24/3/17

Represión franquista en 1942: Los condenados por el 'Parte Inglés'... ocho almerienses fueron ejecutados por reproducir y repartir el parte de guerra británico

"En aquella Almería de abril de 1941, dos años después del final de la Guerra Civil y diez más tarde de la proclamación de la Segunda República, los ciudadanos se estremecían por el anuncio de un procedimiento por un delito de 'adhesión y auxilio de la rebelión' y por 'infracción a la Ley de Seguridad del Estado'.

Fue el llamado caso del 'Parte Inglés', un proceso judicial que se llevó a cabo sin ningún tipo de garantías legales, que quedó como ejemplo de 'represión ejemplarizante' por el cual el Estado Franquista trasladaba la idea de que cualquier intento de ostentar la más mínima libertad de expresión iba a ser condenada y repelida con dureza.

Ocho almerienses, Joaquín Villaespesa Quintana, Cristóbal Company García, Francisco García Luna, Antonio González Estrella, Juan Hernández Granados, Diego Molina Matarín, Francisco Martín Vázquez y la joven de 20 años Encarnación García Córdoba, dependienta de la librería 'La Inglesa', fueron detenidos, encarcelados, juzgados en un proceso absolutamente irregular, condenados a muerte y ejecutados poco más de un año después.

El denominado 'cuñadísimo' de Franco, Ramón Serrano Suñer, hombre fuerte del régimen en sus primeros momentos, abogaba por la integración de España en el Eje que formaban Alemania e Italia, en plena Guerra Mundial. 

Serrano Suñer movía sus hilos y tentáculos, que llegaban incluso a los resortes de la estructura judicial del Estado, para promover acciones, estrategias e instrumentos que movilizasen a la bastante estática opinión pública y sobre todo a los poderes del régimen hacia esa entrada de España en el escenario de la guerra europea.

Muchos no tienen duda de que el caso del 'Parte Inglés' en Almería formó parte de esa estrategia de denostación de todo lob británico, como resorte para empujar a España hacia la germanofilia y, de su mano, hacia la guerra. 

Bien lo describió décadas después José Miguel Naveros en un artículo publicado en 1978 en la revista Tiempo de Historia, en el que describe el proceso y las implicaciones políticas y estratégicas del 'Movimiento' en el proceso, incluyendo la utilización de los medios de comunicación en general y del diario oficial de esta institución en Almería: Yugo.

Un proceso 'prefabricado'

Se condenó a los ocho almerienses tras considerárseles integrantes de una organización clandestina marxista, que estaba, según las autoridades, entregada a la «propaganda, agitación, acción y socorro rojo». El llamado 'Parte Inglés' era una recreación de la crónica oficial de guerra del Estado Británico, reproducido y repartido en diversos ámbitos de la ciudad almeriense, incluida la cárcel de El Ingenio, la antigua fábrica de azúcar cuya fachada está hoy reproducida en la ciudad, como recuerdo a la represión de la que fueron objeto los presos allí ingresados durante el franquismo. 

Los procesados fueron ingresados primero en presión y, el 28 de abril de 1941, en el salón de actos de la Escuela de Artes y Oficios, comenzó un proceso judicial que ha quedado como ejemplo de la manipulación de la legalidad para conseguir condenas preestablecidas.

Un proceso que duró hasta el 11 de agosto de 1942, fecha en la que se dio cuenta de las ocho ejecuciones que ponían fin a un proceso 'fantasma', prediseñado desde el principio y parte de una estrategia ejemplarizante no sólo en Almería sino en el resto del Estado, algunos de cuyos pilares se referían al miedo a la represión que se intentaba y conseguía trasladar con este tipo de medidas trágicas e injustas.

Lo dejaba muy claro la sentencia de ejecución y su posterior reproducción en el diario Yugo de Almería:

 «En el día de hoy, dando cumplimiento a la sentencia que dictó en causa número 1.319 de 1941 el Consejo de Guerra celebrado el día 18 del pasado mes de mayo, han sido ejecutadas las penas de muerte impuestas a Joaquín Villaespesa Quintana, Encarnación Magaña Gómez, conocida por Encarnación García Córdoba, Cristóbal Company García, Francisco García Luna, Antonio González Estrella, Juan Hernández Granados, Diego Molina Matarín y Francisco Martínez Vázquez, como autores de un delito de adhesión a la rebelión, consistente en la formación de una organización clandestina, de tipo marxista, para la propaganda, la agitación, acción y el socorro rojo.

 Con ello y con las graves penas de privación de libertad impuestas a los otros procesados, cuya culpabilidad, aunque en menor grado, se demostró en aquella causa, ha quedado liquidado con el sano y justo rigor exigido por los principios en que se basa nuestro Estado y con la ejemplaridad que reclama el mantenimiento de su seguridad y el respeto a sus leyes, la insensata aventura de quienes no supieron reconocer la generosidad de nuestro Régimen, del que ya habían sido beneficiarios, y olvidando los más sagrados deberes de todo español para la Patria, no vacilaron en laborar contra ella para servir intereses extranjeros»."                (Ideal, 19/03/17)

23/3/17

Queipo de Llano, un "criminal" de guerra con 14.000 asesinatos

"Un crimen de guerra se define como una violación de las protecciones establecidas por las leyes y las costumbres de la guerra, con comisión de infracciones graves y violaciones del Derecho Internacional Humanitario durante un conflicto armado.

 El término se define claramente en el Derecho internacional, incluyendo la convención de Ginebra y en el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional. Los malos tratos a prisioneros de guerra y civiles y los genocidios son considerados crímenes de guerra. 

 El homicidio intencional, la tortura o los tratos inhumanos, causar deliberadamente grandes sufrimientos, atentar gravemente contra la integridad física o la salud, son las acciones más destacadas que definen a un criminal de guerra".

España, campo de pruebas de genocidios: Guernika y la "Desbandá"
 
La guerra civil española supuso un claro ejemplo de la existencia de estos personajes siniestros. Dramáticos episodios bélicos como el bombardeo de Guernica, campo de pruebas para que 60 aviones de la Legión Cóndor nazi junto a la Aviazione Legionaria fascista y la española descargasen durante tres horas una treintena de toneladas de bombas explosivas y seis de bombas incendiarias sobre Guernica y sus 6.500 habitantes, es considerado como el primer "bombardeo en alfombra". 

En el sur de España la masacre de la "Desbandá", significó la marcha desde Málaga a Almería de centenares de miles de malagueños que, huyendo de la represión franquista encabezada por el general Queipo de Llano, fueron atacados desde el mar y bombardeados desde el aire en un continuo ametrallamiento. Supone otro gran triste exponente de la crueldad de criminales de guerra.

Queipo de Llano, "criminal de guerra"
 
Y es precisamente el personaje del general golpista Gonzalo Queipo de Llano, a quien historiadores e investigadores otorgan el tétrico calificativo de "criminal de guerra" por ser el responsable del asesinato colectivo de unas 14.000  personas. El denominado por sus matanzas "Carnicero de Sevilla", Queipo fue quien con horrible manu militari  ejecutó la victoria y represión franquista en el Sureste peninsular.

 Sin embargo por estos hechos demostrados y la saña y odio destilada, jamás fue juzgado por cometer delitos contra la humanidad. Lejos de ello fue objeto de lisonjas, homenajes, rotulación de calles y plazas y como guinda, al final de su vida, se decidió que tanto él como su esposa descansaran en dos grandes tumbas en lugar destacado de una capilla lateral de la basílica sevillana de la Macarena. Un templo reconstruido en 1949 y cuyo padrino en la inauguración bendecida por el Arzobispo fue el propio Queipo de Llano.

Cifras de asesinados
 
Las cifras que muestran a las claras que Queipo entra en esa siniestra calificación de "criminal de guerra" son claras: 12.854 asesinados son los "casos documentados de víctimas", según el libro del historiador José María García Márquez, "Las víctimas de la represión militar en la provincia de Sevilla (1936-1963). A estos hay que sumar 268 ejecutados de otras provincias y 862 muertos en prisión, "la mayoría de ellos en las semanas siguientes al golpe militar", según García Márquez. 

Episodio criminal fue el de como Queipo mandó fusilar a una columna completa de de mineros de Huelva en la muralla árabe lindante a la Basílica de la Macarena, a pocos metros de las lápidas donde reposa ahora-

Las purgas en Andalucía: Usar la máxima violencia como garantía de éxito

El hispanista, historiador y biógrafo de Franco, el inglés Paul Preston, en su obra "El holocausto español con un explícito 'El terror de Queipo: las purgas de Andalucía", mantiene la tesis compartida por otros investigadores de que la estrategia siniestra de Queipo de Llano fue la de perseguir la "máxima violencia" como garante de éxito. 

Abunda en la acción represiva del general mencionando que Cádiz, Huelva y Sevilla fueron provincias arrasadas con la "aniquilación de izquierdistas" por las fuerzas rebeldes del sur al mando de Gonzalo Queipo de Llano.  (...)"                 (Juan Luis Valenzuela, El Plural, 19/03/17)

22/3/17

El padre Nieto señalaba, con su bastón de cojitranco y metiendo la contera por las heridas abiertas de las víctimas, a los que aún respiraban al oficial que daba el tiro de gracia

"(...) Todos aquellos valientes que en las montañas cántabras pensaron en renovar la gesta liberadora de Pelayo tenían sobre sus cabezas la pena de la muerte. Recientemente juzgados unos en La Coruña, después de una larga estada en la cárcel de Camosancos, y otros en la de Celanova, fueron trasladados a San Simón en espera del cumplimiento fatal de la sentencia.

 Encerrados día y noche en la vasta brigada a la sazón convertida en enfermería –sin derecho a pasear más que durante una hora, estrechamente vigilados por hoscos centinelas-, sentían todas las noches el siniestro paso de la Descarnada, que venía a efectuar su macabra leva.  

 Y para que el tremendo instante tuviese más analogía con la representación mitológica de la muerte, llegaba ésta en una lancha motora que traía como enviado del viejo Caronte a un jesuita, llamado el padre Nieto, que deshonraba no a la luctuosa sotana que vestía, sino a la misma Divinidad que tan indignamente representaba.

No había hora fija para la llegada de la temible navecilla. Desde luego, era siempre de noche, pero lo mismo se presentaba apenas se apagaba el último resplandor del día, que cuando en las altas horas de la madrugada confiaban a las reparadoras del sueño el necesario reposo de sus cuerpos vencidos, teniendo por pesadilla la vida angustiosa de sus hogares deshechos.

-   No puede usted figurarse, ni echando a volar toda su fantasía de poeta –me decía el bueno de Pedro-, lo que era oír en plenas tinieblas el motor de la gasolinera que se acercaba al muelle. Todos nos incorporábamos en los petates, preguntándonos con suprema angustia a quiénes les tocaría esa noche.

Los que aparentaban estar serenos daban al amigo más íntimo o al vecino más próximo a su domicilio el encargo de comunicar a su familia –si por desdicha eran ellos los elegidos en aquella saca- la terrible noticia y entregarles los recuerdos personales con el poco dinero que llevaban consigo.

En algunas ocasiones pasaba la lancha de largo. Era alguna barca pesquera de las próximas playas, que madrugaba para salir a alta mar con las primeras luces del alba. Pero pocas eran las veces que se equivocaban. Tenían muy bien sabido el ritmo del trágico motor.

-   Al poco tiempo dejaba de trepidar aquel. Era que la embarcación había atracado en el muelle. El silencio entonces se hacía sepulcral. Todos quedábamos –continuaba Pedro- con los ojos abiertos y fijos en la puerta herméticamente cerrada por fuera. 
Y enseguida ruido de pisadas en la escalera. La luz, encendida desde el cuerpo de guardia. Vuelta de llaves, descorrer de cerrojos y la siniestra silueta del padre Nieto ocupaba por entero el umbral. Tras él, como obligada cohorte de esbirros, todo el personal carcelario y cerrando el lúgubre cortejo, la pareja de la Guardia Civil o de Asalto.

El director –o el jefe de Servicios, en su lugar- leía una lista que llevaba en la mano. Al oír pronunciados sus nombres, iban saliendo los infelices que ya podían darse por desplazados del mundo, y de los cuales se hacían cargo inmediatamente los que les llevaban a morir.

La fúnebre comitiva volvía sobre sus pasos… Rechinaban nuevamente llaves y cerrojos, se apagaba la luz y, cuando todos quedaban bajo el imponente silencio de la noche, en la sala se confundían los sollozos, las maldiciones, las blasfemias y las promesas de justa y cumplida venganza.

A poco, volvía a oírse el ruido de la motora alejándose para llevar su humana carga a Vigo, en cuya fortaleza del Castro –empinada atalaya sobre la incomparable ría-, previas las vulgarísimas exhortaciones y feroces anatemas del padre Nieto, entre el tableteo de mortífera descarga, hacían su entrada en la eternidad.

En algunas ocasiones –para acabar antes- se cumplió la sentencia en el contiguo islote de San Antonio. Allí fue donde aquel hijo predilecto de San Ignacio señalaba, con su bastón de cojitranco y metiendo la contera por las heridas abiertas de las víctimas, a los que aún respiraban al oficial que daba el tiro de gracia."                     (Búscame en el ciclo de la vida, 10/01/17)

21/3/17

Paramilitares en Colombia están copando las zonas que las FARC han dejado libres, lo que aprovechan para asesinar a líderes sociales, sindicalistas y defensores de derechos humanos... limpieza ideológica

"El día en que lo iban a matar, Luis Plaza se dirigía a una asamblea de maestros en Cartagena de Indias. Ya había recibido 15 amenazas de muerte y el Gobierno colombiano le había asignado un escolta y un coche blindado, aunque tenía que compartirlo con otro amenazado. Era secretario general de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) en el departamento de Bolívar, el sindicato con más filiación del país, paraguas de 700 organizaciones sectoriales.
 
“Nos van a joder”, recuerda que le dijo a su guardaespaldas cuando dos personas en una moto le cerraron el paso en una calle. Siete balas impactaron en su coche, pero cuando el encapuchado apretó el gatillo, Luis ya se había hecho un ovillo en el suelo, pensaba en su familia y asumía que su nombre engordaría la larga lista de sindicalistas asesinados en Colombia.

 “Cuando vi que la moto no avanzaba supe que eran dos sicarios. Pese a su imagen turística, Cartagena se ha convertido en una capital del sicariato”, explica. Pero salió de aquella. Su escolta ─no se explica cómo ni cuándo─ mató a uno de los sicarios e hirió al otro en una pierna.

 Quién quería muerto a Luis sigue siendo una incógnita, aunque él insiste en que un empresario conocido como El Turco Hilsaca pagó 400 millones de pesos (125.000 euros) por su asesinato. Después de aquello, Luis pasó algunos meses en Asturias gracias a un programa de acogida para líderes sociales amenazados en Colombia.

El atentado sucedió en 2014, pero podría volver a pasar en cualquier momento. Por eso, Luis mantiene su escolta y su todoterreno blindado. Las amenazas, extorsiones y asesinatos a sindicalistas, líderes campesinos, activistas y defensores de los derechos humanos han ido aumentando en el país al tiempo que las FARC iban abandonando su actividad armada.

 Las matanzas han crecido tanto que, a muchos, la situación les recuerda a otra época: la del paramilitarismo impune de hace tres décadas, un oscuro déjà vú que ensombrece el proceso de paz. No hay acuerdo en cuanto a las cifras. 

El Programa Somos Defensores habla de 80 de estos asesinatos el año pasado. Amnistía Internacional ha contado 75. Otros colectivos como Marcha Patriótica ─el colectivo con más muertos sobre la mesa─ elevan a 125 el número de muertos. Durante el transcurso de este reportaje se han conocido al menos cuatro asesinatos. Demasiados, en cualquier caso.


Plaza, que ahora vive en la capital, Bogotá, asegura que ya ha sufrido varias situaciones de alerta recientemente. Cree que el posconflicto, como se denomina al escenario en Colombia tras los acuerdos de paz entre las FARC y el Gobierno, va a ser duro, largo y mortífero para gente como él, porque falta voluntad política para acabar con el paramilitarismo, el sicariato y el narcotráfico. Factores que, en muchas ocasiones, son difíciles de diferenciar y se mezclan con los intereses de grandes empresarios, terratenientes e, incluso, políticos. 

Además, insiste, estos grupos están ocupando los territorios que controlaban las FARC antes del cese del fuego. Es lo normal cuando desaparece la única autoridad real que ha operado en gran parte de la Colombia rural, donde el Estado nunca llegó o sólo lo hizo para bombardear a la insurgencia.

 Muchos campesinos confían poco o nada en la protección de un Gobierno que les ha ignorado toda su vida. Muchos han reconocido a este diario en privado que votaron en contra de los acuerdos de paz porque no querían que las FARC se fueran, porque para ellos, el remedio podía ser peor que la enfermedad. Y es lo que está pasando.


El sector del magisterio, en el que Luis trabaja, es uno de los más castigados por eso que el Gobierno denomina “crimen organizado” o bacrim. Según la asociación de docentes ADEMACOR, más de mil profesores han sido asesinados en las últimas tres décadas en Colombia. Es tan habitual que, en la ciudad de Montería, capital del departamento de Córdoba, al norte del país, ADEMACOR ha levantado un monumento al maestro caído.

 Según explica uno de sus portavoces, es el departamento con más docentes asesinados, obligados a cambiar de ciudad o extorsionados. Entre ellos está el presidente de la asociación, que en 2013 tuvo que huir de Córdoba por panfletos amenazantes de una organización paramilitar.

 En lo que va de 2017, tres profesores han sido asesinados en esta región caribeña y ha habido más de 20 amenazas, denuncian. “Esas son las cifras oficiales, pero hay más. La mayoría se calla. Si denuncias y no te trasladan o no te ponen protección, que es lo habitual, te conviertes en carne de cañón para los paramilitares”, añade.

Pero estas bandas criminales tienen nombre, apellidos, escudo, logotipo e, incluso, página web, aunque el Gobierno diga que no existen, que sólo son delincuentes cuyo único interés es el dinero y no la limpieza ideológica, el genocidio político. Las Autodefensas Gaitanistas de Colombia o las Águilas Negras son los grupos paramilitares de extrema derecha que firman panfletos y mensajes a los amenazados en buena parte del país. 

Herederos de las extintas Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), son el grupo que ataca a los maestros de Montería, por ejemplo, pero también a los campesinos del Cauca o de Magdalena Medio o los sicarios que usan los terratenientes para expulsar a campesinos de las tierras comunales. Pese a todo, el Gobierno sigue poniendo en duda su autenticidad. Quizás algún desalmado utiliza sus logotipos para asustar, para conseguir dinero sin siquiera pertenecer a ellos, insinúa el viceministro de Defensa, Aníbal Fernández de Soto.

Negar la realidad


Para Fernández de Soto y su gobierno, este grupo recibe el nombre de Clan del Golfo y son, simplemente, narcotraficantes y mineros ilegales cuyos intereses chocan con los de activistas y campesinos. “Estos asesinatos nos preocupan y los investigamos todos pero no hay que entrar en una guerra de cifras.

 No creemos que todos sean asesinatos selectivos”, afirma mientras esgrime las positivas cifras de seguridad del país. “Estamos en el momento de mayor tranquilidad en 40 años, con una media de 24 homicidios por cada 100.000 habitantes. Nos acercamos a cifras normales. Nos estamos acostumbrando a vivir en paz”, argumenta.

 No le falta razón al viceministro. De hecho, muchas víctimas coinciden con él. Hay menos muertes. El problema es que los que mueren están mucho mejor seleccionados. Al fin y al cabo, los líderes sociales serán los encargados de velar por el desarrollo de los acuerdos de paz con las FARC en lo que tiene que ver con la reforma agraria o la sustitución de cultivos ilegales. 

Eso les convierte, a ojos de los paramilitares, en guerrilleros de izquierda a los que exterminar, descabezar los movimiento y debilitar el proceso de paz. Luis Juarán, del sindicato agrario Fensuagro, afirma que han sido ellos, los civiles, quienes han puesto la mayor cantidad de muertos durante el proceso de paz. Su organización, muy vinculada al Partido Comunista, logró convocar grandes movilizaciones por una reforma agraria en los 80. 

Eso le costó el exterminio de su organización por parte de los paramilitares en regiones como Costa Atlántica, Magdalena Medio, Meta y Urabá. Hoy, de nuevo, ve morir a sus militantes y teme por su propia vida. No son recuerdos lo que lee en los periódicos.

 Un caso similar es el de Óscar Aredo, un veterano agricultor y dirigente de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos de Colombia (ANUC) en la región del Cauca, una de las más afectadas por el nuevo auge paramilitar. Su lucha es por la tierra y por los recursos naturales y sus enemigos son grandes empresas energéticas y mineros legales e ilegales; los megraproyectos que acaban con miles de campesinos desplazados. Él ya ha recibido decenas de amenazas, pero no tiene escolta. “Uno no se acostumbra nunca a la muerte, pero aquí no te queda más remedio”, afirma.

“El paramilitarismo está creciendo, las amenazas han aumentado y está habiendo muchos asesinatos. Desde enero hasta hoy ha habido alrededor de 20. El sábado (18 de febrero) nos mataron a un compañero en la localidad de Mercaderes”, lamenta. “Si el Gobierno no reconoce que existe el paramilitarismo no va a actuar contra él. Y si no acaba con los paramilitares, con el narcotráfico, con la minería legal e ilegal no va a haber paz en Colombia, porque son estos agentes los que están haciendo la guerra”, argumenta.


“Seguiremos asesinando ya que la lista es larga y lo lograremos. El norte, centro y sur del Cauca debe estar listo y así empezar el año nuevo sin castro-chavistas, sin defensores de derechos humanos, sin activistas, sin sindicalistas, sin Marcha Patriótica, sin LGTBI, sin colaborares de las FARC”.

Ése es uno de los párrafos de la octavilla que apareció sobre la mesa de la oficina de Elisabeth Yangana, miembro del Sindicato Unitario Nacional de Trabajadores del Estado Colombiano (SUNED). En el siguiente párrafo se especificaban algunos nombres. El suyo estaba en la lista. Lo firmaban las Águilas Negras y se despedían así: “La gente de bien y los inocentes nos lo agradecerán. Por un nuevo país”.


Yangana ha denunciado el paramilitarismo y su connivencia con sectores del Estado colombiano durante años. No le extraña figurar en esa lista, lo que le sorprende y le asusta es que el Gobierno no le de credibilidad a ese papel. Más aún cuando ella ha sufrido un intento de secuestro hace una década y cuando desconocidos en moto la persiguen a la salida de su actual trabajo. A su marido “lo desaparecieron” hace muchos años.

“Digamos que se habían calmado ─afirma sin poder contener un risa sarcástica─ pero el 13 de diciembre ya volvieron las amenazas. Nos persiguen y nos matan por ser de izquierdas, progresistas y reivindicar derechos sociales. Eso es sinónimo de ser de las FARC”, explica.


Tampoco le sorprende que el Gobierno quiera pasar definitivamente la página del paramilitarismo. La época en la que las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) eran conocidas como la “sexta división” de las Fuerzas Armadas colombianas acabó con las imágenes de sus jefes entregando las armas tras aquel proceso de paz firmado con el expresidente Álvaro Uribe, en 2006. Según las cifras que presentó el Gobierno, más de 30.000 paramilitares se desmovilizaron y entregaron las armas. Asunto zanjado para Juan Manuel Santos, que recogió el testigo en el Ministerio de Defensa después de ese proceso de paz.

El engaño de los paramilitares desmovilizados


Pero pocos en Colombia confían en aquella desmovilización de los paramilitares. Ni siquiera quienes se acogieron a ese proceso se lo creen. Jorge Luis Hernández ingresó en las AUC cuando tenía 20 años. Hoy tiene 40 y su vida se parece muy poco a la de entonces. “Entré porque no tenía trabajo y un primo me dijo que me pagaban un buen sueldo”, explica. 

Pronto se dio cuenta de que combatir a la guerrilla y a la “subversión comunista” era sólo una parte de su trabajo. La otra consistía en hacerse con el control de la producción de coca y pasta base de cocaína. “Mi misión no era sólo combatir, yo no maté a nadie. Nos hacían vigilar las zonas cocaleras y los laboratorios”, reconoce en el descanso de una reunión de activistas por los derechos humanos a la que ha acudido en la ciudad de Sincelejo, departamento de Sucre.


 “Hoy sigue existiendo paramilitarismo, sólo ha mutado un poco. La mayoría de los mandos intermedios de las AUC no se desmovilizaron y son los que hoy ocupan las antiguas zonas de las FARC. Ni siquiera entregamos todas las armas. Yo tenía un rifle AK-47 y, cuando me entregué, me obligaron a hacerlo con un rifle viejo”, asegura.

 ¿Quiénes son los actuales jefes paramilitares? La pregunta le hace gracia. “Son los políticos. Siempre han sido ellos. Una prueba es que mi batallón obligó, durante las elecciones, a que la gente votara por Álvaro Uribe Vélez. Les amenazábamos y estábamos presentes en los colegios electorales para ver qué votaban”, afirma. Los políticos, responde. Esos que hoy niegan la existencia del paramilitarismo."                  (Jairo Vargas, Público, 17/03/17)

20/3/17

Amenacé con rajar el cuello a la monja si no traían pronto a mi hija

"La niña se criaba de maravilla, a pesar de las duras condiciones de la prisión. Nos ayudábamos mucho entre las reclusas del pabellón de lactantes, cuando alguna niña estaba enferma tratábamos de curarlas por nuestros medios sin recurrir a las monjas, nos daba asco que tocaran a nuestros hijos. 

Una noche la nena empezó a llorar, acababa de cumplir cuatro mesecitos, traté de silenciarla por todos los medios; paseándola, dándola el pecho, pero nada, no paraba de llorar y se retorcía como si algo la incomodara. Comenzó a subirla la fiebre, la pusimos paños húmedos para que la bajara, pero la niña no se calmaba con nada. 

Durante cinco largas horas me resistí a avisar a las monjas, pero el estado de mi hija me asustó y finalmente accedí a llamarlas. La funcionaria de guardia las avisó, éstas tardaron un buen rato en llegar. Una vez en la galería me preguntaron por el tiempo que llevaba la niña en ese estado, contesté que lo desconocía, que me habían despojado hasta del reloj que llevaba al ser detenida. 

La monja se ofendió y me cruzó la cara de una bofetada, llamándome soberbia y llevándose a la niña. Quedé rota, las compañeras se pasaron toda la noche consolándome. A la mañana siguiente nos trasladaron a los servicios religiosos, pregunté a varias monjas por mi hija, y la única respuesta que recibí fue que no me preocupase; pronto estaría de vuelta. 

Pasó una semana y seguía sin saber nada de mi hija, ya no pude más y me rebelé. Partí la cabeza a una cuchara y limándola con la aspereza del suelo conseguí que cortara como una navaja. Cuando la monja vino a darnos el servicio religioso la agarré del cuello y puse el filo de la cuchara apretando con fuerza sobre su garganta. 

Llamé a la funcionaria, cuando ésta entró, dio un grito y la voz de alarma. Amenacé con rajar el cuello a la monja si no traían pronto a mi hija. El pabellón se llenó de guardias, obligaron a salir a empujones de la galería a todas mis compañeras quedándome sola con la jauría uniformada. Hizo su aparición la monja que se llevó a mi hija, me comunicó que estaba enferma de meningitis y que luchaban y rezaban por su vida.

 La dije que quería verla, no les creía, me contestó que eso no podía ser, estaba en cuidados intensivos y que cualquier contacto con el exterior podía matarla. Me juró que si soltaba al rehén, no habría represalias contra mi porque entendían mi desesperación, y que en el momento que lo autorizara el médico me dejarían ver a la niña.

 Caí en su trampa; me chantajeó emocionalmente y accedí. Solté a la monja y a continuación cuatro guardias se abalanzaron sobre mi, moliéndome a garrotazos y patadas hasta que perdí el conocimiento. Pasé un mes en aislamiento creyendo que me volvía loca, lo único que me mantenía con vida era la esperanza de ver a mi hija de nuevo.

 Salí del hoyo, las compañeras me esperaban con impaciencia, a mi regreso me dieron un muñeco de trapo que habían realizado a mano entre todas, aún lo conservo con mucho cariño. Una semana después, vino una monja a comunicarme que mi hija había fallecido, habían hecho todo lo que habían podido pero que al ser tan pequeña no resistió. No me hundí, el fondo de mi corazón me decía que estaban mintiendo, y que mi hija vivía en alguna parte. "                 (Búscame en el ciclo de la vida, 15/03/17)

16/3/17

Johann Trollmann, el boxeador gitano que desquició a los nazis. Tras ser esterilizado, se vio obligado a divorciarse de su mujer y separarse de su familia con el fin de salvar sus vidas. Terminó siendo torturado y enviado a un campo de concentración...




Johann Trollmann  

"Boxeador afeminado cuyo estilo nada tiene que ver con el boxeo ario de verdad”. Así tildaban las autoridades nacionalsocialistas al púgil Johann Trollmann en su periódico oficial, el Völkischen Beobachter.

 Cabe decir que ese mismo estilo de boxear —impuro para algunos— marcó época y fue bautizado como el “baile de Trollmann”, una suerte de coreografía improvisada a base de fintas y movimientos cortos que poco o nada tenían que ver con la ortodoxia de la época, a saber; un estilo hierático atrincherado en mandobles como panes.


Gitano, pobre de necesidad y tan sobrado de talento como de orgullo, la vida del joven Rukeli —apodo que significa “árbol joven” en alusión a su figura esmirriada— bordeó lo tragicómico si no fuera porque el prefijo terminó por imponerse. 

Su historia la cuenta Dario Fo en El campeón prohibido (Siruela), legado póstumo del gran dramaturgo italiano en el que novela la vida de este luchador que osó mofarse del arquetipo ario ante la plana mayor de un nazismo que cogía carrerilla.


Ocurrió en 1933, Trollmann acababa de tumbar al ídolo germano Adolf Witt, notable bigardo y campeón de los pesos pesados al que hizo besar la lona en repetidas ocasiones pese a la diferencia de peso y tamaño existente.

 La victoria parecía asegurada pero el jurado tuvo a bien detener la pelea sin motivo aparente. La parroquia entró en cólera y ante la presión —volaron sillas, poca broma— no tuvieron más remedio que otorgarle el triunfo al bueno de Rukeli. La emoción contenida quebró al campeón y no pudo —o no quiso— contener el llanto. Tremendo delito.


Una semana después las autoridades nazis le retirarían la victoria definitivamente alegando que un boxeador no podía llorar sobre el ring, “mal boxeo y pobre comportamiento” —decía el veredicto. La razón era otra, ¿un cíngaro danzarín campeón de boxeo en plena efervescencia nazi? ¿Estamos locos?

 La oportunidad para resarcirse no tardaría en llegar pero lo haría en forma de regalo envenenado. La Asociación Alemana de Boxeo le conminó a una nueva pelea, esta vez contra Gustav Eder, boxeador que años más tarde se convertiría en campeón de Europa y —lo que es más importante— Rukeli debía olvidarse de esos “movimientos poco decorosos y luchar como un alemán”.

Un órdago al nazismo


Ed. Siruela


“Tengo que aprender a boxear como un alemán, como un ario nada menos. Tengo que quedarme quieto como un don Tancredo en el centro del ring y renunciar a mi estilo. Cuando es precisamente mi estilo lo que me permite ganar”, se lamenta el púgil de la mano de Fo. Lejos de amilanarse, decidió comparecer ante Eder con el rostro enharinado y el pelo teñido de rubio.

 Cuentan las crónicas que se mantuvo en el centro ring, impávido, recibiendo de lo lindo hasta caer rendido al quinto asalto.

Aquello fue el fin de su carrera. Tras ser esterilizado, se vio obligado a divorciarse de su mujer y separarse de su familia con el fin de salvar sus vidas. Terminó siendo torturado y enviado a un campo de concentración, lugar en el que su inquebrantable dignidad volvió a jugarle una mala pasada. Obligado a combatir para el regocijo del personal, tuvo que enfrentarse con uno de los kapos que, humillado tras la derrota, le asesinó brutalmente con un palo."                  (Juan Losa, Público, 15/03/17)

Acabaron repartidos por Bélgica miles de niños españoles... los escogían como en un patio de colegio se eligen los equipos. "La gente escogía más fácilmente a las niñas"

"En la vida de Clotilde Vega caben varias películas: la aventura iniciática de una niña que huyó del Madrid sitiado, la historia de quien fue mensajera de la Resistencia en el Ostende ocupado por los nazis y la peripecia de quien vivió, en primera persona, la descolonización del Congo Belga. Clotilde es Toti, tiene 94 años, y es malagueña de origen, así que aunque la vida la llevara a mil otros sitios.

"Los besos no se ahorran", nos suelta nada más llegar esta señora a la que saludamos por primera vez. Tres, como los belgas. "Me acaban de operar para quitarme las gafas. A estas alturas... Si ya estoy casada, ¿para qué voy a presumir de ojos?", se pregunta. 

Es coqueta y hospitalaria, así que nos enseña su casa y la terraza, desde la que ve un parque, la comisaría, un centro de salud y el cementerio. Todo lo que pueda necesitar muy cerquita, comenta jocosa. Una pila de periódicos ocupa uno de los asientos del sofá de mimbre: "Dos al día".

 Enseguida, Toti nos enseña un par de fotos. En una se ve a más de treinta niños y a su maestro, recién llegados a Ostende. En otra, un recorte de periódico con un texto breve de Francisco Umbral dedicado a los niños de la guerra, con la foto de un camión cargado de chavales.

 "Es muy bonito ese texto. Hay quien dice que esa soy yo, pero como no se me ve la cara no estoy segura. Salían muchos camiones así", recuerda. Ella huyó de Madrid en un camión. Contemos esa historia. 

Para los niños la guerra se presentó sin avisar. Toti había llegado a la capital siguiendo a su tío, orgulloso maestro de los grupos escolares republicanos, después del divorcio de su madre, una pionera de la Ley de Divorcio de 1932. Un día empezaron a caer las bombas. "Oíamos los obuses y nos metíamos en los sótanos. No me di cuenta nada, sólo cuando ya fue", dice. 

Llegó a pensar, así medio en broma, que caían porque cantaba mal, y entonces dejó de cantar. Las colas para el pan se hicieron eternas y a veces llegabas, y a veces no, y volvías sin pan. Entonces empezaron a evacuar a muchos niños.

En enero de 1937 Toti Vega, que tenía 14 años, abandonó Madrid y a su familia rumbo a no sabía dónde. Aquel grupo al cuidado del maestro Don Eloy Nogales Villazán y su mujer Doña Romona, acabó en Mataró, donde les sirvió de hogar y escuela la Casa Ametller, una masía confiscada por la República a sus propietarios huidos a Italia. La llamaron Colonia Miaja, y allí pasó Toti casi dos años, hasta que la guerra la alcanzó de nuevo.

La mujer no recuerda nada de los días previos a abandonar España, del miedo o la angustia por que llegara el ejército franquista. Sí recuerda que salió por Camprodón el mismo día que se marchó el poeta. Como Antonio Machado, la noche del 28 de enero de 1939 ella y otros 35 niños cruzaron los Pirineos. Primero en camión y después a pie. Antes de seguir andando quienes huían arrojaban el vehículo precipicio abajo, para que no lo recuperaran los fascistas.

En aquel camino que los niños subieron despacio, cada uno con su manta, ella cayó por un balate y aunque perdió su maleta de cartón, salvó la vida. Allí odió la nieve: "Tiraban, y me cogía, pero resbalaba. Me quedó una impresión que me duró mucho tiempo, me daba miedo la nieve".

Los niños de la guerra cruzaron Francia en autobús, en camión o a veces, en tren, y en las estaciones recuerda Toti que recibían cariño y galletas y caramelos. Al llegar a Bruselas los lavaban en un líquido amarillo que no querían ni ver, tan sarnosos estaban después de tres meses sin bañarse que les aplicaron azufre. Y de Bruselas acabaron repartidos por Bélgica miles de niños. 

A ellos los llevaron a Ostende, donde se repartían como en un patio de colegio se escogen los equipos. "La gente escogía más fácilmente a las niñas", recuerda. Esa elección le cambió la vida. Vayamos con la segunda historia: de cómo una muchacha se convirtió en estafeta de la Resistencia nazi.

Un librero comunista y la ocupación nazi

Vivía en Ostende un librero llamado Mathieu Corman, un fotógrafo comunista al que su sed de aventuras había llevado a España durante la revolución asturiana de 1934 y después, durante la Guerra Civil. De él se sabe que recorrió los frentes con Ernest Hemingway, que le ametrallaron los aviones alemanes en su vuelo hacia Guernica, y que fotografió para un diario comunista aquel horror, justo después del bombardeo.

 También que era un tanto impulsivo. Según Pedro Corral en Si me quieres escribir: La batalla de Teruel, el corresponsal de The New York Times Herbert L. Matthews lo tenía por "completamente loco" y lo sitúa en el frente de Teruel con una pistola y una bomba de mano al cinto. Pues bien: el Corman librero eligió acoger a Toti.

Pronto se vio que aquel Corman era el mismo de siempre, comunista y rebelde, y eso arrastró a la muchacha. Ya no recuerda cómo, pero se vio como estafeta que repartía mensajes entre los miembros de la Resistencia a la ocupación nazi. "A veces llevaba mensajes a una madre con dos hijos perseguidos. Ella me había dicho que quitaría las macetas y los adornos que tenía en el poyete de su ventana, y que si veía algo no subiera porque había peligro", recuerda. 

Un día vio una maceta, volvió a la bicicleta y se marchó. "Luego supe que se habían llevado a sus dos hijos. Siempre admiré esa mujer… Tuvo la presencia de espíritu de poner la maceta y a mí me salvó la vida".

Corman, entretanto, estaba en España con la intención de huir a Canadá. Fue detenido en Figueres, pero no le habían quitado el pasaporte, así que cuando vio la que se le venía encima… "¿Sabe lo que hizo? Lo hizo mijitas muy pequeñas y se lo fue tragando".

Terminada la guerra, Toti conoció a Paul Mandeville en un baile y partió con él al Congo Belga, un territorio 80 veces más grande que la metrópoli, entonces propiedad privada del rey Leopoldo II. Desde su posición de encargado del registro ("la misma persona hacía el trabajo de notario, de registro y de la inscripción de la mina", explica él), Mandeville participó del proceso de descolonización y luego de la división de Ruanda y Burundi, que Bélgica había mantenido bajo administración única.

De todo aquello quedan recuerdos en forma de figuras africanas en su casa de El Palo, como hay también recuerdos de su amigo Marcos Ana, de Alberti y de las marchas de La Desbandá a en las que sigue participando. ¿Por qué?: "Porque yo pienso de otra manera, quisiera otro sistema para el mundo entero, un sistema más sociable y no tantos privilegios"

 Sobre el sofá, la pila de periódicos atestigua que quien tanto vivió en el pasado sigue viviendo el presente. "Se ha luchado por tener derechos para todos y cada vez hay menos", lamenta quien tanto ha visto."                 (eldiario.es, 13/03/17)

15/3/17

Era la bestia de Chlaniów

 "Llevó la calavera y las runas con orgullo. Mató a hombres, mujeres y niños. Arrasó poblaciones enteras. Era la bestia de Chlaniów (Polonia). Durante décadas se ocultó en Estados Unidos, buscó un hogar y tuvo familia.

 Ahora, tras una larga peripecia periodística y judicial, su identidad ha sido confirmada. El anciano y tranquilo carpintero Michael Karkoc, de Minneapolis, fue comandante de la Legión de Autodefensa Ucrania, encuadrada en las letales SS de Hitler.

A sus 98 años, el pasado se ha vuelto contra él. La fiscalía polaca está “al 100% segura” de quién es ese hombre oscuro, enraizado en su comunidad y fiel defensor de la "patria Ucrania", y ha anunciado que va a pedir su extradición por las matanzas perpetradas durante la Segunda Guerra Mundial en la región de Lublin.

No será la primera vez que se enfrente a la justicia. Hace cuatro años, después de que una investigación de la agencia AP sacase su caso a la luz, el ministerio público alemán quiso someterle a juicio. La familia de Karkoc logró frenar el intento aportando documentación médica que supuestamente demostraba su incapacitación para un proceso. “No hay una sola prueba que indique que mi padre tuviese nada que ver en actividades criminales”, sostiene el hijo de Karkoc.

Estos argumentos no han frenado a los fiscales polacos. Dado que su país no permite los juicios en ausencia, quieren revisar el caso en su territorio. Al mismo tiempo, el cazanazis Efraim Zuroff, del Centro Simon Wiesenthal, ya ha avanzado que solicitará su revisión por médicos independientes.

La reconstrucción de AP, basada en testimonios presenciales y documentos, sostiene que Karkoc, que siempre se definió como "patriota", ingresó en 1941 en el Ejército alemán. Brutal y resolutivo, pronto ganó una Cruz de Hierro y pidió su entrada en la Legión de Autodefensa Ucrania. Cuando este cuerpo de exterminadores fue absorbido por las SS, las unidades de élite hitlerianas, Karkoc brilló con luz propia y alcanzó el grado de comandante.

Las atrocidades cometidas por esta brutal manada de nazis fueron innumerables, pero al acusado se le persigue por haber dirigido una operación de castigo contra el pueblo de Chlaniów. La única de la que se tienen testigos presenciales.

Fue el 23 de julio de 1944. Tras la muerte del oficial al mando, se decidió represaliar a la población civil. Con la orden de “liquidar Chlaniów”, los legionarios de Hitler dieron rienda suelta a la barbarie: quemaron las casas y a balazos mataron a 44 hombres, mujeres y niños. Otras localidades menores también fueron arrasadas.

Después de la matanza, la pista de Karkoc, como muchas otras cosas en los días finales de la guerra, se diluye. Se sospecha que estuvo en más unidades de las SS y que en alguna pudo dedicarse a la represión de partisanos eslovenos. No hay seguridad. Acabada la contienda, su rastro desaparece hasta que en 1949 pide su entrada en Estados Unidos.

 En los documentos alegó que no había hecho el servicio militar y que durante la guerra había trabajado con su padre. Diez años después, recibió la nacionalidad estadounidense y tuvo seis hijos. Medio siglo más tarde fue descubierto. El pasado le ha dado alcance."                    (El País, 14/03/17)

13/3/17

"Non foi só o Pazo de Meirás, foi un macroespolio do que se lucraron e aínda se lucran as elites"... "Á miña avoa roubáranlle unha casa, pero ese era un tema tabú e que implicaba moita dor"

"A do Pazo de Meirás é a historia da corrupción política dun réxime, pero vai moitísimo máis aló dese inmoble e dos seus terreos; foi un macroespolio, a gran vergonza do Estado aínda sen resolver". 

Teno claro Carlos Babío, impulsor xunto ao historiador sadense Manuel Pérez Lourenzo da primeira grande investigación sobre aquela e outras "usurpacións á cidadanía" que o franquismo, en colaboración coas elites coruñesas, levou a cabo durante a ditadura nas Mariñas para beneficio da familia do ditador e doutras ben recoñecidas na comarca.

Logo de anos de traballo, os dous investigadores adiantan algunhas das conclusións dun traballo que aspira a ser publicado no vindeiro verán e que deita luz sobre un "espolio" que callou na ditadura pero que "continuou tamén despois dela". 

Unhas pescudas que Babío iniciou por unha historia persoal. "Á miña avoa roubáranlle unha casa, pero ese era un tema tabú e que implicaba moita dor", lembra quen se puxo a investigar "que pasara" con aquelas propiedades, algo que "sabía" que "estaba ligado ao que ocorrera co Pazo de Meirás": 

Neto e fillo dunha das familias labregas da zona que foron obrigadas a ceder as súas propiedades para ampliar o agasallo a Franco en plena guerra civil, desde que morreu o ditador foi descubrindo como unha das casas que quedan dentro do muro do Pazo lle fora substraída á súa avoa. Como tantos outros terreos doutros tantos veciños. 

"Ademais de todas as ampliacións que fixeron dentro dos muros, os Franco chegaron a ampliar ata en 80.000 metros cadrados as súas propiedades fóra destes valos mediante fondos públicos, para logo enriquecerse a familia tras a morte do ditador", explica Babío respecto dunha práctica coa que os herdeiros do ditador apañaron unha enorme fortuna.

 "Temos nove hectáreas de terreo onde non entrou a democracia, onde manteñen os privilexios dos usurpadores, dos que abusaron da poboación", engade. Ao tempo, en plena posguerra, as administracións públicas do réxime gastaban cartos a esgalla en obras nas xa propiedades do xeneral fascista coa inestimable axuda das diferentes corporacións municipais coruñesas. 

Pero Franco non quería só o Pazo, antiga mansión de Emilia Pardo-Bazán. O ditador viña por moito máis. "En 1939 chega a Meirás con varias intencións", di Babío. Ademais de vixiar e controlar todo o que se facía na que sería a súa residencia de verán, "fai un percorrido por diferentes praias da costa para escoller unha, ata que se decide pola de Bastiagueiro".

 "Alí ordena que se lle compre unha propiedade para construír unha casa", engade o que fora concelleiro en Sada. Adquírenlle un terreo e constrúe unha residencia, todo pagado "con fondos públicos". Á morte do ditador, a súa familia vende as propiedades e saca un enorme beneficio. Negocio redondo. E así con moitos máis. 

No poder dos Franco continúan algunhas propiedades, algúns terreos que non puideron vender "ao non ser urbanisticamente apetecibles e estar protexidos". Do resto na zona desfixéronse nos anos 80, "moitas veces con recualificacións por medio das que sacaron tamén importantes beneficios". 

E exemplos hai a moreas, como o dun acuartalmento de tropas para a vixilancia dos Franco, construído con fondos públicos nunha parcela roubada e posta a nome do ditador. "Logo especulouse a través dun pelotazo urbanístico... Non se lle pode sacar máis rendemento a un roubo", advirte Babío. 

En todas estas operacións durante a ditadura, a familia do ditador valíase da axuda das elites franquistas da Coruña e arredores. "Era unha trama de favores, de favores mutuos a conta do erario público; lucráronse a aínda se lucran as elites", engade o investigador, que aclara que "o Pazo de Meirás serviu como oportunidade de negocio para a burguesía". Tamén para que Franco cumprise cos seus caprichos, como a Casa Cornide, na zona vella da cidade.

 Foi adquirida por Pedro Barrié de la Maza nunha poxa en 1962 á que só asistiran el e o xefe do Movemento e pagando menos de 45.000 pesetas. Logo, acabou en mans do ditador grazas á intervención do conde de Fenosa, un dos persoeiros da época que formaron parte da denominada Junta Pro Pazo –grupo encargado de expropialo e recadar fondos para as súas obras–, xunto a José María Marchessi, Joanquín Barcia, José Casteleiro Varela ou o alcalde Alfonso Molina. 

"Barrié e Molina foron dúas personaxes fundamentais en todas estas operacións de espolio", insiste Babío, que advirte que se o alcalde non o foi máis foi "pola súa morte en 1958". "Converteu o Concello da Coruña nunha empresa ao servizo do ditador que logo continuaron os seus sucesores no cargo coa mesma forma de actuar que instauraran Franco, o seu réxime e os seus aduladores", engade. 

A Solana e o Finisterre

"Todo segue bastante vixente e estas historias dannos moitas respostas sobre o que acontece hoxe en día", aclara o investigador, que lembra a relación entre os terreos da Solana e o Hotel Finisterre na Coruña, que a Autoridade Portuaria teima en poñer á venda para financiar o porto exterior ante a mobilización cidadán pola súa reversión a terreos públicos

"Os protagonistas que acaban beneficiándose daqueles terreos teñen moito que ver con todas estas tramas e favores dos que falamos e están intimamente relacionados co réxime e co espolio", conta. É Armando Casteleiro Varela o impulsor da construción do complexo da Solana na que era a antiga praia do Parrote.

 Recibe a autorización das administracións en 1941 e abre as súas portas pouco máis dun ano despois. O empresario e nadador é irmán de José Casteleiro Varela, membro do colectivo que pulou pola expropiación de terreos e a adquisición do Pazo en Meirás e, ambos os dous, recoñecidos militantes fascistas na represión. 

Logo, Casteleiro decidiu construír un hotel e formou unha sociedade na que entrou o empresario Aurelio Ruenes, o arquitecto Santiao Rey Pedreira e a división industrial do Banco Pastor, banco que comandaba Pedro Barrié de la Maza, designado procurador en Cortes por Franco desde 1946, e que acabaría por ser accionaista maioritario da sociedade que xestionaba o hotel e a Solana. 

Son, e foron, familias que seguen a acumular moreas de propiedades coas que as beneficiou o réxime e Franco, cuxa familia mantén a propiedade do Pazo de Meirás, que nin tan sequera cumpre coa obriga da apertura pública un mínimo de catro veces ao mes.

 "Todas estas historias tapáronse porque non interesaban que fosen descubertas; o silencio non foi algo casual senón determinado polos protagonistas do espolio", remata Babío, que xunto a Pérez Lourenzo procuran xa apoios para editar unha obra que pretende deitar moita luz. "                      (Miguel Pardo, Praza Pública, 10/03/17)

9/3/17

Las mujeres de Paterna que se habían atrevido a cuestionar su papel social fueron asesinadas, encarceladas, violadas, se les administraron purgantes, se les rapó y fueron separadas de sus hijos

"(...)Las mujeres de Paterna que se habían atrevido a cuestionar su papel social sufrieron toda la gama de represalias que llevaron a cabo los sublevados.

Tanto las generales como las específicas. Fueron asesinadas, encarceladas, comparecieron ante consejos de guerra, fueron violadas, se les administraron purgantes, se les rapó y fueron separadas de sus hijos. Una represión ejemplarizante que las devolvió a la invisibilidad de la que no habían debido salir.
Los asesinatos se produjeron en la primera oleada represiva del verano bajo la cobertura de los bandos de guerra. Fueron los de María Silva Cruz, Catalina Sevillano Macho, María Arias Pantoja y Antonia Moreno Becerra.

 Las cuatro eran destacados símbolos de las transformaciones de los años anteriores y sus muertes cumplían el papel de aviso y castigo. María Silva, La Libertaria, no solo era la compañera de uno de los más destacados anarcosindicalistas locales, Miguel Pérez Cordón, sino el referente de Casas Viejas, de quienes luchaban por un mundo nuevo. Catalina Sevillano Macho era también compañera de otro destacado militante obrero local, Francisco Vega García, que también fue asesinado.
María Arias Pantoja La Cuina representaba a quienes ponían en cuestión el papel de la Iglesia católica. Se decía que había sido una de las personas que habían impedido al cura dar misa y le había perseguido para expulsarle del pueblo. Se le acusaba de gritarle a Antonio Piñero Barroso que le detuviera cuando pasó ante su taberna. Fue detenida, torturada, purgada y rapada. María terminó por perder la cabeza y, entonces, la asesinaron

. Finalmente Antonia Moreno Becerra, La Culito o La Florera, estaba casada con José Barroso, hermano de Miguel Lagares, otro destacado cenetista asesinado la noche de la ocupación del pueblo. Había frecuentado el centro obrero e, incluso, al decir de algunos vecinos, “presumido” de comunista. Logró esconderse pero terminaron por encontrarla y la asesinaron, al parecer, junto al cementerio.
La misma noche de su ocupación la gran mayoría de los hombres abandonaron el pueblo. Era lo que se había hecho en ocasiones anteriores parecidas. Las mujeres, en su mayor parte, se quedaron en las casas. No existía precedente del horror que había comenzado a desatarse. Aunque, a medida que se fue conociendo, muchas emprendieron la huída.

Fueron los casos, por ejemplo, de Catalina Silva Cruz, la hermana de La Libertaria y Ana Castejón Cote, la compañera del asesinado Miguel Barroso Becerra. Que otras muchas lo hicieron nos lo dicen los registros de entrada y salida de correspondencia del ayuntamiento en los que constan las peticiones de informes de conducta y certificado de bienes de las autoridades franquistas.
Huyeron no solo para salvar la vida sino también para escapar a la reinstauración completa del sistema patriarcal que se realizaba no solo mediante el adoctrinamiento sino con esas represalias específicas. Se trataba de que las mujeres volvieran a difuminarse en el espacio.

Como declaró al juez la hija de un propietario asesinado en Utrera, no podía recordar qué mujeres habían participado en el crimen porque “todas vestían igual, con ropas oscuras y faldas”. Veamos dos ejemplos: el de su forzado regreso al redil eclesial y el de la rapiña de bienes. El primero castigaba su osadía y el segundo la reducía a la dependencia.
En septiembre de 1936 los hijos de Miguel Barroso y Ana Castejón Cote y Miguel Pérez Cordón y María Silva Cruz fueron bautizados y cambiados sus nombres. Un paso más para la vuelta a la “normalidad” de las cosas. Ana y Miguel tenían cuatro retoños: Floreal, Acracia, Esperanza de Libertad y Armonía. María y Miguel uno, Sidonio. Ninguno de sus padres permanecía en Paterna. A María y Miguel Barroso los habían asesinado ya. Miguel Pérez Cordón y Ana Castejón estaban en Málaga. También había logrado escapar, de forma rocambolesca, a su fusilamiento Floreal de 19 años.
El día 20 Acracia, de 16 años, Esperanza de Libertad, de 10, y Armonía de 4, fueron llevadas a la iglesia parroquial Nuestra Señora de la Inhiesta. Allí les esperaban el párroco, Camilo García Valenzuela, y quienes iban a apadrinarles. Acracia cambió su nombre por el de Julia María Soledad. El primero por el de su madrina, Julia Díez Fernández, hija del alcalde de Unión Patriótica, y el segundo por la patrona del pueblo cuya imagen había sido destruida en el asalto de abril de 1936. Quien le apadrinó fue Luis Orellana García, perteneciente a una de las familias que había tomado un especial protagonismo en la Falange y en la administración golpista local.
También ocupaba un destacado papel Juan Lobatón Ruiz, jefe de las Milicias Patrióticas y de la Falange local en estos primeros momentos. Fue el padrino de Soledad Trinidad, el nuevo nombre de la pequeña de 9 años Esperanza de Libertad. Su madrina fue Isabel Gutiérrez Caña. El hermano de esta última, Rafael, apadrinó a la hija menor de Ana y Miguel, Armonía, de 4 años.

Le impusieron, como a su hermana mayor, el nombre de su madrina, Rosario, además del obligatorio Soledad. Isabel y Rafael Gutiérrez eran hermanos de María, la telefonista que la noche del 23 de julio avisó a la cercana Medina de que el pueblo se había movilizado. Una insistencia que evidenciaba la intencionalidad de expiación que guiaba a quienes protagonizaban, de forma evidente, la alianza entre la espada y la cruz. La primera limpiaba de la faz de la tierra a los progenitores, la segunda se encargaba de hacer lo mismo con los nombres de su descendencia.
Unos días después, el 28 de septiembre, fue llevado a la iglesia el pequeño de 17 meses Sidonio Pérez Silva. En esta ocasión quienes le apadrinaron fueron sus abuelos paternos, Juan Pérez Mena y Antonia Cordón Morales. Asesinada su madre y huido su padre, su custodia había recaído en la tía paterna Francisca Pérez Cordón.

 Ese día Sidonio dejó de existir y nació Juan. Con estas ceremonias, como con las de los matrimonios y entierros religiosos, dejaban claro, a quien quisiera verlo, cuál era el lugar que le correspondía a la mujer y bajo qué obediencia moral debía estar.
Los vencedores se dispusieron a repartirse el botín conquistado. Lo harían mediante la apropiación del cuerpo de la mujer, en diversas formas, y también de sus propiedades. Estuvieran a su nombre o a la de su marido. Entre las 44 mujeres que Alicia Domínguez incluye en sus apéndices como que sufrieron incautación de bienes no figura ninguna paternera. Como tampoco ninguna de las 33 a las que les fue abierto expediente por el Tribunal de Responsabilidades Políticas.

Datos que no significan que no hubiera en Paterna mujeres que sufrieran tanto el robo como la depuración. Veamos dos casos.
Petra Chacón Pantoja era la mujer de Manuel García González, también conocido en Paterna como El Sillero o El Petro. Pertenecía a la directiva local de Izquierda Republicana y, en febrero de 1936, formaba parte de la nueva comisión gestora municipal nombrada tras el triunfo del Frente Popular. Fue otra de las personas que salvó de casualidad la vida la madrugada del 24 de julio. Considerado como un peligroso extremista, igual que dos de sus hijos acusados de participar en el incendio de la iglesia, fueron a buscarlo a su casa.
Refugiado debajo de una cama le descerrajaron varios tiros y lo dieron por muerto. No era así, herido pudo esconderse y pasar a la zona republicana.
La presa se les había escapado, pero los sublevados no dejaron pasar la oportunidad de arrebatarle el pago y la casa que tenía. Así que apenas un mes más tarde, el 20 de agosto, Petra Chacón tuvo que acompañar al empleado municipal Francisco Gómez Pérez para asistir a la incautación de la finca y de todos los víveres y animales que en ella se encontraban.

 Después se dirigieron al pueblo e hicieron lo mismo con la casa y el almacén. De un día para otro Petra había quedado en la más completa indigencia. Manuel García nunca volvió a Paterna.
También se llamaba Petra, Petra Bustillos Pérez, la mujer de Federico Villagrán Galán, el secretario del ayuntamiento de Paterna. Sobre ambos cayó como un rayo el golpe de Estado. Federico, hombre de ideas moderadas, formado en el ambiente liberal de una familia de comerciantes, se encontró por su cargo en el ojo del huracán los días de julio.

Bien fuera por su dubitativa actitud en los momentos claves, bien por las envidias profesionales y agravios personales que tuviera con el nuevo alcalde, Julio Romero Franco, el caso es que la tarde del 31 de julio fue detenido y trasladado a la cárcel de Medina por orden del propio general Varela. Días después su casa, como lo habían sido las de Gonzalo Cote Galán, Francisco Coca, alcalde y dirigente de Izquierda Republicana, y Miguel Pérez Cordón, fue saqueada.
A partir de este momento Petra movió Roma con Santiago para sacar a su marido del trance en el que se encontraba. Logró salvarle la vida aunque no pudo evitarle un calvario de cuatro años de prisión. Ella misma, maestra en la Escuela de Párvulos nº 1 de Jerez, fue depurada por la Comisión Gestora Provincial de Primera Enseñanza. Durante un año, de octubre de 1936 al mismo mes de 1937, fue suspendida de empleo y sueldo. Después la repusieron, aunque la inhabilitaron para ejercer cualquier cargo directivo y de confianza.

Entre los castigos y humillaciones que se impusieron específicamente a las mujeres estuvieron los de la ingesta de purgantes y el rapado. Tanto Maud Jolie, autora de un trabajo específico sobre la cuestión, como Pura Sánchez han hecho hincapié en que la visión y los desfiles de mujeres rapadas por las calles de las ciudades en las que triunfó el golpe de Estado fueron habituales. Se trataba de una forma de destruir su condición femenina y provocar su humillación. Afectó por igual a burguesas de ciudades o pueblos que a militantes o familiares obreros.
La dimensión visual de la vejación era esencial. Mostraba la violencia y la degradación física que provocaba y era un arma para paralizar y aterrorizar al enemigo. Como las hazañas sexuales de los cruzados con las “rojas” y las violaciones y mutilaciones que se atribuían a las tropas mercenarias marroquíes. Un método, producto de una mentalidad falócrata que, como proyecto institucional, convertía esas prácticas en un arma de guerra más. Porque rapados, ingesta de aceite de ricino, violaciones, acosos y desnudos fueron prácticas que se extendieron por toda Andalucía.
Para la provincia de Cádiz basten recordar los ejemplos de las acusaciones de violaciones contra los Leones de Rota, de Fernando Zamacola y el cabo de la Guardia Civil Juan Vadillo Cano en los pueblos de la serranía gaditana.

O la documentada por Romero en Torre Alháquime. En cualquier caso, como asegura Pura Sánchez, en todos los relatos de las ocupaciones de pueblos por las tropas sublevadas se encuentran episodios espeluznantes de violencia contra las mujeres que denotan su carácter ejemplarizante. Como el que relata Manuel Velasco en la localidad sevillana de Los Corrales. Allí, Victoria Macías Gutiérrez fue fusilada embarazada y su cadáver violado por un antiguo pretendiente rechazado.
En Paterna no está comprobado que se realizaran violaciones. Existen rumores pero nada seguro. Lo que sí está confirmado es el empleo del rapado y los purgantes. Entre quienes tuvieron que ingerir casi un litro de aceite de ricino, migado en pan, estuvieron María, la hija de un caminero de los Isletes, una de las hijas de Antonio Tenorio y Ana Gil, ambos encarcelados, y una hermana de Diego Díez Ríos, Diego Planes, uno de los “topos”.

Aunque el caso que más se ha recordado en el pueblo ha sido el de Ana Castejón Cote, la viuda del cenetista Miguel Barroso. Un hecho que es ejemplar tanto para mostrar la especificidad de las represalias contra las mujeres como la manipulación de la memoria realizada durante el franquismo.
Ana, de 39 años, tras el asesinato de su compañero huyó a Málaga, donde permaneció hasta que la ciudad fue ocupada en febrero de 1937. Después, como otros muchos huidos, regresó al pueblo. La viuda de uno de los más destacados cenetistas era la víctima propiciatoria para un castigo ejemplar. Hasta que compareció ante el juez instructor su vida fue un infierno.

Recordemos que ya le habían cambiado los nombres de sus hijas. Además una, Trinidad, estaba acogida en casa de uno de los más importantes falangistas locales. Ahora, ella misma, iba a pasar un calvario como botín de guerra que era.
Fue llevada al cuartel de la Falange, donde la raparon salvo dos moñitos en los que le colocaron cintas con los colores de la bandera monárquica y la falangista. Después le obligaron a ingerir medio litro de ricino con pan. A continuación la pasearon por las calles hasta que llegaron a la iglesia. Los vecinos se fueron acumulando ante el espectáculo. Sus gritos acompañaron el camino de Ana Castejón hasta el templo.

Allí le esperaba el párroco, Camilo García Valenzuela. Tras un rato, para acabar de exorcizar los restos del diablo que no hubiera logrado expulsar el aceite, fue sacada por una puerta lateral y devuelta a su encierro. El 3 de marzo compareció ante el teniente de la Guardia Civil de Medina, Manuel Martínez Pedré, quien ejercía de juez instructor, con la ayuda del guardia local Manuel Marín Galindo como secretario, de la causa abierta contra ella y otras diez mujeres de Paterna.
Lo ocurrido con Ana Castejón tiene todos los elementos que caracterizaron a los castigos franquistas contra las mujeres que se habían atrevido a hacerse visibles. Fue tratada como un botín de guerra. Su cuerpo no le pertenecía, había pasado a ser de los vencedores y, como tales, hacían con él lo que creían oportuno. En este caso humillarla y destruirla como mujer mediante el rapado y el ricino. Para que su destrucción como ser humano fuera completa debía ser visible.

 De ahí que fuera paseada por las calles ante la mirada de sus vecinos. Hay que decir que éstos aprovecharon el momento, unos de grado y otros de fuerza, para manifestar su adhesión al nuevo estado de cosas y disipar cualquiera sospecha de complicidad con la martirizada. Así que la insultaron, amenazaron y dirigieron todos los improperios que les parecieron.
Que la llevaran a la iglesia no era gratuito. Tenía que regresar al redil de la moral cristiana. Se había vanagloriado de que no acudía al templo y escapado a su tutela en el matrimonio y los bautizos de sus hijos. El purgante le expulsaba el comunismo del cuerpo, el párroco, Camilo García Valenzuela, terminaría el exorcismo volviéndola a situar en el terreno de la invisibilidad que le correspondía. Así que la sacaron por la puerta falsa. La representación del terror había terminado.

Durante años se mantuvo la historia de que, por intervención de la madre del cura, Ana salió del pueblo y se refugió en Setenil de las Bodegas. Una versión que hizo fortuna, quizás, para calmar la mala conciencia de la población por su participación en tal auto de fe.
Los golpistas disfrutaban de los frutos de su política de terror. Consolidar su victoria no era tan fácil. La provincia gaditana no sólo era uno de los puntos fuertes del anarquismo sino que su estructura social hacía imposible la eliminación física total. Debían castigarse a los elementos más transgresores e incorporar al “Movimiento” al resto.

 Una tarea en la que tenían un papel fundamental acciones como las que había sufrido Ana Castejón y en la que habían participado, haciéndose cómplices, muchos de sus vecinos. Emergía una sociedad basada en el silencio, el miedo y la corrupción. Mientras, Ana, tras su expiación moral, debía pagar el castigo social. Comparecería ante un consejo de guerra.

4. El castigo de los hombres

Fueron numerosos los vecinos que comparecieron ante la justicia de los vencedores. Entre 1937 y 1945, al menos, casi doscientos, 191, paterneros estuvieron en el punto de mira de los jueces militares. De ellos 27 fueron mujeres. Una cuarentena terminaron procesados, 12 de ellas mujeres. Unas cifras que no agotan con seguridad todas las encausadas. Existen indicios documentales de que además del que conocemos hubo otro consejo de guerra colectivo de mujeres.

En el fichero del archivo del Tribunal Militar Territorial 2 existe la referencia a un consejo de guerra ante el que compareció Juana Granado Torrejón. Puede que sea la primera procesada de uno colectivo o que solo le afectara a ella. El deficiente funcionamiento de ese archivo ha impedido que pueda acceder a él para comprobarlo, que funciona gracias a la voluntad de los trabajadores.
De los que conocemos, una, María Velasco Panal, fue juzgada junto a su marido Luis Pérez Ibáñez. Otras 11 comparecieron juntas en uno de esos consejos colectivos, que tanto gustaban a la Auditoría andaluza para aliviar la carga de trabajo. Fueron Cristobalina Sánchez Lima, Antonia Sevillano Macho, Ana Castejón Cote, María Tenorio Gil, Josefa Rosado García, Ana Gil Naranjo, María Villegas García, Josefa García Lozano, Ana Ramírez Sánchez, Ana Menacho Gómez y Adelaida Galvín Colón. Todas pertenecían a familias izquierdistas del pueblo y participado en la vida social y sindical de los años anteriores. Sus maridos habían sido destacados militantes obreros o concejales del ayuntamiento. Unos ya habían sido asesinados. Como los de Ana Castejón, viuda de Miguel Barroso, María Villegas García, viuda del histórico dirigente cenetista Martín Menacho, Cristobalina Sánchez Lima, viuda de uno de los conocidos como Los Chaleros, y Ana Ramírez Sánchez, viuda de José Vega García, de la directiva del centro obrero. Otros estaban huidos. Eran los casos de Antonia Sevillano Macho, hermana de la asesinada Catalina y compañera de Miguel García Lozano, peligroso extremista para las autoridades; Josefa Rosado García que estaba casaba con José Madera García, cenetista acusado de participar en la quema de la iglesia; Josefa García Lozano, mujer de otro destacado anarcosindicalista, Francisco Caballero Torrejón; Ana Menacho Gómez, mujer de Juan García García y Adelaida Galvín Colón, mujer de José Jiménez García.
María Tenorio Gil era soltera, pero su familia estaba considerada como izquierdista y además, sus amistades eran de izquierdas. Como le sucedía a su madre Ana Gil Naranjo.

María Velasco regresó en 1939 al finalizar las operaciones militares. Lo hizo junto a su marido Luis Pérez Ibáñez, concejal del ayuntamiento y militante de Izquierda Republicana. Las demás, en 1937, tras la ocupación de Málaga. Tenían entre 21 y 75 años y, salvo una, estaban casadas.

Aunque en febrero de 1937 cinco eran ya viudas y dos desconocían dónde estaban sus maridos. Una vez en la localidad fueron detenidas, ingresadas en el depósito carcelario del pueblo primero y en la prisión de Medina después. Finalmente, trasladadas al penal de El Puerto de Santa María a la espera de la vista del consejo de guerra.
Sus peripecias desde julio de 1936 habían sido muy parecidas. Marcharon a la zona republicana durante el verano, entre julio y septiembre. ¿El motivo? Que tenían miedo por las cosas que habían visto y oído, por la militancia sindical o política de sus maridos o por la suya misma. Huyeron solas o en compañía de esposos e hijos. Las que regresaron en 1937, tras estar unos días en la sierra, alejándose del avance rebelde, se habían dirigido por La Sauceda y Jimena hacia Ronda y la costa malagueña. Marbella, Estepona o San Pedro de Alcántara habían sido sus primeros destinos. Después llegaron a Málaga o a otras poblaciones cercanas como Alfarnatejo, Campanilla o Coín. Allí trabajaron en las más diversas faenas hasta la ocupación de la provincia malagueña. Entonces, empujadas por la desesperación o por sus captores, regresaron a Paterna. María Velasco continuó su peregrinaje, por las provincias de Almería y Granada, hasta 1939.
Tanto los informes de sus vecinos como los de las autoridades locales se preocuparon en destacar que todas tenían ideas marxistas, que algunas habían acudido al centro obrero, participado en actos públicos de forma destacada e, incluso, estaban quienes habían alentado a los hombres a comportarse como tales durante las jornadas de julio y tenían “mal ambiente” en el pueblo. Unas conductas que eran incompatibles con las que se esperaba de su condición femenina. “Una callejera que no se dedicaba a las faenas de su casa” y había alentado a los hombres a rebelarse, aseguraba el testigo José Colón Torres de Ana Castejón.

Como tampoco era muy amante de las tareas domésticas Adelaida Galvín Colón que prefería, en opinión del juez instructor, apedrear a los curas y animar a los vecinos a desplazarse a Cádiz a un mitin de Largo Caballero. De Antonia Sevillano Macho decía el cabo de la Guardia Civil, Manuel Marín Galindo, que tenía una conducta privada “bastante defectuosa” y era una “vocinglera e insultante”.
Ana, Adelaida y Antonia eran consideradas las más peligrosas extremistas del pueblo. Las tres habían convivido con algunos de los más destacados cenetistas. Quedaba claro para los instructores que no sólo habían cometido “delitos de adhesión a la rebelión” sino que se habían saltado la principal norma que regía la conducta femenina: la pasividad.

 Consciente o inconscientemente lo escribió el ponente en la sentencia. Las procesadas no habían permanecido en una actitud pasiva, como era su obligación femenina, si consideraban al nuevo Estado perjudicial para sus intereses de clase. Por el contrario, se habían fugado al campo enemigo para auxiliarle y cooperar con él.
Tampoco podía faltar la utilización de términos dirigidos a denigrarlas. Como ha estudiado Pura Sánchez, los franquistas utilizaron el lenguaje para crear o modificar significados de términos existentes con los que referirse tanto a la nueva realidad que creaban como a los vencidos. En el caso de la mujer se les arrebató cualquier término que las dignificara, como el tratamiento, para designarlas con otros peyorativos y genéricos.

Una forma más tanto de describir sus actuaciones, que consideraban impropias, como de devolverlas al anonimato. Estas mujeres paterneras fueron descritas como individuas vocingleras, insultantes, amancebadas, “callejeras” y exaltadas.
Además, los testigos ponían la nota local, utilizando términos como el de “carilanteras”. Finalmente, como supremo argumento, las principales acusadas tenían “mal ambiente” en el pueblo. Tanto que su vuelta había generado alarma y “consternación” entre las personas “honradas”.
De las 11 fueron procesadas y condenadas 8. Las tres citadas más María Villegas García, Cristobalina Sánchez Lima, Ana Menacho Gómez, Josefa García Lozano y Josefa Rosado García. Las demás -María Tenorio Gil, Ana Gil Naranjo y Ana Ramírez Sánchez- vieron sus procesamientos sobreseídos y puestas en libertad. De lo que no se libraron, al menos la primera, fue del rapado y del ricino.

Por su parte María Velasco Panal no escapó a las acusaciones de ser “avanzada”, “bulliciosa y comprometedora”, de conducta indeseable, “adicta a la chusma del Frente Popular” y, por supuesto, carilantera. Desconozco la pena que se le impuso aunque fue puesta en libertad en la cárcel de Gerona el verano de 1940.
Quien se llevó la peor parte fue Ana Castejón. Sobre ella se volcó todo el rencor y las represalias de las que eran capaces. La habían agredido y violado físicamente y ahora la hacían desaparecer del pueblo. Fue condenada, a diferencia de sus compañeras, por cooperación y “adhesión” a la rebelión. Lo que le valió una condena a perpetuidad. Nunca regresaría a Paterna.

Tras pasar por diversas cárceles fue puesta en libertad en septiembre de 1941 en la de Palma de Mallorca. Se instaló en Torre Alháquime y, después, en Setenil, en donde en 1945 vivía “dedicada a las labores de su sexo” en el casino de la localidad en compañía de su hija Trinidad. No fue la única que no volvió a Paterna. Tampoco lo hicieron Ana Sevillano y Cristobalina Sánchez, que se establecieron en El Puerto de Santa María y Jerez.

5. En el túnel

Asesinadas, humilladas, encarceladas, las mujeres paterneras pagaron una importante contribución de sangre. Como la población española en general. Decenas de miles de muertos, millones de vidas destrozadas. Desde luego en la piel de toro ibérica no regía el dicho de que para que todo permaneciera igual hacía falta cambiar todo. Ni las mínimas reformas republicanas fueron aceptadas. A sangre y fuego se impuso el movimiento que, cosas de la física, no se movía.
De quienes he escrito eran una representación escogida del mundo que pretendían eliminar los sublevados. Primero lo hicieron con parte de sus familias, después, con las que terminaron cayendo en sus manos. Además tuvieron que pagar ser mujeres. Iglesia y organismos de adoctrinamiento franquistas, como la Sección Femenina, se encargaron de volverlas a colocar en su sitio. Tuvieron que pasar décadas para que pudieran ocupar determinados puestos, concurrir a ciertas oposiciones, poder aprender en una escuela mixta, casarse por lo civil, divorciarse, librarse de la patria potestad paterna y marital, abrir una cuenta en un banco, viajar sin consentimiento, conocer y utilizar los métodos anticonceptivos, etc.
El castigo al atrevimiento de quienes se habían hecho visibles fue devolverlas a la oscuridad del túnel."                       (José Luis gutiérrez, La Marea, 08/03/17)

7/3/17

Carme Claramunt: “Estimada tieta, esta mañana a las cinco me van a fusilar”

"Carme Claramunt Barot tenía 41 años y había nacido en Roda de Berà (Barcelona), aunque era vecina de la ciudad de Badalona, donde hoy un Casal lleva su nombre. De los cien badaloneses que en la posguerra fueron fusilados en el Campo de la Bota, solo había una mujer, Carme; que tuvo el triste honor de ser la primera mujer, de las once, que fueron fusiladas en el “El Camp de la Bota”, antigua zona de barracas situadas en el linde entre la ciudad de Sant Adrià del Besòs y Barcelona. El 18 de abril de 1939, a las cinco de la mañana, Carme Claramunt se enfrentaba al pelotón de fusilamiento. Hoy se la recuerda como la primera catalana ejecutada por el franquismo. (...)

 Joan Mercadé ya publicó la carta en 2004, y ahora incluso está en la Red, en el portal dedicado a la memoria de las presas de la cárcel de Les Corts. Además de este libro, sobre la biografía de Carme Claramunt existe un cortometraje de título homónimo y prácticamente inédito; sólo se pudo ver en un ciclo en el barrio de Les Corts, ciclo titulado “La presó invisible” (La prisión invisible).

La carta está fechada el 18 de abril de 1939, y tiene muchas expresiones de una persona creyente, ya que habla de Dios y del cielo, donde esperaba reunirse con su querida “tieta”. Comienza así:
“Estimada tieta, ha venido el juez y ha decretado la pena de muerte y me ha dicho que así lo había decretado el Generalísimo y esta mañana a las cinco me van a fusilar, tú ya sabes que matan a un inocente”.

En los meses siguientes llegarían para ser ejecutas en el mismo lugar en donde lo fue Carme Claramunt, y procedentes de la cárcel de mujeres de Les Corts, diez mujeres más: Eugenia González Ramos, 20 años de edad, de Hortaleza (Madrid); Cristina Fernández Perera, 39 años, de Villasinde (León); Ramona Peralba Sala, 35 años, Gironella (Barcelona); Dolors Giorla Laribal, 27 años, de Barcelona; Magdalena Nolla Montseny, 34 años, de Astorga (León); Elionor Malich Salvador, 60 años, sin especificar origen en el registro de la cárcel, solo pone que era viuda y de profesión portera; Virginia Amposta Amposta, 50 años, de El Pinell de Brai (Tarragona); Asumpció Puigdelloses Vila, 43 años, de Vic (Barcelona); Inés Giménez Lumbreras, 24 años, de Madrid. A la lista hay que añadir la de Neus Bouza Gil, que no aparece en el registro carcelario, pero sí en los listados recogidos en el libro del historiador Josep M. Solé i Sabaté, La represió franquista a Catalunya, 1938-1953.

Neus Bouza tenía 22 años, militaba en la CNT y era vecina del barrio del Poblenou. Como en muchos otros casos, Neus fue detenida por la acusación de un vecino. Estuvo en la retaguardia durante la guerra en labores de apoyo. Se le juzgó por su militancia anarquista y por defender al gobierno legítimo de la República. 

Quizá pueda haber algún error en los nombres y fechas, propio de anotaciones manuales, como lo había en la ficha de Carme Claramunt, donde se le cambió el segundo apellido y la edad, ahora corregido tras la investigación del historiador… Pero estos son los nombres, estas son parte de las víctimas de la represión franquista. 

Y no, no murieron en una guerra, fueron ejecutadas en la posguerra; muchas por sus ideales republicanos, catalanistas, anarquistas, etc., y muchas simplemente por delaciones o bulos interesados, provocados por celos, venganzas personales o intereses económicos.

 Todo ello nos pone delante de la imagen de lo más aborrecible de la condición humana. Gracias a historiadores, familiares de las víctimas, periodistas, activistas de la memoria, etc., ahora empezamos a conocer estas historias."                 (Rambla, 18/06/16