometidos aquí, por los criminales franquistas. Dice así: “Alemania perdió la guerra y, por tanto, los asesinatos cometidos bajo las órdenes alemanas se han definido como crímenes y violaciones de reglas morales que trascienden la autoridad del poder del Estado.

 La Unión Soviética se encontraba en el bando de los vencedores; por tanto, los asesinatos autorizados por sus dirigentes, aunque igual de odiosos que los alemanes, todavía están esperando recibir un trato semejante y eso a pesar del profundo esfuerzo de la era de la glasnost.

 Aunque solo se han descubierto algunos de los terribles misterios del genocidio de Stalin, ahora sabemos que los asesinatos en masa en la URSS fueron igual de sistemáticos y metódicos que los practicados más tarde por los alemanes y que las técnicas que utilizaron los Einsatzgruppen las probó primero a escala masiva la formidable burocracia de la NKVD”.

 Y cita como referencia el descubrimiento en Bielorrusia de “fosas comunes descubiertas cerca de las grandes ciudades… que se habían llenado entre 1937 y 1940 de cientos de cadáveres”. Se puede suponer que los “liquidaron sin juicio”.

 Es lo que ocurrió tras la sublevación fascista de 1936 y, el transcurso de ochenta años, con más de cien mil personas enterradas en las cunetas después de ser asesinadas, no genera ninguna reacción decisiva y enérgica del Gobierno y las Autoridades judiciales para enfrentarse a esa realidad, consecuencia directa de un genocidio. 

Por ello, y otras muchas razones, no es de extrañar que Bauman insista en que el problema del Holocausto “no puede circunscribirse a la investigación histórica o a la contemplación filosófica”. “Si algo en nuestro orden social hizo posible que ocurriera el Holocausto en 1941, no podemos tener la certeza de que ese algo haya desaparecido desde entonces”.               (Carlos Jiménez Villarejo, 13/01/17)

19/1/17

El perro era consciente que la habían dejado allí para que muriera, su instinto le hizo ir a la cocina y llevarle un poco de pan que había en la mesa, pero la niña no sabía comer sola...

"El perro bardino se quedó junto a la vereda de los ciruelos cuando se llevaban a Juan Beltrán, las manos atadas a la espalda con la soga de pitera, rodeado por los falanges y guardias civiles, el animal no entendía que trataran así a quien lo había rescatado cuando el hijo del cacique inglés mataba a sus hermanos, a su madre, a su viejo padre con la pequeña pistola de mango de oro.

Ojos brillantes, nobles, atigrado como su ancestral raza autóctona, la que trajo atravesando el mar el noble pueblo canarii (1) desde la costa africana, desconcertado no sabía que hacer después de la patada que le dio el gordo requeté. 
El can no se atrevió a seguirlos porque en la habitación estaba postrada en su lecho la niña Aurora, la habían dejado sola, no podía valerse, ni siquiera caminar, sus quince años eran como si tuviera dos, era casi una bebé recién nacida, todavía lloraba porque uno de los falangistas, Fernando de Armas, vecino de San Mateo, le hizo tocamientos mientras sus compañeros de centuria golpeaban a su padre en el patio interior de la humilde vivienda de Cueva Grande.

Vio como metían a Juan en la camioneta, donde también estaban cinco hombres más ensangrentados, sentados en el suelo con la cabeza gacha, eran vecinos de la zona cumbrera de Gran Canaria, amigos de su dueño, agricultores humildes, honrados, que en los años previos al golpe de estado del 36 pertenecían a la Federación Obrera y a la CNT.

Desde que el vehículo partió una inmensa soledad inundó aquel paraje perdido entre los pinos, el perro entró en la vivienda y subió sus patas a la cama de la niña, le lamió primero sus manitas, luego la mejilla, la chiquilla dejó de llorar al instante, esbozó una tímida sonrisa, le encantaba que Atila jugará con ella desde que su padre lo trajo en aquella cestita de mimbre, tan pequeño que hubo que criarlo con un biberón de cristal, leche y gofio era su alimento hasta que empezó a comer las sobras de la comida familiar.

El animal era consciente que la habían dejado allí para que muriera, su instinto le hizo ir a la cocina y llevarle un poco de pan que había en la mesa, pero la niña no sabía comer sola, solo se lo puso junto a la almohada y se quedó mirando con ojos de curiosidad y tristeza.

Así pasaron las horas, los días, la niña se fue muriendo lentamente de inanición, no se quejaba, se entretenía acariciando las orejas de Atila, el le hacía carantoñas, le ponía la pata en su pecho, no dejó de cuidarla hasta que dejó de respirar con los ojos abiertos, en la boca una especie de sonrisa, así la encontró días después María Luisa, la hija de Antonio Jiménez, el pastor de cabras de las Lagunetas.

El perro había desaparecido, al lado de la almohada varios trozos de pan duro, un pájaro muerto, la mitad de un conejo, dos tomates verdes.

Nadie más lo vio, Atila se perdió según decían varias ancianas de la zona rumbo a las cumbres más altas, más allá de los Llanos de la Pez, durante varios años se escucharon aullidos en las noches de luna llena, la brigadilla de guardias de asalto, en su mayoría peninsulares, llegaron a pensar que en esa zona de la isla deambulaban manadas de lobos, pero solo era un noble perro sin fronteras, perdido en los inmensos bosques milenarios, invadido de nostalgia y amor por quienes lo quisieron sin pedirle nada, escondido hasta la muerte en la guarida de las nieves.

(1) Tribu bereber del norte de África"              (Viajando entre la tormenta, 25/11/21/16)

18/1/17

El Siglo de los Campos de Concentración... de exterminio...

  Mapa de Europa. Campos de concentración nazis. (Fuente: Wikipedia)

"¿Por qué definir un siglo como el Siglo de los Campos?", se pregunta sorprendido el escritor José María Mendiluce en el prólogo a la edición española del libro Los campos de la Muerte. Cien años de deportación y exterminio. 

Joël Kotek y Pierre Rigoulot (Salvat, 2001 ), en lugar de calificarlo con algún matíz más positivo, como el siglo de la aviación, de la medicina, la televisión, etc. Basta con investigar un poco para darse cuenta de que el Siglo XX fue el siglo del horror, de la deportación y de los campos. 

 Desde su comienzo y hasta su final, millones de personas han sido torturadas, internadas a la fuerza entre alambradas, masacradas, aniquiladas, borradas de la faz de la tierra. A veces, por motivos religiosos, otras, por motivos políticos, y en muchas ocasiones, tan solo porque estaban allí en ese momento.

 Las guerras del Siglo XX se han visto reforzadas por una inmensa sed de venganza y un odio sin parangón en la historia. El conflicto se ha extendido más allá del campo de batalla. La guerra ha seguido en los campos de concentración. 

No se han respetado ni las leyes ni los derechos de las personas. Sobre los supervivientes ha recaído el odio y la venganza, y muchos de ellos han servido de "terapia", para descargar sobre su persona la arrogancia, la prepotencia, la sensación de superioridad y el "rol" de señores; pero también para verter en ellos la impotencia, la frustración y la pérdida de todo, incluida la humanidad.

Los campos de concentración nacionalsocialistas (somos conscientes de la existencia de los gulag soviéticos o de los campos construidos en la antigua Yugoslavia durante la "guerra de los balcanes", por citar solo algunos), sobre los que nos vamos a centrar, han sido catalogados atendiendo a su naturaleza o fines (exterminio, reeducación, trabajo, internamiento, etc). Intentaremos, de manera breve, acercar al lector las características que los hacen diferentes, pero al mismo tiempo tan iguales. 
Kotek y Rigoulot, nos proporcionan una sencilla definición de lo que puede denominarse como campo de concentración.
 Se trata de "un terreno rápida y sumariamente equipado, por lo general cerrado a cal y canto en el que se hacinan, en condiciones precarias y poco respetuosas con los derechos elementales, individuos o categorías de individuos, supuestamente peligrosos o nocivos". 
 Los campos de concentración se convierten en lugares, casi siempre improvisados, en los que se pretende reubicar a un grupo determinado de personas, de una índole política, social o religiosa determinada. En muchas ocasiones, estas instalaciones de carácter temporal, eran construidas o acondicionadas por los propios detenidos.
En este punto se hace necesario diferenciar la prisión del campo de concentración. La diferencia fundamental radica en el marco legal. En la prisión son internadas aquellas personas que han recibido un juicio según las leyes, debiendo acatar una resolución tomada por un tribunal.

 Los detenidos en un campo de concentración forman parte de los sospechosos, de las personas que entran a formar parte de un perfil calificado como nocivo para la sociedad y que no tienen por qué haber cometido ningún crimen, sino que son sospechosos de poder llegar a cometerlo, según el régimen o gobierno imperante.

 Los campos de concentración constituyen un medio extraoficial de reprimir y aniquilar a hombres y mujeres no afines a una causa social o gubernamental. Dentro de sus límites no existe la justicia, solo verdugos y víctimas.

 En la Alemania nazi, tras el incendio del Reichstag, el 28 de febrero de 1933, más de 12.000 personas fueron arrestadas de manera arbitraria. Fue entonces cuando se promulgó el decreto Schutz von Volk und Staat (para proteger al pueblo y al Estado), que permitía arrestar e internar tras las alambradas a toda persona susceptible de oponerse al régimen, sin tener que juzgarla. Este confinamiento, va destinado a personas en principio "inocentes", por lo que se califica de "preventivo". En el campo de Dachau, inaugurado en 1933 puede leerse Schutzhaftlager (campo de prisión preventiva).

Campos de concentración de Estado:

A partir de 1933, se implantó el sistema de concentración propiamente dicho en la Alemania nazi, el de los llamados "campos de concentración del Estado" (Staattlinche Konzentrationslager), designados oficialmente por las siglas K.L (y familiarmente, K.Z). La Gestapo se encargaba de seleccionar a las víctimas que debían ser encarceladas y las que debían ser liberadas, mientras que las S.S, se encargaban de la custodia y la administración de los campos.

Campos de concentración: Funciones.

1.- Aislar de manera preventiva a un individuo o grupo de personas considerados sospechosos o incluso nocivos para el país. Se trata de personas que no han recibido un juicio y que por lo tanto se consideran no culpables.

2.- Castigar y corregir a través de un programa educativo, a los adversarios ideológicos.

3.- Controlar a la población social a través del terror.

4.- Beneficiarse de una mano de obra esclava.

5.- Reestructurar la sociedad. Los campos de concentración filtrarían y seleccionarían a una masa social destinada al trabajo y a la servidumbre, que estaría dominada por un reducido grupo de individuos.

6.- Eliminar concienzudamente los elementos considerados racial o socialmente perjudiciales.

Clases de campos de concentración:

1.- Campos de internamiento. Su función es la de aislar temporalmente a individuos sospechosos o peligrosos. Durante los conflictos llegan a albergar a los compatriotas de los enemigos (sean o no afines a los ideales de estos últimos). Estos campos no suelen hacer uso de los trabajos forzados, ya que su fu finalidad es prevenir y no producir.

2.- Campos de concentración. Estos campos reunían todas las características que hacían terribles estos lugares de confinamiento: Pretendían reeducar, explotar a los internados mediante el trabajo y finalmente aniquilarlos. Sometidos al terror y a un sistema represivo brutal, para los internados se crea un mundo aparte, en el que el tiempo transcurre de modo especial, entre tormentos y sufrimiento.

3.- Campos de exterminio. Creados para administrar una muerte inmediata a sus "huéspedes", estos centros, paradójicamente, rompen con la propia denominación de "campo de concentración". Su única función es la de exterminar, nunca la de alojar, a las victimas que pasan por sus dependencias.

Los grandes campos y sus comandos."              (Biblioteca de la deportación)        

16/1/17

Campos de concentración franquistas: les echaban tareas que era imposible terminar; aunque se esforzaran (…), como llegaba la hora de comer y no adelantaban nada, un cabo y un sargento con sendas varas les daban latigazos y junto a la fatiga caían extenuados al suelo

"Las fuentes militares constituyen un surtidero de información para los investigadores de la represión franquista. El ejército impulsó y gestionó campos de concentración, Batallones de Trabajadores y Batallones Disciplinarios de Soldados Trabajadores. 

En el libro “El treball esclau durant el franquisme. La Vall d’Albaida (1938-1947)”, editado por la Universitat de València, el historiador Josep Màrius Climent i Prats documenta casos como el de un zapatero del municipio valenciano de Ontinyent, José Calabuig Ferrero, que estallada la guerra en julio de 1936 se afilió a la CNT y marchó de voluntario.

 Capturado en el frente de Castellón en 1938, terminó en el campo de concentración de Logroño. Clasificado como “desafecto”, su nuevo destino fue el 12 Batallón Disciplinario de Trabajadores en Irurita (Navarra). Se fugó el 18 de mayo de 1941, pero a los dos días le apresaron. 

Una semana después fue enviado al Batallón Número Uno en Punta Paloma (Tarifa), y preso en el mes de julio en la Compañía de Castigos de Sierra Carbonera. Falleció de una colitis en una “Clínica habilitada de la Almoraima”. Según los informes de Falange y la alcaldía, la razón por la que se le clasificó como “desafecto” fue el enrolamiento como voluntario. 

Por los Batallones de Trabajadores pasaron 100.000 presos durante la contienda de 1936, y otros 50.000 durante la posguerra, según documentó el historiador Javier Rodrigo en el artículo “Internamiento y trabajo forzoso: los campos de concentración de Franco” (número seis de la revista Hispania Nova). Son las cifras que manejan los historiadores del periodo. 

Al terminar la conflagración en 1939, existían un mínimo de 152 Batallones con mano de obra forzada, repartidos por el estado español. Se trataba de una expresión más del sistema represivo implantado por el franquismo, destaca Josep Màrius Climent, que durante el conflicto bélico incluía ejecuciones extrajudiciales, consejos de guerra, detenciones preventivas, prisión y campos de concentración; y en la posguerra, las leyes de Responsabilidades Políticas, de Represión de la Masonería y el Comunismo, y de Seguridad del Estado, entre otras. 

El punto de partida se sitúa en “la captura de centenares de miles de efectivos del ejército republicano, que fueron enviados a Batallones de Trabajadores como una forma de descongestionar los campos y las prisiones; mientras, se procedía a una ‘clasificación’ política lenta y burocratizada, que no quedó establecida hasta 1940”, resume el profesor de Geografía e Historia.

 Además subraya un elemento capital, las funciones otorgadas a las jefaturas locales de la Falange, “sobre quien recayó la tarea de revisión y clasificación de tantísimos mozos de reemplazo realizada en 1940”. En el procedimiento había que considerar los avales (influencias) que cada uno de los quintos pudiera aportar, para evitar que se les catalogara por su “desafección”. Fue un nuevo instrumento de represión. 

A partir de las últimas investigaciones, el libro “El treball esclau durant el franquisme” propone una revisión al alza en el número de víctimas de estos campos de mano de obra esclava. Los recientes estudios territoriales y provinciales contabilizan en el Pirineo Navarro, entre 1939 y 1945, más de 15.000 prisioneros distribuidos entre 27 Batallones de Trabajadores; En Cataluña existían 18 batallones en 1940, con más de 14.000 presos; en cuanto a los 15 batallones del Campo de Gibraltar, mantenían en privación de libertad a 13.874 personas en 1942. Otras 46.497 permanecían presas en los batallones de Castilla y León durante el quinquenio 1937-1942.

 El País Valenciano, Albacete y Murcia sumaban otros 21 batallones en unos meses de 1939, con tal vez 10.000 prisioneros. Una de las estadísticas que invitan a revisar el alcance de la represión es la del Depósito de Concentración de Prisioneros Miguel de Unamuno de Madrid, que registró más de 40.000 “altas”, según el Tribunal de Cuentas, sólo en los periodos junio de 1939-enero de 1940 y julio de 1940-noviembre de 1942. 

A ello se agregan los más de 120.000 expedientes que alberga el fondo de Batallones Disciplinarios del Archivo Militar de Guadalajara; la mayoría corresponde a prisioneros de la posguerra, y representaría en torno al 60-70% del total. 

Josep Màrius Climent realiza un análisis del 27 Batallón Disciplinario de Soldados Trabajadores, emplazado en el Campo de Gibraltar y operativo entre agosto de 1940 y diciembre de 1942. El batallón disciplinario se organizó en el “depósito” de prisioneros Miguel de Unamuno (Madrid), donde se concentró a los “desafectos” de la I y III Región Militar.

 “En el Campo de Gibraltar llegaron a reunirse hasta 15 batallones de ‘desafectos’ para realizar –en la inmediata posguerra- el Plan de Fortificaciones del Estrecho”, subraya el historiador. La iniciativa – que incluía 400 obras y otras actuaciones- implicaba rodear el peñón de Gibraltar con tres líneas fortificadas, prestas para el ataque y la defensa. La media de trabajadores forzados osciló, según los meses, entre 600 y 1.000. 

“El treball esclau durant el franquisme” incluye testimonios de víctimas que explican la intrahistoria de este batallón de presos. Uno entre tantos, Jesús Puchol Climent, se alistó como voluntario para batallar en el frente en noviembre de 1936, en la milicia de Izquierda Republicana. “En casa faltaba el jornal”, señala en el libro publicado por la Universitat de València. 

En agosto de 1940 llegó a Tarifa con el 27 Batallón: “Cada día venían los del requeté a despertarnos a ‘culatazos’ de fusil y patadas (…); al principio todo eran golpes e insultos; teníamos mucho miedo de un sargento que un día le estrelló encima el fusil a uno de nuestra compañía, como castigo porque no terminábamos la tarea que nos mandaron; le hubiera podido tocar a cualquiera; no le mató porque le pegó en el hombro, pero cayó sin sentido”. 

Testimonios de este estilo menudean entre los reclusos. Las condiciones laborales semejaban las de la esclavitud. En el libro “Añorando la República” (memoriacatalunya, 1997), uno de los internos en los batallones 1 y 35 (prófugos) en Tarifa, Roque Yuste, explicaba: “A los individuos o parejas que no manejaban bien el pico o la pala los juntaban y les echaban tareas que era imposible terminar; aunque se esforzaran (…), como llegaba la hora de comer y no adelantaban nada, un cabo y un sargento con sendas varas les daban latigazos y junto a la fatiga caían extenuados al suelo”. 

La alimentación era muy escasa y sin apenas proteínas. Al hambre crónica de los cautivos se agregaba el robo de vituallas por parte de los oficiales. En cuanto a la asistencia sanitaria en estos campos punitivos, apunta Josep Màrius Climent, “la proporción de un médico por cada 3.000 internos parece que no descendió pasado el tiempo y reorganizados los Batallones de Trabajadores, en 1940”. 

La degradación de las condiciones de higiene y salud hizo que proliferaran el paludismo, las diarreas (mortales) para los presos y los custodios, la sarna, el tifus y la tuberculosis. En el recuerdo de muchos prisioneros queda la huella de la “explotación laboral”, las noches al raso o amontonados en precarias tiendas de campaña, el “expolio personal” (desaparición de víveres, uniformes y equipaje personal), la corrupción y las torturas. 

De los más de mil presos que pasaron por el 27 Batallón Disciplinario de Soldados Trabajadores, al menos 50 perdieron la vida (19 de ellos por carencias en la alimentación) y otros 70 abandonaron el campo de castigo por discapacidades o enfermedades adquiridas. 

El libro “El treball esclau durant el franquisme” da cuenta de la suerte de José Albiñana Samper, un obrero del vidrio y soldado del municipio de L’Olleria (Valencia), adjudicado en enero de 1942 al 42 Batallón Disciplinario de Soldados Trabajadores de Sant Pere Pescador (Girona). 

El 9 de agosto ingresó en el centro hospitalario de esta localidad, y a las tres semanas falleció de paratifus. Algunas de las claves ideológicas las aportó el jesuita José Ángel Delgado-Iribarren en el libro “Jesuitas en campaña” (Studium, 1956): “En los campos se les sometía a un régimen de vigilancia y reeducación, con la esperanza de reincorporarles un día a la vida social. 

La siembra, a gran escala, de ideas disolventes en sus almas rudas había producido verdaderos estragos. Después de sacarles la ficha clasificatoria se les encuadraba en los Batallones de Trabajadores, donde se prolongaba esta labor, que podríamos llamar de desinfección, en el orden político y religioso”. 

Josep Màrius Climent llama la atención sobre la biografía de los jerarcas militares que se hicieron cargo de los Batallones de Trabajadores. En el Archivo General Militar de Segovia consta el expediente del coronel José González Esteban, quien además de exhibir una hoja de servicios laureada con ascensos, condecoraciones e incentivos económicos, fue responsable en 1940 del 159 Batallón de Trabajadores en Peñaranda de Bracamonte (Salamanca) y del 27 Batallón Disciplinario en Algeciras. 

Al término de estos cometidos, se le designó juez ponente de causas de la VII Región Militar (previamente actuó como juez instructor en consejos de guerra). Pero el currículo de José González Esteban comienza muchos años atrás: participó en la represión de la huelga general de agosto 1917 en Madrid; y en el Rif (Marruecos) en la contraofensiva por el “desastre” de Annual (1921); en 1930 tomó parte en la represión de la huelga general que antecedió a la insurrección republicana de Jaca y Cuatro Vientos. 

También prometió “lealtad” a la II República, lo que no le impidió sumarse al golpe de estado el 22 de julio de 1936. En el frente de Guadarrama dirigió escuadrones de emboscadas y se dedicó al “servicio de vigilancia y limpieza”.

 De la investigación el historiador Josep Màrius Climent concluye que el número de presos en Batallones de Trabajadores y Batallones Disciplinarios de Trabajadores durante la posguerra duplicaría los 50.000 considerados actualmente por los historiadores."               (Enric Llopis, Rebelión, 03/01/16)

12/1/17

Un regalo de 600 toneladas de café del dictador brasileño Getúlio Vargas para el pueblo español, vendido por un total de 7,5 millones de pesetas, acabó en la cuenta corriente de Franco... igualmente se apropió de las donaciones realizadas a su bando

"(...) En una enjundiosa entrevista de fecha 15 de noviembre del pasado año con motivo del 40 aniversario de su muerte  el historiador Ángel Viñas, autor de un libro reciente La otra cara del caudillo, nos proporciona  datos demoledores y esclarecedores sobre su presunto patriotismo. 

Viñas nos dice que su sombra es alargada, por lo que todavía pulula un espécimen de historiadores con la pretensión de rehabilitarle dándole una visión beatífica. Su figura no se ha estudiado a fondo, ya que era ágrafo, y por ello falta documentación escrita, básica para el trabajo del historiador. 

Entró en guerra sin un duro, su sueldo quedó congelado nada más iniciado su “alzamiento militar”, pero al acabar la guerra tenía una fortuna de 32 millones de pesetas, el equivalente a 388 millones de euros de hoy. 

En cuanto a su procedencia es variada: un regalo de 600 toneladas de café del dictador brasileño Getúlio Vargas para el pueblo español, vendido por un total de 7,5 millones de pesetas, acabó en su cuenta corriente; igualmente se apropió de las donaciones realizadas a su bando, como una de 100.000 pesetas que pasó a su cuenta el 23 de octubre de 1936; traspasos mensuales de 10.000 pesetas desde Telefónica a su cuenta. 

Todo esto lo consideró, según Viñas, botín de guerra para cubrirse las espaldas ante un futuro incierto. Al acabar la guerra y sentirse seguro, empezó a invertir, pero siempre con figuras interpuestas, en todo un ejemplo de opacidad. Franco estuvo siempre obnubilado por la figura de Hitler, del que tomó prestada la idea del líder supremo, lo que significa ser fuente del Derecho, ya que él era la ley. 

Su ansia por acercarse al Tercer Reich le animó a firmar el Tratado de Amistad y Cooperación Hispano alemana, para que Hitler le ayudara a reconquistar Marruecos, Orán y Gibraltar. Llegó a estar convencido de ser el único capaz de interpretar los intereses de España. Extraordinariamente sagaz para manipular a su gente y ser siempre el centro. 

Supo adaptarse a las circunstancias cambiantes: nazi cuando le interesó, se acercó luego a los americanos presentándose como anticomunista. Termina Viñas advirtiéndonos de que España todavía no ha puesto a Franco en su sitio, ni ha ajustado las cuentas con su dictadura extraordinariamente  sangrienta, debido a que la sociedad española se resiste. (...)"              (Cándido Marquesán Millán, Nueva Tribuna, 17/12/16)

11/1/17

Las mujeres sufrieron las mismas vejaciones que los hombres y otras añadidas, como el corte de los cabellos ‘al cero’ y las violaciones sistemáticas, también de las embarazadas

"(...) Los historiadores Ricard Camil Torres y Antoni Simó han publicado recientemente “La violència política contra les dones (1936-1953)”, centrado en la represión contra las mujeres en las prisiones de la provincia de Valencia durante la guerra civil y la posguerra. (...)

En cuanto a las mujeres detenidas, subrayan Antoni Simó y Ricard Camil Torres, “sufrieron las mismas vejaciones que los hombres y otras añadidas, como el corte de los cabellos ‘al cero’ y las violaciones sistemáticas, también de las embarazadas”. 

Muchas entraron en las cárceles con sus hijos, quienes soportaron asimismo las condiciones penitenciarias deplorables. En otros casos los vástagos les fueron sustraídos a sus madres, lo que dio lugar a un “tráfico” de niños del que se beneficiaron principalmente familias acomodadas y afines a la dictadura.

 A diferencia de los presos masculinos, el franquismo no reconocía prisioneras “políticas” en sus cárceles. “Se les asociaba más bien con el mundo de la prostitución; como mínimo, se las consideraba personas desviadas por la influencia de maridos, hermanos o padres”, explican los investigadores. 

Tampoco resultó fácil la convivencia de las presas “rojas” con las reclusas por delitos comunes. Y a las mujeres se las discriminaba, además, a la hora de realizar trabajos en la prisión, que para los hombres suponían un “beneficio” penitenciario, mientras que para ellas, los trabajos o los cursos de cocina, francés o tareas domésticas se entendían más bien como una medida “correctora”. 

Los autores señalan que a partir de los años 1944-1948 se constata un mayor grado de colaboración entre las prisioneras, al provenir del maquis –fueron enlaces o colaboradoras en la guerrilla- muchas de las nuevas internas.

 Con todo, el encierro en las cárceles de la dictadura implicaba tener que soportar la desnutrición, la presencia cotidiana de chinches, piojos y otros parásitos, además de enfermedades como la tuberculosis, que también afectaba a los hijos de las reclusas. Esta situación venía propiciada por realidades como el hacinamiento. Entre abril y diciembre de 1939 la Prisión Provincial de Mujeres (Valencia) acogió a 1.500 presas, lo que desbordaba el aforo inicial; en celdas diseñadas para cinco personas, llegaron a estar encerradas 42. 

Sin agua caliente ni calefacción en invierno, el jabón y otros productos para el aseo personal dependían del apoyo familiar; o bien tenían que adquirirse –“en condiciones draconianas”, apuntan Torres y Simó- en los economatos. 

“La enfermería suponía una entelequia”, añaden los autores de “La violència política contra les dones (1936-1953). Existía, sí, pero ante la falta de atención las reclusas tenían que afrontar las enfermedades en las celdas. 

Otra cuestión era la comunicación con el exterior. Se aplicó una censura férrea de cartas, periódicos y libros, en la que participaban los directores de las prisiones y las funcionarias, pero también capellanes y religiosas a cargo de las presas. En fechas señaladas, como las fiestas de navidad, se abría un tanto el puño y se permitía que visitaran a las internas los niños parientes. 

“No faltaron malos tratos, coacciones y vejaciones”, según Ricard Camil Torres y Antoni Simó, que apuntan la función desempeñada por las religiosas. Éstas “se ocuparon a fondo en su tarea redentora presionando a las internas para ‘reconducirlas’ espiritualmente”, de manera que la comunión, la confesión o el bautizo se convirtieron en una meta. 

Los investigadores mencionan algunos nombres, como el de la directora de la prisión de Valencia, Natividad Brunete, y su hermana Teresa, empleada como funcionaria de prisiones: “Fueron una pesadilla para las internas valencianas”. 

El sistema de incomunicaciones, castigos, retenciones de órdenes de libertad provisional o incluso inducción de algún suicidio que introdujeron, se apoyó en una red de (presas) delatoras, que actuaban a cambio de favores. 

En general, directores y funcionarios actuaron en materia punitiva desde su óptica particular, más allá de lo establecido en el Reglamento de Prisiones. En un primer momento el personal de las cárceles provenía de los “méritos” de guerra (viudas de sublevados y familiares de excautivos, entre otros), y sólo se establecieron ciertos criterios de “profesionalización” entre las funcionarias a partir de 1946.(...)

Las organizaciones políticas de izquierda y los sindicatos apoyaron a las presas militantes. “La mayoría de las reclusas ya tenía a sus hermanos, novios o maridos en prisión”, señalan Ricard Camil Torres y Antoni Simó, de manera que la ayuda exterior resultaba escasa.

 Esto hizo que se reforzara la solidaridad entre las internas, hasta el punto de organizarse en familias o cédulas –destacaron las del PCE-, cada una dirigida por una “madre” (responsable de la distribución del material obtenido). De este modo se trataba de repartir lo que recababan del exterior según las necesidades de las reclusas. 

En el apartado del libro dedicado al franquismo, los dos historiadores resaltan el peso de la iglesia católica en el mundo carcelario. Abarrotada la prisión provincial, en junio de 1939 se habilitó el Convento de Santa Clara de Valencia como prisión femenina. La gestión de la nueva cárcel corrió a cargo de las monjas Capuchinas, pero en otras prisiones tomaron parte las Hijas de la Caridad, las Mercedarias, Concepcionistas y Carmelitas, entre otras órdenes religiosas. 

“Su presencia fue determinante en muchos casos oscuros y sucios como la responsabilidad directa en el secuestro de niños”, destacan los investigadores. Del estudio de los hechos y el análisis de los expedientes, Ricard Camil Torres y Antoni Simó afiman que no consta “saca” alguna de mujeres de las prisiones, pero “un buen número de ellas sí fue librada a los piquetes de ejecución”. 

No sólo se castigaron los actos de rebeldía (acabar en una celda de castigo por negarse a besar la figura de Jesús de Nazaret), sino que en el caso de mujeres con significada militancia –Pilar Soler, Rosa Estruch o Remedios Montero-, abandonar la prisión suponía sólo un paréntesis hasta un nuevo ingreso.

Tampoco faltaron las mujeres encarceladas como represalia contra familiares, huidos, exiliados o miembros de la guerrilla. Sin embargo, la dictadura franquista se esforzaba en ofrecer una imagen idílica: fiestas en las que se abrían las puertas de los muros a los familiares o fotografías publicadas en ‘Redención”, en las que se exhibía una supuesta comunión entre los gestores y las internas.

 En las páginas finales, los autores resumen la profusión estadística en una frase: “La mayoría de las mujeres encarceladas lo fueron por delitos de orden público relacionados con la escasez reinante en la posguerra, lo que se consideraba delito político y con razón por parte del franquismo, ya que este régimen impuso una política de hambre y miseria”. En otros dos capítulos del libro se aprecian las diferencias con la zona republicana."               (Enric Llopis ,  Rebelión, 27/12/16)

10/1/17

“En el infierno conocí a hombres sin egoísmos ni odios”

"4.208. Durante cuatro años, los que estuvo preso en el campo de concentración de Mauthausen, Francisco Aura Boronat fue un simple número. 

No se le consideró un soldado que luchó por la II República española, ni un miembro de la Compañía de Trabajadores Extranjeros (CTE) que contribuyó a levantar la “línea Maginot”, mientras por el aire atacaban los “stukas” (bombardero “en picado” alemán). A los españoles se les identificaba con una “S” blanca inscrita en un triángulo azul, y se les clasificaba como “apátridas” o emigrados “políticos”.

 Francisco Aura tiene hoy 98 años. Entró el 26 de abril de 1941 en el campo de exterminio austriaco, tras un viaje en tren de tres días sin poder salir de los vagones; “amontonados como bestias sin comida ni agua, los más débiles, los mayores, se dejaban la vida en el viaje”. En la estación les esperaban cachorros de las SS con sus perros y la culata presta para golpear a los prisioneros. Comenzaba el horror... 

 La novela gráfica de 200 páginas “Esperaré siempre tu regreso”, de Jordi Peidro, recopila una parte de la biografía de Francisco Aura. Editado por Defiladero en octubre de 2016, el cómic empieza más de dos décadas atrás, cuando el nonagenario resistente de Alcoy se enfrenta a una imagen de la barbarie en los campos de concentración de Yugoslavia.

 “Una y otra vez caemos en lo mismo”, se lamenta, mientras la memoria le devuelve al cinco de mayo de 1945, cuando los antifascistas españoles saludaban con una pancarta (y las banderas de Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética) a los tanques estadounidenses que “liberaron” Mauthausen. 

Pero antes que las SS dejaran a los detenidos en manos de los “Kapos” (condenados por delitos comunes que se encargaban de los presos en el campo de exterminio), los prisioneros pasaran por el ritual iniciático -golpes, ducha, rapado, desinfección, gritos, formaciones y más golpes- o tuvieran que dormir pegados contra las paredes para aliviar el frío, Francisco Aura ya se había labrado un importante currículo en el antifascismo.

 Con 17 años y afiliado a la CNT, se enroló como miliciano para la defensa de Madrid (octubre de 1936). Fue la primera vez -tres en total- que le hirieron durante la guerra. También combatió en Brunete (julio de 1937), la batalla del Ebro (1938) y en un pequeño municipio del Priorat de Tarragona, Ulldemolins.

 En febrero de 1939 cruzó la frontera a través de Portbou (Girona) hacia el exilio, y así recalaría en tres campos de refugiados del Mediterráneo francés: Argelès, Saint Cyprien y Le Barcarès. Mientras la extrema derecha francesa encendía los discursos contra los refugiados españoles, en los campos se malvivía sin apenas comida, higiene, ropa y medicamentos. Francisco Aura se alistó en los CTE, y trabajó en las fortificaciones de la “línea Maginot” antes de caer en manos de los nazis. 

La novela gráfica editada por Defiladero incluye los números de la gran tragedia del nazismo: 42.500 campos de concentración, guetos, centros de detención y fábricas de trabajo forzoso repartidos por el centro y este de Europa; entre 15 y 20 millones de personas internadas en los campos del horror; seis millones de judíos y cinco millones de otras etnias, aniquilados (presos políticos, gitanos, homosexuales, yugoslavos, rusos, españoles...). 

El autor, Jordi Peidro (Alcoi, 1965), se dedica desde hace más de tres décadas a la narración, por las vías del teatro, el cartelismo, la novela o los tebeos. Ha dibujado álbums como “El ojo del africano”, cómics largos (“La bahía del ahogado”) y otros de formato corto (“Las aventuras de Melchor Mombo”). 

En la novela sobre Francisco Aura y Mauthausen, hace servir las ilustraciones para revelar algunas claves historiográficas. La serie de viñetas sobre “Las aventuras de Serranito Súñer” -en concreto la titulada “Solos sin casa”- muestra a Hitler preguntando al “cuñadísimo” y ministro franquista entre 1938 y 1942 por los “amiguitos (españoles) tuyos en mis campos”. A lo que el jerarca falangista responde: “Te los regalo. Haz con ellos lo que quieras”. 

 En el “sanatorio” de Gusen, a cinco kilómetros de Mauthausen, “enfermar estaba prohibido, ingresar en la enfermería era tentar a la suerte: la mayoría no regresaban”, recuerda Francisco Aura. La dosis de gasolina en el corazón se convirtió en uno de los métodos para finiquitar a los “débiles”. En sólo una viñeta, la novela esquematiza la famosa “escalera” de Mauthausen, formada por 186 escalones de piedra que comunicaban el campo de concentración con la cantera.

 Días que se eternizaban con la carga de bloques enormes a la espalda, y una cruel división del trabajo que distinguía entre los que extraían las piedras y quienes las subían al campo (un mínimo de 30 kilogramos a la espalda y hasta quince viajes diarios). 

Los prisioneros tenían que cargar con los bloques mayores, de lo contrario se verían sometidos al castigo y las palizas de los “kapos”. Puro esclavismo de sol a sol, que deparaba lo peor para la cumbre, donde se hallaban los “paracaidistas”. En la cima, guardias y “kapos” arrojaban a patadas, golpes y garrotazos sobre todo a los judíos. Si alguno sobrevivía, subía otra vez y se le lanzaba de nuevo por el precipicio. Los cadáveres se acumulaban sobre las piedras, y se trasladaban al crematorio. 

La escritora y periodista Montserrat Roig dedicó tres años a escribir una magna crónica periodística de 540 páginas, “Els catalans als camps nazis” (Edicions 62, 1977). El libro cifra en cerca de 10.000 los republicanos españoles deportados a los campos de concentración del III Reich, donde murieron el 60%.

 Por Mauthausen y los “Kommandos” (pequeños campos de concentración que dependían de uno principal) pasaron 7.189 presos republicanos, de los que sobrevivieron 2.187. Sólo en Gusen, “subcampo” dependiente de Mauthausen, perdieron la vida 3.839 españoles. El libro incluye el testimonio de 27 supervivientes del citado campo de concentración, que semejaba un castillo fortificado, hecho con piedra picada de la cantera mortal. 

“Una inmensa sociedad paralela, con sus clases internas, con una rigurosa organización, una perfecta sistematización de la muerte cotidiana”, describió Montserrat Roig. Tal vez se tratara del primer campo de tercera categoría o exterminación (‘Ausmergungslager’) que, con esta nomenclatura, empezó a funcionar desde el inicio de la guerra. 

A los detenidos –entre ellos los “rojos” españoles- se les consideraba casos “graves” por motivos de seguridad. El destino estaba escrito: la ejecución o la cadena perpetua. Un intérprete germano planteaba la alternativa a los recién llegados: las alambradas eléctricas o el horno crematorio. 

Francisco Aura pasó por la cantera y por los “Kommandos” Bretstein y Steyr. En el primero reparó y construyó carreteras durante un año, a veces a -30ºC. En el segundo –“uno de los más duros y en el que más españoles murieron”- tuvo que trabajar en una factoría de armamento. Durante dos años y ocho meses. 

Pero fuera cual fuese el cometido en el campo, a todos los prisioneros les igualaban los golpes, patadas en los genitales, palos, gritos y puñetazos en la cara. “En pocas semanas borraban tu mente, te destruían por completo y te convertían en una bestia disciplinada”, reflexiona en la novela un prisionero con el mono de rayas y un soldado al acecho.

Con una dieta extenuante de caldo aguado de legumbres y féculas (menos de 1.500 calorías diarias), infinitas horas bajo el frío y la lluvia, y en un entorno –Mathausen- donde se podía morir de 35 maneras diferentes (desde la cámara de gas hasta el suicidio desde la cima de la cantera), algunos supervivientes destacan la formación de grupos de resistencia. 

Tal vez estos se iniciaran el día que tocaba desinfectar el campo, y los presos –desnudos durante 17 horas en los patios- pudieron entablar alguna relación. “Debíamos buscar las zonas próximas a los muros o las entradas de las cocheras, ello te protegía de las ocasionales ráfagas de los guardianes”, recuerda en el cómic Francisco Aura. 

Los disparos quizá fueran una forma de combatir el aburrimiento para los centinelas. “Conocí a hombres de gran capacidad intelectual, sin egoísmos ni odios”, señala el resistente de 98 años. Pero la extrema brutalidad, la saña y el encarnizamiento no permitían derroches de solidaridad. Hasta que llegó el cinco de mayo de 1945. Francisco Aura había sobrevivido a la horrenda pesadilla, cuatro años y nueve días después…"               (Enric Llopis , Rebelión, 29/12/16)

9/1/17

Javier Gurruchaga: «Mi abuelo pasó de jefe de estación a trabajar de portero en la casa de un fascista»

"Con cuatro años le regalaron un tren eléctrico. Un juguete muy deseado por un niño de una familia modesta de los años cincuenta. Puso las pilas y el tren comenzó a correr por los raíles. A las cuatro horas se paró, y por más que hicieron por repararlo nunca volvió a funcionar. Era un juguete de segunda mano. 

Por aquel entonces, hace 54 años, Javier Gurruchaga ya sabía el esfuerzo que había supuesto a sus padres comprar aquel tren. Era consciente de la realidad que vivía. Intuía que pertenecía a una familia muy humilde. Una familia republicana de ferroviarios que dejaron de serlo a la fuerza.

 En el año 1936, su abuelo, su padre y dos de sus tíos trabajaban en el ferrocarril del Urola hasta que, de golpe, fueron represaliados, despedidos y apresados en campos de trabajo por el régimen franquista. Por 'culpa' de sus ideas, tuvieron que dejar una vida para empezar otra de escasez y de renuncias. (...)

Como a otras, a la familia Gurruchaga la Guerra Civil le cambió la vida. 

-¿Qué recuerdos guarda de ese pasado familiar?
 
-Desde que yo era muy niño, en mi casa se hablaba del ferrocarril. Era algo muy presente en nuestras vidas. Mi abuelo, mis tíos y mi bisabuelo habían sido ferroviarios. En cualquier comida, en cualquier sobremesa los mayores hablaban con mucha pena de aquellos años de represión franquista. 

Con tres o cuatro años entré en las escuelas públicas de Amara, y recuerdo cómo teníamos que levantar el brazo en alto, cantar el 'cara al sol'... había fotos de Franco por todas partes. Tampoco se podía hablar euskera, que era el idioma de mis padres. Estaba mal visto. 

Muchos jóvenes iban a las ikastolas, sí, pero eran los hijos de familias nacionalistas y de cierta posición, como se decía entonces. ¡Y eso que yo tengo los ocho apellidos vascos...! Poco a poco fui descubriendo qué significaba todo aquello. Nosotros llevábamos una vida muy sencilla, aunque la buena comida jamás nos faltó.

-¿A su padre, abuelo y tíos los echaron del ferrocarril del Urola?
 
-Yo diría más bien que los depuraron. Ya sé que suena a lista de régimen totalitario, como el nazi, pero es que así ocurrió. En el certificado que les dieron lo ponía así: 'Depurados'. Y desde el año 1937 al 1941, mi padre y mis tíos estuvieron en un campo de concentración, creo que por la zona de Burgos. 

Cuatro años en un campo de trabajos forzosos. Les quitaron el puesto de trabajo y todos sus derechos. Antes de la guerra civil, la familia de mi padre vivía en la casa de la estación de Zumaia. Entonces los ferroviarios tenían su vivienda en la propia estación. Tenían una buena vida. Pero perdieron la casa, el trabajo... sus sueños.

-Y tuvieron que buscarse una nueva vida.
 
-No les quedó más remedio. Mi abuelo pasó de jefe de estación a trabajar de portero en la casa de un fascista en la calle Prim, sacando brillo a los dorados de las puertas... Y mi padre que trabajaba de factor meritorio en el tren -y después de cuatro años preso-, pasó de manejarse entre letras y números a descargar bidones de aceite industrial en el puerto de Pasajes. 

Mi madre en aquellos años era cocinera por horas y su padre, que era un txistulari muy del PNV, también estuvo en la cárcel. Todo por defender unas ideas y estar en otros bandos... Cuatro miembros de una familia, tan orgullosos de ser ferroviarios y, de repente, nada de nada.

 Gurruchaga no recuerda cuántas veces fue con su padre a la Diputación para ver si «le daban algo» de lo que le correspondía por indemnización. No había manera. «Solo a partir de 1977 empezaron a recibir algo, pero una porquería. Un detallito. 

Bueno, por lo menos algo más que a mis abuelos. Los pobres jamás recibieron nada», relata el cantante, que insiste en que él nunca fue ajeno a una situación tan injusta. «Un ninguneo, una ignorancia total durante cuarenta años a tantas personas. Y ahora por fin llega el homenaje», reconoce.

-¿Le parece que llega tarde este recuerdo?
 
-Nunca es tarde. Mejor tarde que nunca. Pero hoy se celebran 80 años... Ahora están todos muertos, y quizá sí es un poquito tarde. Es una pena que los afectados no lo hayan podido vivir. Por fin se les hace un reconocimiento público. ¡Tela marinera!

 Poco antes de morir mi madre, fui con ella al Museo del Ferrocarril de Azpeitia, y su director nos enseñó un libro con fechas y nombres de los que habían sido trabajadores y otra vez vi la palabra 'depurados'... es terrible. Los puestos de mi padre y mis tíos los fueron ocupando nuevos ferroviarios de otros bandos... Mi padre ahora tendría 102 años. Cuando me llamaron de la Diputación para el homenaje me emocioné de verdad.

Gurruchaga vive a caballo entre Donostia, Madrid y México. Confiesa que siempre ha tenido pasión, incluso obsesión por todo lo relacionado con el tren. Como le ocurría a su padre. Forma parte de su imaginario. Y han sido mucho los guiños que ha hecho a ese mundo a lo largo de su trayectoria. Ahí está la canción 'Viaje con nosotros', un clásico de su repertorio. O 'El maquinista de la general', un tema dedicado a su padre y un homenaje a los trenes, «como vehículo de expresión, de vivencias, de canciones», subraya.

Confiesa que siempre ha tenido «conciencia de clase». Y de pertenecer a una familia de ferroviarios a los que arrebataron su forma de vida. Recuerda a Vicente del Bosque, el exseleccionador de fútbol. «Es que tiene una vida parecía a la mía. 

No soy futbolero, pero me resulta un hombre afable. Coincidimos en un evento y tras un rato de conversación resultó que su padre y otros familiares también ferroviarios y republicanos sufrieron la misma represión que mi familia, aunque en otra zona»."                   (Elisa López, El Diario Vasco, 05/01/17)

5/1/17

Superviviente de un fusilamiento...

"Nedzad Avdic, de adolescente, soñaba con jugar en la selección de fútbol de Yugoslavia junto a leyendas de los Balcanes como Savicevic o Boban. La guerra civil que sufrió Bosnia entre 1992 y 1995, los años en los que debería haberse desarrollado como deportista, lo despertó de golpe. 

En medio de esa sucesión de eventos locos y descontrolados acabó frente a un pelotón de fusilamiento. Entonces cayó en la cuenta de que todo había acabado. En ese momento existía, pero dentro de unos instantes iba a dejar de hacerlo. 

No tuvo miedo, ni suplicó clemencia. Solo recuerda que un pensamiento terrible lo llenó de angustia: voy a morir y mi madre nunca va a saber cómo ni dónde.

Avdic, de 38 años, sobrevivió milagrosamente a la matanza de Srebrenica. Los soldados serbios que les dispararon a él y a otros hombres a sangre fría vaciaron sus cargadores durante varios minutos. El muchacho de 17 años que era entonces recibió un disparo en el estómago. Entró en shock al sentir el escalofrío de la pólvora.

 Le ardía la barriga y el dolor era insoportable. Le consoló pensar que en unos instantes iban a rematarle de un disparo en la cabeza y todo, ahora sí de veras, habría acabado. Absorto en esas ensoñaciones perdió el sentido. Se despertó un rato después, cuando escuchó a los camiones que transportaban a los soldados marcharse por un camino de tierra. Si podía oír eso es que estaba vivo, de verdad.

El testimonio de Avdic ha sido fundamental para alumbrar lo que ocurrió en aquellos días de mediados de julio de 1995. El Ejército serbobosnio consiguió entonces tomar un enclave bosniaco (bosnio musulmán), Srebrenica, que durante dos años de guerra había sido sitiado pero que había sido declarado zona segura por la ONU y contaba con la ayuda de los cascos azules holandeses.

 Pese a todo, más de 8.000 varones musulmanes, muchos de ellos refugiados que huían del avance de las tropas serbias, fueron aniquilados por los hombres del general Ratko Mladic, cuyo juicio en La Haya por crímenes contra la humanidad está visto para sentencia.

Avdic ha testificado en tribunales nacionales e internacionales para que los responsables del genocidio paguen por lo que hicieron. En su caso se trata de un asunto personal. En esos días perdió a su padre y a sus tíos.

 “Convivir con todo ese dolor, con todas esas muertes encima no ha sido nada fácil”, dice en un bar de Srebrenica, una ciudad de 15.000 habitantes cerca de la frontera con Serbia, al otro lado del río Drina. Él vino aquí como refugiado, como otros miles de los que fueron asesinados. Al acabar la guerra y quedar Srebrenica ligado a la parte serbia de bosnia, la República Srpska, el pueblo que hasta entonces era mayoritariamente musulmán dejó de serlo. 

Solo se quedaron los vecinos de origen serbio, que se apropiaron de las casas y los terrenos. Sin embargo, para Avdic el sitio donde pensó que iba a morir, aunque su madre no lo supiera, se convirtió en su hogar. En 2007, como otros muchos musulmanes, regresó determinado a instalarse a toda costa.

No fue nada fácil, ni entonces ni ahora. Muchos de los serbios del pueblo minimizan el crimen y ven con malos ojos a gente como Avdic, que ha señalado con el dedo a los criminales. Sus hermanas no quieren saber nada de Srebrenica y él las entiende, fue un pozo que se tragó sus vidas. Pero para Avdic es diferente, aunque no sea sencillo de explicar.

Para él, este tiene que ser el sitio donde se críen sus tres hijas, unas hermosas muchachas que corretean por el Memorial a las víctimas con una despreocupación absoluta, sin la carga emocional del pasado. “Les estoy enseñando a vivir sin odio, algo que no es nada fácil después de todo lo que hemos vivido”, explica. En el lugar donde lo condenaron a morir, él quiere esparcir su semilla."              (Juan Diego Quesada, El País, 16/12/16)

4/1/17

“Mis niños, mis niños"... el grito de Catalina cae escaleras abajo. Un grupo de falangistas la saca al arrastre, a la muerte

“Mis niños, mis niños. Como un desgarro, el grito de Catalina Sevillano cae escaleras abajo. Un grupo de falangistas saca al arrastre a la mujer, que enfila un desenlace inequívoco: la muerte a balazos a manos de golpistas. Dos de sus hijos asisten a la terrorífica escena por los restos tatuada en la memoria de Francisco, de 23 meses de edad, y de Luis, con siete años.
 Casi ocho décadas pasan hasta que la tierra rompe en Paterna de Rivera (Cádiz) en busca de sus restos. O los del padre, Francisco Vega, asesinado días después”. 

Así comienza el periodista Juan Miguel Baquero un libro de historias macabras que sucedieron no hace tanto tiempo en este país y que todavía hoy suscitan el rechazo de buena parte de la sociedad e incluso de dirigentes del partido del Gobierno. 

Ésta en concreto sucedió en un enclave de la sierra gaditana, donde el equipo destinado a exhumar la fosa localizó los restos de 10 personas. El niño de siete años Luis, hoy ya octogenario, no faltó ni a una sola jornada. (...) 

Él mismo es bisnieto de un fusilado, Mariano Baquero Rodríguez, de Coria del Río (Sevilla). “Era un industrial de la época, masón republicano, amigo de Diego Martínez Barrios, de Blas Infante… Lo soltaron en las Naves del Barranco, en Sevilla, y luego lo ejecutaron a la altura del Puente de las Delicias. Igual que los soltaban, llamaban para que los cogieran en otro sitio.

 Lo ejecutaron en un lugar donde trabajaba mucha gente del pueblo y hubo personas que lo vieron. Afortunadamente, mi familia pudo ir a recogerlo y está enterrado en el cementerio de Coria. Tuvieron esa tranquilidad de cerrar el duelo”, afirma. Baquero ha vivido muy de cerca esa herencia de lucha por la justicia que ha ido pasando de generación en generación hasta llegar a la quinta, con su propio hijo, también Juan Miguel Baquero, de diez años.

 “Si no pudiera ir más a ninguna exhumación, me dolería. Necesito contar sus historias. He visto imágenes que no se me olvidarán en la vida, y no sólo un cráneo con un agujero de un proyectil, sino restos óseos con evidencia de torturas que son terroríficas, imágenes dantescas”, describe. 

El filósofo Manuel Reyes Mate, que prologa el libro, sostiene que aquel terror de los sublevados, “tan gratuito como concienzudo, tenía una pretensión de largo alcance: desestructurar las familias republicanas, infundir miedo y borrar huellas”. Y concluye: “Si hoy, ochenta años después, presentamos estos relatos como novedades es porque aquella estrategia funcionó”.                (Olivia Carballar , La Marea, Rebelión, 29/12/16)

3/1/17

El sustrato de las revueltas ligadas a la Reforma Agraria se dejaría sentir en La Fuente de San Esteban. Por ello en este pueblo existía un considerable arraigo sindicalista... de ahí la intensidad de la represión

"La represión sangrienta extrajudicial de La Fuente de San Esteban llegó con cierto retraso con respecto a la de otros pueblos del entorno. 

Quizá ello se deba, paradójicamente, a que, por ser nudo de comunicaciones ferroviarias y por carretera, esta localidad tenía bastante importancia estratégica, lo cual se tradujo en una presencia considerable de las fuerzas rebeldes, que actuaron desde el principio basándose en la Guardia Civil, que dejaría menos iniciativa a las Milicias Fascistas. 

 Sin embargo, la intimidación había empezado con el paso del Ejército para proclamar el estado de guerra en Ciudad Rodrigo el 19 de julio. Pocos días más tarde desde La Fuente, por orden de la  Comandancia de Salamanca, se organizaron los comandos compuestos por fuerzas de dicho instituto y de milicianos fascistas para efectuar los registros y detenciones de presuntos oponentes en las localidades limítrofes (croniquilla del pasado 25 de julio).

 Las sacas domiciliarias, llevadas a cabo entre el 14 y el 15 de diciembre, como sucede también en última saca carcelaria de Ciudad Rodrigo (croniquilla del próximo día 16), tiene cierto carácter selectivo: un farmacéutico, un abogado y un ferroviario (Iglesias, Represión franquista: 284-285). 

Deben de ser los tres “desconocidos” hallados cadáveres en Bocacara, donde los testimonios hablan del “Boticario de Fuente de San Esteban” (B 2012), lo que corroboran las actas tardías sobre Heliodoro Zunzunegui (def. 22/05/40) y Antonio Galán (def. 07/06/40); pero no se tienen más que datos fragmentarios en poder de la ASMJ. (...)

El sustrato de las revueltas ligadas a la Reforma Agraria quizá se dejaría sentir en La Fuente de San Esteban. El enfrentamiento de los vecinos con los grandes propietarios, que a veces no respetaban servidumbres que remontaban a los siglos pasados, era similar al de otros pueblos, debido al desproporcionado reparto de la tierra.

 El crónico problema del paro se había resuelto antes de la República con el habitual y dramático remedio de la emigración (recuérdese el conocido caso del cercano pueblo de Boada, cuyo vecindario solicitó de las autoridades de Argentina el traslado masivo en 1905), que en los años treinta no sería posible debido a la crisis económica mundial. 

Por ello en este pueblo existía un considerable arraigo sindicalista, comprobado desde principios del siglo XX en lo que atañe a la sociedad de Socorros Mutuos y más tarde a la Sociedad Obrera ugetista (Iglesias, Represión franquista: 193). El triunfo del Alzamiento suponía la pérdida de las reformas republicanas en las que confiaban los sindicalistas, los cuales se opondrían al mismo por todos los medios a su alcance, pero esta faceta está mal documentada. 

Por ejemplo, en La Fuente no se tiene constancia del recurso a la huelga en plena siega para oponerse a la sublevación, comprobado en pueblos cercanos (ver croniquillas del 25 de julio y del 23 de octubre). De no haber existido desafección al Movimiento, no se entendería la intensidad de la represión, cuyo alcance todavía estar por fijar en parte.

El total provisional de afectados en La Fuente de San Esteban, naturales o forasteros no contabilizados en otra parte, se eleva a 18 personas (...)"                (Salamanca al día, 14/12/16)

2/1/17

Amieira de Villaesteba (Saviñao): ‘Mira, tu suegro es gordo, pero seis más gordos todavía los dejamos tirados como seis cerdos en la carretera, y aún tenían bastante dinero, que éramos cuatro y nos tocaron a veinte y tres duros y una peseta y tres reales, y algunos botones de oro”


Foto de la Escuadra Negra de Eirexalba, formada por falangistas de O Incio y Sarria, supuestos responsables del asesinato del médico 'O Pequeniño'

"En estos días tenemos a la vista la triste nueva de haber sido muerto también en Castro de Rei el compañero Dositeo Pérez Fernández… fue alcanzado por un proyectil que le atravesó el cráneo dejándolo muerto instantáneo. 

Una vez reconocido el cadáver por los mismos resultó ser un antiguo amigo del mismo que lo mató, diciéndoles a los demás allí mismo que había matado a un amigo, y muy contento, pues decía este criminal ‘¡Qué se joda!’. ‘Para nosotros el matar es un honor’. 

Pues este criminal es el conocido despilfarrador Amieira de Villaesteba (Saviñao). Pertenecía a la Banda Negra de Monforte. Le dijo un día de estos a un vecino hablando de los crímenes que hacía todos los días: ‘Mira, tu suegro es gordo, pero seis más gordos todavía los dejamos tirados como seis cerdos en la carretera, y aún tenían bastante dinero, que éramos cuatro y nos tocaron a veinte y tres duros y una peseta y tres reales, y algunos botones de oro”.

Este es uno de los relatos de los tiempos y los usos de la represión en una zona del sur de Lugo durante los primeros días del golpe de estado fascista de 1936. Los escribió uno de los perseguidos desde el escondite en el que logró refugiarse, en la casa de unos parientes lejanos, de filiación monárquica. 

Allí, a lo largo de mes y pico, fue apuntando lo que había visto y lo que le contaban que estaba pasando. Después de ese tiempo, logró escapar, pero el manuscrito quedó en la casa, en la aldea de Estrumil, parroquia de Sobreda, municipio de O Saviñao. No se descubrió hasta 2006, al realizar obras de reforma en el edificio. 

“Los papeles los encontró un constructor que había contratado mi madre para arreglar un muro de la casa. Fue junto a ella con los papeles y le dijo: ‘Acabo de encontrar el tesoro de Sierra Madre”, dice Miguel Rodríguez, el miembro de la familia propietaria de la casa de Estrumil que se ha encargado de conservar el diario. 

El escondido se llamaba Manuel y era vecino de Vilachá, una aldea de Castro de Rei de Lemos, una parroquia del Ayuntamiento de Paradela. Miguel Rodríguez aventura que pudo ser incluso miembro de la corporación republicana de Paradela (un municipio atravesado por el camino de Santiago, cuyo censo no alcanza ahora los dos mil habitantes y en 1930 apenas superaba los cinco mil) porque usó papeletas del censo electoral para escribir la crónica con la que conjuró el horror.

 20 hojas de 21,5x16 cm que encabezó con el título El terrorismo faccioso en Castro de Rey (Paradela) desde el día 18 de julio de 1936, día en que estalló el movimiento revolucionario faccioso, cuyo contenido fue transcrito en su mayor parte en el número 38 de la revista LUZES.

 Su valor, más allá de la aportación histórica, estriba en las circunstancias y en la perspectiva de su escritura. El del testigo de los hechos que quiere dejar constancia de ellos, y los describe con la narrativa popular de un cuento de invierno, aunque el uso del papel y el idioma oficiales le contagie a veces alguna expresión burocrática. 

Esa voluntad de crónica se refleja en el título y en que comience contando el histórico intento, el 20 de julio, por parte de contingentes republicanos, ferroviarios de Monforte, artesanos y labradores de otras poblaciones del sur de Lugo, de ocupar la capital y restaurar el orden legal. 

Allí se encontraron con una encerrona de fuerzas del ejército y la Guardia Civil, que se habían desplegado siguiendo en teoría órdenes del gobernador civil, que ya había sido hecho prisionero. “Al hacer la retirada varios ya fueron asesinados por las hordas facciosas y Guardia Civil, no pudiendo hacer uso la mayoría de estos de los coches que antes les habían llevado, siendo tiroteados varios coches que les cuadraba pasar por sitios donde había Guardia civil... Otros muchos al salir de Lugo tuvieron que pasar el rio Miño a nado”.

 Manuel de Vilachá se había quedado a medio camino, en Sarria, para defender la legalidad republicana en esa villa. Pero “con las armas de que disponían, que eran solo escopetas y pistolas, era imposible defenderse de los máuseres y ametralladoras que por momentos entraban en Sarria... y se fueron retirando amparados por el astro de la noche, pues varios coches con Bandera Bicolor llenos de fascistas y Guardia Civil se hacían dueños del pueblo”. El manual del perfecto golpista indica que hay que descabezar a las autoridades civiles. En 1936, lo de descabezar no era figurado.

 “[El alcalde de Sarria, Antonio Páramo] se encontraba en su casa de O Lázaro en compañía del Presidente del Comité de Castro de Rei Don Julio López González y algunos otros compañeros, dos guardias municipales a la puerta en evitación de atentados, cuando se presentaron otros dos municipales requiriendo al Sr. Alcalde que les acompañara a un asunto que le convenía, y desde luego muy cerca. Estos guardias eran de los que habla ingresado el Sr. Páramo durante su gestión, los creía tener toda confianza. 

Y éste ya se disponía a acompañarlos cuando el Presidente del Comité de Castro de Rei se dio perfecta cuenta de que el Alcalde de Sarria iba a ser víctima de aquellos dos miserables y este dijo ‘Antoñito no salgas que te quieren matar’, pues en efecto no salió gracias al camarada de Castro de Rei y al momento comprobaron que era verdad que le querían asesinar y entonces estos dos municipalillos con otros del fascio se situaron delante de su casa subidos en árboles de espeso ramaje para poderle asesinar, pero compañeros leales vigilaron la marcha de los pistoleros antes citados, y entonces el Alcalde se tiró por una ventana, por la parte opuesta de su casa que daba a una huerta”. 

Los golpistas pondrían precio a la cabeza de ambos: tres mil pesetas por la del alcalde, mil por la del presidente del comité. Acabarían cobrando las dos.

 La persecución no solo alcanzaba a los cargos políticos. En una sociedad rural, la mayoritaria entonces en Galicia, donde prácticamente todos se conocían, no hubo guerra civil, sino una depuración sistemática. 

A veces selectiva y en ocasiones, generalizada. “Muy cerca se oían fuertes descargas que al momento hemos visto en el alto de la Peña Veitureira y sus cumbres inmediatas que estaban llenas de revolucionarios con armas de guerra, desplegaban guerrilla haciendo descargas cerradas de fusil sobre las matas que encontraban; al mismo tiempo que vemos esto, aparece la nutrida caravana de autocamiones que venían a su servicio en los que portaban cañones y ametralladoras, pues según informes estas fuerzas procedían, las de Artillería, de Ferrol, y las de Infantería de Lugo y Coruña y nutridas Centurias de Falange.

 Estas fuerzas siguieron hasta [el campo de] la Feria, partiéndose grupos de fascistas por los pueblos en sus burdas diligencias de saqueo y maltrato a las gentes humildes.

Al pasar por el pueblo de O Pereiro, allí entraron en la casa de Don Julio G. Teijeiro que, después de llevar todo lo que les dio en gana, procedieron al destrozo de casa y muebles y loza y batería de cocina, convirtiendo la casa del citado Señor y Doctor en un cuadro de ruinas, y desprecios hasta con sus caseros, yendo a unirse con la otra partida de insurrectos al Campo de la Feria, pues allí entonces en la Casa del Alcalde de Paradela, don José López Armesto, industrial en el citado Campo de la Feria.... que también saquearon el comercio y todo lo que tenía, que entre otros artículos: botellas de licores, conservas, galletas, cafés, azúcares, vinos tostados y rancios, bacalaos y panecillos y el vino que tenía en bocois [barriles de unos 500 litros], y después de beber lo que les dio en gana se pusieron a tiros a los envases y lo vertieron por el suelo. 

También tenía este Señor para el arreglo de su casa una decena de gallinas más o menos y se las mataron guisándolas allí mismo, en que luego salieron casi todos borrachos, pues para mejor hincharse y llevar para sus casas anduvieron casas del pueblo robando lacones y chorizos como hicieron en todos los pueblos por donde pasaban… 

Fue grande cosa la conducta del derrotado Candidato Sr. Saco Rivera y su criado asesino O Carrozas, ensañándose porque este pueblo consciente de sus deberes le derrotó en todo el Municipio en las últimas elecciones, pues se creía que teníamos obligación de darle el voto, pero fue todo lo contrario, por eso vino ensañarse y comer las gallinas del Alcalde… 

Así ha sido la conducta del ex -Diputado Saco y sus compinches, tal fue la borrachera que allí mismo asesinaron a un compañero de la Falange, que le hicieron un disparo en la garganta y otro en el pecho, lo que quisieron ocultar pero las mujeres de Mosteiro Vello lo vieron claro y los niños”.

Lo que describe Manuel de Vilachá no son precisamente unas tropas militares que conquistaban territorios, o un nuevo orden impuesto por la fuerza que se deshacía de sus rivales con simulacros de juicios. Eran bandas de facinerosos (alguno con pasado republicano) en gran parte sin mucha más carga ideológica que el odio al rival político y el amor a sus propios intereses, despertados y espoleados por saberse imbuidos de un poder absoluto.

 “[quitaban] a las gentes obligadas y amedrentadas lo que bien necesitaban en sus pobres hogares, la mayoría de ellos, unos con huevos, otros carnes, dinero y corderos, que tenían allí un rebaño de unos doscientos y todos los días se comían uno o dos y lo mismo lacones, chorizos y mantecas; allí se hinchaban ellos y sus agregados que todos los días era un festín, que algunos ya no comían nada en sus casas, pues allí había para todos, de comer y dinero, solo hacían grandes pilas de sacos con centeno, patatas, judías y otras cosas que lo que no podían comer lo vendían y guardaban para ellos, de esto buena tajada, también iba para los jefazos de Sarria que de acuerdo con ellos se llenaban los bolsillos, así que ellos los recogían como donativos para el frente y el frente lo eran ellos, pues algunos bien de cerca tenían en su casa deuda por valor de más de mil pesetas, esto según persona bien enterada...  prestó réditos e hizo beneficios a cuenta de robar republicanos”.


Pero el latrocinio no ocultaba las tragedias. El sur de Lugo fue, según la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, la zona más castigada por la represión en los primeros días del golpe. Entre los asesinatos que narra el diario está el del presidente del comité republicano de Castro de Rei, al que “según le llevaban delante le hicieron varios disparos a espaldas. 

Fueron grandes los lamentos de aquel hombre para que le dejasen en libertad, y ellos se reían los miserables: que en medio del monte le dejaron sin vida, echando sangre a borbotones, y, luego que esto cometen, se marcharon muy contentos que a preguntas de sus jefes si le habían detenido contestaron muy orgullosos: ‘Sí lo hemos prendido, pero al poco de venir con nosotros tropezó y no se levantó, y entonces nosotros le dejamos; que le levante su familia si quiere’… 

De la misma manera procedieron con el médico del vecino Ayuntamiento de Incio, conocido por ‘O Pequeniño’, hombre noble, honrado y republicano, muy apreciado del público, por sus buenos sentimientos y como médico muy listo y compadecido del pobre, siendo una gran pérdida general tanto por su persona como por sus dotes científicas” (Manuel Díaz, ‘O Pequeniño’, que había sido informante de Gregorio Marañón, fue sin embargo arrastrado cinco kilómetros de la cola de un caballo antes de ser rematado).

Los últimos hechos recogidos en el diario escondido son siempre asesinatos: “…y una vez que tal hecho consumaron estos criminales llegan muy contentos al cuartel de Pacios, o sea, de Paradela, contándolo a sus jefecillos y entonces le dicen al cocinero: ‘Un lacón máis ó pote que xa hai outro porco morto’. 

Y qué bromas ellos no se gastaron por aquel muerto y otros más, contando los matadores como clamaba y gemía. En fin, que mucho más tenía que detallar este hecho pero me da pena describirlo y lo mismo otros nuevos detalles que en verdad debían figurar en este memorial, pero otros habrá que lo harán”. Así finalizó su relato el cronista oculto, porque no pudo o quiso contar ya más desmanes, o porque consiguió acabar con su encierro. Porque Manuel de Vilachá logró salir de allí y sobrevivir. Quizá para que, cuarenta años después, la vida diese un punto de giro.

Manuel sobrevivió en A Coruña, entonces un lugar mucho más lejano de Paradela que los 150 kilómetros de distancia física que hay entre los dos lugares. No tenía denuncia alguna sobre sí, y se sabe que trabajó en el bar de la estación de ferrocarril, y que tuvo dos hijos. Como la mayoría de los vencidos, no debió hablar mucho de su pasado, ni de su ideología. 

Los dos hijos ingresaron en la entonces Policía Armada. Los descendientes de la casa de Estrumil que habían dado cobijo a Manuel en aquel verano de 1936 también crecieron, y no precisamente en la devoción monárquica familiar. En el verano de 1975, poco antes de la muerte de Franco, los dos policías intervinieron en la detención de dos hermanos de Miguel Rodríguez, Xan en Monforte y Ángeles en Santiago, acusados de pertenecer al FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriota).

“Los dos hijos de Manuel nunca supieron que habían detenido a miembros de la familia que había ocultado a su padre”, comenta Miguel Rodríguez. “Cuando murió Manuel, les perdimos la pista, y él nunca lo supo o no se lo debió decir a ellos”. El tiempo pasa, el miedo no. "                 (Xosé Manuel Pereiro, CTXT, 28/12/16)