9/1/13

“El pueblo judío tiene una historia de miles de años. ¿Los palestinos? Eso es un pueblo inventado”

"El salón de la vivienda de Rosenblum tiene una cristalera con vistas a un pueblo palestino, que está casi pegado al asentamiento. Lo tiene enfrente, pero dice que no sabe cómo se llama, aunque “seguro” que su marido se acuerda. Como el resto de sus vecinos, no lo pisa; para ellos es casi invisible, como un pueblo fantasma.

 Los palestinos, sin embargo, aunque quisieran, no podrían obviar la presencia de Beitar Illit. Este mes, las aguas fecales del asentamiento han vuelto a inundar las tierras de cultivo del pueblo. En esta ocasión, el escape se ha prolongado diez días.

Con la llamada del muecín a la oración como telón de fondo, Rosenblum se explaya. “Yo no me siento colona. Esta es la tierra que Dios nos prometió. Yo no siento que esto no sea mío. Sí, cuando vinimos sabíamos que esto era de los palestinos, pero aquí nadie se hace preguntas legales.

 La única preocupación es que algún día nos puedan echar”. Y matiza: “Quiero que quede claro que yo no vivo aquí porque me lo permita el Gobierno israelí. Yo vivo aquí porque esto me lo ha dado Dios”.(...)

 La relativa normalidad que se respira en el interior de Beitar Illit se rompe nada más cruzar el portón metálico que controla el acceso al asentamiento y que une los dos tramos de valla que rodea la colonia. 

Una pequeña base militar vigila la entrada. Un poco más allá, aparece enseguida el muro de hormigón que impide el paso a los palestinos de Belén y de Beit Yala, las poblaciones cristianas palestinas más cercanas.  (...)

Cerca de un tercio de los israelíes que vive en las colonias dice que lo hace por razones puramente económicas, que ni siquiera pertenecen a la derecha del espectro político, tampoco son necesariamente religiosos y aseguran que el día que se firme un acuerdo de paz con los palestinos estarían encantados de emigrar al interior de las fronteras de Israel. 

 Un segundo tercio lo componen los israelíes que son como Rosenblum, judíos ultraortodoxos, que han acabado en un asentamiento porque, además de ser más barato, sus líderes políticos y religiosos les han brindado esa posibilidad. Consideran que Cisjordania les pertenece, pero luchar por conquistar la tierra no forma parte de sus prioridades.

 Lo suyo es más bien el estudio de los textos sagrados. Y por último está un tercer grupo, que es el más ideológico, la punta de lanza y motor de la colonización. Lo forman los llamados nacionalistas-religiosos, los que se tiran al monte a conquistar la tierra y que dedican su vida a influir en el sistema político para lograr sus objetivos.

 Desde un punto de vista teológico, asentarse en Cisjordania o “Judea y Samaria”, como lo llaman ellos, forma parte del camino a la redención.

Silo es uno de esos asentamientos en el que vive parte del núcleo duro de los colonos. Aquí, en una colina a medio camino entre Nablus y Ramala, todos son nacionalistas-religiosos, a los que se les distingue claramente por el aspecto.

 Las mujeres casadas se tapan la cabeza, pero a diferencia de las ultraortodoxas van vestidas de colores, con telas hippies, pantalones bombachos o faldas vaqueras. A ellos se les distingue porque la kipá que cubre su cabeza es de ganchillo y de colores.

El protagonismo que ocupa Silo en la Biblia lo ha convertido además en un imán para estos fervientes nacionalistas, que lo consideran prueba irrefutable de que esta era y, por tanto, debe ser la tierra de los judíos.

 Para Batya Madad, una neoyorquina que emigró a Israel en los setenta y se instaló diez años más tarde en Silo, no hay duda posible. “El pueblo judío tiene una historia de miles de años. Eso no se puede comparar con nada. ¿Los palestinos? Eso es un pueblo inventado”. (...)

 De los asentamientos y outpost de esta zona es de donde proceden buena parte de los colonos más violentos, algo que preocupa a las organizaciones de derechos humanos y al propio Ejército israelí, en cuyas filas proliferan los jóvenes nacionalistas-religiosos. 

“El terrorismo judío es un problema que nos tomamos muy en serio”, dice un mando militar, que considera acto terrorista quemar una mezquita o tirar un cóctel mólotov dentro de un taxi. En cuanto al castigo a los colonos extremistas, admite: “No hemos sido muy efectivos en el pasado”.

Los datos de la organización de derechos humanos israelí Yesh Din indican que la inmensa mayoría de las demandas cae en saco roto. Que de 781 casos de ataques de civiles israelíes a palestinos en Cisjordania, solo el 9% han terminado en una imputación judicial. El 84% de los casos se han cerrado por falta de pruebas o lo que Yesh Din considera “fallos en la investigación”.

Zakaria Sedda no elabora estadísticas, pero presencia los datos que acaban compilados en los informes casi a diario. Vive en Jit, una aldea palestina cercana a Nablus y rodeada de asentamientos. En esa zona, apenas unos kilómetros al norte de Silo, los ataques de los colonos se producen “entre tres y cuatro veces a la semana”.

 Explica que son los jóvenes de entre 15 y 21 años, pobladores de los outposts de los alrededores los que “destrozan los olivares, tiran piedras contra los pueblos y queman mezquitas”. Se queja además de que el Ejército, cuando llega, en lugar de detener a los colonos, lanza botes de humo para intimidar a la población local.

 “Aquí la gente vive atemorizada”, dice Sedda, que documenta los abusos con una cámara de vídeo que le han cedido los Rabinos por los Derechos Humanos, una de las organizaciones israelíes que trabaja en la zona. Las imágenes de ataques que archiva en su ordenador dejan poco lugar a dudas."       (El País, 28/12/2012)

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