18/3/19

Franco creó 300 campos de concentración en España, un 50% más de lo calculado hasta ahora

"Franco creó en España un centenar más de campos de concentración de los que se creía hasta ahora. Una investigación del periodista Carlos Hernández plasmada en su libro Los campos de concentración de Franco documenta 296 en total, a partir sobre todo de la apertura de nuevos archivos municipales y militares. 

Por los campos pasaron entre 700.000 y un millón de españoles que sufrieron "el hambre, las torturas, las enfermedades y la muerte", la mayoría de ellos además fueron trabajadores forzosos en batallones de esclavos. Estuvieron abiertos desde horas después de la sublevación militar hasta bien entrada la dictadura.

El estudio anterior más completo, de Javier Rodrigo, había documentado hasta 188 campos de concentración en todo el país. También en torno a 10.000 víctimas mortales entre los asesinados y los fallecidos a consecuencia de las condiciones vividas ahí, pero Hernández cree que "esa cifra se queda corta con estos nuevos datos. 

Es imposible documentar todos los asesinatos y muertes porque no dejaban registro, pero en solo 15 campos que han podido ser investigados en esto ya calculamos entre 6.000 y 7.000. No es una proporción exacta porque entre esos 15 estaban algunos de los más letales, pero nos hacemos una idea de que hay muchas más víctimas".

La comunidad autónoma que más campos albergó fue Andalucía, pero hubo por todo el territorio: el primero fue el de la ciudad de Zeluán, en el antiguo Protectorado de Marruecos, abierto el 19 de julio de 1936, y el último fue cerrado en Fuerteventura a finales de los años 60. El 30% eran "lo que imaginamos estéticamente como campos de concentración, es decir, terrenos al aire libre con barracones rodeados de alambradas.

 El 70% se habilitaron en plazas de toros, conventos, fábricas o campos deportivos, hoy muchos reutilizados", explica Hernández. Ninguno de los presos había sido juzgado ni acusado formalmente ni siquiera por tribunales franquistas, y pasaron ahí una media de 5 años. Sobre todo eran combatientes republicanos, aunque también había "alcaldes o militantes de izquierdas" capturados tras el golpe de estado en localidades que cayeron en manos del ejército franquista.
Trabajos forzosos, hambre y torturas

En los campos de concentración de Franco se hacía una labor de "selección". Se investigaba a cada uno de los prisioneros, principalmente mediante informes de alcaldes, curas, y de los jefes de la Guardia Civil y la Falange de las localidades natales. A partir de ahí, clasificaban a los prisioneros en tres grupos, en términos franquistas: los "forajidos", considerados "irrecuperables", iban directamente a juicio, en el que se les decretaba cárcel o paredón.

 Los "hermanos forzados", es decir, los que creían en las ideas fascistas pero obligados a combatir en el bando republicano; y los "desafectos" o "bellacos engañados", los que estaban del lado republicano pero los represores valoraban que no tenían una ideología firme y que eran "recuperables".

Los "desafectos" poblaron de manera estable los campos de concentración y fueron condenados a trabajos forzosos. Durante la guerra estuvieron obligados a cavar trincheras, y al término del conflicto, principalmente a labores de reconstrucción de pueblos o vías. Sufrieron torturas físicas, psicológicas y lavados de cerebro: tenían que comulgar, ir a misa, o cantar diariamente el Cara al Sol, como ha documentado Hernández. 

También hay testimonios explícitos de hambrunas extremas, "la peor pesadilla de los prisioneros", enfermedades como el tifus o tuberculosis y plagas de piojos. Muchos de ellos fueron asesinados en el propio campo o por tropas falangistas que iban a buscarles, y otros muchos no sobrevivieron a la falta de alimento, higiene y atención sanitaria.

En noviembre de 1939, meses después del fin de la guerra, se cerraron muchos campos, "pero lo que sucede realmente es una transformación", relata el periodista. "La represión franquista era tan bestia y tenía tantas patas que evolucionó en función de las circunstancias. Franco, aunque aliado con Italia y Alemania, quería dar una buena imagen ante Europa, quería emitir una propaganda de respeto de los derechos humanos. Por eso oficialmente los campos terminan, pero algunos perduran durante mucho tiempo". El último oficial, también el más longevo, fue el de Miranda de Ebro (Burgos), que duró de 1937 a 1947.

Después hubo lo que Hernández denomina "campos de concentración tardíos", creados durante los años 40 y 50 y con denominaciones ya distintas. Fueron el de Nanclares de Oca (Álava), La Algaba (Sevilla), Gran Canaria y Fuerteventura, estos dos últimos para prisioneros marroquíes de la guerra del Ifni y cerrados en el 59. Durante el resto de la dictadura siguieron quedando vestigios: por ejemplo, en 1966 se clausuró la Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía (Fuerteventura), en la que se encarcelaba y "reeducaba" a homosexuales.
"Ha habido miedo a hablar"

Según Hernández, hay que "rehuir" la comparación que parece inevitable con los campos nazis. En primer lugar porque "al lado de Auschwitz, de millones de víctimas en la cámara de gas, cualquier crimen brutal parece menos crimen". 

Y en segundo porque el sistema franquista era muy diferente: así como en la Alemania nazi todo estaba más o menos estructurado y los dividían entre los de exterminio directo y los de exterminio por trabajo, los españoles eran mucho más heterogéneos y todo más "caótico". Los campos de Franco variaban mucho en tamaño, y la suerte y destino de los prisioneros dependía en muchos casos de las decisiones del propio oficial, que los había más y menos sanguinarios.

Sobre el papel, estos centros estaban destinados solo a hombres: "En la mentalidad machista y falsamente paternalista de los dirigentes franquistas, las mujeres no encajaban en los campos de concentración". Aunque sí hubo grupos de cautivas en algunos como en el de Cabra (Córdoba), ellas fueron sometidas a idénticas torturas sobre todo en las cárceles.

 Las prisiones, al igual que las unidades del Patronato de Redención de Penas que construyeron el Valle de los Caídos, no están incluidas en esta investigación. Hernández la ha limitado a lo que la propia documentación del régimen categoriza como 'campos de concentración' –además de los cuatro tardíos– porque "la represión fue de tal magnitud y tuvo tantas estructuras que para poder explicarla tienes que parcelarla".

La segunda parte del libro de Hernández, que se publica el próximo 14 de marzo, consta de testimonios de víctimas. Quedaban pocos supervivientes que pudieran contarlo pero el autor conversó directamente con media docena de los que fueran presos en uno o varios de los casi 300 campos de concentración. Todos ellos han fallecido en los últimos tres años, el último el pasado jueves, Luis Ortiz, quien pasó por el de Irún, por el de Miranda de Ebro y por el de Deusto.

Durante muchas décadas "ha habido vergüenza y miedo" a hablar. Además de esas conversaciones con los antiguos presos, mucho de lo recuperado por Hernández parte de publicaciones elaboradas durante la Transición y de documentos familiares: "Hubo mucha gente que dejó escritos a sus hijos y nietos de lo que ocurrió". Él anima a eso, "a preguntar a la abuela, al abuelo, por lo que pasó: en todas las familias españolas hay alguien cercano con historias sobre esto. No quiero que esto sea un punto y final a la investigación sobre los campos de concentración, sino un estímulo para reabrir el tema".         (Belén Remacha, eldiario.es, 11/03/19)

14/3/19

El PP quiere legalizar el robo de bebés (inmigrantes) del franquismo...

"El PP propone retrasar la expulsión de mujeres sin papeles que den a su hijo en adopción.

El PP ha incluido en su propuesta de ley de apoyo a la maternidad que las inmigrantes sin papeles embarazadas que decidan dar a su hijo en adopción no sean expulsadas del país durante el periodo de gestación. 

Los populares ligan maternidad, aborto, inmigración y recursos económicos en un polémico proyecto e insisten en que la adopción no supondría “ningún blindaje” para la mujer inmigrante en situación irregular, que sería expulsada, si cayera en una redada, tras dar a luz.

El presidente del PP, Pablo Casado, ha manifestado en varias ocasiones en los últimos días que preferiría volver a la ley del aborto de 1985 —la de supuestos—, en lugar de la vigente —aprobada en 2010, de plazos—. Sus declaraciones sobre este asunto y el hecho de que haya vinculado las interrupciones voluntarias del embarazo con la sostenibilidad de las pensiones, han desatado fuertes críticas, también dentro de su propio partido, entre quienes consideran que se trata de “un debate superado”. 

La cúpula del PP, no obstante, entiende que un alto porcentaje de abortos se produce por motivos económicos —“en el tercer hijo”, decía, de forma errónea, el vicesecretario de organización, Javier Maroto—, y entre “mujeres inmigrantes sin medios”. Por eso, tras desistir en su intento de volver a la ley de 1985, Casado ha vinculado la inmigración irregular, abortos, adopciones y medios económicos en una misma propuesta: su proyecto de ley de apoyo a la maternidad.

Según esa propuesta —que Casado no pronunció en voz alta al presentar el proyecto de ley, el pasado domingo—, las mujeres inmigrantes embarazadas y en situación irregualr que quisieran dar a su hijo en adopción no serían expulsadas durante el tiempo de gestación. Después, si cayeran en una redada por ejemplo y fuesen ciudadanas de los países con los que el Gobierno mantiene acuerdos de repatriación, serían devueltas. 

Dar a su hijo en adopción, insisten fuentes del PP, no supondría un “blindaje” que les evitara la repatriación. “Lo que sería una barbaridad”, señalan fuentes del partido, sería “utilizar los datos que hay que facilitar en un proceso de entrega en adopción como excusa para tramitar el expediente de expulsión de esa mujer. Eso es lo que queremos evitar por razones humanitarias y por la protección de la menor y de la madre”.

Este sistema, añade el PP, ya funciona en la Comunidad de Madrid, donde gobiernan, a través de un “protocolo contra el abandono de bebés”. El partido tampoco tiene redactado un texto completo de este proyecto de ley de apoyo a la maternidad.

Marisa Soleto, directora de la Fundación Mujeres, considera la propuesta “un abuso”, informa Pilar Álvarez. “Se prevale de la pobreza de las mujeres para hacerlo colar con una medida de protección a la maternidad. Proteger la maternidad es proteger a las mujeres que son madres”, añade.

Vladimir Núñez, abogado especializado en extranjería, asegura que la propuesta de Casado entraría en conflicto con el artículo 13 de la Constitución española, que garantiza todas las libertades públicas de los extranjeros en España; el artículo 14, que establece el principio de igualdad ante la ley sin que pueda prevalecer ninguna discriminación por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión y el artículo 18, que establece el derecho a la intimidad personal y familiar, informa María Martín."

13/3/19

Al no localizarlos, los fascistas detuvieron a la madre de Teófilo, Regina Sanz Sebastián, y la mataron en los alrededores del Camino de Arroyo. Apalearon y apresaron a Leonor, la esposa de Saturnino, que estaba embarazada, y mataron al padre de Juan, Luis San José.

"(...) El 19 de Julio de 1936, piquetes de falangistas y requetés apostados en las entradas de Simancas, asesinaron a Honorato Manzano Rodríguez “Galano”, 34 años, casado, venía de cazar, le dieron el alto y le mataron por no gritar “vivaspaña”.
 
El día 20 comenzó la represión. El joven Teófilo Hernández Sanz, zapatero de 23 años, activista cultural de la casa de pueblo, Saturnino Zurro, activista e ideólogo, mecánico, y Juan San José, de la familia conocida como “Malones” huyeron al pinar de la Pimpollada.

 Al no localizarlos, los fascistas detuvieron a la madre de Teófilo, Regina Sanz Sebastián, y la mataron en los alrededores del Camino de Arroyo. Apalearon y apresaron a Leonor, la esposa de Saturnino, que estaba embarazada, y mataron al padre de Juan, Luis San José.

En el ayuntamiento, grupos de vecinos fueron detenidos interrogados y golpeados de manera brutal. Fueron conducidos a Valladolid en camión, y vistos por última vez, los Republicanos más relevantes. 

Encerrados en las Cocheras de Tranvías con otros miles de personas detenidos ese mes de julio, eran reclamados por los fascistas de los pueblos para asesinarlos sin ningún juicio. Durante julio y agosto exterminaron rápidamente sin posibilidad de defenderse, a la mayor parte de los representantes políticos y sindicales Republicanos de los pueblos y ciudad de Valladolid incluyendo a los simanquinos. Eran días de entierros de muchos cadáveres de personas “sin identificar”.

De las Cocheras, tras padecer tremendas palizas, “sacaron” a más de 20 personas de Simancas, entre ellos a Teófilo Hernández, a Francisco Gómez Rayón, 24 años, casado y con una hija, junto a su suegro Benito Gómez Del Pino, 50 años, casado, 5 hijos, responsable de la Casa del Pueblo de Simancas, era pastor y escribía en sus ratos libres.   

Luis San José, que aunque sobrevivió y se refugió en Ciguñuela, allí fue detenido de nuevo y esta vez asesinado. Felipe Aparicio García, 39 años, concejal republicano, casado, 5 hijos. Vidal Marinero Torres, 50 años, viudo, con 2 hijas, concejal republicano. Llevaron a los detenidos en camión al puente del Cabildo y en las orillas del Pisuerga, los tirotearon cayendo muchos de los cuerpos al agua, una masacre. 

Los cadáveres fueron apareciendo en el agua a lo largo de los días siguientes. Vidal Marinero apareció en las cercanías del Salto del Esgueva el 3 de agosto en avanzado estado de descomposición. Los cuerpos fueran enterrados en la fosa común 46 del cementerio de Valladolid.

Los vecinos de Simancas fueron testigos de crímenes cometidos en las inmediaciones del pueblo: “..Venían los camiones por la carretera general, con gente de los pueblos, entraban en los caminos, los bajaban y allí mataban a hombres y mujeres; los enterraban sin un solo nombre que poner..”. 

En una ocasión los cadáveres de 3 mujeres jóvenes aparecieron en las cercanías de la gasolinera de la carretera de Salamanca; la camioneta los había dejado allí. Varios hombres tiroteados en la Cuesta del Nueve fueron transportados hasta allí en una camioneta. Los caminos de Simancas estaban “llenos de cruces” que han ido desapareciendo con el tiempo.

El día 4 de agosto, un guardia civil y un falangista llamado Mario, sacaron de su casa a Francisco Gómez García, de 35 años, obrero, casado con Baudilia Bermejo con quien tenía un hijo. Francisco había denunciado anteriormente a Mario por un robo cometido en La Harinera. Después arrestaron a Juliana Agúndez Mato, de 18 años, prima de Francisco. Los llevaron a la “Pesqueruela”, entre los ríos Pisuerga y Duero. Ataron a Francisco a un árbol y le maltrataron, y después maltrataron, vejaron y torturaron a Juliana. Finalmente mataron a ambos.

Epifania Cuadrado Vaquero de 33 años, cuyo marido estaba encarcelado, tenía un niño de unos 4 años. Los falangistas de Simancas detuvieron a Epifanía en avanzado estado de gestación, y en el camino de Arroyo le propinaron una paliza fatal que acabó con su vida. El cadáver estaba desfigurado por la agresión, y el niño en trance de nacer, estaba ahogado.

 Igualmente interceptaron a una pareja joven y su hija, un matrimonio que venía escapando a través del monte de Puente Duero o de Arroyo. Mataron a los 2 y para remate a la niña. Félix García Matos, de 26 años, cabo en el Cuartel de San Quintín, Republicano, no se sumó al golpe; fue juzgado, ejecutado y enterrado en la fosa común 46 del cementerio de Valladolid en agosto de 1936.

En 1937 continuaron apareciendo cadáveres en el Pisuerga y en las cunetas de la carretera (...)"           

(Tulio Riomesta, 04/03/19. En el excelente artículo original, Represión franquista en Simancas, original de Orosia Castán, del que procede este resumen, se da cuenta también de la feroz represión carcelaria a la fueron sometidos numerosos Republicanos por los franquistas, originando numerosas muertes, abandono y desgracia a sus familias.)

12/3/19

Las tijeras salvaron la vida de Félix en Mauthausen

"Abrió los ojos muy sorprendido sin decir nada. Félix atravesó la puerta de la barbería, instalada en los primeros barracones del campo de concentración de Mauthausen, y observó durante unos minutos. Se encontró a tres barberos cortando el pelo a oficiales de las SS con una maquinilla eléctrica. 

Un artilugio nuevo para él que podía complicarle la prueba para dejar las extenuantes jornadas en la cantera tras año y medio cavando, cargando piedras de muchos kilos, calmando su estómago con pequeños cuencos de caldo y bastante agua, lo único que no estaba racionado.

El deportado tenía mucha experiencia como barbero porque había ejercido en su pueblo natal, Villafranca de los Caballeros, pero aquella maquinilla parecía endiablada. Le tocó el turno, la cogió y se puso a cortarle el pelo a Gustave, uno de los mejores peluqueros de allí, un deportado político que poco después ejerció como kapo, al que el Félix le cayó simpático. Superó el examen en pocos minutos y permaneció al calor de una estufa durante una temporada, aunque no se libró de las constantes humillaciones que sufrían sus compañeros de barracón.

"A mi padre le salvó su profesión y su vida fue menos mala que la de otros en Mauthausen", cuenta su único hijo Juan Luis Yébenes, convencido de que tuvo cierta libertad para salir y entrar del campo de concentración austríaco y cumplir con su jornada. Incluso fue escalando como barbero porque más de una vez le cortó el pelo a Franz Zieris, el comandante, al que solían atender otros tres peluqueros. Una tarea más difícil que hacerse con la maquinilla eléctrica tratándose de un hombre tan despiadado, pero también pasó el examen y en alguna vez le tocó peinar a su mujer Ida.

A Jean Louis su padre no le explicó mucho de esos años. "No solía hablar de la deportación ni de Mauthausen. Y si decía algo era para contar la historia de alguno de sus amigos". Quizá el horror es mejor no destaparlo, pero el hijo ha ido reconstruyendo lo poco que le contó. La primera vez que le escuchó hablar de las SS tenía nueve años. Hubo más conversaciones, pero con cuentagotas y Jean Louis aprendió a convivir con sus silencios mientras observaba las fotos que su padre guardaba de aquel infierno y saludaba a las visitas que recibía de antiguos deportados.

Félix, un hombre menudo, algo orejón y con cara de pícaro, cruzó la inmensa puerta de Mauthausen el 13 de diciembre de 1940. Lo capturaron, junto a muchos españoles al noroeste de Francia, cerca de la frontera, tras meses en un campo de trabajo. Lo metieron y apretujaron en un convoy de ganado en un interminable viaje, lo sacaron a culatazos de fusil y al poco de su llegada pasó a ser un prisionero más, desinfectado, rapado y con uniforme de rayas.

"Cuando lo cogieron lo primero que se le pasó por la mente es que tenía que permanecer vivo, cuánto más tiempo mejor porque lo normal es que duraran unos cuatro meses al entrar en un campo de exterminio". Sin embargo, el calendario fue pasando días de un invierno glacial, Félix siguió vivo y trabajó en la cantera durante año y medio, algo impensable para su hijo, porque los prisioneros se consumían con rapidez por agotamiento y falta de alimento

Sobre el papel, las raciones diarias impuestas desde Berlín eran de 2.300 calorías, pero sólo se repartían nabos, café aguado, chuscos de pan y caldos, y muchos deportados terminaban masticando cartón para engañar al estómago. "Mi padre estaba acostumbrado a comer poco y era pequeñito, una ventaja porque no necesitaba comer tanto. Tenía rodaje tras haber combatido con el V Regimiento en la Guerra Civil".

Jean Louis no quiere que se escape ningún recuerdo. "Mi padre tuvo un accidente una vez volviendo de su jornada. Estaba a punto de entrar por una de las puertas laterales, se aproximó al centinela armado que tenía un perro y éste se lanzó y le mordió con fuerza en el culo". Aquello lo supo su hijo al ver la enorme cicatriz de la dentellada. También le contó que unas amígdalas pudieron costarle la vida. Un dolor tan agudo suponía una visita segura a la enfermería y muy pocos salían con vida. 

"Le dijeron que tenían que operarle y menos mal que allí había un enfermero catalán llamado Ginesta, amigo suyo, y consiguió que lo hiciera un médico deportado polaco". Todos los prisioneros acabaron con problemas médicos y Félix tuvo que tratarse después una úlcera de estómago, un mal que afectó a muchos. También en los registros oficiales figura que fue trasladado en transporte sanitario hasta Lyon tras la liberación porque resultó herido en un hombro.
El hijo de Félix asegura que una vez lo torturaron, pero no supo por qué ese día le tocó a él. Sin embargo, el autor francés Jean Laffitte detalla en su libro El ahorcamiento el crudo episodio. Quizá a su padre le resultó más fácil hablar de esos años endemoniados con alguien que estuvo Mauthausen en 1943. Un día se encontró con una desagradable sorpresa y dejó vacante su puesto de barbero. Lo llevaron al bloque 19, un módulo de aislamiento para prisioneros antes de su traslado. 

Entró en el primer comando formado por cincuenta españoles para acondicionar otro campo de concentración cercano, pero la estancia se complicó por la huida de cuatro deportados una noche. Los SS se enteraron enseguida y obligaron a los 46 prisioneros restantes a formar en el exterior durante horas bajo un sol abrasador. A continuación, el comandante, apodado ‘El Caballo’, por su rostro caballuno, les ordenó realizar ejercicios gimnásticos hasta la extenuación y correr hasta una cantera abandonada a tres kilómetros con el peso de una piedra.

 A la mañana siguiente, los SS interrogaron a los deportados y no hubo respuesta, con lo que decidieron colgar con las manos atadas a la espalda a cinco españoles, entre ellos a Félix, los que dormían junto a los huidos. "Romo era de peso ligero y soportó sin gemir los primeros momentos". Laffitte narró también que el dolor era tan insoportable que para dejar de sufrir lo mejor era dislocarse el hombro, «así que dio un golpe de riñón, le subió una nausea y se desmayó».

Los castigos continuaron durante una semana y Félix tuvo que cumplir un condena extra, afeitar al comandante, al que estuvo apunto de rebanarle el cuello para acabar con su sufrimiento. Sin embargo, recibió ayuda del peluquero Gustave y superó esos días hasta su vuelta a Mauthausen. Un año más tarde, el toledano volvió a toparse con el Caballo en la barbería y notó como el sudor frío se adueñaba de su cuerpo mientras le atendía.

 

Una estrecha amistad


"Mi padre tenía en casa muchas fotos que había hecho Francis Boix, las entregaron a los juicios de Núremberg y a distintos museos". En cambio, otras instantáneas de grupo y varias en las que aparecen ambos están guardadas en un altillo de su casa. Los dos eran muy amigos, comunistas y participaron en el robo del material fotográfico que probó las torturas, los crímenes y el sadismo diario de los nazis.

Su hijo recuerda la visita del fotógrafo a casa de su padre, considerado un héroe por sus fotos y su participación en la sustracción de alrededor de 20.000 negativos, aunque sólo aparecieron un millar. Pero Boix no fue el único fotógrafo en Mauthausen, Antonio García y José Cereceda también trabajaron en el laboratorio que guardaba las visitas oficiales, las fotos de registro de los presos, el día a día y los asesinatos, aunque el protagonismo se le atribuye al primero no sin cierta polémica

García le dijo en ocasión al historiador Benito Bermejo que ellos se limitaban a ver, oír y callar, aunque lo cierto es que circulan más versiones y alguna centrada en la enemistad con Boix "por su disposición a lamerle las botas a los SS", como apunta el historiador David W. Pike en su nuevo libro Dos fotógrafos en Mauthausen.

También desde hace años corre una versión comunista del robo de las fotos que atribuye la misión de esconderlas a Félix Yébenes, "secretario de la organización secreta" de los españoles en Mauthausen, según comenta Pike en Españoles en el Holocausto. Y es posible que pidiera a Boix que estudiase la forma de sustraer 2.000 fotos para guardarlas en un lugar secreto. 

Sea cierta o no esta hipótesis, los historiadores sí comparten que el material se repartió y parte se trasladó al comando de desinfección para coserlo en las ropas, al taller de carpintería y al relojero Marcelo Rodríguez para que lo pusiera a recaudo. Más tarde, los deportados lo entregaron al comando Poschacher, formado por jóvenes españoles que trabajaban fuera de Mauthausen gracias a una empresa familiar de construcción que necesitaba mano de obra, y las fotos terminaron en manos de Ana Pointner, una vecina del pueblo que ayudaba a los deportados y las ocultó durante meses.

Muchas fotos se perdieron por el camino, otras circularon de mano en mano y las más impactantes terminaron como prueba en Núremberg. Pero Jean Louis, el hijo de Félix Yébenes, también ha heredado de su padre, fallecido en 1983, unos recuerdos muy valiosos."              (Marta Tomé, 02/02/19)

11/3/19

El mensaje oculto de las fotografías de las víctimas del franquismo... Los familiares de los fusilados no pudieron enterrar a sus seres queridos, organizar funerales, hablar en público del que faltaba en sus casas. Así que durante años, sin cuerpo, lápida, ni derecho a recordar en voz alta, la única forma de duelo para miles de viudas, hijos, padres o hermanos, fue contemplar, besar y hablar a sus fotografías...


El franquismo golpeó especialmente a la familia Vera. Mataron al padre de Fidela y Vintila, José, y a cuatro de sus tíos, tres por parte materna y uno por la paterna. La familia encargó este montaje fotográfico para incluirlos a todos. "Es el retrato de nuestros cinco muertos. A mi abuela le quitaron todos los hijos. Nos quedamos sin hombres. Las mujeres a la cárcel, y ellos, al cementerio". Eran socialistas.

"Franco también prohibió llorar. Los familiares de los fusilados no pudieron enterrar a sus seres queridos, organizar funerales, hablar en público del que faltaba en sus casas. Así que durante años, sin cuerpo, lápida, ni derecho a recordar en voz alta, la única forma de duelo para miles de viudas, hijos, padres o hermanos, fue contemplar, besar y hablar a sus fotografías. Julia Madrid tenía la de su hermano frente a la cama, para que su rostro fuera lo primero que viera al despertarse y lo último antes de rendirse y dormir.

Sus hijas, Juli y Pauli Capilla, la recuerdan hablándole a aquella foto, informando a su tío muerto de lo que seguían padeciendo los vivos. Otras veces esas imágenes sirvieron para activar una búsqueda: sin más información que una foto y el nombre del que nunca se hablaba, un nieto seguía el rastro hasta dar con la fosa común de su abuelo 70 años después.

El antropólogo Jorge Moreno Andrés ha dedicado siete años a investigar la relación de los represaliados del franquismo con estas fotografías. El resultado es El duelo revelado, un libro editado por el CSIC que analiza 1.500 imágenes de colecciones particulares y otras 4.000 más procedentes de archivos españoles, franceses, estadounidenses y mexicanos. “El régimen no solo se dedicó a matar, sino a hacer desaparecer [por eso ocultaba los cuerpos en fosas comunes]. Las fotos familiares eran una forma de dignidad y resistencia”, explica.

Las imágenes fueron conservadas y heredadas. El tesoro pasaba de madres a hijas y de hijas a nietas. “Son las mujeres las que construyen el linaje de la familia. Eran ellas, y más las hermanas que las viudas, para proteger a sus hijos, quienes custodiaban las fotografías”, explica Moreno.

Algunos familiares escondieron los retratos de sus desaparecidos  –entre las páginas de una Biblia, detrás de un cuadro, bajo una teja, en una grieta de la pared…– para no provocar al bando de los asesinos cuando volvían de tanto en tanto a sus casas para recordar a los supervivientes que debían tener miedo. En 2011, 36 años después de la muerte de Franco, un vecino de Hinojosas de Calatrava (Ciudad Real) pidió a Moreno que al fotografiar la única imagen que tenía de su padre, antiguo militante de la CNT, no le sacara la cabeza. El miedo seguía allí.

Manuela León tenía enmarcada la foto de su padre fusilado en 1939, pero durante años la guardó en el desván. Era bordadora y sus clientas, “mujeres de derechas”, le habían dicho que tener presente a su “padre rojo” perjudicaba el negocio. En otros hogares, los retratos de los fusilados se colocaron junto a la mesilla de noche, para volver a verlos en sueños, “la gloriosa patria de los muertos”, que decía Octavio Paz.

Para gran parte de la clase trabajadora, el acceso a su primer retrato fue a través de los fotógrafos ambulantes que acudían a las ferias y fiestas de los pueblos para retratar a familias ante paneles que simulaban ciudades o paisajes exóticos. Así, los Calvo Navas posan en 1930 en las fiestas de San Juan de Abenójar (Ciudad Real) delante de lo que parece Sevilla. Diez años después, la familia recurre de nuevo a un fotógrafo ambulante.

El fondo es idéntico, pero cuesta reconocerlos. El padre ha sido fusilado y la madre está presa, así que en la nueva composición, los hijos mayores ocupan el lugar de los padres en aquella estampa de 1930, con los más pequeños en brazos. En esta segunda imagen, realizada para ser enviada a la cárcel, está contenida la historia de muchos hogares españoles de posguerra: los niños tenían que ejercer de adultos y ponerse a trabajar para alimentar a los que tenían apenas unos años menos que ellos.

Aquellos retratos hechos por los fotógrafos ambulantes, como los del servicio militar, eran muy pequeños, de apenas nueve centímetros. Para ampliarlos, poder enmarcarlos, o introducir a los que habían desaparecido en montajes familiares, los represaliados acudieron a laboratorios que utilizaban una técnica llamada bromóleo; dibujar sobre la imagen.

Luis Morales, hijo de uno de aquellos fotógrafos, era apenas un niño, pero recuerda las visitas de mujeres –“siempre eran mujeres”- de negro que acudían al establecimiento a pedir ayuda para ampliar su único recuerdo. “A mi hermana y a mí nos daban miedo aquellas fotos. Sabíamos que aquel hombre no estaba vivo…”. Ellas no lo decían al hacer el encargo, pero Luis no necesitaba oírlo para saberlo.

Las fotografías también formaban parte de la correspondencia que los presos intercambiaron con sus familias durante años y asumían el formato de mentiras piadosas. Los presos posaban para el régimen los días de fiesta bien vestidos, leyendo o haciendo deporte en prisión, porque aquellas imágenes, con las que el franquismo quería transmitir benevolencia, arrepentimiento o conversión, servían también para tranquilizar a sus familias.

 A su vez, en las casas, se retrataban para transmitir a los encarcelados que los hijos estaban bien. Felicísima Ortega conoció a su niña al salir de prisión y su niña a ella gracias a las fotos que se habían enviado año a año. “Eran una herramienta fundamental para la supervivencia”, explica Moreno. Al preso le ayudaban a imaginarse fuera, a mantener la referencia de una vida normal. “Beso la fotografía y con eso me consuelo”, le explica en una carta desde la cárcel Santiago Vera a su mujer.

El antropólogo analiza también el intercambio de fotografías de los exiliados con sus antiguos hogares. “Aquí nunca se hablaba de aquello y en el exilio no se hablaba de otra cosa”, explica Moreno. Al principio, los exiliados “se camuflaban, simulaban ser turistas frente a lugares típicos o meros inmigrantes para hacer saber a su familia que habían llegado vivos, pero no perjudicarles si el régimen intervenía la carta”.

 Con el tiempo, la correspondencia se fue normalizando y adoptando el formato de un diario de las ausencias. Las fotografías también muestran el dolor del regreso. Moreno pone un ejemplo: “Un hombre se retrata en la puerta, en las escaleras, en cada dependencia de su antigua casa, como si fuera un monumento familiar... y en todas las fotografías sale solo. Aquí ya no le queda nadie”.         (Natalia Junquera, El País, 28/02/19)

8/3/19

Josette Audin y los “justos” de Argelia. La militante anticolonialista durante 60 años denunció torturas y ejecuciones del ejército francés en la guerra de Argelia...

"¡Hola! El proceso al procés arranca en el Supremo y CTXT tira la casa through the window. El relator Guillem Martínez se desplaza tres meses a vivir a Madrid. ¿Nos ayudas a sufragar sus largas y merecidas noches de fiesta? Pincha ahí: agora.ctxt.es/donaciones

El sábado 2 de febrero, a los 87 años, falleció en París Josette Audin, la anciana de blancos cabellos, frágil aspecto y tierna mirada que saltó a los medios de comunicación el pasado mes de septiembre, cuando el presidente francés, Emmanuel Macron, reconoció la responsabilidad del Estado en la tortura y el asesinato de su marido, Maurice Audin, en la guerra de Argelia, y le pidió perdón en persona.

Josette Audin había exigido justicia a todos los presidentes de Francia desde que a su marido lo detuvieron paracaidistas franceses el 11 de junio de 1957, en la batalla de Argel, y nunca más supo de él. Maurice tenía veinticinco años; era profesor universitario, militante comunista y anticolonialista y padre de tres hijos. Según Pierre Vidal-Naquet (autor del informe L’affaire Audin, que destapó el caso en 1958), los paracaidistas, sospechando que Maurice ayudaba a la guerrilla independentista FLN, lo torturaron para sonsacarle información y lo ejecutaron.

Según la versión oficial, Maurice se escapó durante un traslado, lo que nunca creyeron sus allegados. No obstante, ni sus compañeros de profesión ni sus camaradas (en situación clandestina) pudieron movilizarse para liberarlo, y Josette tuvo que emprender sola la lucha contra el Estado, que durante seis décadas dictaminó que no había lugar para investigaciones. Ni la campaña en memoria de Maurice Audin que organizó el diario L’Humanité ni las cartas que Josette dirigió a Nicolas Sarkozy y a François Hollande en medios de comunicación obtuvieron respuesta.

Macron rompió, pues, el silencio oficial, y al anunciar la apertura de archivos de la guerra de Argelia (aunque no dio fechas) y pedir que los testigos pongan sus documentos a disposición de los historiadores, reabrió el debate sobre los desmanes del ejército francés en Argelia: durante los meses posteriores a su declaración, los medios de comunicación recordaron a quienes, como Maurice Audin, sufrieron torturas y aún están desaparecidos, así como la matanza de manifestantes musulmanes del 8 de mayo de 1945, mientras en la metrópoli se celebraba la victoria frente al nazismo.

El debate sobre lo ocurrido en Argelia está, por tanto, lejos de terminar. La apertura de archivos probablemente desvelará más atropellos del ejército francés, así como otros episodios del conflicto aún desconocidos; sin embargo, un importante capítulo permanece olvidado: la participación de pieds noirs (franceses de origen europeo nacidos en territorio argelino) en la causa independentista. El que la noticia de la muerte de Josette Audin —acaecida solo seis meses después de la declaración de Macron— apenas haya trascendido las fronteras galas es síntoma de la amnesia.

 Ni siquiera hay rastro cinematográfico ni literario de estos “justos” —diría Albert Camus, otro pied noir— que, arriesgando sus vidas, antepusieron sus ideales a su filiación nacional, étnica, lingüística y religiosa.

El olvido se debe fundamentalmente a tres motivos: el primero, que a la ex potencia colonial nunca le ha interesado producir ficciones sobre su derrota ni sobre sus hijos díscolos (para los franceses de Argelia, el peor traidor era un compatriota independentista); el segundo, que la historia oficial ha silenciado a los pieds noirs anticolonialistas, la mayoría ya fallecidos; y el tercero, que habiendo vivido mayoritariamente en Francia desde 1962, año de la emancipación, estos activistas mantuvieron perfil bajo por miedo a sufrir represalias de partidarios de la “Argelia francesa”, que impusieron su relato del episodio histórico.

Por otra parte, los pieds noirs anticolonialistas formaban un conjunto heterogéneo —y mal avenido—, unido solo por un fin. La mayoría, como el matrimonio Audin, eran comunistas que, ante la ambigüedad del Partido Comunista Argelino en el conflicto, ayudaron al FLN (los “portadores de maletas” repartían dinero, víveres y armas a los guerrilleros) y/o se unieron a él. El más conocido fue Henri Alleg, director de Alger Républicain (donde Albert Camus publicó artículos) y una de las últimas personas que vieron vivo —aunque moribundo— a Maurice Audin. Alleg pasaría a la historia por escribir La question, relato de las torturas que le infligieron militares franceses y que redactó sobre papel higiénico del campo de internamiento de Lodi.

Un colectivo menos numeroso pero tan implicado en la independencia argelina como los comunistas fueron los anarquistas. La Fédération Communiste Libertaire (FCL) y el Mouvement Libertaire Nord-Africain (MLNA) formaron en 1954 (año en que comenzó la guerra) la primera red de portadores de maletas. Los activistas Georges Fontenis, Line Caminade, Paul Philippe, Pierre Morain, Suzanne Morain y Léandre Valéro pasaron años recluidos en Lodi y en prisiones de Francia, donde también recababan apoyos para el FLN. Paradójicamente, los libertarios que ayudaron al primer movimiento independentista argelino, el MNA, de Messali Hadj, recibieron ataques del FLN, que acusaba a los mesalistas de inmovilismo.

Capítulo aparte merecen los pieds noirs judíos anticolonialistas. Presentes en Argelia antes que los árabes, los judíos habían sufrido discriminación bajo mandatos otomano y francés, hasta que el decreto Crémieux (1870) les convirtió en franceses de pleno derecho, estatus que perdieron durante el régimen de Vichy y recuperaron tras la Segunda Guerra Mundial. La memoria de las injusticias sufridas incitó a algunos hebreos a apoyar la independencia pese al recelo existente entre musulmanes y judíos, cuenta Nathalie Funès en Mon oncle d’Algérie, cuyo protagonista, el ex resistente antifascista y militante libertario (además de tío de la autora) Fernand Doukhan, no soportaba que Francia humillara a los indigènes, algo que los nazis ya habían hecho con los franceses —judíos en especial— durante la ocupación.

Ningún colectivo de pieds noirs anticolonialistas ha permanecido sin embargo tan olvidado como el de las mujeres, cuyo afán por conseguir justicia social incluía la igualdad entre sexos. Si bien algunas activistas musulmanas —las famosas moudjahidate— tuvieron reconocimiento y popularidad (Djamila Boupacha recibió apoyo de Simone de Beauvoir y de Pablo Picasso), de las activistas HG Esmeralda, judía comunista torturada con picana eléctrica, así como de Jacqueline Guerroudj y Monique Hervo, por citar solo tres ejemplos, apenas sabemos nada, y merecerían un artículo para ellas solas.

Más atención merecería también el devenir de los pieds noirs anticolonialistas tras la independencia, a la que, según Pierre Daum, siguió una euforia que se convirtió en sensación agridulce, o incluso, en desengaño: durante la guerra, algunos militantes —por ejemplo, Fernand Doukhan— fueron deportados a Francia, país del que no sentían formar parte, con la prohibición de retornar a Argelia bajo riesgo de sufrir durísimas condenas; otros, tras haber pasado años en cárceles francesas, consideraban la Argelia libre como un país lejano, extranjero; la mayoría, cumplido el objetivo de la independencia, se instalaron en Francia, donde siguieron discretamente la vida política argelina y militaron en otras causas.

En cambio, una minoría permaneció en Argelia desdeñando “la maleta o el ataúd”, creencia según la cual los musulmanes ejecutarían a todo francés que no abandonase el país tras la independencia. Fue el caso, por ejemplo, de Josette Audin, que se convirtió en funcionaria argelina pese a que ello implicaba una notable reducción de salario. Al igual que otros camaradas, Josette tuvo que abandonar Argelia tras el golpe militar de Boumedienne, en 1966, y se instaló en Francia. Los resistentes fueron marchándose durante las décadas de 1970 y 1980 por la penuria económica, el autoritarismo de los sucesivos gobiernos —que, para ellos, traicionaba la revolución— y la islamización social, hasta que la guerra civil de los años noventa empujó al éxodo a los últimos irreductibles.

La historia de la Argelia independiente, que los pieds noirs contribuyeron a construir, quizá presenta menos luces que sombras. Las desigualdades sociales de un país rico en recursos, el déficit democrático y la falta de libertades de las mujeres, entre otros, son problemas que algunos militantes anticolonialistas ya presagiaban antes de la emancipación. No obstante, lucharon por una causa legítima y no son responsables del devenir del país después de 1962 (a menudo han criticado la evolución sociopolítica de Argelia). Por tanto, antes de que el último de ellos muera, merecerían salir del olvido y que se reconociera su esfuerzo."                    (Gonzalo Gómez Montoro, CTXT, 27/02/19)

7/3/19

Lázaro con un gesto de la cabeza hizo que siete Cabos de Vara le rodearan... Entonces empezaron a pegarle como si fueran salvajes, Manuel no gritaba, no se quejaba, solo recibía cada golpe en todo su cuerpo como si ya supiera que de allí no escapaba... De Manuel solo se veía la sangre y los ojos fijos en el fascista... se murió de píe, no se movía, los falangistas pararon de golpearlo, se miraban unos a otros asombrados, no entendían que aquel hombre pudiera aguantar el dolor con tanta valentía

"(...) Al periodista de Lanzarote lo estaba esperando el teniente Lázaro, que era uno de los jefes del campo de concentración de La Isleta. Lo traían en un camión de los terratenientes ingleses desde el muelle de Las Palmas junto a otros hombres detenidos de las islas de Fuerteventura y Lanzarote. 
Desde que llegó vimos que Manuel Fernández destacaba por su altura, era un cachorro de hombre, musculoso y fuerte, traía una boina y una camisa blanca manchada de sangre por los golpes y la tortura desde que lo detuvieron en Arrecife el día anterior. El teniente fascista esperaba con las manos atrás golpeándose la rodilla con una vara que siempre llevaba a todas partes para darnos leña a los presos.

Eran las siete de la mañana y ordenó los Cabos de Vara que sacaran a todos los presos al exterior de los barracones, que se parara de forma inmediata toda actividad, incluso a quienes picábamos piedra en los trabajos forzados nos obligaron a sentarnos junto al barracón número 4, algunos en el suelo otros de pie, parecía que nos iban a sacar una foto, todos nos mirábamos extrañados pero el teniente alzó la voz y nos mandó guardar silencio.

El camión paró a unos cien metros de nosotros bajando a patadas y culatazos a doce hombres, en su mayoría muy jóvenes, con la excepción de Justo Guadalupe el maestro de Teguise, que tendría unos cincuenta años y se le veía muy debilitado por el maltrato y el largo viaje desde la isla vecina. Lázaro se acercó lentamente y los detenidos estaban formados, parecían medios muertos, muy pálidos y con las cabezas gachas, solo Manuel Fernández el periodista lo miraba a la cara al teniente. El fascista dijo casi gritando:

- ¡A este hijo de puta me lo ponen aparte que lo conocemos muy bien!

Entonces dos falangistas y un Cabo de Vara cogieron a Manuel por los brazos a la fuerza y lo pusieron en medio del campo de instrucción, junto a la bandera española con yugos y flechas, llevaba las manos atadas a la espalda y se le veían las venas rojas por lo apretado de las sogas de pitera en sus muñecas. 
Lázaro con un gesto de la cabeza hizo que siete Cabos de Vara le rodearan con los palos, uno de ellos llevaba una pinga de buey.
Entonces empezaron a pegarle como si fueran salvajes, Manuel no gritaba, no se quejaba, solo recibía cada golpe en todo su cuerpo como si ya supiera que de allí no escapaba, Lázaro gritaba:

- !Como aguanta el cabrón¡

- Ahora escribe con tu puta sangre mal nacido bastardo, escribe sobre nuestro general Mola, escribe maricón, atrévete a insultar a los héroes de nuestra patria con tus asquerosos artículos.

De Manuel solo se veía la sangre y los ojos fijos en el fascista, chorreaba de rojo, la ropa era roja, todo era rojo, hasta que cerró los ojos, estaba muerto, se murió de píe, no se movía, los falangistas pararon de golpearlo, se miraban unos a otros asombrados, no entendían que aquel hombre pudiera aguantar el dolor con tanta valentía..."


Extracto de la entrevista a mi abuelo Juan Tejera Pérez el 5 de mayo de 1976."       (Viajando entre la tormenta, 11/12/18)

5/3/19

Los líderes territoriales que están siendo asesinados —todos los días, a cada instante— entre el Río Bravo y el Río Suchiate, no solo defienden un pedazo de tierra. Esto es lo que no toleran y lo que genera más encono entre los poderes fácticos. Que ellos, cuando defienden la tierra, defienden una construcción emocional, intelectual, hereditaria e identitaria...

"El último fue Samir Flores, asesinado ante la puerta de su casa, instantes después de que amaneciera y luego de que varias personas, según el relato de su madre, gritaran su nombre, de manera insistente, en la calle.

Samir era náhuatl y era uno de los líderes más importantes en la lucha contra el Proyecto Integral Morelos, del que la termoeléctrica de Huexca no es sino la joya de la corona. Una corona contra la que Samir, originario de Amalcingo y fundador de la radio comunitaria Amiltzinko, se oponía desde que fuera anunciada la construcción del gasoducto que atravesaría, transformaría y violentaría el territorio de su comunidad.




El penúltimo fue Noé Jiménez, quien el jueves 17 de enero, sobre la plaza de Amatán, fue baleado, secuestrado y desaparecido por un grupo paramilitar al servicio del Gobierno municipal y de la familia Carpio, que en aquella región del país vienen a ser más o menos lo mismo.

Noé era zoque y además de haber sido uno de los fundadores del Movimiento por el Bienestar, la Paz y el Bien Común de Amatán, que exigía el fin de la corrupción gubernamental y denunciaba su asociación con el crimen organizado —el municipio es un corredor en el trasiego de personas, drogas y armas—, formaba parte de la Comisión Política de la Coordinadora Nacional Plan de Ayala: llevaba, pues, varias décadas luchando contra concesiones mineras, contra el despojo agrario y contra la tala indiscriminada de maderas preciosas.

Que quede claro: como Samir Flores, Noé Jiménez, cuyo cuerpo fue encontrado en las inmediaciones de un basurero, con señas evidentes de tortura y desfigurado por el ácido con el que lo rociaron durante los últimos instantes de su vida, era, ante todo, un defensor del territorio.

Y no hablo de territorio tal y como lo imaginamos los habitantes de las ciudades ni tampoco en la acepción que a este le otorga el diccionario: "1. m. Porción de la superficie terrestre perteneciente a una nación, región, provincia, etc. 2. Terreno. 3. m Circuito que comprende una jurisdicción, un cometido oficial u otra función análoga. 4.

 Terreno o lugar concreto, como una cueva, un árbol o un hormiguero, donde vive un determinado animal, o un grupo de animales relacionados por vínculos de familia, y que es defendido frente a la invasión de otros congéneres".

Hablo del territorio tal y como este era comprendido, vivido y protegido por Samir y por Noé, tal y como este era comprendido, vivido y protegido por los más de 200 lideres indígenas, campesino y comunales que, durante los últimos cinco años, según Frontline Defenders, han perdido la vida en los diferentes rincones de México. 

Hablo, pues, del territorio como ese espacio físico, pero también simbólico; donde además de lo tangible (una cosecha, por ejemplo) se reproduce lo intangible (todo aquello que se imagina y se sueña alrededor de una cosecha, por ejemplo); donde importa tanto el futuro como el pasado, y donde la economía no es más que una herramienta de la política, la cultura y el medio ambiente.

Obviamente, resulta fundamental entender el territorio de esta manera, para entender el miedo y el odio que los líderes como Samir y Noé inspiran en los factores reales de poder en nuestro país —entre los cuales, desgraciadamente y por increíble que nos parezca, debemos contar, desde hace tiempo, al crimen organizado—. 

Y es que nadie se opone con mayor fuerza y radicalidad a las mineras, a la agroindustria, al narcotráfico, a los grupos paramilitares y a los latifundistas de toda la vida, que aquellos que defienden una forma de habitar el mundo diferente a la que busca imponer el hipercapitalismo. Un hipercapitalismo que, en México, como en el resto de América Latina, parece haber llegado a ocupar el sitio del neoliberalismo, a pesar de que los presidentes, sean estos de derecha o de izquierda, aseveren lo contrario.

Además de un lugar, defienden lo que sucede, lo que sucedió y lo que habrá de suceder en tal o cual lugar determinado: defienden el tiempo. Además del choque entre la visión economicista y la visión político cultural, asistimos, entonces, al choque entre el mundo de lo inmediato y un mundo donde el tiempo es todo menos algo asociado a la caducidad. 

Hace unas cuantas semanas, el escritor colombiano Juan Cárdenas, cuyo país padece la misma epidemia de asesinatos, secuestros y desapariciones de líderes indígenas, campesinos y comunales que sufrimos en México, definía, en este mismo diario, el asunto del que hablo aquí, de manera por demás exacta: "Quienes ordenan estos asesinatos (los de los líderes territoriales) buscan destruir las ideas, el conocimiento, la experiencia, en definitiva, el futuro de las comunidades, pues consideran que la noción misma de territorio, así como sus usos plebeyos representan un obstáculo que debe ser eliminado".

Quizá, al párrafo escrito por Cárdenas, haría falta añadirle solamente una dimensión más: aquella que nos hace comprender que, con el asesinato de los líderes territoriales, no solo se busca destruir el futuro de las comunidades y, junto con éstas, de nuestros países, sino que también se busca destruir, destrozar, arrasar y condenar al olvido nuestro pasado. Asunto, por supuesto, que de ninguna manera resulta menor, pues es precisamente en ese pasado en donde arraiga y en donde enraíza la noción de territorio que he intentado definir aquí.

A fin de cuentas, el territorio que está en disputa es también el de la memoria. Porque todo territorio es una manifestación, una forma y una proyección de la memoria. En este sentido, con el asesinato de los líderes territoriales, los factores de poder no solo buscan apropiarse de extensiones de tierra para su explotación inmediata, condenando a millones de personas al trabajo semiesclavizado, sino que buscan, al mismo tiempo, obligarnos a olvidar.

Los asesinos saben que, con el olvido, comienza la desintegración del territorio. Por eso su objetivo son los líderes como Samir y como Noé, quienes son, en suma, los guardianes de la memoria, del tiempo, de la experiencia, del conocimiento, de la imaginación, de la riqueza tangible e intangible y del espacio y la vida que componen nuestros territorios.

La situación resulta bastante transparente: estamos atestiguando una guerra de aniquilación, dirigida contra los guardianes de lo que somos, peor aún: de lo que hemos sido y de lo que podemos ser.
El riesgo, sin embargo, lo corremos todos: un día despertaremos, asustados, tras haber soñado la pesadilla de Primo Levi. 

Aquella que el escritor le reveló a Ferdinando Camón: "Cuando estaba en el campo de concentración, siempre tenía el mismo sueño: soñaba que regresaba, que volvía con mi familia y les contaba lo que había vivido, pero no me escuchaban. La persona que tengo enfrente no me hace caso, luego se da la media vuelta y se marcha".

Resulta urgente empezar, como sociedad, a defender a quienes nos han estado defendiendo desde siempre, recordar a los que han sido exterminados y abrazar las ideas por las que murieron."                       (Emiliano Monge, El País, 02/03/19)

4/3/19

La judía que ayudó a la Gestapo en el Holocausto

"Takis Würger, escritor y periodista del semanario alemán Der Spiegel, es el autor del último superventas que ha generado una agria polémica en el mercado literario germano. Se titula Stella, nombre de la principal protagonista de la novela. Stella Goldschlag fue una judía alemana que estuvo al servicio del III Reich para denunciar y capturar a judíos alemanes que fueron enviados a los campos de exterminio. 

A Stella se la ha considerado destacada dentro del grupo de "informadores judíos de la Gestapo", la policía política nazi. Se estima que entregó a unos 300 judíos alemanes. Los nazis hicieron de Stella una colaboradora a base de, entre otras cosas, palizas, torturas, amenazas de muerte y coacciones. En último término, sus padres fueron apresados por los nazis y aseguraron a Stella que, a cambio de su colaboración, no terminarían en Auschwitz. Una promesa que no cumplieron. Sus padres fueron enviados a morir en aquel campo de exterminio en febrero de 1944. Antes, acabaron con igual destino su primer marido, el músico judío Manfred Kübler, y sus suegros. 

Pese a la muerte de sus padres, Stella siguió trabajando para el III Reich. Acabada la Segunda Guerra Mundial, tuvo que enfrentarse a tres procesos judiciales. En uno de ellos, un tribunal militar soviético la condenó en 1946 a diez años de cárcel y trabajos forzados. Después, se convertiría al cristianismo y al antisemitismo. En 1994, con 72 años, se quitó la vida. Saltó por la ventana de su apartamento de Friburgo (suroeste alemán). 

Se ha dicho que la suya es una de las historias "más grotescas" de la Alemania nazi. Esa historia es, precisamente, la que ha servido a Würger para escribir su novela. En realidad, la vida de Stella ya quedó relatada en los años noventa a cargo del periodista alemán Peter Wyden, un judío berlinés que fue en su día compañero de instituto.

Wyden y su familia tuvieron suerte suficiente como para poder gozar de un visado que les llevó a Estados Unidos antes de que comenzara el Holocausto. El periodista acabaría entrevistando y narrando la historia de su ex compañera de instituto en el libro Stella (Ed. Simon & Schuster, 1992). Tras ello, Wyden escribiría: "Me sentí sucio por sus palabras (…). 

Haber compartido la misma clase con Stella se convirtió en algo embarazoso, como haber tenido una cena alegre con un violador".
Takis Würger reconoce en ese volumen una "fantástica fuente" de información e inspiración para su Stella. Otra cosa es que su libro genere opiniones tan favorables como la que él expresa por el trabajo de Wyden. Desde que apareció su novela el pasado mes de enero, buena parte de la critica literaria se ha lanzado contra Würger. Su libro puede estar entre los que mejor se venden estos días en las librerías alemanas. Pero en su caso el éxito comercial está muy peleado con la crítica. 

Entre otras cosas, los críticos no perdonan a Würger recurrir al personaje que traslada la historia al lector. Se trata de Friedrich, un joven suizo que elige en 1942 Berlín como destino para viajar y vivir. Ese personaje es quien conduce el relato. Él se enamorará de Stella y hará amistades entre los SS de Berlín. La fortuna de la familia del joven permite a Friedrich vivir despreocupadamente pese a las estrecheces impuestas por de la Segunda Guerra Mundial.

"Yo no quería que mi amigo Tristan estuviera en las SS. No quería que Kristin [otro nombre que se atribuye a Stella, ndlr.] trabajara para un ministerio. Yo quería que los tres siguiéramos bailando", se lee a través del narrador del libro. En vista de la relación que desarrollan esos tres protagonistas de Stella, hay quien acusa a Würger de haber querido montar en pleno contexto de la Segunda Guerra Mundial y uno de los peores regímenes políticos que ha conocido Europa una relación de personajes a lo Jules, Jim y Catherine en la película Jules et Jim de François Truffaut.

 

"Una abominación, un ultraje, un insulto"


Jan Süselbeck, profesor de estudios alemanes en la Universidad de Calgary, en Canadá, escribía en el semanario Die Zeit una demoledora crítica según la cual Würger había escrito "una abominación" con "estilo de literatura infantil". En las páginas del Süddeutsche Zeitung, un artículo sobre Stella del critico literario Fabian Wolff llevaba por título: "Un ultraje, un insulto y una ofensa real". 
Julika Griem, directora del Instituto para Humanidades de Essen (oeste), llegaba a decir en la radio pública Deutschlandfunk que el volumen de Würger era "deprimentemente malo".

Se le reprocha también haber caído en una representación kitsch del nazismo. No en vano, la edición dominical del Frankfurter Allgemeine Zeitung se preguntaba hace unos días a cuenta de Stella: "¿Qué es esta historia nazi para tontos?"

El libro aspira, según su editor, a "contar lo incontable". Eso, cuando a estas alturas se cumplen casi tres décadas de la aparición del volumen de Wyden. A su publicación en 1992 siguió la publicación de numerosos reportajes sobre Stella Goldschlag en prensa, además de un documental y hasta un espectáculo musical con el nombre de la famosa colaboradora judía del nazismo. 

En base también a la grandilocuente promesa del último libro sobre Stella, el diario izquierdista berlinés Tageszeitung se refería al de Würger como "un timo literario" en un artículo del autor Carsten Otte. Él lamentaba que el ruido generado por el libro haya desencadenado un debate que anime aún más las ventas de la novela. "Este libro tan flojo en tantos aspectos no ofrece una base adecuada para algo así", asegura. Pero esa, ni ninguna otra crítica, ha impedido que Stella siga entre los libros superventas de Alemania."                  (Aldo Mas, eldiario.es, 25/02/19)

1/3/19

Entre 1963 y 1968 el establishment de la seguridad nacional de EE.UU eliminó a los dirigentes de la oposición y a los principales políticos: el presidente John F. Kennedy, Malcom X, Martin Luther King y el candidato a la presidencia, Robert Kenned. No hay otro caso comparable de una purga tan radical en ningún otro régimen parlamentario

"La noticia saltó el 19 de enero. Un grupo de personalidades, intelectuales, juristas, actores y familiares, pidió que se reabran las investigaciones de los cuatro principales asesinatos políticos de los años sesenta en Estados Unidos. Se trata, por orden cronológico, de los casos del presidente John F. Kennedy, del activista Malcom X, de Martin Luther King y del senador Robert Kennedy.

Entre noviembre de 1963 y junio de 1968, el establishment de la seguridad nacional eliminó a los dirigentes de la oposición y a los dirigentes y activistas políticos con veleidades de cambio y reforma, incluido el presidente del país, los dos principales líderes de la oposición a la guerra de Vietnam -uno pedía la “retirada militar inmediata” (King) el otro solo “detener los bombardeos”- y al más influyente activista de la minoría negra. No hay otro caso comparable de una purga tan radical en ningún otro régimen parlamentario.

Crímenes de Estado

Constituido en Comité por la verdad y la reconciliación -un nombre que homenajea a la comisión que investigó los crímenes del Apartheid en África del Sur- el grupo califica esos asesinatos de, “asalto salvaje y concertado a la democracia” y “actos organizados de violencia política” que tuvieron un, “impacto desastroso en la historia del país”. Todos ellos querían de manera diversa, “apartar a Estados Unidos de la guerra y dirigirse hacia el desarme y la paz, salir de la violencia y la división interior y avanzar hacia la amistad civil y la justicia”.

Sobre el asesinato de John Kennedy, el grupo dice que, “fue organizado en las altas esferas de la estructura de poder de Estados Unidos y llevado a cabo por elementos superiores del aparato de la seguridad nacional que utilizaron, entre otros, a personajes de los bajos fondos para ayudar a su ejecución y encubrimiento”. Recuerdan los “juicios farsa” que rodearon los cuatro asesinatos y apelan al Congreso a que exija la publicación de todos los documentos gubernamentales, que deberían haber sido desclasificados por completo en 2017 pero que la CIA y otras agencias mantienen en secreto.

Oficialmente todos fueron muertos en atentados obra de “locos solitarios”; Lee Harvey Oswald mató a John Kennedy antes de ser muerto a su vez por Jack Ruby, Malcom X, murió a manos de tres negros musulmanes, Marti Luther King cayó a manos del loco James Earl Ray y el senador Robert Kennedy bajo las balas de Sirhan Sirhan, un palestino perturbado.

Forman parte del grupo los hijos de Robert Kennedy, abogados y colaboradores de Martin Luther King, médicos y forenses de renombre que trabajaron en el caso JFK, el disidente Daniel Ellsberg que destapó los papeles del Pentágono, cantantes como David Crisby, el cineasta Oliver Stone, autor de una gran película sobre el caso JFK, actores de Hollywood, etc. La noticia era clara, incluso desde el punto de vista del espectáculo y las personalidades firmantes, pero muy pocos se hicieron eco de ella. Ningún gran medio español lo hizo.

¿Les suena Michael Hastings?

Mientras nos entretienen con las fechorías de los países adversarios, la simple realidad es que no solo de puertas afuera, donde es la principal dictadura del planeta, sino en sus relaciones interiores, Estados Unidos es un ejemplo bastante bueno de estado policial en el trato a sus propios disidentes, con uso del asesinato político encubierto en casos extremos y la violación permanente de derechos elementales de aquellos que considera políticamente peligrosos.

El vicepresidente Henry Wallace tuvo su correo controlado y su teléfono pinchado por la policía política, por defender que la amenaza soviética estaba siendo exagerada por el complejo de la seguridad nacional. Lo mismo le ocurrió al candidato presidencial George McGovern, a cantantes como Pete Seeger o Woodie Guthrie, músicos como Duke Ellington, científicos como Albert Einstein, los activistas del Occupy Wall Street o Black Lives Matter… En fín, desde que Eduard Snowden demostró documentalmente la existencia de Big Brother, y su encarnación en la NSA, las más básicas garantías constitucionales son negadas al conjunto de la ciudadanía mundial desde Estados Unidos.

Todos conocen el caso de la periodista rusa Anna Politkovskaya, pero a muchos menos les suena el nombre de Michael Hastings Los Solzhenitsin, Sájarov y demás de nuestro tiempo llevan nombres anglosajones; Eduard Snowden, Julian Assange, Chelsea Maning, etc.

La cobardía de Obama

La publicación del manifiesto no noticiado del Comité por la verdad y la reconciliación vino precedida en apenas quince días, por el fallecimiento del gran sociólogo norteamericano Norman Birnbaum. En su retrato de la cobardía de Barack Obama, Birnbaum explicaba hace unos años, en una entrevista con Deutchlandfunk, que el presidente tuvo muy presente durante su mandato el destino de otros personajes de la vida americana, como los cuatro mencionados, que llegaron a representar determinados riesgos de reforma. “Nuestro sistema tiene formas y maneras de advertir para que no se superen determinados límites”, decía. “Creo que en el caso de Obama, el presidente ha hecho para su persona esa lectura de nuestra historia”.

Desde la advertencia del Presidente Dwight Eisenhower, en su discurso de despedida del 17 de enero de 1961 (“Debemos cuidarnos de la adquisición de influencia injustificada, tanto solicitada como no solicitada, del complejo militar industrial“,  Oliver Stone inicia su película sobre JFK con esa cita), el presidente de Estados Unidos es un prisionero del aparato de seguridad nacional. “Ese aparato tiene sus propias leyes y sabe perfectamente cómo disciplinar a la gente”, decía Birnbaum a propósito de Obama.

Dándole la vuelta a lo que siempre se dijo sobre el comunismo, que era un sistema irreformable, la simple experiencia nos lleva a pensar más bien lo contrario: A lo largo de más de cuarenta años, los países del Este de Europa no pararon en intentar reformas hacia el “socialismo de rostro humano” que la URSS impidió siempre, el comunismo soviético fue tan reformable que hasta se autodisolvió, y en China y Vietnam se ha entronizado algo parecido a la “reforma permanente”.

Lo que se ha demostrado históricamente irreformable es más bien el sistema de Estados Unidos. Una sociedad de extrema desigualdad, desprovista de estado social, regida por el interés de una minoría y faro del mundo moderno, que elimina a los líderes que representan riesgos de transformación, y disciplina de paso a quienes llegan al poder con ínfulas de cambio.

Sacar a la luz esa historia, naturalmente, no es noticiable y cuando se saca a colación siempre hay algún genio que suelta aquello de la “teoría de la conspiración”. El concepto fue acuñado por la CIA en los años sesenta, precisamente para cortar el cuestionamiento de la increíble versión oficial de la muerte de Kennedy… Desde entonces no paran: cada vez usan más ese latiguillo, porque cada vez tienen más estiércol que ocultar."                  (Rafael Poch, blog, 30/01/19. Publicado en Ctxt)

28/2/19

“Cuando vieron que sacaban a su padre del calabozo, y sabiendo que lo iban a fusilar, mis tías se agarraron a sus piernas, a una de ellas le dieron con el mosquetón y le cortaron la oreja”. Después “les cortaron el pelo y les pusieron una banderica. A mi abuela le pusieron un cartel en la espalda que ponía ‘roja’ y la pusieron a barrer las calles”

"(...) María Andresa Marikovich Cánovas no había nacido, pero ha escuchado demasiadas veces los hechos que destrozaron a su familia. Imposible ignorarlos: “No olvido, y, si hay dios, que perdone él”, dice. Por su madre y sus tías supo que, el día del golpe de Estado de 1936, su tío, un anarquista de Aljafarín (Zaragoza) había viajado a la capital: “Al volver le habían hecho una hoguera en la plaza del pueblo para quemarlo vivo”.

Al ver el macabro recibimiento, evoca, se escapó, “pero le pegaron dos tiros”. A pesar de todo logró huir al monte, donde se recuperó hasta que pudo marcharse: “No supimos nada más de él”. Mientras estuvo escondido en la montaña, “mi abuela (su madre) le llevaba mendrugos de pan en los calcetines cuando decía que iba a buscar leña”.

Pero eso no iba a quedar así: “Al no pillar a mi tío fueron a buscar a mi abuelo y lo metieron en el calabozo. Alrededor del 30 de julio lo sacaron y lo fusilaron”.

Tampoco era suficiente: “Cuando vieron que sacaban a su padre del calabozo, y sabiendo que lo iban a fusilar, mis tías se agarraron a sus piernas, a una de ellas le dieron con el mosquetón y le cortaron la oreja”. Después, continúa María Andresa, “les cortaron el pelo y les pusieron una banderica. A mi abuela le pusieron un cartel en la espalda que ponía ‘roja’ y la pusieron a barrer las calles”.

Su madre, que también pisó la cárcel en aquellos tenebrosos años, es quien ha impelido en María Andresa la fuerza para seguir: “Tenía obsesión por saber dónde está enterrado su padre, y se murió (en 1997 con 78 años) sin saberlo. Hacer esto se lo debo a ellos”.  (...)"               (Óscar F. Civieta, eldiario.es, 22/02/19)

27/2/19

Después de que el cádaver del Presidente de la Diputación apareciera flotando en el canal... le fué incoado un expediente en el que le reclamaban 50.000 pesetas de la época, con lo que fueron incautados su clínica, sus ahorros y los muebles de su casa...

"(...) Manuel Pérez Lizano es un testigo de lo indiscriminado de la represión de los sublevados en Zaragoza. Conocido médico, alcalde entre 1932 y 1933 y presidente de la Diputación Provincial en 1936, militaba en el partido Derecha Liberal Republicana, ajeno al Frente Popular aunque después pasaría por Izquierda Republicana, y era un destacado miembro de la burguesía liberal de la ciudad.

Tras ser cesado por el gobernador militar en julio de 1936, pasa diez días detenido y queda en libertad hasta que el 10 de agosto reclaman su presencia las fuerzas de seguridad. Tres días después, su cadáver aparecía flotando en las aguas del Canal Imperial: le habían volado la cabeza de un disparo cuyo proyectil se alojó en su colon, según la autopsia realizada en la Facultad de Medicina.

Dos semanas después de morir, la Comisión Provincial de Incautaciones le incoaba un expediente en el que le reclamaban 50.000 pesetas de la época, con lo que fueron incautados su clínica, sus ahorros y los muebles de su casa. (...)"                 (Eduardo Bayona, Público, 31/01/19)

26/2/19

Rita Prigmore, superviviente gitana del nazismo: "Tras el Holocausto el racismo seguía allí y ahora crece de nuevo"




"Conversamos con Rita Prigmore, una mujer gitana que fue sometida a los experimentos biológicos del Nazismo contra la población judía y gitana en los que falleció su hermana gemela.

Ahora, a petición de su madre, centra su activismo en la lucha contra el racismo recordando su experiencia y afirma que "está en manos de los políticos el que no haya cuestiones raciales sobre nadie"               (Moha Gerehiou, eldiario.es, 22/12/18)

25/2/19

Una pintada, un disparo en la cabeza... en 1977

"(...) Miguel Basanta Lopéz murió con 32 años el 5 de febrero de 1977 después de que le atravesara la cabeza una bala disparada por el agente de la Policía Armada que le había encañonado tras sorprenderlo cuando estaba pintando “Trabajo sí. Policía no” en una pared de la calle Santa Gema, en Torrero. Eran las nueve de la noche y moría tres cuartos de hora después en el cercano hospital de San Juan de Dios.

La querella reseña cómo el policía, que estaba paseando por la zona, “presumiblemente a la vista de la ‘pintada’, a modo de represalia, encañonó” al joven. Este, “en reacción instintiva de defensa le volvió la espalda protegiéndose la cabeza con la mano izquierda, momento en el cual el agente disparó un tiro que atravesó la mano con la que se protegía la cabeza”.

El “acometimiento fue súbito, imprevisto, desproporcionado y sin posibilidad alguna de defensa del fallecido, dada la obvia posición de espaldas que ocupaba con respecto al policía”, señala la querella, que califica jurídicamente los hechos como asesinato. (...)"                                      (Eduardo Bayona, Público, 31/01/19)

22/2/19

¿Sentía?... Cuando ya vienes en ese tren, y te pegan cuando no caminas, y te ponen el número [tatuado en la piel: presa número 4.065] y llegas al baño y te cortan los pelos, de todas partes... ya no eres más humano. Ya no hay más hombre...

"Existen el horror y la música. Existen la risa y la barbarie. Y todo ello puede coexistir en este mundo. Coexistir: darse al mismo tiempo en un mismo espacio. Lo cual no es sinónimo de convivir. Existen en paralelo: no se mezclan, no se aparean. La naturaleza no les permite disolverse el uno en el otro.

Muchas veces, sin embargo, la música puede suspender al horror, aliviarlo.
Y otras veces, raras veces, con una depravación exactamente inconcebible, el horror puede violar a la música.

 – ¿Me cree usted que cuando salíamos había música? Salíamos de la puerta al paso de la música.    
– ¿Qué clase de música?
– Alemana. Militar. Así era por la mañana y por la tarde. La música. Pasábamos la puerta con la música. No se puede imaginar cómo es posible que haya cosas así...

(No sabemos a qué puerta concreta se refiere en su relato Anette Cabelli. No se lo vamos a preguntar ahora, para no interrumpirla. En realidad sólo caben dos opciones: la puerta del barracón en el que dormía, o la puerta de los lugares en que trabajó, durante los dos años que pasó en campos de exterminio del régimen nazi, entre 1943 y 1945.)

– Eran doce horas de trabajo, cada día. Lo peor era levantarnos a las 6 de la mañana; con lluvia, con nieve... A esperar a que vinieran a contarnos. Y luego a trabajar. Con la música. A las 7 venía el café [agua oscura]. Pero era mejor mi trabajo, porque había gente que trabajaba afuera con la nieve, y a los dos meses...

Era mejor trabajar a cubierto, como trabajaba Anette, a sus 17 años, en el barracón que hacía las veces de hospital. Consiguió más tarde que la trasladaran a una fábrica, porque en el hospital no estaba rodeada de nieve pero sí de muertos. Muertos que se resistían a morir. “Ya no podía más ver muertos. 

Porque había cinco personas aquí, y cinco aquí [va dibujando niveles de altura con la mano, uno encima de otro], y a las enfermas que estaban abajo las quitábamos para dejarlas afuera, a que se las llevaran al gas... Las tomábamos por los pies. No estaban muertas aún. Le decíamos [a la guardesa] ‘Señora, está viva aún’, pero no importaba. Y había otras a las que no les funcionaba ya el cerebro, no se daban cuenta de nada. 

Y ratones así de grandes [dibuja con las dos manos el tamaño aproximado de un gato], que les comían a los enfermos lo poco que les quedaba de carne... Entonces pedí trabajar en la fábrica de bombas. Allí encontré a mi hermano. En los tres primeros meses le habían quitado un testículo. Habían estado haciendo experimentos con él”.

 La mujer que está hablando nació en Salónica, Grecia, hace ahora 93 años. Habla un español fluido pero extraño, pespunteado por palabras italianas o francesas cuando no da con el término castellano que busca. Pero algo hay en la manera de construir frases en nuestro idioma que pareciera igual de antiguo que ella misma; quizá más: un castellano viejo de siglos. 

Anette Cabelli es un ejemplo vivo (vivísimo) de la comunidad sefardí; los judíos, expulsados de la península definitivamente por los Reyes Católicos en 1492, que mantuvieron con una fidelidad irreductible sus raíces hispanas en el destierro. Su propia madre, judía griega, hablaba más en castellano (ladino) que en cualquier otro idioma, ya en el siglo XX.

 Escuchar ahora el español de esta viejecilla invencible, sentada aquí delante, en el año 2019 –qué tiempo, el tiempo–, provoca un escalofrío atónito, mezcla de remordimiento y de ternura: ni ella ni los suyos, durante siglos, encontraron más hogar que el de una memoria heredada, refugio último ante la persecución, el desarraigo, el frío.

Los ladridos de los perros, las luces de los faros, los gritos, el cansancio, el frío. En el momento en que Anette subía a un camión con su madre, separados ya hombres y mujeres, oyó que una sobrina suya la llamaba, “Anetta, Anetta”. Quiso buscarla, y un soldado preguntó a Anette qué edad tenía. “Diecisiete”. 

Entonces el soldado la bajó del camión y la reunió con su prima y otras mujeres jóvenes. Le salvó la vida, quizás sin darse cuenta, porque el camión en que iba su madre era para las más mayores, a las que gasearían antes (el pesticida Zyclon B) porque “no servían”, dice ella, para trabajar, o aguantar mucho el trabajo allí.

Aquella frase, a la entrada de Auschwitz: El trabajo os hará libres.  

–¿Qué es lo que sentía?
–¿Sentía?... Cuando ya vienes en ese tren, y te pegan cuando no caminas, y te ponen el número [tatuado en la piel: presa número 4.065] y llegas al baño y te cortan los pelos, de todas partes... ya no eres más humano. Ya no hay más hombre. Estás irreconocible. No me reconocía ya a mí misma... Desnuda, no tenía nada. Porque una vez que dejábamos la ropa pasábamos sin nada a que nos pusieran el número.

La pobreza: “Yo siempre fui povera”, pobre. Ya antes de que los alemanes entraran en Grecia. Pero durante la II Guerra Mundial “teníamos una ración al día. No había pan. Era maíz. Mucha gente se inflaba y moría. Mucha famina [hambre]. Yo puedo decirle a usted que yo siempre tuve hambre. Le decía a mi mamá, porque yo no tenía papá: ‘Mamá, tengo hambre’. Y la pobrecita decía: ‘No hay más’. 

El pan que nos daban para cuatro personas se cortaba en cuatro. Decía mi primo: ‘Esto es para Alberto’, mi hermano, porque trabajaba de mecánico de coches. Y yo le decía: ‘Mamá, ¿por qué tiene más él, ¡si yo soy más pequeña!?’. Y ella me daba su parte. Le hacía sufrir cuando le decía ‘mamá, tengo hambre’. La pobre me daba el suyo. Ahí no piensas que estás haciendo mal. Es después, cuando ya me hice mayor.

(Se hizo mayor, esta mujer sin edad. Pero cuando recuerda su hambre de niña, Anette no recuerda: es la niña hambrienta que fue. Está sentada, aquí delante, jugando encerradita en un cuerpo de 93 años.)
– Usted se acuerda de todo.

– Me acuerdo de todo, de todo, de todo... Cómo se pasó... Nos llevaron al gueto. Era un gueto judío de pobres. Estaba cerca de las vías del tren. Pusieron unos [postes] eléctricos para que no pudiéramos salir. Era 1943, cuando el tren iba a Auschwitz y volvía. En Grecia había 65.000 judíos. Ya en cinco viajes no hubo más.

(Según la Enciclopedia del Holocausto, 40.000 judíos de Salónica fueron deportados a los campos de exterminio de Auschwitz-Birkenau entre marzo y agosto de 1943. “El personal del campo mató a la mayoría en cámaras de gas tras llegar”.)

– Entonces se los llevaron al campo.
– Sí, a toda la familia. Antes, un día, en el gueto, vinieron unos alemanes vestidos de negro todo, con collares [correajes]. Y cogieron a mi hermano de 19 años y se lo llevaron. Nunca más lo vimos. No sabemos si lo mataron o lo quemaron. Yo tenía 17, él 19, y el mayor 21 [aquel día se salvó porque no estaba en la casa]. No sabemos lo que pasó.

Los cogieron a los tres: Anette, su madre y su hermano vivo. Los montaron en el tren. El tren de Auschwitz, que llegaba al campo de concentración “a las cinco y media de la mañana”.

Ya con el uniforme de presa, “una étoile”, una estrella en el hombro: amarilla para los judíos, roja para los presos políticos, rosa para los hombres homosexuales, verde para “los bandidos”, los presos comunes... “Entonces nos encerraron en un bloque durante una semana porque los alemanes tenían miedo de la malaria. Yo también la tenía, siempre tuve la malaria. Estaba siempre enferma. La malaria hacía muchas víctimas, no sólo en Salónica”.

– Habría algún sentimiento, aunque trataran de matarlos también por dentro.  
– No había más sentimiento. Porque ya empezábamos a saber lo que pasaba. Había gente que no sabía luchar, como mi sobrina. Estuvo conmigo trabajando en el hospital y siempre lloraba. Y yo le decía: “Lora, no pienses en la familia; piensa en ti. Mira, yo estoy como tú... Esta noche procuraré ir a robar para tener algo más de comida...”. Ya no hay más sentimiento. 

Sólo se piensa en cómo robar, cómo comer. Porque mi sobrina también, llorando, la pobrecita, tres meses después la cogieron para matarla... Yo decía ‘mañana o después de mañana mi turno llegará’.  Siempre era una lucha para tener un poco más de comida. Y entonces... iba a la cocina de los alemanes. Iba no de pie, pero...

– A gatas.
– A gatas, para que no me viera el mirador [vigilante]. Los alemanes hacían carne y tiraban los huesos. Arrastrándome, volvía al bloque y los repartía... Estaba contenta de que podía ayudar también. Era la podre de los huesos. Lo poco para nosotros era mucho. Y también guardaban el pan que no se comían, para después. Entonces, si sabía que había pan, lo robaba. Cuando tenía el pan me lo comía todo. No guardaba para mañana, porque tenía miedo de que me lo robaran...

“Porque, ¿sabe usted? Cuando se tiene hambre no se percibe que tiene hambre. Puedes esperar tiempo sin comer. Beber no es igual. Pero podía estar lo mismo 48 horas sin comer y no importaba, porque comer era... Cuando ahora dicen ‘tengo hambre’, no saben lo que es tener hambre... [Sonríe.] No decíamos nosotros que teníamos hambre, porque no estaba permitido... 

Había una mujer alemana que me decía hormiga, ‘Hormiga, dónde vas’. Me robaba patatas también. Porque cuando pasaba el poloneso [polaco] con el caballo que traía las patatas al campo, nos poníamos detrás [en cola]. Las manos de sangre por el frío, pero no nos importaba, teníamos dos o tres patatas y nos las comíamos crudas, no teníamos cómo cocinar... Siempre tuve hambre”.

Un día, cuenta en algún momento, se le ocurrió acudir a uno de los médicos de Auschwitz. Esto era “un lujo”, porque en otros campos no existía esa opción. Le había estado doliendo un diente toda la noche. El médico le preguntó “¿dónde tienes el mal?”. La muchacha señaló el diente. Y el médico tomó unas tenazas y se lo arrancó. El mal. “No sé si sabe usted cómo es quitar un diente así, que está sano...”. [Sonríe; mirando bien a los ojos.]

El discurso de Anette Cabelli es trabajoso pero vivaz, vertiginoso y coherente a un tiempo: puede bifurcarse muchos metros en el recuerdo para luego deshacer el camino, volver atrás, como si hubiera ido dejando miguitas de pan que fuera ahora recogiendo otra vez, al desandarlo, para guardárselas, para comérselas luego, o no perderlas nunca. Se le van agolpando las imágenes de otros rostros, otros recuerdos (aquella judía belga, presa desde 1940, que se fugó disfrazada de allí), mientras cuenta otros, pero son muchos, demasiados, y no quiere desatender a ninguno.

 No quiere dejar atrás a nadie, no quiere dejar atrás a ninguno de esos espectros moribundos que no pudieron aguantar el camino, que no tuvieron su dudosa fortuna, su resistencia inverosímil, que no tuvieron la fuerza suficiente para sobrevivir a la caminata interminable del infierno.

El 18 de de enero de 1945, recuerda con exactitud de búho, “ya están los rusos” allí: podían intuirse los aviones del ejército soviético evolucionar en el cielo nocturno, iluminados por los focos del campo de concentración. La guerra estaba perdida para Hitler. 

 Los oficiales de las SS desmantelaron como pudieron Auschwitz-Birkenau, desalojando a los vivos en condiciones de andar, rematando a los no-muertos y tratando de no dejar rastro del gigantesco mausoleo erigido durante años: se estima, el saldo del asesinato masivo sólo en ese campo, en alrededor de 900.000 judíos, 74.000 polacos, 21.000 gitanos rumanos, 15.000 prisioneros de guerra soviéticos y otros 15.000 presos de otras nacionalidades. Para cuando llegaron las tropas rusas, sin embargo, aún quedaban alrededor de 7.000 prisioneros vivos.    

Anette Cabelli y algunos miles más salieron de Auschwitz-Birkenau (muchos descalzos, en la nieve), en dirección al campo de Ravensbrück, a 90 km. al norte de Berlín (allá donde, en 1942, se había instalado, por ejemplo, un sub-campo preventivo para adolescentes y niñas, y donde también habían acabado muchas disidentes políticas del III Reich). “Este andar se decía la marcha de la muerte, porque teníamos que ir a pie hasta la frontera alemana. 

Tuvimos que marchar cinco días a pie. Sin dormir, sin comida, y cuando no marchabas a veces te mataban. La mitad se murieron así”.

Cabelli llegó viva a Ravensbrück. Y aún resistió, fabricando cerillas en aquel último lugar, hasta el 30 de abril de 1945, cuando fueron liberados por las tropas rusas.

“No quise volver más a Grecia”, responde a la pregunta de qué hizo después, cómo fue su vida luego. Pudo hacerse pasar por francesa y llegó a París, donde fue atendida junto con otros desplazados. Tuvo fuerzas para seguir viviendo, “sí; pero la fuerza la tenía cuando estaba en el campo. Después ya no tenía más porque pesaba 32 kilos. Me llevaron directamente al hospital. Estuve tres semanas. El estómago no tenía ya costumbre de comida”. 

“Estuve llorando un año entero. No quería más vivir. Estuve veinte años sin parientes, en un país extranjero, sin nada”.
Se hizo costurera, allí en Francia. Y con el tiempo tuvo marido, hijos, familia.  

– ¿Sonreían allí alguna vez, Anette, en el campo de concentración?
– No.

– ¿Nunca?
– Cada tres semanas teníamos un día de reposo. Como jóvenes, cuando estaba el tiempo bien y hacía sol, nos sentábamos afuera. A veces cantábamos canciones. Y decía una: “Ah, me comería tal cosa”. Y la otra decía: “No, no... mejor lo que mi mamá hacía...”. Pensábamos siempre en la comida.

– Soñaban con cosas.  
–Sí... Yo cantaba muy bien. Y a los alemanes les gustaba mucho que les cantasen. Había una cantiga italiana que se llamaba Mama, so tanto felice... Ellos también tenían una madre, un padre; querían estar con ellos... Ellos [los soldados] también estaban obligados a no hablar. Tenían mucho miedo y por eso aceptaban... Porque el primer campo fue el de Mauthausen, que era para los alemanes que no aceptaban a Hitler, en el 37, 38... No todos los alemanes lo aceptaban... Entonces me llamaban y me decían: “¡Anette!”. “Sí, señora, ¿qué pasa? ¿Hice algo...?” “No, no te preocupes. Es que tienes que ir al bloque de los alemanes para cantar”. Y me sentaba y les cantaba. En griego [sonríe], en español, en italiano...

– ¿Y les cantaba en español?  

– ¡Claro! Sí, señor, porque mi mamá no sabía hablar griego; lo que sabía era español. Las cantaba en español todas. Y yo les cantaba a los alemanes... ¡Y cuando salía tenía un pan! ¡Lo repartía con las amigas! [Abre los ojos, inmensos, riendo casi: casi viendo ese pan.]

–¿Y qué canciones cantaba?
 –¡Ah, las de mi mamá!

–¿Las recuerda?
–¡Claro! Cantábamos...:

¿Dónde estás, corazón,
no oigo tu palpitar.
Es la grande dolor
que no puedo llorar.
Yo quería llorar
mas no tengo más llanto;
la quería yo tanto
y se fue
para nunca tornar.

Cuando se levanta, Anette Cabelli, al terminar la conversación (en el Centro Sefarad, la institución que la trajo a Madrid para contar su historia), algunos de los presentes, la mujer francesa que le asiste y le ha acompañado desde París, le piden que cante esa canción otra vez. Entonces vuelve a cantarla, más alto, más alegre aún, ¿Dónde estás, corazón...?, apoyada en su bastón, su voz dulcísima, sus 93 años erguidos aquí; en pie. Esa canción tradicional española que cantaba una muchacha judía para los soldados alemanes encargados de matarla.

Canta, Anette, y sonríe. Se le encienden los ojos, y sonríe. Sonríe el siglo XX, aquí delante, vivo, en pie. Como una bellísima muchacha invencible de diecisiete años."                ( Entrevista a Annette Cabelli / Superviviente de Auschwitz, Miguel Ángel Ortega Lucas , CTXT, 13/02/19)