"El 11 de Enero, Alfamir Castillo, una emblemática
luchadora popular del Valle del Cauca, fue víctima de un cobarde
atentado mientras se desplazaba con su marido en la carretera de Pradera
a Palmira. Hay que mencionar que esta carretera está altamente
militarizada y tiene presencia policial permanente.
Alfamir Castillo ha vivido con un dolor muy grande: su
hijo, Darbey Mosquera Castillo, fue asesinado por el Batallón de Contra
Guerrilla No. 57 "Mártires de Puerres" del Ejército Nacional en Febrero
del 2008, en una vereda de Caldas, donde el muchacho le habían ofrecido
trabajo. Luego lo hicieron pasar por guerrillero muerto en combate, en
el infame caso de los “falsos positivos”, cuando el “presidente de la
paz”, Juan Manuel Santos, era ministro de defensa.
Ese fue el asesinato
sistemático de muchachos de escasos recursos, secuestrados por el
ejército después de prometerles trabajo, para ser asesinados y
presentados como guerrilleros muertos en combate, a fin de que la
soldadesca y los oficiales pudieran cobrar beneficios económicos, ser
promovidos en la jerarquía castrense y obtener vacaciones, beneficios
que les garantizaba el “pacificador” Santos en su política de conteo de
cabezas.
Estos no fueron casos aislados: la investigación “Ejecuciones
extrajudiciales en Colombia 2002–2010: Obediencia ciega en campos de
batalla ficticios” (2017), escrita por el ex policía y sociólogo Omar
Eduardo Rojas y Fabián Benavides, presenta evidencia de que hubo más de
10.000 casos. Esto fue un genocidio sin proporciones en la historia
colombiana, y las denuncias de que la práctica no han cesado siguen en
pie.
Alfamir Castillo, sin embargo, no es una mera víctima.
Es una luchadora popular excepcional que ha convertido el dolor
ocasionado por el cobarde asesinato de su hijo, en ternura para todos
los oprimidos.
En cada movilización, ahí está ella. Patiana de
nacimiento, de un pueblo cerca del Bordo, ha vivido muchos años en
Pradera, Valle, junto a su marido, un cortero de caña que está lisiado,
aquejado por enfermedades ocupacionales derivadas del corte, en una
batalla legal contra los ingenios para que le reconozcan la afectación
que ha sufrido y lo compensen. Cuando el paro de los corteros en el
2008, allá estuvo ella, organizando el Comité de Mujeres Corteras de
Caña para apoyar a sus esposos en esa lucha contra el Goliat azucarero.
Su liderazgo fue clave para mantener la movilización de los corteros, un
punto de inflexión en la historia reciente de las luchas populares. En
esas correrías fue que la conocí, y aprendí a admirarla y apreciarla. El
atrevimiento de enfrentarse a los zares del azúcar, a los Caicedo, a
los Ardilla Lulle, los Cabal, los Eder, les ha costado caro a los
corteros: la mayoría de quienes lideraron ese paro, han debido enfrentar
agresiones, atentados y el desempleo.
Alfamir no ha estado al margen de esta situación.
Varias veces ha tenido que salir desplazada de Pradera por amenazas en
su contra. En el 2012, incluso, recibió el “beneficio” de medidas
cautelares por parte de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos
(CIDH) [1],
pero no pasa nada. En Cali, desplazada, la atacaron una vez con una
jeringa. Otras veces le han apuntado con pistolas. Ahora la cosa fue a
tiros. Tres tiros en contra de la camioneta en que se desplazaba,
ninguno de los cuales la alcanzó, afortunadamente.
Ese día había
recibido dos amenazas, en las que le decían, “no creas
que estamos jugando. No creas que estamos mintiendo la muerte te ronda y
tú no lo crees, ni tus escoltas van a poder salvarte vieja h.p. todo lo
que nos ha pasado te lo vamos a cobrar… muere… muere… muere…” y “esto
es un ultimátum vieja h.p. ya sabemos todo y tienes miedo pero ni por
mil esquemas de seguridad te vas a salvar de nosotros, tu insolencia a
mi comandante la vas a pagar con sangre y la salida de nuestros hombres
son nuestra mejor arma…muere… muere… muere” [2]. Tu insolencia a “mi” comandante… más claro echarle agua.
Estuviera esto pasando en Venezuela, ya habría
escándalo internacional, y los representantes colombianos, con espuma en
la boca, estarían pidiendo sanciones en la OEA y la ONU. Pero como es
Colombia, todo pasa de agache porque el asesinato de dirigentes sociales
se ha vuelto un deporte: casi 300 líderes sociales asesinados desde la
firma del acuerdo de paz el 24 de Noviembre del 2016. Es decir, en poco
más de dos años.
Asesinatos selectivos, la mayoría después de amenazas,
los cuales buscan descabezar las organizaciones sociales. Un auténtico
socialicidio, como lo he llamado en ocasiones anteriores [3].
Ante quienes plantean que “el conflicto es muy complejo para saber de
dónde vienen los tiros”, que pueden ser muchos sospechosos, etc.
recientemente, la Universidad del Rosario ha publicado una sistemática
investigación en la cual demuestran: uno, que la mayoría de los
asesinados es por disputas de tierra y que la mayoría de los asesinos
son bandas paramilitares, las milicias privadas de ganaderos y
terratenientes [4].
El mismo estudio abofetea al manoseado argumento, repetido por la
socialbacanería hasta el cansancio antes del acuerdo de paz, de que “una
vez acabadas las FARC-EP se le acabaría a la oligarquía la excusa para
matar y se tendrían que volver demócratas”, demuestra que en las zonas
donde existía las FARC-EP y éstas se desmovilizaron, es donde se
concentra la mayor parte de los crímenes recientes.
Acá están claros los móviles de los asesinatos y los
sectores sociales detrás de ellos: lo que no hay es voluntad política
para coger al toro por las astas. Contrasta la ineficacia para encontrar
a los responsables materiales e intelectuales de los crímenes en contra
de las organizaciones populares, y dirigentes sociales y de izquierda,
con la asombrosa eficiencia demostrada por la policía para capturar y
encerrar en la cárcel (¡en menos de 24 horas!) a un pobre muchacho que,
de broma, comentó en Facebook que asesinaría a uno de los hijos de Uribe
Vélez: sin ninguna intención de realizar el crimen, sin organización
detrás, sin ningún arma, pasó varios meses en la cárcel mientras la
Fiscalía pedía 15 años de cárcel [5]
… por un comentario pendejo en las redes sociales.
Pero a los líderes
sociales se les estigmatiza por los medios, se les señala con el dedo,
se les amenaza, se les asesina y nada. No pada nada.
El grado de podredumbre del régimen colombiano alcanza
niveles realmente sórdidos… en las raras ocasiones en que la justicia
medio afecta, así sea tibiamente, a sectores poderosos de la sociedad,
inmediatamente comienza a moverse una maquinaria macabra que intimida y
asesina a potenciales testigos en contra de sus “patrones”.
El caso
Odebrecht, que salpica a Uribe, a Santos y a todos los círculos del
poder, ya ha tenido tres testigos claves del proceso muertos en extrañas
circunstancias: José Pizano, su hijo Alejandro Pizano (ambos
envenenados con cianuro) y Rafael Merchán, ex secretario de
transparencia de Santos, que apareció muerto en un aparente suicidio.
Ahora, el tema de los falsos positivos ha entrado a la Jurisdicción
Especial para la Paz (JEP), aun cuando esto debería ser materia de las
cortes comunes y corrientes porque es un crimen que no puede
justificarse de ningún modo en el marco del enfrentamiento del Estado
con las FARC-EP. Gracias al proceso de paz, y al abuso que se está
haciendo de la JEP, los militares que tanto esfuerzo habían sido
castigados por los “falsos positivos” están saliendo de las cárceles.
Pero así las cosas, este tribunal, sin dientes, es inaceptable para los
altos estamentos castrenses porque en la JEP se sabrá que este no fue un
tema de “manzanas podridas” entre los bajos y medios mandos. La JEP,
hecha a la medida de la clase dominante, siendo muy difícil que ningún
miembro del Estado reciba condena alguna, careciendo de dientes ante los
poderosos, pero potencialmente con afilados colmillos para los
exrebeldes, es demasiado para una oligarquía acostumbrada a la impunidad
absoluta.
El general Mario Montoya hoy enfrenta cargos por los
falsos positivos, y ya comienzan a llover amenazas y tiros contra los
testigos. El abogado de Alfamir señala que “la JEP,
pese a que en noviembre del año pasado se le solicitó estudiar la
concesión de medidas cautelares, no ha hecho absolutamente nada, ha
dejado abandonada a doña Alfamir (…). Creemos que existe un desprecio
por parte de la JEP hacia las víctimas de ejecuciones extrajudiciales,
como se vio en las audiencias de septiembre y octubre del año pasado” [6].
Por si queda dudas de qué círculo provienen las amenazas y las
agresiones en contra de Alfamir, en Octubre, ella participó en una de
las audiencias contra Montoya por el tema de los “falsos positivos”; ese
mismo día la amenazaron y le dijeron que no se volviera a aparecer por
las audiencias [7].
Si Alfamir, una mujer de una valentía realmente
admirable, recibe este golpe… ¿quién se va a atrever a levantar el dedo
contra Montoya? Si poderosos testigos del caso Odebrecht están muriendo,
¿qué misericordia de la máquina sicarial puede esperar una mujer negra,
esposa de cortero, una mujer pobre como Alfamir? El sistema ha mostrado
una crueldad espeluznante hacia Alfamir y su familia: asesinándole un
hijo, amenazándola y atacándola constantemente, con los ricos del Valle
negándole una miserable pensión a su marido.
Negándoles sistemáticamente
cualquier reparación, cualquier asomo de justicia. Pero ahí está
pintado de cuerpo entero y sin afeites. Es increíble que después de
tanto dolor, de tanta saña contra ella, no le hayan logrado silenciar ni
amedrentar. Inmediatamente después del atentado su voz, esa voz que
tanto han querido callar, volvió a hablar fuerte, claro, lozana, para
decir lo que todos saben pero pocos se atreven a decir: “varios
de los militares han salido en libertad por cuenta del Proceso de Paz y
con nosotros, las víctimas, no sabemos qué va a pasar. ¿Cómo quedamos y
dónde quedamos? La JEP no nos ha tenido en cuenta como víctimas porque
nos ha expuso a esto, a que nos asesinen (…) ¿Esta es la realidad que
está viviendo Colombia? (…) Uno se queda sin pensar. Hasta el momento no
sé qué hacer, pero lo que sí sé es que hay que seguir visibilizando
esta situación. No podemos permitir que esto siga pasando” [8].
Con la porfía de Antígona, Alfamir no descansará hasta que haya
justicia. Y todos a quienes nos palpita el corazón por la justicia
social, por la libertad, tenemos que rodearla para que siga en su lucha
que es nuestra lucha.
Alfamir, hermana, amiga, compañera… recibe nuestras manos solidarias abiertas para seguir tejiendo resistencias a la infamia." (José Antonio Gutiérrez D. , Rebelión, 16/01/19)
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